El legado de los cielos - Capítulo 142
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Capítulo 142: LANZAREMOS UN BOMBARDEO.
Capítulo 142: Lanzaremos un bombardeo.
Un Cupra viajaba por la autopista México–Cuautla. El asfalto aún conservaba el brillo tenue del amanecer, ligeramente húmedo por el rocío nocturno. El tráfico era moderado: algunos tráileres avanzaban con parsimonia por el carril derecho, autos particulares pasaban de vez en cuando y uno que otro autobús de pasajeros mantenía una velocidad constante.
A los costados, el paisaje cambiaba lentamente. Tramos de bosque espeso se alternaban con zonas abiertas donde el sol comenzaba a filtrarse entre los árboles, proyectando sombras largas sobre la carretera. El aire era fresco, limpio, y desde ciertos puntos se alcanzaban a ver colinas cubiertas de vegetación, silenciosas, como si observaran el paso de los vehículos sin intervenir.
Rodrigo conducía a un ritmo moderado, ni lento ni rápido. Tenía una mano firme sobre el volante mientras, de vez en cuando, desviaba la mirada hacia la ventana. Observaba los distintos paisajes que ofrecía la autopista, las suaves curvas, los cambios de altura, y en especial el bosque que se extendía a la orilla del camino, dando una sensación extraña de calma.
—¿Qué piensas? —se escuchó la voz de X, rompiendo el silencio dentro del auto.
—Nada —respondió Rodrigo tras soltar un suspiro—. Solo pienso que esto está muy tranquilo. Tenemos la empresa y hasta ahora nadie ha causado problemas… o al menos Annie no me ha dicho nada si hubo movimientos de rivales. Además, Annie se fue a Rusia y no sé nada de ella. No entiendo qué es lo que le pasa.
X permaneció unos segundos en silencio antes de responder, con un tono más práctico.
—Podemos movernos en internet y ver qué pasa con los rivales. Así puedes actuar con tiempo.
Rodrigo reflexionó brevemente, manteniendo la vista al frente mientras el Cupra avanzaba por una recta larga de la autopista.
—No creo —dijo finalmente—. Haré aviones diferentes a los que tenía. Haré un viaje a Rusia. Quiero ver en qué le puedo ayudar a Annie. Además, es importante mantener en orden el grupo. Cuando lleguemos a CDMX, después de ver al presidente, les pondré unas tareas importantes. También me dijeron que ya está Rodolfo en Colima; le pediré que venga a CDMX antes de marcharme y le dejaré una tarea.
— ¿Qué tarea importante nos darás? —preguntó Zero, con curiosidad.
Rodrigo miró por el retrovisor. Durante el viaje solo iban él, X y Zero, pero ahora había una más: Linger, la chica que conocieron en las fallas geológicas y que, desde entonces, ya no quiso marcharse.
—Primero —respondió Rodrigo—, les daré la tarea de sacar documentos para esa chica. Linger no tiene documentos y así no se podrá mover. Segundo, la cuidarán en este tiempo que no esté. Es… medio rara, no entiende razones.
X y Zero miraron a Linger y sonrieron levemente. En efecto, parecía extraño. Todo lo que veía le llamaba la atención: los autos, los señalamientos, el paisaje, incluso detalles insignificantes. Observaba el mundo como si fuera la primera vez que lo veía, mostrando interés por cualquier cosa.
Rodrigo sacó el teléfono, escribió un mensaje rápido y lo volvió a guardar en el bolsillo. Luego aceleró un poco, haciendo que el Cupra avanzara con mayor decisión por la autopista.
Los Cabos, San Lucas….
En un lujoso hotel, ubicado en los últimos pisos del edificio, cinco personas estaban sentadas en un amplio sofá. El lugar era elegante, con ventanas enormes que dejaban ver el mar extendiéndose hasta el horizonte.
—¿Ya hablaste con el presidente sobre este asunto? —preguntó un anciano, con voz grave.
—Sí —respondió el hombre que estaba frente a él—. Ya hable. Está preocupado por esas personas. Me pidió que las vigilara. Si hay un problema, tendremos que buscar la manera de sacarlos del juego. El problema es que no podemos con ellos… al menos no sin buscar ayuda internacional.
El que hablaba no era otro que Pedro Ocampo.
El anciano frunció ligeramente el ceño.
—Es peligroso invitar gente de otro grupo al país. Pueden aprovechar para medir nuestra fuerza y lanzar un ataque. Sabes que quienes mantienen la fuerza de una nación y su soberanía somos nosotros, los que formamos estos grupos de alto secreto.
Pedro negó lentamente con la cabeza.
—Lo sé, pero no puedo hacer otra cosa por ahora. ¿Por qué no va usted a visitarlos y comprobar su fuerza? Además, esa mujer era muy fuerte. Mató de un solo golpe a alguien que nos oprimía. Para ella fue fácil… posiblemente sea más fuerte que usted.
El anciano guardó silencio. Se levantó ligeramente y miró por la ventana, observando el mar durante unos segundos, como si estuviera tomando una decisión importante.
—Bien —dijo al final—. Entonces buscaremos un encuentro con su jefe. Veremos qué opinamos. Le hablaremos claro sobre lo que somos y lo que hacemos. Si están de nuestro lado, dejaremos este asunto así. Si no quieres…
Hizo una breve pausa, su tono se volvió más frío.
—Buscaremos otro lugar para una segunda cita. Y en vez de ir a hablar, lanzaremos un bombardeo. Después culparemos a otro país por el ataque.
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