El legado de los cielos - Capítulo 15
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15: LA TERCERA FASE 15: LA TERCERA FASE CAPÍTULO 15 — LA TERCERA FASE
La madrugada cayó sobre Manzanillo como un manto espeso, húmedo y cargado de electricidad.
Era el tipo de noche en que el aire parecía observar, en que cada sombra tenía peso y cada silencio anunciaba violencia.
Desde la base militar “General Antonio Igualada”, la más grande e imponente del estado, el coronel Eugenio Pérez contemplaba el mapa digital proyectado en la pantalla principal.
Sus ojos, fríos y meticulosos, analizaban cada punto señalado en rojo: las guaridas finales, los centros de operación móvil, los refugios subterráneos y las rutas de escape del grupo criminal Hijos de la Tierra Quebrada.
La Tercera Fase estaba en marcha.
No era una operación más.
Era la operación.
El golpe definitivo.
La fase final de un plan que venía tejiéndose en silencio desde hacía semanas.
Una operación que —si salía bien— no solo extinguiría a una de las organizaciones más peligrosas del occidente del país, sino que también consagraría a su yerno, Fabián Moreno, como un político fuerte, limpio y eficiente en un momento en el que el país entero tenía los ojos encima por el escándalo de su hijo.
“Liquidar al enemigo.
Blindar la candidatura.
Crear un héroe.”
Eran los tres objetivos del coronel.
Y lo sabía: esa noche, los tres podían cumplirse.
Detrás de él, varios generales menores, tenientes coroneles y comandantes esperaban indicaciones.
Nadie hablaba.
En esa sala, la respiración era un acto demasiado ruidoso.
—Iniciamos en treinta minutos —dijo Eugenio sin voltear—.
Quiero reportes cada cinco.
Que cada unidad confirme posición.
No habrá margen para errores.
Todos respondieron al unísono.
—¡Sí, mi coronel!
El sonido retumbó en cámaras, pasillos y monitores.
El gigante de hierro que era la base militar se preparaba para transformar la noche en un campo de cacería.
En un punto rural a las afueras de Minatitlán, oculto entre cerros y plantaciones abandonadas, se encontraba el último bastión significativo de los Hijos de la Tierra Quebrada.
Un complejo semisubterráneo construido durante décadas por Mateo “el Viejo” Castañeda, un hombre que había empezado como contrabandista, luego como traficante y después como señor territorial.
Su hijo, Adrián Castañeda, había heredado ese imperio como si fuese un apellido.
A diferencia de su padre, Adrián tenía estudios, contactos, visión estratégica y cero escrúpulos.
No era un hombre impulsivo: era un arquitecto de caos.
Bajo su liderazgo, los Hijos habían pasado de ser una organización regional a una red que tocaba puertos, carreteras y hasta ciertos funcionarios.
Y por eso era necesario destruirlos de raíz.
En el interior del complejo, Adrián revisaba informes recientes.
Tenía conocimiento de la primera y segunda fase del operativo militar.
Habían perdido bodegas, rutas y casas de seguridad.
Varios mandos medios habían sido capturados.
Pero él conservaba algo que su padre jamás tuvo: la convicción de que siempre había una salida.
—Tal vez no ganemos —dijo uno de sus sublíderes, un hombre robusto con una cicatriz en la mejilla—, pero es imposible que lleguen hasta aquí antes del amanecer.
Adrián sonrió, aunque su mirada estaba lejos de tranquila.
—No subestimes lo que el ejército puede hacer cuando quiere quedar bien.
La frase cayó como plomo en la habitación.
Todos sabían lo que significaba.
—¿Crees que esto tiene algo que ver con el político… el tal Moreno?
—preguntó otro lugarteniente.
Adrián chasqueó la lengua.
—Todo tiene que ver con alguien con poder.
Y ahora mismo… nosotros somos un trofeo muy grande.
Un silencio tenso se instaló en la sala.
Adrián cerró el informe y se levantó.
—A partir de este momento, nadie sale.
Nadie sube.
Nadie abre un portón.
Resistiremos hasta que las cosas cambien.
Y si no cambian…
Acarició la pistola que tenía en la cintura.
—…moriremos aquí.
En la base militar, los helicópteros se preparaban.
Equipos tácticos ajustaban cascos, chalecos antibalas, goggles y armas largas.
Las camionetas blindadas, alineadas como bestias dormidas, esperaban una orden para rugir.
Eugenio recibió un mensaje codificado.
Una confirmación.
No venía de ninguna unidad militar.
No era de inteligencia nacional.
No tenía firma.
Solo decía:
> “Acceso asegurado.
Último perímetro neutralizado.
Sin rastro.”
Eugenio frunció el ceño.
—¿Quién mandó esto?
—preguntó a su operador.
—Señor… la señal está enmascarada.
No corresponde a ninguna frecuencia militar conocida.
Parece… no sé… algo externo.
—¿Hackers?
¿Un aliado?
—preguntó otro oficial.
Eugenio pensó un segundo.
No era la primera vez en la operación que “algo” intervenía.
Pequeños detalles.
Movimientos que facilitaban las acciones militares.
Fallos en las redes de comunicación criminal justo a tiempo.
Cámaras desactivadas sin explicación.
Nada identificable.
Nada que se pudiera rastrear.
Nada que un informe pudiera describir como real.
—Ignore el mensaje —ordenó al final—.
No confíe en nada que no venga de nuestra gente.
Sigan el plan como está marcado.
Pero en su interior, el coronel sabía que alguien más estaba moviendo piezas en el tablero.
Una sombra que no respondía a él… pero que coincidía, misteriosamente, con todo lo que beneficiaba la operación.
—Todas las unidades, procedan —ordenó Eugenio.
Los motores de los helicópteros explotaron en la noche.
Las hélices empezaron a girar como cuchillas gigantescas que cortaban la humedad del aire.
Desde tierra, las camionetas blindadas avanzaron en convoy, perfectamente coordinadas.
La ciudad dormía, ignorante.
La prensa, sin pistas.
Los rivales políticos, ajenos.
Porque no había filtraciones.
Nadie fuera de los círculos correctos sabía lo que estaba por suceder.
Se había construido un muro de silencio tan perfecto que parecía imposible que un operativo de esa magnitud se mantuviera oculto.
Y aun así, así era.
La operación se dividió en tres grupos:
1.
Grupo Alfa: Intervención frontal al complejo principal.
2.
Grupo Bravo: Bloqueo perimetral en rutas de escape.
3.
Grupo Sombra: Infiltración silenciosa para desactivar trampas, comunicaciones y refuerzos.
La mayoría de esos puntos ya estaban sorprendentemente más despejados de lo esperado.
Eugenio lo notó.
Sus soldados también.
Pero nadie decía nada.
En el complejo criminal, los vigías detectaron movimiento en el cielo.
—¡Helicópteros!
—gritó uno.
—¡Y convoyes en tierra!
Adrián maldijo.
—¡Preparen todo!
¡A posiciones defensivas!
¡Activen los túneles y las torretas!
Pero algo falló.
Las torretas, que debían activarse automáticamente, permanecieron muertas.
—¿Qué está pasando?
—rugió Adrián.
—Las cajas de control no responden.
Es como si se hubieran… quemado —respondió un técnico, nervioso.
—¿Quemado cómo?
—No lo sé, jefe.
Esto no es normal.
Adrián apretó los dientes.
Nada lo era esa noche.
Los helicópteros descendieron, iluminando el terreno con reflectores.
El Grupo Alfa desembarcó con rapidez quirúrgica.
El eco de las botas golpeando el suelo llenó el aire como un presagio.
—¡Alfa en posición!
—informó el comandante.
—Bravo en posición.
Rutas bloqueadas.
—Sombra dentro del perímetro.
Eugenio, desde el centro de mando, asintió.
—Adelante.
El ataque fue devastador.
Los militares avanzaron como una marea imparable.
Las armas automáticas rugieron.
Los criminales respondieron con todo lo que tenían, pero estaban desorganizados, sorprendidos por la precisión del ataque.
Adrián comandaba en persona, disparando, ordenando, maldiciendo entre explosiones.
—¡Resistan!
¡No retrocedan!
Pero era inútil.
Cada movimiento suyo encontraba una respuesta precisa.
Cada intento de escape estaba bloqueado.
Cada señal de auxilio era interferida.
Una operación demasiado perfecta.
Demasiado silenciosa.
Demasiado anticipada.
Algo —o alguien— estaba allanando el camino para los militares.
En uno de los pasillos subterráneos, un grupo de criminales intentó activar un mecanismo explosivo de contención.
Pero cuando abrieron el panel… el cableado estaba cortado.
No de forma burda.
No con herramientas militares.
Era un corte limpio, quirúrgico, casi elegante.
—¿Quién hizo esto?
—preguntó un soldado del Grupo Sombra.
Otro se encogió de hombros.
—No fuimos nosotros.
El equipo de desactivación ni siquiera llegó aquí.
El comandante frunció el ceño.
—Entonces alguien más estuvo aquí antes.
Las miradas se cruzaron.
Nadie dijo nada más.
Siguieron avanzando.
En la sala de mando subterránea, Adrián miró a su alrededor.
Los monitores caían uno por uno.
Sus hombres retrocedían.
Y la puerta reforzada comenzó a temblar bajo el peso de explosivos colocados desde afuera.
—Así que es así —susurró.
Su mirada no era de miedo.
Era de furia contenida.
Cuando la puerta estalló y los soldados irrumpieron, Adrián levantó las manos… pero no como quien se rinde.
Más bien como quien acepta una derrota temporal.
—Soy Adrián Castañeda —dijo con una sonrisa amarga—.
Hijo del viejo Mateo.
Supongo que venían por mí.
Los soldados lo inmovilizaron.
Lo esposaron.
Lo sacaron del complejo mientras explosiones secundarias sellaban túneles y destruían laboratorios ocultos.
Eugenio recibió la llamada.
—Mi coronel… objetivo principal asegurado.
Los oficiales en la sala de mando contuvieron un suspiro de alivio.
La Tercera Fase había sido un éxito rotundo.
—Excelente —respondió Eugenio—.
Procedan con la limpieza final.
Nada debe quedar en pie.
Al amanecer, el complejo de los Hijos de la Tierra Quebrada era un cementerio de estructuras derrumbadas, armas destruidas y túneles sellados.
Centenares de agentes federales y militares resguardaban la zona.
Los medios aún no tenían idea.
La población no sospechaba nada.
El país seguía dormido.
Pero cuando despertara… habría un nuevo nombre en todos los titulares:
FABIÁN MORENO — EL HÉROE QUE RESPALDÓ LA OPERACIÓN MÁS GRANDE DEL ESTADO.
Porque así estaba diseñado.
Porque así lo había planeado Eugenio.
La fiscalía, siguiendo órdenes, presentaría a Fabián como pieza clave en la detección de la red criminal.
No importaba si era cierto.
No importaba si nunca pisó el operativo.
Lo importante era la narrativa.
Eugenio sonrió por primera vez en horas.
—Tres objetivos, un solo golpe.
Pero un pensamiento oscuro le atravesó la mente.
“¿Quién demonios está interfiriendo en nuestras redes?
¿Quién se mueve entre sombras?”
No tenía respuestas.
Aún no.
Los equipos revisores encontraron huellas extrañas en algunos accesos.
Bloqueos digitales imposibles de rastrear.
Puertas abiertas sin forzaduras.
Sistemas inutilizados sin cortes de electricidad.
Los ingenieros militares no tenían explicación.
—Parece como si alguien hubiera estado antes que nosotros —dijo uno, nervioso.
—¿Un aliado?
—preguntó un capitán.
—No lo creo.
No hay señales, no hay patrones, no hay firma… es alguien demasiado bueno.
Los soldados no lo mencionaron en sus informes oficiales.
Les daba miedo.
Ese tipo de presencia era como un fantasma.
Un aliado invisible… o algo peor.
Eugenio escuchó todo y tomó una decisión.
—Nunca se menciona esto.
No existe.
¿Entendido?
—Sí, mi coronel.
Pero él sabía que la operación había tenido una mano más.
Una silenciosa.
Una inteligente.
Una peligrosa.
Una sombra que facilitó el camino.
Y que nadie, absolutamente nadie, podía identificar.
La Tercera Fase había concluido.
Con éxito.
Con precisión.
Con un misterio.
Y mientras la ciudad se preparaba para despertar a una noticia que estremecería al país…
alguien más, en un lugar desconocido, observaba desde la distancia.
Observaba cómo sus acciones silenciosas habían encajado perfectamente en el tablero político.
Observaba… y sonreía.
Porque lo que había ocurrido esa noche no era un final.
Era apenas el comienzo.
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