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El legado de los cielos - Capítulo 141

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Capítulo 141: EL COLIBRÍ Y EL VIGILANTE DEL CERRO

Capítulo 141: El colibrí y el vigilante del cerro

—Princesa, es mejor regresar. Si el rey se entera, estaremos en problemas.

La mujer anguila dijo esas palabras con un miedo evidente, su voz temblaba ligeramente mientras observaba los alrededores del ojo de mar. Conocía bien ese lugar. Sabía que estaba prohibido para su tribu, un sitio vigilado no solo por normas antiguas, sino por consecuencias que podían ser fatales. Aun así, no podía obligar a la princesa. Nunca había podido hacerlo.

La princesa caballo de mar levantó lentamente su mano. El colibrí, que hasta ese momento descansaba con confianza, agitó sus alas y se elevó en el aire, perdiéndose entre los reflejos de la luz. Ella siguió su vuelo con la mirada durante unos segundos, como si quisiera memorizar ese instante. Luego giró el rostro hacia la orilla.

Ahí, inmóvil, estaba el pequeño bote de madera. Viejo, desgastado por el tiempo, con la cuerda aún atada a una estaca clavada en la tierra húmeda. Nadie lo había movido en años. Era una prueba silenciosa de que los humanos aún pasaban por ese lugar, aunque ya no se quedaran.

La princesa no dijo nada más. Simplemente se giró y regresó al centro del ojo de mar. Su figura se fue perdiendo poco a poco entre las aguas profundas, seguida por la mujer anguila. Minutos después, el remolino oscuro desapareció. El ojo negro se disipó como si nunca hubiera existido, y el lugar volvió a la tranquilidad de siempre, con el agua quieta y engañosamente pacífica.

Muy lejos de ahí, un colibrí cruzaba el cielo.

Volaba alto, hasta alcanzar la cima de la montaña. Desde ese punto, entre los árboles y la vegetación espesa, apenas se alcanzaba a ver una parte del ojo de mar. No completo, no claro, pero suficiente para quien supiera qué buscar.

El colibrí continuó su vuelo durante algunos minutos más hasta llegar a la cima de la montaña más alta de Minatitlán, perteneciente a la zona montañosa del Puerto del Fresno. Desde ahí se distinguían claramente los cerros de Los Copales, La Otatera y El Peón, todos visibles desde el pueblo, formando una silueta imponente contra el horizonte.

Ese cerro era especial. Casi idéntico al Nevado de Colima, guardaba un aire de misterio que se había alimentado durante generaciones. Se contaban historias antiguas: la de un campesino que, años atrás, aseguró haber visto a un hombre misterioso que le advirtió sobre el fin del pueblo. Otros hablaban de tesoros enterrados, pertenecientes a antiguas familias o comerciantes del camino real de Colima, quienes escondían sus riquezas por miedo a los bandidos que asolaban la ruta.

El colibrí descendió lentamente y se posó sobre una pequeña piedra. Entonces comenzó a cantar.

—Fiiiizz… fiiiizz… fiiiizz…

El sonido se expandió por el cerro, claro y persistente, como si el propio viento lo llevara de un extremo a otro.

De una pequeña cueva, apenas visible en la punta del cerro, salió un hombre vestido con harapos. Su aspecto era descuidado, pero sus ojos brillaban con una lucidez inquietante. Observó al colibrí con atención y luego extendiendo la mano.

—Así que esa chica volvió a mostrar su cara —dijo con voz baja, cargada de intención.

—Fiiiizz… fiiiizz… fiiiizz…

El colibrí respondió, moviendo ligeramente la cabeza, como si realmente estuviera contestando.

—Ya veo —murmuró el hombre, acariciando suavemente la cabeza del ave—. Espero que vuelva y muestre su cara otra vez… a ver si ese viejo sale a dar la cara.

El colibrí comenzó a moverse, saltando de un lado a otro, emitiendo una serie de sonidos rápidos y continuos, como si estuviera bailando y hablando al mismo tiempo.

—Podría darle un pequeño empujón a esa chica —continuó el hombre, con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Buscarle un joven… que lo vea, que se enamore, que salga del agua por primera vez. Así ese viejo tendrá que salir a buscarla. Y entonces… —sus ojos brillaron con codicia— podré quedarme con ese tesoro, aumentar mi vitalidad y vivir otros cinco mil años.

—Fiiiizz… fizz… fizz… fizz… fizz… fizz…

Tras ese último canto, el colibrí alzó el vuelo y se perdió en el cielo azul, alejándose sin mirar atrás.

El hombre siguió con la vista la dirección del ojo de mar y sonriendo lentamente. Luego se dio la vuelta y regresó a la cueva. En cuestión de segundos, la entrada desapareció como si nunca hubiera existido, dejando la punta del cerro desnuda, indomable, silenciosa.

La noche cayó.

Rodrigo durmió como nunca. El cansancio acumulado se desvaneció en un descanso profundo y reparador. Por una noche, se permitió olvidar todo lo que tenía por delante. Entre sueños y calor humano, durmió con dos bellezas a su lado: una suiza y una china, ambos cuerpos brindándole una calma que hacía tiempo no sentía.

Disfrutó del placer y del deseo, sabiendo que al despertar volverían las responsabilidades, el trabajo y los asuntos pendientes. Pero esa noche no importaba nada más.

Así, la noche pasó.

Y con ella, llegó el fin de las pequeñas vacaciones de Rodrigo, X y Zero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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