El legado de los cielos - Capítulo 2
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2: Una semana del olvido 2: Una semana del olvido CAPÍTULO 2 — UNA SEMANA EN EL OLVIDO
El tiempo en una celda no se mide en horas, sino en silencios.
En respiraciones contenidas.
En los ecos del pasillo que parecen arañar las paredes.
Así había aprendido Rodrigo a marcar los días desde que fue encerrado.
No necesitaba un calendario: su cuerpo sabía que una semana ya había pasado.
Una semana desde que su madre le dijo, con esa frialdad que aún le perforaba el pecho, que estaría ahí un mes entero.
Siete días.
Siete noches.
Siete amaneceres iguales.
Y sin embargo, cada día parecía peor que el anterior.
La celda donde lo habían ubicado estaba diseñada para dos personas, pero había cinco.
Dos hombres dormían en el suelo, otro ocupaba la letra superior, y Rodrigo compartía la inferior con un sujeto que roncaba con tanta fuerza que la estructura metálica vibraba toda la noche.
El olor era una mezcla penetrante de sudor, humedad y comida que nunca terminaba de saberse si estaba fresca o podrida.
Una ventilación pequeña dejaba entrar un hilo de aire caliente, pero no alcanzaba para aliviar lo que todos ahí respiraban: desesperación.
Rodrigo dormía poco.
Cada vez que cerraba los ojos, su mente repetía la misma escena: la patrulla, su familia viéndolo sin defenderlo, las esposas sobre sus muñecas.
Lo que lo perseguía más no era la acusación… sino la forma en que lo entregaron.
Como si no valiera nada.
Como si lo hubieran estado esperando.
Cada madrugada, antes de que la luz artificial se encendiera, Rodrigo se sentaba en la esquina de la celda e intentaba controlar su respiración.
Había aprendido rápido que el primer sonido del día era el de los custodios pasando lista.
Golpes secos en los barrotes.
Voz autoritaria.
Pasos pesados.
Ese sonido, sumado a los murmullos de otros reclusos recién despertados, era la mezcla exacta que definía su nueva vida.
Pero esa mañana, la del séptimo día, algo se sintió distinto desde el inicio.
Uno de los hombres de su celda, apodado “El Güero”, no dejaba de observarlo.
Era un hombre alto, de barba desordenada, con ojos que nunca parecían abiertos del todo, aunque sí lo suficiente como para dar miedo.
Desde el primer día lo había clasificado como “el niño rico”, un título que en ese lugar funcionaba como una diana.
Rodrigo había intentado mantenerse al margen.
Hablar poco.
No discutir.
No mirar directamente a nadie.
Pero su silencio, irónicamente, era lo que más llamaba la atención.
En un lugar donde sobrevivían los que sabían hacerse ver o hacerse temer, él solo sabía desaparecer.
Pero esa mañana no pudo.
Cuando los custodios abrieron la celda para repartir el desayuno, un revoltijo espeso que olía a frijoles viejos, El Güero se acercó demasiado a Rodrigo, bloqueando su paso.
—¿Y tú qué, morrito?
—dijo, fingiendo amabilidad—.
¿Hoy sí vas a comer o sigues con tus mañas de fresa fina?
Rodrigo bajó la cabeza.
—Solo… no tengo hambre.
Apenas terminó la frase cuando sintió el primer empujón.
No fue fuerte, pero sí significativo.
Un aviso.
—Aquí no vienes a hacerte el delicado —replicó el hombre—.
Todos vienen.
Todos comparten.
¿O qué?
¿Eres mejor que nosotros?
Rodrigo negó con la cabeza, rápido.
—No… solo…
No lo dejaron terminar.
Un puñetazo lo alcanzado en el hombro, seco, inesperado.
Y luego otro en el estómago.
Rodrigo se dobló hacia adelante por reflejo, tratando de protegerse, pero el golpe siguiente le abrió la ceja contra la pared.
El sabor metálico de la sangre le llenó la boca.
Los demás de la celda observaron desde esa distancia cómoda donde uno no ayuda, pero tampoco participa directamente.
Había cierta rutina en todo eso, como si fuera algo que sucedía cada semana.
Como si ya supieran lo que iba a pasar.
Los custodios no entraron.
No dijeron nada.
No era su problema.
Rodrigo cayó al suelo, tratando de recuperar el aire.
El concreto estaba helado, sucio, lleno de marcas que parecían cicatrices del mismo edificio.
Sus manos temblaron al intentar levantarse.
—¿Qué pasa, eh?
—continuó El Güero, agachándose para hablarle cerca—.
¿Ya se te bajó lo fifí?
El hombre lo levantó del cuello de la camiseta, arrastrándolo un poco.
—Aquí nadie es inocente, niño.
Ni tú.
Rodrigo apretó los dientes.
No tenía fuerzas para responder.
Ni valor.
Ni ganas.
Solo quería que pararan.
—Déjalo, Güero —intervino uno de los hombres desde la literaria—.
Se va a desmayar otra vez.
—¿Y qué?
—respondió él, soltando a Rodrigo—.
Que aprendas.
Aquí no hay ricos.
Aquí todos somos lo mismo.
Rodrigo cayó de rodillas.
Se aferró al piso con las manos para no desplomarse por completo.
Escuchó risas.
Pasos.
Unos se alejaron.
Otros se quedaron observando un momento más, evaluando si seguir era necesario.
Finalmente, todo volvió a la rutina.
Su respiración era irregular.
Le ardía el rostro.
Sentía el ojo hinchándose con rapidez.
La ceja sangrando.
Pero lo peor no era el dolor físico.
Era esa sensación nueva, una mezcla entre humillación y derrota, como si algo dentro de él se hubiera roto definitivamente.
Cuando terminó el golpeadero, uno de los custodios se asomó brevemente para revisar si todos seguían en el suelo o en sus lugares.
—Todo bien por aquí?
—preguntó, sin intención real de saber la respuesta.
Nadie contestó.
El custodio cerró la puerta y siguió con su ronda.
Rodrigo sintió la náusea subir a la garganta.
Vomitó bilis junto a la puerta, mientras sus manos temblaban sin control.
Se quedó así un buen rato, con la frente apoyada en el piso, respirando entre sollozos silenciosos.
Era la primera vez que lo golpeaban dentro de la detención… pero sabía que no sería la última.
Durante la tarde, mientras el sol golpeaba la ventilación y calentaba el aire viciado de la celda, Rodrigo se mantuvo en silencio absoluto.
Solo se levantó para ir al baño, una esquina delimitada por una placa metálica que hacía las veces de privacidad, aunque no servía de mucho.
El agua de la llave era casi tibia y olía a óxido, pero la usamos para limpiarse la sangre seca de la ceja.
Al mirarse en el reflejo de la placa metálica, apenas reconoció al muchacho que había sido hace una semana.
Ese rostro hinchado, cansado, derrotado… no era el mismo que vivía en Salagua, en esa casa rodeada de palmeras, silencios incómodos y apariencias perfectas.
Esto era otra cosa.
Esto era real.
Esto era brutal.
Aquí no había filtros.
Aquí no había diplomacia ni discursos bien ensayados.
Aquí, uno sobrevivía como podía.
Mientras limpiaba la herida, sintió que alguien se acercaba.
Era el hombre que dormía en la literata superior, un sujeto flaco, de unos cuarenta años, con una cicatriz grande en el cuello.
—Te duelo, ¿verdad?
—dijo sin rodeos.
Rodrigo ().
—Se te va a inflamar más en la noche —agregó el hombre—.
Ponte agua.
Aunque sirva de poco.
Rodrigo tuvo un impulso extraño: agradecer.
—Gracias…
—No lo hago por ti —respondió el sujeto, directo—.
Lo hago porque si te mueres aquí dentro, nos meten en broncas a todos.
Rodrigo bajó la mirada.
Tenía sentido.
—¿Por qué lo hacen?
—preguntó, casi en un susurro—.
Yo…
yo no les hice nada.
El hombre soltó una risa breve, amarga.
—Aquí no importa lo que hagas.
Importa lo que pareces.
Y tú… —lo señaló con la barbilla— pareces frágil.
Pareces niño rico.
Parece blanco.
Pareces educado.
Pareces… lo contrario de lo que la mayoría aquí ha vivido.
—Pero yo… no soy nada de eso.
—No importa —concluyó el hombre—.
Aquí eres lo que los demás deciden que eres.
Y tú eres carne nueva.
Rodrigo tragó saliva, sintiendo un dolor que no venía de los golpes.
El hombre regresó a su letra sin decir más.
El día siguió su curso.
Rodrigo se mantuvo al margen, con la espalda contra la pared, tratando de pasar desapercibido, aunque sabía que eso era imposible.
Cada ruido fuerte le hacía tensar los músculos.
Cada paso en el pasillo le aceleraba el corazón.
Cada sombra lo hacía pensar que vendría otro golpe.
Cuando cayó la noche, la celda se convirtió en un espacio aún más opresivo.
Las luces artificiales se apagaron parcialmente, dejando un tono grisáceo que deformaba las figuras.
Los ronquidos empezaron.
Las respiraciones pesadas llenaron el ambiente.
Rodrigo se sentó en la literata baja, abrazándose las rodillas.
Cada vez que intentaba apoyarse contra la pared, un dolor en las costillas lo obligaba a cambiar de posición.
El ojo izquierdo seguía cerrándose poco a poco.
Pensó en su casa.
En esa habitación silenciosa donde solía sentirme solo, pero nunca indefenso.
Pensó en su cama limpia.
En el sonido del mar por las mañanas.
En las veces que imaginó escapar de esa familia que lo despreciaba… pero jamás imaginó que terminaría en un lugar aún peor.
Recordó a su madre diciendo “coopera”.
Recordó a su padre mirando al policía sin movimiento.
Recordó a Raúl desviando la mirada como si no tuviera nada que ver.
Y rabia.
Rabia real.
Rabia nueva.
Rabia que tal vez era lo único que podía mantener despierto.
Porque el miedo ya lo estaba consumiendo.
A medianoche, un sonido metálico lo despertó.
Algo choco contra los barrotes.
Rodrigo abrió los ojos de golpe, el corazón latiendo fuerte.
Un custodio se había acercado con una linterna.
—Oye tú —dijo, apuntándole el haz de luz directo al rostro hinchado—.
Venta.
Rodrigo sintió un escalofrío.
—¿A dónde…?
—Tu nombre ven.
El Güero llamando desde su rincón, sin levantarse.
Rodrigo lo notó.
Ese gesto… esa sonrisa… algo iba a pasar.
Rodrigo se puso de pie con dificultad.
El custodio abrió la celda, lo tomó por el brazo y lo sacó.
No era un agarre violento, pero sí firme.
La puerta se cerró detrás con un eco que retumbó en el pasillo.
El custodio lo llevó por un corredor oscuro, apenas iluminado por lámparas viejas que zumbaban.
La humedadba todo.
Rodrigo sintió sus pasos débiles, tambaleantes.
—¿Qué… qué hice?
—preguntó, con la voz quebrada.
—Cállate —respondió el custodio sin mirarlo.
Caminaron hasta una sala pequeña donde había una mesa, dos sillas y un ventilador roto.
Allí lo dejaron sentado.
—Espera aquí.
Rodrigo se quedó solo.
El silencio pesaba.
Cada segundo se estiraba.
Pasaron minutos.
O tal vez horas.
No lo sabía.
El dolor, el miedo y el cansancio descomponían su percepción.
Cuando el custodio regresó, no traía amenazas, ni papeles, ni noticias.
Solo dijo una frase que heló por completa la sangre de Rodrigo:
—Esto apenas empieza, muchacho.
Y se marchó, dejando la puerta abierta.
Rodrigo no sabía si debía salir, si debía quedarse, si era una amenaza o un aviso.
Pero algo entendió:
Nada era seguro.
Nada era estable.
Nada estaba bajo su control.
Y ese mes…
ese mes interminable…
Sería mucho peor de lo que imaginaba.
Porque la detención no era un castigo.
Era un infierno lento.
Uno donde nadie lo escucharía.
Uno donde nadie lo defendería.
Uno del que nadie iba a sacarlo antes de tiempo.
Y en ese silencio pesado, con la herida palpitando y el miedo atravesándole el pecho, Rodrigo comprendió que los próximos días no serían de espera…
Serían de .
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