El legado de los cielos - Capítulo 22
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22: EL ECO DEL QUE NO HABLA 22: EL ECO DEL QUE NO HABLA CAPÍTULO 22 — EL ECO DEL QUE NO HABLA
El amanecer parecía suspenderse sobre la ciudad mientras los primeros informes del día llegaban a los despachos.
El país seguía envuelto en la euforia generada por el caso del “héroe”, y cada pantalla en cafés y oficinas repetía la misma secuencia: Fabián sonriendo, el Presidente hablando de “unidad”, el Secretario Lira evaluando el “impacto histórico” de los recientes sucesos.
Pero en la oficina privada de María Fernanda Salgado, el mundo se movía a un ritmo diferente.
No había cámaras, ni aplausos, ni discursos.
Solo tres personas y una verdad todavía sin nombre.
Annie Volkovna regresó antes de que el reloj marcara las seis.
Traía el cansancio en los ojos, pero también una especie de inquietud eléctrica que no se lograba disimular.
Había trabajado en Wall Street, había visto transacciones millonarias disfrazadas de movimientos inocentes, había participado en salas cerradas donde se discutía la caída o ascenso de corporaciones que afectaban a millones.
Pero nada la había preparado para lo que había escuchado en una celda de veinte metros cuadrados, con un hombre cubierto de cicatrices que hablaba como si eligiera cada sílaba en un tablero de ajedrez invisible.
Julián Ríos ya estaba en la oficina de Salgado, revisando documentos y preparando un paquete jurídico cuya existencia era conocida solo por ellos tres.
Bebía café negro sin azúcar, revisando una lista de posibles rutas legales para reabrir el caso de Rodrigo Moreno.
Era, en parte, una labor rutinaria; en parte, una misión que sabía peligrosa.
Pero él no tenía aún idea de lo que Rodrigo realmente buscaba.
Annie entró.
Cerró la puerta.
Y en ese instante, tanto Julián como Salgado supieron que algo había cambiado.
—¿Lo viste?
—preguntó Salgado, dejando a un lado su lapicero.
La voz aún tranquila, pero sostenida por la tensión previa que conoció bien: la antesala de un giro decisivo.
—Sí —respondió Annie—.
Y hable con él.
Pero…
—miró a Julián, luego a Salgado—, no puedo decirlo en voz alta.
No todavía.
“El tono”, pensó Salgado.
“Ese tono nunca lo había oído en ella”.
Salgado se acercó.
Su figura siempre había sido imponente, no solo por los cargos que había ocupado, sino por la forma en que sabía situarse en el centro del asunto.
Annie se inclinó hacia ella.
Sus labios se movieron apenas, pronunciando palabras que solo dos personas en esa habitación oirían jamás.
Cuando terminó, Annie volvió a su postura normal.
Y Salgado… quedó inmóvil.
No era sorpresa.
Era conmoción.
La alcaldesa sintió, desde la noche de la misteriosa visita que le había revelado la transformación de Rodrigo, que algo no cuadraba.
Pero aquello que Annie le acababa de susurrar rompía todas las expectativas.
No era una súplica, no era rencor, no era miedo.
Era… cálculo.
Voluntad.
Propósito.
Y, sobre todo, un concepto de justicia que no se parecía al de los tribunales oficiales.
—¿Cómo…?
—balbuceó Salgado por primera vez en meses—.
¿Cómo se le ocurre algo así?
¿De dónde… de dónde obtuvo esa convicción?
Julián, sorprendido por la reacción, no pudo contenerse:
— ¿Qué fue lo que dijo?
¿Qué puede haber dicho un muchacho en prisión para que usted se ponga así?
Annie lo miró y negó con la cabeza.
—Lo siento, Julián.
No es información que pueda compartirse.
Rodrigo lo dijo específicamente para Salgado.
Nadie más debe oírlo.
A Julián no le gustó quedarse fuera de la ecuación, pero entendía bien el protocolo de confidencialidad cuando Salgado lo imponia.
Y si ella estaba alterada, era por algo que valía oro.
No insistió.
Salgado respiró hondo, cruzó los brazos, caminó hacia la ventana y volvió a Julián y Annie con un brillo extraño en los ojos: una mezcla de lucidez y perturbación.
—Pensaba reabrir el caso para revelar la verdad —dijo—.
Para encontrar al verdadero culpable.
Pero Rodrigo… —se tocó el pecho, como si las palabras aún resonaran ahí—.
Rodrigo no quiere eso.
Julián frunció el ceño.
— ¿Cómo que no?
¿Qué otra alternativa hay?
Salgado tomó asiento, cruzó las manos y dijo:
—Quiere que incriminemos a otros.
El silencio se convirtió en una criatura viva en la habitación.
Julián abrió la boca, incrédulo.
—¿Incriminar?
¿Él pide eso?
—Sí —respondió Salgado con firmeza digna de quien aceptó una nueva misión—.
Y no a personas inocentes.
A dos hombres cuya culpabilidad en otros delitos es indiscutible.
Quiere que los responsabilicemos del caso que lo incriminó a él.
Julián avanzaba lentamente.
A nivel legal, era un terreno resbaladizo, pero no imposible.
Sobre todo, si los nuevos acusados ya tenían historiales criminales reales y abundantes.
— ¿Quién hijo?
—preguntó, preparando ya una hoja mental.
Salgado levantó un dedo.
—Primero, Carlos Rosales.
Alias “El Ratón”.
Annie hizo una mueca.
—Ese sigue libre?
—preguntó, casi indignada—.
Tiene como diez carpetas abiertas.
—Veintisiete —corrigió Salgado—.
Asaltos agravados, robos a mano armada, extorsión, agresiones.
Y hay indicios de que participó en dos violaciones, aunque nunca se logró armar bien el expediente.
Un delincuente de barrio, rastrero, pero astuto.
Exactamente el tipo de hombre que pudo haber sido usado para incriminar a Rodrigo sin dejar rastros evidentes.
Julián escribió mentalmente: perfecto para encajar en la versión alternativa de los hechos.
—¿Y el segundo?
—preguntó.
El silencio de Salgado era más pesado que antes.
—Rogelio Saldaña —dijo al fin.
Julián casi dejó caer su bolígrafo.
—¿El Secretario de Gobierno del estado?
—Ese mismo.
Annie no lo podía creer.
Rogelio Saldaña era uno de los políticos mejor posicionados para las próximas elecciones internas de su partido.
Un hombre de discurso elegante, modales estudiados y una ambición que se intuía incluso antes de escuchar sus promesas.
Desde hacía meses, buscaba lanzarse como candidato a la diputación federal, y algunos incluso decían que apuntaba más alto: a la Gubernatura si la coyuntura se acomodaba.
—Rodrigo lo señaló a él?
—preguntó Annie.
—Rodrigo no señaló nombres —corrigió Salgado—.
Señaló intenciones.
Pero sus palabras… —respiró hondo, recordando el susurro—.
Su plan solo encaja si Saldaña está involucrado.
Julián entendió todo el golpe.
Saldaña tenía un motivo perfecto: derribar a Fabián, su potencial rival político.
¿Qué mejor que un escándalo armado para salpicarlo?
Y si para eso tenían que usar al más débil —Rodrigo—, ningún problema: era desechable.
Salgado se colocó de pie con súbita determinación.
—Rodrigo quiere caerle encima a los verdaderos responsables.
No desde aquí —señaló el piso—.
Sino desde afuera.
Él quiere libertad, sí, pero no como absolución… sino como arma.
Las horas siguientes fueron frenéticas.
Ya no era solo reabrir un caso: era construir una estrategia de múltiples capas.
1.
Primer objetivo: capturar y procesar legalmente a Carlos “El Ratón” Rosales.
2.
Segundo objetivo: derrumbar la fachada política de Rogelio Saldaña.
3.
Tercer objetivo: conectar ambos casos con el expediente que incriminó a Rodrigo.
Y es que, entre las declaraciones y la información en manos de Annie, surgió algo inesperado:
Adolfo había sido incriminado por el mismo grupo político que buscaba afectar a Fabián.
Ese grupo era controlado por Rogelio Saldaña.
El rompecabezas estaba empezando a encajar.
Julián y Annie reunieron expedientes, testimonios y antiguos reportes de policía.
Descubrieron que “El Ratón” era exactamente el tipo de criminal que prospera en los márgenes por pura supervivencia y malicia.
Carlos Rosales inició su carrera delictiva a los 14 años robando bicicletas.
A los 16 ya extorsionaba a comerciantes.
A los 18 se había convertido en un ladrón habitual de casas en zonas populares.
Su especialidad: entrar sin romper cerraduras, gracias a contactos que seguirían llaves duplicadas de edificios enteros.
A los 20 se volvió violento.
A los 23, estaba involucrado en una banda de asaltantes que operaba de noche con cuchillos, cadenas y armas cortas.
Su apodo, “El Ratón”, se debía a dos cosas: primero, porque siempre escapaba por lugares estrechos, como pasadizos o techos donde otros no podían moverse.
Segundo, porque traicionaba a cualquiera que pudiera beneficiarlo.
Era, en resumen, un parásito de barrio con un historial perfecto para cargar culpas adicionales sin que nadie dudara.
La parte impresionante era otra: todas sus carpetas estaban “sin concluir”, “en espera”, “incompletas”, o directamente “extraviadas”.
Alguien lo había protegido por años.
Y con el nombre de Rogelio Saldaña ya sobre la mesa, la relación entre ambos se volvió evidente.
—Saldaña lo usaba como perro —dijo Annie revisando los expedientes—.
Lo soltaba cuando necesitaba caos, lo apretaba cuando requería silencio.
—Y ahora —añadió Julián— le tocó pagar.
Para construir un caso sólido, Annie realizó una de las investigaciones financieras más delicadas de toda su corta pero brillante carrera.
Analizó los últimos diez años de movimientos patrimoniales de Saldaña.
Cruzó registros, consultó notas, revisó declaraciones fiscales, trianguló cuentas vinculadas a terceros.
Encontró irregularidades.
Encontró triangulaciones.
Encontró pagos a empresas falsas que terminaban en manos de operadores políticos, incluidos dos que habían trabajado indirectamente en el caso de Adolfo.
Salgado, Julián y Annie confirmaron la nueva línea:
Saldaña había incriminado a Adolfo para controlar un sector de locales votados.
Y después necesitaba incriminar a Rodrigo para enterrar conexiones que pudieran exponer la red entera.
El plan del político era perfecto.
Con Rodrigo en prisión y la familia Moreno acaparando la mediática por el héroe Fabián, nadie atención revisaría nada.
Todo lo viejo quedaría enterrado bajo la euforia nacional.
Pero Salgado había decidido lo contrario.
Una media tarde, Annie entregó un informe en la oficina de Salgado.
Era horrible, organizado, demoledor.
Julián lo revisó con la precisión de un cirujano y construyó la primera versión de la solicitud formal para reabrir el caso.
La razón: nueva evidencia vinculada a otros implicados potenciales.
Nada más.
Nada menos.
Un dispositivo legal que, en manos de Salgado, se convertiría en una bomba política.
Durante el proceso se mostraron documentos relacionados con Adolfo.
Papeles, declaraciones, sellos alterados.
La evidencia era sólida: él también había sido incriminado injustamente.
Salgado mandó liberar un informe preliminar a un fiscal confiable.
La revisión tardó 72 horas.
Resultado:
Adolfo fue declarado inocente y puesto en libertad.
No fue titular nacional.
Ni estatal.
Ni siquiera municipal.
Fue una liberación silenciosa, técnica, hecha bajo la sombra de papeles y correcciones.
Justo como Rodrigo deseaba.
Mientras se abrían nuevas líneas en la investigación, Annie descubrió que parte del dinero que financiaba a la banda de “El Ratón” salía desde la oficina del propio Saldaña.
Eran pagos disfrazados de “contratos de asesoría”, “estudios de campo” y “movilidad territorial”.
Era imposible no ver el rastro.
Julián preparó el documento final:
**Saldaña sería acusado de:
Manipulación de pruebas
Corrupción
Encubrimiento agravado
Y un nuevo delito: asociación delictuosa con una banda criminal**
El político se convirtió de pronto en el segundo nombre más caliente del estado después de Fabián.
Y eso apenas era el inicio.
Salgado llamó a Annie y Julián a su despacho.
—Nadie debe saber aún qué vamos a hacer —advirtió—.
Antes de presentar cargos formales necesitamos un testimonio clave: Rodrigo debe conocer lo que estamos a punto de mover.
Sin su autorización moral, esto no es venta.
—Lo veré mañana —aseguró Annie.
—No —corrigió Salgado—.
Yo también iré.
Pero tú entras sola.
Rodrigo te dará otra frase.
Él juega a largo plazo, y si su propia estrategia tiene otras capas… debemos escucharlas.
Annie Ascendiendo, consciente de que la transformación de Rodrigo era más profunda de lo que cualquiera imaginaba.
Julián, aunque respetaba los protocolos, seguía intrigado.
—Aún no me explico algo —dijo—.
¿Por qué Rodrigo no pidió justicia directa?
¿Por qué incriminar a otros, aunque sean culpables de distintas cosas?
Salgado lo miró con una seriedad casi ancestral.
—Porque Rodrigo quiere justicia fuera de prisión —respondió—.
La verdadera.
La que no está en expedientes.
La que él mismo quiere ejecutar.
Julián guardó silencio.
Annie, en cambio, comprendió la magnitud moral del asunto:
Rodrigo no busca quedar limpio.
Busca revelar la mentira entera.
Y destruir, desde afuera, a quienes lo intentaron destruir.
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