El legado de los cielos - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 EL DESPERTAR DEL HEREDERO OLVIDADO
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16: EL DESPERTAR DEL HEREDERO OLVIDADO 16: EL DESPERTAR DEL HEREDERO OLVIDADO CAPÍTULO 16 — EL DESPERTAR DEL HEREDERO OLVIDADO La noche en la enfermería de la prisión de máxima seguridad mantenía un silencio extraño, un lugar construido sobre gritos, golpes y lamentos.
Los guardias en turno dormitaban en sillas de metal, ignorando el aire pesado que se sentía cada vez que se acercaban a la camilla número cinco, donde un joven respiraba con calma forzada.
Rodrigo Moreno llevaba tres días inconsciente, atrapado entre la vida y la muerte, entre su pasado roto y un destino que nunca pidió.
Su cuerpo había aguantado lo suficiente para no colapsar; pero su mente, lejos de permanecer dormida, navegaba en un océano de imágenes, sensaciones y palabras que parecían venir de una vida anterior.
Y ahí, en el límite entre sueño y delirio, vio al anciano.
No era una aparición mística ni espiritual.
Era simplemente la memoria transformada por el trauma.
Rodrigo lo veía sentado frente a él, tal como lo encontró aquel día en la sección oculta de la prisión: harapos de recluso, rostro arrugado, ojos que cargaban siglos de dolor, y aquella serenidad que contrastaba con el mundo carcelario.
—Chico… —dijo el anciano, su voz resonando como eco de un recuerdo—.
Estás vivo porque aún no has decidido morir.
Rodrigo no respondió.
No sabía si tenía boca en ese sueño, ni si podía articular un sonido.
Pero escuchaba.
El anciano continuó:
—Tu vida ha sido injusta.
Te despreciaron quienes debieron protegerte.
Te golpeó el mundo antes de que aprendieras a defenderte… pero escucha bien —sus ojos parecían incendiarse—: no eres el destino que otros te escribieron.
Rodrigo intentó hablar, pero solo una sensación de peso lo envolvió.
El anciano levantó una mano —la misma mano que antes había ejecutado aquellos sellos incomprensibles— y señaló su pecho.
—La herencia que te di no es un regalo para tu gloria.
Es una herramienta para tu libertad.
Pero no confundas libertad con venganza… aunque, si la eliges, que al menos seas más inteligente que el odio que te hirió.
Las palabras le cayeron como piedras ardiendo.
La figura del anciano se volvió difusa, casi evaporándose.
—Recuerda esto, muchacho.
El verdadero poder no es la fuerza… sino decidir cuándo mostrarla.
Y entonces todo se volvió blanco.
Rodrigo abrió los ojos de golpe.
La luz fluorescente le quemó la vista.
Tardó varios segundos en entender que estaba despierto, que respiraba aire real, que el sonido metálico a lo lejos no era un eco del sueño sino el arrastre de una silla por parte de un guardia aburrido.
Parpadeó.
Intentó incorporarse, pero su cuerpo reaccionó… distinto.
Fue en ese instante, al mover un brazo, cuando lo sintió.
Fuerza.
Mucha más fuerza.
No como la de un deportista ni como la de alguien entrenado: era algo… refinado, tenso, contenido como un resorte.
Alzó los dedos.
La sensibilidad era mayor.
Intentó cerrar el puño.
El aire a su alrededor pareció comprimirse apenas.
Se quedó quieto varios minutos, respirando hondo.
—¿Qué… me pasa?
—susurró.
Fue entonces cuando su memoria encajó piezas: el anciano… la herencia… los sellos… la luz que lo atravesó antes de caer inconsciente.
La voz del anciano en el sueño —o en su recuerdo distorsionado— retumbó.
Rodrigo tragó saliva.
Extendió lentamente los brazos, observando la tensión de los músculos.
Su cuerpo no estaba como antes.
Tenía una sensación profunda, casi instintiva, de equilibrio, fuerza y técnica.
No sabía cómo lo sabía, pero… sabía.
Era un artista marcial.
No solo competente era un experto.
El conocimiento estaba ahí, incrustado en sus nervios, en su cerebro, en cada reflejo.
Sin haber entrenado un solo día en su vida, ahora podía sentir la postura correcta, la respiración adecuada, el eje corporal perfecto.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—Es imposible…
Pero su mente no mentía.
Sabía con precisión su nivel.
Séptimo Grado Dan.
No lo había soñado.
Lo sentía, lo reconocía.
Era la maestría más alta que un artista marcial podía alcanzar después de décadas… y él había despertado ahí.
Aunque aún herido, debilitado, su progreso estaba detenido en un punto avanzado del Quinto Grado Kyu, rozando los umbrales del Octavo Dan si su cuerpo se recuperaba por completo.
Eso lo dejó sin aire.
—El viejo… realmente me pasó algo.
—su voz tembló.
Intentó moverse hacia la orilla de la camilla, pero un tirón en la costilla lo frenó.
Aún estaba lesionado.
Y eso le decía algo más importante: la herencia no había sido completa.
De haber estado en perfecto estado físico, probablemente habría alcanzado un nivel aún más alto.
Pero incluso así… era un monstruo comparado con cualquier preso.
Comparado con cualquier persona común.
Y lo sabía.
Sin embargo, había algo más.
Llevó la mano al pecho, palpando bajo la bata de paciente.
Ahí estaba.
El anillo.
Frío.
Con aquella forma de dragón de jade mezclado con oro y diamantes.
Nada mágico.
Nada vivo.
Solo un anillo espacial.
Y aun así…
Rodrigo lo miró fascinado.
—No puede ser real…
Había visto anillos espaciales solo en películas y novelas.
Saber que podía guardar objetos allí dentro le parecía absurdo.
Pero el anciano se lo explicó antes de caer inconsciente: “No hay magia, solo tecnología y mecanismos muy antiguos, más complejos de lo que imaginas.”
Soltó un suspiro largo y tembloroso.
—Me volví loco, ¿verdad?
Pero no.
Todo era real.
Su fuerza.
Su precisión corporal.
El anillo.
La herencia Y las memorias del anciano.
Ese anciano que ahora, lo entendía, debía haber sido mucho más que un simple prisionero olvidado.
—¿Quién eras realmente…?
—cerró los ojos.
Pero no obtuvo respuesta.
Pasaron unos minutos antes de que uno de los guardias notara su despertar.
—¡Carajo, Moreno está despierto!
El guardia se acercó con brusquedad, como si temiera que el chico se levantara a golpearlo.
Rodrigo levantó lentamente la mirada, procurando mantener la expresión más débil, confusa y torpe que pudiera.
—¿Dónde… estoy?
El guardia resopló.
—En la enfermería, animal.
Te desmayaste como un novato en tu primer día, tal vez por miedo o por pura debilidad.
Rodrigo bajó la mirada.
Lo actuó a la perfección.
—Lo siento…
Y eso bastó para que el guardia perdiera interés.
—En fin.
Quédate ahí.
El médico vendrá luego.
El hombre salió sin profundizar más.
Rodrigo apretó los dientes.
Sabía que no debía llamar la atención.
Sabía que no debía mostrar nada.
El anciano —su recuerdo del anciano— se lo había dicho.
“El verdadero poder no es la fuerza… sino decidir cuándo mostrarla.”
Así que se mantuvo quieto, respirando lentamente, analizando su cuerpo desde dentro.
Se sentía… nuevo.
Cada músculo respondía con perfección.
Su centro de gravedad era distinto.
Su percepción del entorno más aguda.
Incluso herido, podía matar a cualquier interno de la prisión con un solo golpe.
Literalmente.
El cálculo de fuerza que su mente ahora comprendía —y que no sabía que podía comprender— se lo confirmaba.
Respiró hondo.
Se sintió vivo.
Y también sintió, por primera vez…
Poder.
No un poder arrogante.
No un poder heroico.
Un poder silencioso.
Que nacía del dolor acumulado.
Un poder que pedía justicia.
O venganza.
O simplemente… libertad.
Un poder que había dormido dentro de él mientras afuera, en el mundo real, se desarrollaba un plan que cambiaría al país entero.
Se recostó de nuevo, cerrando los ojos, pero esta vez no para dormir, sino para pensar.
Afuera, Fabián Moreno, su padre, el mismo que lo despreciaba, estaba siendo moldeado por el coronel Eugenio Pérez como el próximo héroe del estado.
En la sombra, María Fernanda Salgado, sin que nadie lo supiera, había dado el empujón oculto para que la operación siguiera adelante sin fallos.
Y la organización criminal Hijos de la Tierra Quebrada, liderada por Adrián Castañeda, estaba siendo arrinconada por la maquinaria militar.
Todo eso ocurría mientras él yacía allí, renaciendo.
Era irónico, humillante y perfecto.
Porque nadie notaría su transformación.
Nadie sospecharía de su evolución.
Nadie vería venir lo que él ahora planeaba internamente.
Porque Rodrigo, con la mirada clavada en el techo, lo entendió:
Ya no era el chico débil y despreciado.
Tampoco era un elegido de algún linaje.
Ni un héroe.
Ni un villano.
Era un sobreviviente con un poder oculto.
Un poder que haría temblar a quienes lo abandonaron.
Sonrió sin luz en los ojos.
—No saben lo que despertaron…
Esa noche, Rodrigo Moreno, herido, silencioso, invisible para todos, tomó una decisión:
La venganza no comenzaría hoy.
Pero comenzaría.
Y cuando lo hiciera,
Nadie —ni su familia, ni los criminales, ni los políticos— estaría preparado.
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