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El legado de los cielos - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 EL RUMOR QUE DESPERTO TEMORES
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19: EL RUMOR QUE DESPERTO TEMORES 19: EL RUMOR QUE DESPERTO TEMORES CAPÍTULO 19 – EL RUMOR QUE DESPERTÓ TEMORES
La noticia del operativo militar había recorrido el país como un incendio indomable.

No había rincón de México —desde las cúpulas del poder hasta los callejones sin ley— donde no se hablara del golpe aplastante que había destruido a los Hijos de la Tierra Quebrada.

Las consecuencias se derramaban como sangre fresca por todos los sectores, pero en los círculos que más importaban la reacción fue distinta: miedo.

Las organización criminales menores, las células que dependían de la estructura que Adrián Castañeda había mantenido por años, entraron en un estado de pánico silencioso.

Sabían que la caída de un jefe como él no venía sola, no era casualidad… no era una simple operación.

Tras ese golpe había poder, un poder que no se veía desde hacía décadas, un poder que rara vez podía ejecutarse sin oposición política, judicial o criminal.

Ese poder tenía apellidos: Moreno y Pérez.

Las calles de Manzanillo lo comentaban con voz baja.

La familia Moreno siempre había tenido influencias, dinero y conexiones políticas, pero lo que se había visto recientemente superaba cualquier rumor, cualquier mito.

El nombre del coronel Eugenio Pérez, el hombre que manejaba la base militar más importante del estado, había tomado un brillo casi fantasmal: el brillo de algo que inspira obediencia inmediata y temor en quienes viven del crimen.

—Si pudieron borrar una organización entera en unos días… ¿qué sigue?

—murmuraban en bares, cocinas, centros de carga y talleres clandestinos.

—No es el ejército… es esa familia —contestaban otros.

—Un toque de los Moreno… y desapareces.

—Dicen que el yerno, Fabián Moreno, fue clave para el operativo… que él dio la información…
Y ese era el punto más importante.

Los enemigos políticos, empresariales y criminales de la familia Moreno empezaron a darse cuenta de una verdad dura como granito: no era prudente meterse con ellos.

El impacto psicológico era tan profundo que incluso aquellos que siempre presumían de contactos federales, de influencia económica o de alianzas internacionales decidieron bajar la cabeza.

En México, la fuerza bruta unida con poder político es una fórmula que ningún rival desea enfrentar.

Para muchos, Fabián Moreno ya no era simplemente un diputado federal ambicioso: era el futuro gobernador, el próximo gran nombre que marcaría el rumbo del estado.

Y quienes antes habían planeado atacarlo… ahora simplemente buscaban no ser vistos.

Mientras todo el país hablaba del operativo, en la Ciudad de México algo completamente distinto estaba ocurriendo.

El despacho privado de María Fernanda Salgado, alcaldesa de 27 años, la figura política joven más prometedora del país, estaba iluminado únicamente por la luz tenue de un pequeño candil que colgaba sobre su escritorio.

Ella trabajaba en silencio, revisando informes, monitoreos y documentos clasificados.

Su mente, afilada como una navaja, siempre analizaba cada movimiento del tablero político.

Sabía que el operativo beneficiaba directamente a Fabián Moreno y a su suegro, el coronel Pérez.

Sabía también que el impacto mediático crecería durante semanas.

Y aunque ella había intervenido en las sombras, nadie debía saberlo.

Todo estaba bajo control… hasta que escuchó la puerta cerrarse con un clic suave.

No era un sonido común.

No era su secretaria, ni uno de sus jefes de unidad.

El aire mismo pareció tensarse.

Salgado levantó la mirada.

Una figura se deslizaba desde la oscuridad del pasillo privado que conducía a su oficina.

Era un hombre, de presencia tranquila pero firme, con un andar que no hacía ruido y una expresión tan neutra que parecía no tener emociones.

No era militar.

No era funcionario.

No era alguien con un rango oficial.

Era… algo más.

Salgado no mostró sorpresa.

Ella nunca mostraba sorpresa.

—Llegas sin anunciarte —dijo ella, acomodando unos documentos como si la presencia de aquel desconocido fuese rutinaria.

—Así debía ser —respondió él con una voz baja, casi un susurro.

El hombre dio tres pasos hacia el centro de la oficina.

No avanzó más.

No la amenazó.

Simplemente permaneció ahí, como una sombra que sabe que su existencia implica secretos.

—¿Qué traes?

—preguntó la alcaldesa, cruzándose de brazos.

El hombre entrecerró los ojos ligeramente.

—Información.

Algo cambió dentro de la prisión de Manzanillo.

Algo… inesperado.

Salgado no pestañeó, pero su instinto político se afiló inmediatamente.

—Habla.

El desconocido inclinó apenas la cabeza, como si compartiera un dato peligroso.

—Rodrigo Moreno.

Ella frunció el ceño apenas un milímetro.

—El hijo que la familia desprecia —dijo ella con neutralidad.

—Ese mismo.

Antes era débil —susurró el hombre—.

Un muchacho sin carácter, sin voz propia, sin fuerza.

—¿Y ahora?

Una pausa.

El aire se volvió más denso.

El hombre esbozó una media sonrisa casi imperceptible.

—Después de tres días en el cuarto de castigo… salió distinto.

Salgado no respondió.

El hombre continuó.

—Peleó dentro de la prisión.

Y ganó.

Contra varios.

Lo vieron fuerte… demasiado fuerte para alguien que era prácticamente un fantasma entre reclusos.

Ella apoyó los dedos sobre el escritorio.

—¿Demasiado fuerte?

¿En qué sentido?

—preguntó, aunque ya sabía que la respuesta sería incompleta.

El hombre se acercó apenas un paso.

Su voz descendió a un murmullo tan suave que solo la palabra inicial pudo escucharse con claridad.

—Además de eso… —sus ojos brillaron con algo extraño— también hubo… otras cosas.

Las siguientes frases fueron tan bajas, tan susurradas, que ninguna cámara —si hubiese alguna— podría captarlas.

Ni los micrófonos de la oficina.

Ni los sensores.

Solo las vibraciones del aire entre ellos dos.

María Fernanda Salgado escuchó los susurros.

Su mirada se endureció.

Su respiración cambió.

Era información valiosa… un tipo de información que solo ciertas personas podían comprender.

Y ella era una de esas personas.

El hombre dio un paso hacia atrás.

Y entonces dijo las palabras finales, con suma claridad:
—Él… podría ser como nosotros.

Ayúdalo.

Y se fue sin más.

Sin despedidas.

Sin explicaciones.

Sin identidad.

La puerta cerró con la misma suavidad con la que se había abierto.

María Fernanda permaneció inmóvil durante varios segundos, procesando lo imposible.

Sus ojos se clavaron en un punto del escritorio mientras su mente reorganizaba su plan completo.

La operación de Eugenio ya no era su prioridad.

El futuro político tampoco, al menos no por ahora.

Había encontrado algo…
no, alguien
que podía cambiar el tablero.

Rodrigo Moreno.

Un muchacho que su propia familia quería enterrar en el olvido.

Un muchacho que ahora poseía algo que nadie más tenía.

Salgado apoyó una mano sobre el pecho, justo donde sentía el peso de aquella información.

Lo que sea que aquel hombre misterioso le había revelado… lo cambiaría todo.

Mientras en la Ciudad de México se comenzaba a trazar una nueva línea invisible en la historia, en Manzanillo la familia Moreno discutía puertas adentro, celebrando su inminente ascenso político y social.

El operativo había sido un éxito.

El apellido Moreno brillaba.

Y Rodrigo… era un estorbo.

En una reunión privada en la casa de playa, Fabián Moreno hablaba frente a su esposa Margarita y sus hijos Raúl y Diana.

Sus rostros reflejaban orgullo, arrogancia y alivio.

—Esto nos impulsa directo a la gubernatura —decía Fabián, con la voz inflada de victoria—.

Nadie podrá frenarnos.

Nadie tendrá el valor de enfrentarse a mí después de lo que logramos.

Margarita sonrió, complacida.

—Tu padre estará orgulloso.

Y mi padre hizo un trabajo impecable —dijo, refiriéndose a Eugenio—.

Fue un golpe perfecto.

Raúl, con su clásica actitud engreída, apoyó los pies sobre la mesa.

—Ahora lo único que queda es asegurarnos de que el escándalo del “otro”… se diluya —soltó con desdén.

“El otro”.

Así se referían siempre a Rodrigo.

Ni siquiera usaban su nombre.

Fabián se sirvió una copa de vino.

—El país va a hablar del operativo durante semanas.

Meses incluso.

Rodrigo ya no importa.

El caso quedará enterrado.

Nadie volverá a investigar su situación.

Diana intervino:
—¿Y si alguien pregunta?

—Diremos que la justicia siguió su curso —respondió Fabián—.

Que lamentamos mucho lo ocurrido.

Que nadie está por encima de la ley.

Y que el muchacho debe pagar por lo que hizo.

Margarita asintió, fría como una piedra.

—Lo dejaremos en la cárcel.

Nadie preguntará por él.

Nadie lo buscará.

Y cuando todo termine… nadie recordará que alguna vez existió.

Raúl soltó una carcajada cruel.

—Perfecto.

Un estorbo menos.

La familia brindó.

Celebraban.

Sonreían.

Se abrazaban.

Borraban a Rodrigo de su mundo…
sin saber que afuera, alguien ya se interesaba por él.

Alguien con poder.

Alguien con planes.

Mientras tanto en la CDMX.

Salgado permaneció de pie frente a la ventana de su oficina, dejando que la última frase de la figura misteriosa retumbara en su mente como un eco imposible de ignorar:
“Ayúdalo.

Puede ser como nosotros.”
Ese mensaje, susurrado y casi prohibido, había cambiado todo.

Finalmente llamó a dos personas:
Julián Ríos, abogado experto en estructuras legales clandestinas…
y Annie Volkovna.

Julián entró primero, sobrio como siempre.

Luego apareció Annie.

La joven tenía apenas 21 años, pero su presencia imponía más respeto que muchos veteranos.

Nacida en San Petersburgo, formada en la Escuela Superior de Economía de Moscú y trasladada muy joven a Nueva York, Annie se había graduado a los 20 años, rompiendo todos los récords académicos de su institución.

Su primer año profesional —el único que llevaba— había sido tan brillante que Wall Street aún murmuraba sobre ella:
había resuelto auditorías en horas donde equipos enteros fracasaban, había detectado desvíos millonarios en fondos de inversión, y su análisis financiero forense era tan preciso que varios gerentes temían verla llegar con un portapapeles.

Era una prodigio.

Una anomalía.

La clase de talento que solo nace una vez cada veinte años.

Y ahora trabajaba para Salgado, en las sombras.

Salgado los observó un instante antes de hablar:
—Tienen una misión crucial.

Julián y Annie escucharon sin interrumpir.

—Viajarán a Colima de inmediato.

Quiero que investiguen la injusticia cometida contra Rodrigo Moreno.

Quiero saber quiénes y por qué fabricaron el caso en su contra.

Julián tomó una libreta.

—Recopila toda la estructura legal —dijo Salgado—.

Quién firmó, quién autorizó, quién manipuló, quién calló.

Necesito nombres y pruebas.

Luego dirigió su mirada hacia Annie.

—Y tú… quiero que sigas el dinero.

Si hubo pagos, triangulaciones, sobornos, cuentas fantasma, transferencias sospechosas o rutas financieras vinculadas a su incriminación, las vas a encontrar.

Y quiero absolutamente todo.

Annie asintió, seria, sin rastro de duda.

—Pero esto es lo importante —agregó Salgado bajando la voz—: trabajarán en completo silencio.

Ningún registro.

Ningún informe oficial.

Nada que pueda rastrearse.

Esta investigación no existe.

Los dos comprendieron el peso de esas palabras.

—Rodrigo Moreno —continuó Salgado— es más valioso de lo que creen.

Y no por su familia.

Ni por su padre.

Ni por sus circunstancias.

Se acercó al escritorio y apoyó las manos sobre él.

—Es valioso para mí.

Les hizo un gesto para retirarse.

Julián salió de inmediato.

Annie cerró la puerta suavemente detrás de ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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