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El legado de los cielos - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 SOMBRAS ENTRE REJAS
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17: SOMBRAS ENTRE REJAS 17: SOMBRAS ENTRE REJAS CAPÍTULO 17 – SOMBRAS ENTRE REJAS.

El eco metálico de la puerta de la enfermería retumbó con un golpe rotundo cuando se cerró detrás de Rodrigo.

El pasillo olía a humedad, desinfectante y óxido; una combinación que siempre le recordaba dónde estaba realmente: un mundo de concreto donde la humanidad se desgastaba como pintura vieja.

Su cuerpo aún conservaba una mezcla confusa de vigor renovado y fatiga mental, un contraste que lo hacía sentir como si estuviera viviendo dentro de un sueño a medio despertar.

El plan de Eugenio Pérez seguía avanzando lejos de ahí, silencioso y afilado como una guadaña bajo el pasto.

Rodrigo no sabía nada de eso, pero su instinto —ese mismo instinto que ahora latía más fuerte que nunca— le decía que algo grande estaba ocurriendo fuera de las paredes de la enfermería.

Algo que removería los fundamentos de la prisión y quizás del país entero.

Pero no era su momento de cuestionar.

Aún no.

Regresó a su módulo con paso firme, aunque evite mostrar seguridad de más era parte del papel que debía seguir interpretando.

Lo último que necesitaba era llamar atención la innecesaria.

Al pasar por el corredor central, algunos reclusos lo miraron con hostilidad contenida, otros con abierta burla, y unos pocos con cierta precaución que antes no existía.

El rumor de su pelea anterior y su aparente recuperación rápida corrían ya entre las celdas como fuego en polvo seco.

A varios metros de distancia distinguieron la puerta abierta de su celda.

Dentro, sentado en la literatura inferior, se encontró aquel hombre… el mismo que lo había ayudado en su pelea pasada, deteniendo a dos reclusos justo antes de que lo arrastraran a la celda de castigo.

Rodrigo se detuvo sin pensar, por pura intuición, observando al sujeto unos segundos desde el umbral.

Era robusto, con una postura recta que no podía ocultar ni con el uniforme gris de recluso.

Tenía la mirada entrenada, el tipo de mirada que analizaba un entorno en segundos y que sabía exactamente qué tan cerca estaba la salida más cercana, incluso en una celda donde no existía salida alguna.

El hombre levantó la vista, como si hubiera sentido la presencia de Rodrigo antes de verlo directamente.

Rodrigo respiró hondo y dio un paso adelante.

—Eres tú —dijo, en tono bajo, procurando no llamar la atención por si alguien escuchaba algo que pudiera malinterpretar—.

El que me ayudó aquel día.

El hombre entrecerró los ojos, no hostil, sino evaluando.

-Si.

Tenías pinta de que te iban a partir de dos si no interfería —respondió con voz grave.

Rodrigo aparentemente apenas, un gesto pequeño pero sincero.

—Me salvaste de algo peor.

Quería… agradecerlo.

El hombre lo observará unos segundos más, como si buscara mentiras detrás de aquel intento de gratitud.

Finalmente ascendió.

—Adolfo —dijo simplemente—.

Adolfo López.

El nombre encajó de inmediato en la memoria de Rodrigo.

Había escuchado algo de él en rumores esporádicos: un tipo silencioso que no hablaba con nadie, un buen peleador que siempre mantenía la cabeza baja, alguien que parecía tener un pasado… distinto.

—Rodrigo —respondió él, tendiendo la mano.

Adolfo dudó un instante, luego la ayudó con un presionado firme.

—Lo sé —comentó Adolfo—.

Tu nombre se ha escuchado últimamente por aquí.

No para buenas cosas.

Rodrigo soltó una risa amarga.

—Supongo que eso no es raro en este lugar.

El hombre económico con la cabeza.

-No.

Pero lo tuyo tiene algo distinto.

Aquí a nadie le salen enemigos de la nada.

Y tú… tienes demasiados para el poco tiempo que llevas.

La observación fue tan directa que Rodrigo sintió que le atravesaba la piel.

Algo en la manera en que Adolfo lo miraba indicaba que había visto muchas cosas, demasiadas quizás.

Rodrigo se sentó en la litera de arriba, apoyándose contra el muro frío.

—¿Y tú?

—preguntó—.

¿Qué hiciste para estar aquí?

Adolfo tardó en responder.

Casi parecía debatirse entre hablar y permanecer en silencio.

—Fui agente de una agencia de seguridad privada —dijo al fin—.

Trabajé ocho años ahí.

Entrenamiento, misiones, escolta de ejecutivos, cosas así.

Hasta que un día me culparon de un altercado que no provocó.

Hubo heridos y necesitaban un responsable rápido.

Yo era conveniente.

Y aquí estoy.

Rodrigo frunció el ceño.

No dudaba ni por un segundo que aquella historia fuera verdad.

Podía sentirlo en el tono del hombre, en su mirada endurecida por la traición.

—Entonces te incriminaron —dijo Rodrigo.

-Si.

Y no soy el único.

Aquí hay varios como yo.

Pero la mayoría no duran —agregó.

Hubo silencio unos instantes.

Rodrigo sintió algo distinto… quizás empatía, quizás la sensación de haber encontrado a alguien que, al igual que él, había sido aplastado por un sistema podrido.

Pero también sabía que debía tener cuidado.

No podía confiar plenamente en nadie.

No todavía.

El ruido de los pasos interrumpió la conversación.

Tres reclusos entraron al módulo con malas intenciones claramente visibles: hombros tensos, manos escondidas por debajo del uniforme, y esa sonrisa torcida típica de quienes disfrutan de intimidar al más débil… o al que creen más débil.

Rodrigo los reconoció al instante.

No eran los mismos de su pelea anterior, pero pertenecían al mismo grupo.

Los ojos del líder se clavaron primero en Adolfo, luego en Rodrigo.

Sonrio.

—Así que el enfermito ya regresó —dijo con burla—.

Y ya encontré niñera nueva.

Rodrigo bajó de la literata con calma.

Sin respuesta, sin provocar.

Ese era su plan.

Pero los tipos no estaban ahí para hablar.

—Oímos que te crees valiente ahora —continuó el líder—.

Pero aquí la valentía se paga.

Adolfo se puso de pie, postura defensiva sin exagerar, un entrenador profesional aunque lo disimulara.

Rodrigo lo vigilaba de reojo: incluso sin la herencia del viejo, ese hombre era peligroso.

—No buscamos problemas —dijo Adolfo con voz firme—.

Así que lárguense.

Los tres rieron.

Era evidente que esa respuesta era justo lo que querían.

—Tú no decide nada aquí, López —escupió el líder—.

Y hoy vamos a dejar eso claro.

Rodrigo respiró hondo.

Sabía que si no intervenía, Adolfo recibiría una paliza.

Y él también.

Pero lo más importante: sabía que debía medir sus fuerzas.

Con su nivel actual —séptimo grado dan dentro del quinto grado kyu avanzando a la mitad hacia el octavo— era mucho más fuerte que cualquier recluso promedio.

Podía romper huesos con facilidad si no se contenía.

Y no debía llamar la atención.

No ahora.

El primer golpe lo lanzó el segundo de los agresores, un torpedo directo dirigido al rostro de Adolfo.

Rodrigo se adelantó un paso y levantó el brazo, bloqueándolo con precisión.

El impacto resonó, pero él apenas lo sintió.

El agresor sí: su expresión se torció de dolor inmediato.

— ¿Quieres empezar de verdad?

—dijo Rodrigo en un tono frío que él mismo no reconoció.

Los otros dos dudaron un instante, pero luego se lanzaron juntos.

Rodrigo movió el cuerpo con fluidez.

Un paso atrás, una inclinación precisa, un codazo controlado al plexo solar del líder.

No lo golpees con toda su fuerza; si lo hubiera hecho, le habría perforado el diafragma.

Solo lo dejó sin aire, con un gemido ahogado.

Adolfo aprovechó y sujetó al tercero, inmovilizándolo con una llave que demostraba años de práctica.

Rodrigo esquivó otro golpe, giró con una rotación limpia y asestó un puñetazo corto al abdomen del atacante que tenía enfrente.

El recluso cayó al suelo de inmediato, tosiendo sangre, pero vivo.

Aún quedaban dos en pie, pero el mensaje ya estaba claro.

El líder retrocedió, furioso y confundido.

—Esto no va a quedar así —gruñó, sujetándose el estómago—.

Van a ver…
—Cuando quieras —respondió Rodrigo sin elevar la voz.

Los tres se retiraron tambaleando.

El módulo quedó en silencio.

Rodrigo soltó el aire lentamente.

Adolfo lo miró… diferente.

No con miedo.

Con respeto, quizás.

O reconocimiento.

—No peleas como un recluso —dijo Adolfo—.

Ni como un novato.

¿Dónde aprendiste?

Rodrigo se quedó quieto.

La respuesta verdadera era imposible de dar.

—Tuve un buen maestro —dijo al fin, y Adolfo pareció aceptar la explicación a los medios.

Pero antes de que pudiera decir algo más, algo ocurrió.

Rodrigo lo sintió primero: una presencia.

Sin ruido, sin movimiento… una presencia.

Su instinto, ese que había despertado junto con su herencia, le advirtió que no estaban solos.

Miró hacia el pasillo.

Nada.

Sombras, solo sombras.

Pero alguien estaba ahí.

Algo, o alguien, los observaba.

Silencioso.

Oculto.

Sin intervenir.

Adolfo también tensó los hombros, como si hubiera percibido algo, aunque quizás no tan claramente como Rodrigo.

— ¿Qué pasa?

—preguntó Adolfo en voz baja.

Rodrigo negoció lentamente.

—Nada —mintió.

Una figura estaba de pie al fondo del módulo, más allá de la luz tenue, fuera del alcance de cualquier cámara, invisible para cualquiera que no tuviera sentidos finos.

La figura inclinó la cabeza apenas, como evaluando y analizando.

Y luego desapareció como si nunca hubiera estado ahí.

Rodrigo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No de miedo.

De reconocimiento.

Alguien fuerte.

Alguien entrenado.

Alguien que sabía ocultarse mejor que cualquier guardia o recluso.

—Rodrigo —dijo Adolfo—.

¿Estás bien?

Rodrigo tardó en responder.

—Sí —dijo finalmente—.

Sigamos como si nada hubiera pasado.

Y por primera vez desde que despertó de aquel sueño con el anciano, Rodrigo entendió algo:
No estaba solo en este nuevo camino.

Había sombras moviéndose detrás de él… algunas peligrosas, otras quizás aceptables en él por razones que no comprendía.

Pero todas tenían algo en común:
Lo estaban observando.

Y el juego apenas había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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