El legado de los cielos - Capítulo 23
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23: MEMORIAS QUE DESPIERTAN 23: MEMORIAS QUE DESPIERTAN CAPÍTULO 23 “Memorias que Despiertan”
Mientras Salgado y su equipo estaban en el caso para sacar a Rodrigo, al otro lado del país, dentro del encierro silencioso de la prisión, Rodrigo Moreno comenzaba a experimentar algo que no pertenecía a ese mundo de concreto, metal y sudor viejo.
Era como si un océano invisible se hubiera desbordado dentro de su mente… aunque en realidad no era agua lo que emergía, sino memorias.
Fragmentos sueltos, como páginas arrancadas de libros imposibles, que aparecían sin orden, solo conocimiento puro, crudo, intacto, como si siempre hubiera estado ahí, enterrado en alguna parte oculta de su conciencia.
Y eso le aterraba.
Porque cada fragmento llegaba sin aviso.
Sin control.
Sin piedad.
Rodrigo estaba sentado en la esquina más oscura de su celda.
No quería llamar la atención, no quería que nadie sospechara que algo había cambiado.
Desde su pelea reciente —de la que aún se hablaba en murmullos entre los presos— se había convertido en una especie de anomalía.
Todos lo miraban.
Algunos con miedo.
Otros con resentimiento.
Y unos pocos con un respeto silencioso, como si hubieran visto algo que no terminaban de comprender.
Pero nadie sabía la verdad.
Ni siquiera él la comprendía.
Cerró los ojos para intentar descansar, pero fue en ese instante cuando una nueva oleada de memorias se activó, tan vívida que sintió como si alguien hubiera inyectado luz en su cerebro.
Una estructura se formó ante él, no física, sino conceptual: un diagrama.
Un mapa interno compuesto de miles de líneas que convergían en múltiples centros energéticos.
—¿Otra vez…?
—susurró casi sin respirar.
Pero no había voces respondiéndole, no había entidades, no había guías.
Solo secuencias.
Solo información.
Era como ver una máquina funcionar desde dentro, como recordar de repente cómo operar un instrumento que jamás había visto.
Y entonces llegó el fragmento más fuerte.
El recuerdo no era una imagen ni una explicación.
Era una experiencia.
De pronto sintió en su cuerpo la sensación de inhalar algo que no existía en el aire de la Tierra.
Una fuerza etérea, una sustancia antigua, sin forma, sin color.
Su cuerpo, en la visión, absorbía venenos, calor, frío, energía cinética, incluso energía espiritual pura—pero eso era lo más extraño, porque en la Tierra no había tal cosa.
Pero aun así, en la memoria, él veía cómo su cuerpo la devoraba.
Y la convertía.
La Transformación del Caos.
Una técnica suprema capaz de convertir cualquier energía en energía espiritual propia.
Era monstruosa.
Desafiante.
Perfecta.
Inalcanzable.
Porque cuando intentó despertar aunque fuera una pizca de esa energía en su cuerpo real, no sintió nada.
Nada.
Ni un temblor.
Ni un residuo.
Ni un rastro de energía espiritual.
Era como si tuviera las instrucciones para encender un sol, pero viviera en un universo sin fuego.
—¿Cómo se supone que…?
—dijo en voz baja, con frustración.
Los fragmentos se sentían como recuerdo de una vida que no era suya, como si alguna vez hubiera practicado, dominado o contemplado esa técnica, pero ahora su cuerpo era demasiado débil, demasiado humano, demasiado limitado.
Suspiró.
El conocimiento estaba ahí.
Pero el mundo no.
El siguiente fragmento llegó como un latido violento.
Su alma, ese concepto intangible que él jamás había considerado real, de pronto se veía ante él como una esfera inmensa de luz apagada.
Rodeada por símbolos flotantes, unos brillantes, otros corroídos, algunos rotos.
La técnica que surgió era distinta a la anterior.
No era para su cuerpo.
No era para absorber energía.
Era para su alma.
La Derivación del Alma.
Una técnica capaz de reconstruir, fortalecer y acelerar el crecimiento del alma misma.
Diseñada para alquimistas, refinadores de armas, creadores de talismanes, maestros de formaciones… seres cuya fuerza provenía del espíritu más que del músculo.
Los fragmentos le mostraron cómo un alma poderosa podía manipular calor sin quemarse, invocar fuego sin combustible, comprimir metales sin herramientas, refinar píldoras que podían destruir ciudades o salvar reinos enteros.
Era hermoso Y aterrador.
Rodrigo abrió los ojos de golpe.
Su respiración estaba agitada, su pecho subía y bajaba como si hubiera corrido por horas, aunque seguía sentado.
Estas memorias…
No eran para un mundo como este.
Y sin embargo estaban ahí, incrustadas como tatuajes invisibles dentro de su mente.
Intentó aplicar la técnica más simple: observar su alma.
Solo eso.
Pero la Tierra, silenciosa, vacía de energía, no le respondía.
Sentía algo débil… como un fogón casi apagado en su interior, pero era demasiado pequeño para hacer cualquier cosa con él.
Demasiado insignificante.
Demasiado humano.
Rodrigo apretó el puño.
La herencia era poderosa.
Quizás la más poderosa que podía existir.
Pero él, en ese estado…
Era una sombra.
Otro fragmento apareció, más simple, más directo.
Esta vez no era una técnica, sino un objeto.
El anillo.
Ese anillo que el anciano le dio.
Un anillo que hasta ahora consideraba simple, silencioso, insignificante.
En su mente surgió el diseño interno del anillo: capas de espacio plegado sobre sí mismo, cientos de compartimentos invisibles, campos de energía, sellos, mecanismos espirituales que parecían imposibles de reproducir con cualquier tecnología de la Tierra.
Y la revelación llegó:
El anillo no funcionaba con energía espiritual.
Funcionaba con el alma.
Esa era la clave.
Él podía usarlo.
Aunque no pudiera cultivar aún.
Aunque no pudiera absorber energía.
Aunque no hubiera energía espiritual en la Tierra.
Pero…
—No puedo usarlo aquí —murmuró.
Si usaba el anillo en prisión:
alguien podía verlo;
alguien podía delatarlo;
podían intentar robárselo;
o peor, descubrirlo.
Y Rodrigo Moreno ya había aprendido algo:
el peligro no venía de los más fuertes, sino de los más desesperados.
El anillo sería su arma, su refugio, su futuro…
Pero no ahora.
No en este lugar.
Respiró hondo.
Lo más sensato era esperar.
Los fragmentos siguientes fueron más complejos.
Más densos.
Más extensos.
Memorias sobre alquimia: no se trataba de mezclar ingredientes arbitrariamente, sino de comprender su esencia energética, algo imposible en un mundo sin energía espiritual.
Memorias sobre refinación de armas: forjar metales capaces de canalizar poder espiritual, comprimir materiales arcanos, diseñar matrices de energía, nada que pudiera hacerse en un taller humano.
Memorias sobre talismanes: runas vivas, sellos que respiraban, símbolos capaces de provocar tormentas o abrir portales.
Todo estaba ahí.
Pero inaccesible.
Como tener la biblioteca más grande del universo… sin la llave.
Rodrigo sintió un vacío en el estómago.
Por primera vez, comprendió la magnitud de la herencia que había recibido.
Era colosal.
Y él estaba atrapado entre barrotes.
Con un mundo entero que desconocía lo que él ahora sabía… y que jamás lo creería si lo dijera.
Mientras los fragmentos seguían fluyendo, Rodrigo se obligó a detenerlos.
No físicamente —no podía—, pero sí mentalmente.
Sabía que si seguía absorbiendo más información de golpe se arriesgaba a perder el control.
La prisión no era un lugar seguro para aprender nada.
Mucho menos algo así.
Tenía que mantener la calma.
Tenía que actuar como si fuera el mismo chico de siempre.
Tenía que ser inteligente.
Ya sabía perfectamente que los guardias lo observaban más seguido.
Sabía que algunos presos lo evitaban.
Sabía que otros querían probar si su victoria reciente había sido suerte o un milagro.
Y sabía que si mostraba aunque fuera una pizca de su cambio interior, su destino sería peor que la muerte.
La clave era esperar a que Salgado cumpliera su parte… o más bien, a que el plan de él mismo funcionara.
A que lo liberaran.
A que todo esto pudiera hacerse lejos de miradas curiosas.
Cerró los ojos y dejó que la oscuridad lo envolviera.
Tenía un objetivo:
Salir.
Estudiar.
Crecer.
Fortalecerse.
Ejecutar su venganza.
Limpiar su nombre.
Y destruir a quienes lo habían condenado.
Pero no ahora.
No aquí.
En el pasillo alguien gritó, una disputa entre reos, ruido de metal y pasos apresurados.
Rodrigo no se movió.
No se levantó.
No trató de ver qué ocurría.
Estaba usando ese caos como una prueba.
Una prueba para sí mismo.
Antes, él habría volteado por puro instinto.
Habría tratado de ver, de comprender, de mantenerse alerta.
Ahora, en cambio, simplemente se mantuvo sentado, respirando con calma, permitiendo que el ruido pasara a través de él.
Un fragmento de memoria le enseñó esa disciplina:
“El poder nace en el silencio que controla al caos.”
Aunque aún no podía cultivar, podía adoptar la base mental de un cultivador.
Eso sí lo podía hacer.
Cuando el alboroto cesó, él no se movió.
Su mente estaba enfocada en controlar su respiración, su pulso, su energía interna—aunque esta fuera mínima.
La calma era su arma.
La paciencia era su escudo.
Y el silencio sería su manto.
Pero había una pregunta que lo atormentaba:
¿Existe energía espiritual en la Tierra?
Si no existía, nunca podría cultivar.
Nunca podría usar las técnicas.
Nunca podría usar plenamente su herencia.
Nunca podría avanzar del estado en el que estaba.
Nunca podría vengarse como debía.
Nunca podría convertirse en algo distinto.
Y entonces…
Un recuerdo apareció.
No era una técnica.
No era alquimia.
No era refinación.
No era sobre el alma.
Era un concepto.
“Incluso en mundos secos, la energía espiritual no muere; se esconde.”
Rodrigo abrió los ojos.
Eso era todo el fragmento.
Una simple frase conceptual.
Nada más.
Pero era suficiente para encender una chispa dentro de él.
—Si se esconde… entonces puedo encontrarla —susurró.
Tal vez la Tierra no estaba muerta.
Tal vez la energía espiritual estaba enterrada bajo el tiempo, olvidada, dormida, oculta.
Y quizás…
él podría despertarla.
Pero no aquí.
No ahora.
Primero tenía que salir.
Mientras toda esta tormenta interna se desarrollaba, él mantenía la misma postura: tranquilo, callado, sin destacar.
Estaba perfeccionando su rol.
Aprendiendo a actuar como si nada hubiera cambiado.
Porque nadie debía saberlo.
Ni guardias.
Ni reos.
Ni los militares.
Ni Fabián.
Ni los Moreno.
Ni el Estado entero.
La única persona que podría sospechar algo era Salgado…
Pero ella también estaba demasiado ocupada moviendo piezas en su tablero.
Mientras tanto, Rodrigo comenzó a organizar prioridades:
1.
Salir de prisión.
2.
Estudiar su herencia en secreto.
3.
Determinar si la energía espiritual existe o no en la Tierra.
4.
Desarrollar la técnica del alma para poder usar el anillo.
5.
Reunir recursos sin levantar sospecha.
6.
Prepararse física, mental y espiritualmente.
7.
Venganza.
Uno por uno.
Frío.
Preciso.
Disciplinado.
La noche cayó sobre la prisión.
Las luces temblaron.
Los guardias hicieron rondas.
Los presos murmuraron.
El ambiente olía a humedad, metal oxidado y deseos rotos.
Rodrigo permaneció sentado.
Inmóvil.
Casi parecía dormido, pero su mente era un gigantesco taller espiritual en ebullición silenciosa.
La Transformación del Caos.
La Derivación del Alma.
El anillo espacial.
La alquimia.
La refinación.
Los talismanes.
Las formaciones.
El conocimiento oculto.
Los fragmentos seguían llegando, uno a uno, como si su alma fuera un vaso que se llenaba milímetro a milímetro.
El mundo no se daba cuenta.
Nadie lo veía.
Nadie sospechaba.
Pero en las sombras de su celda, Rodrigo Moreno estaba naciendo por segunda vez.
Lo que la Tierra había intentado destruir…
la herencia lo estaba reconstruyendo.
Despacito y en silencio.
Como una tormenta que se forma más allá del horizonte.
Y cuando finalmente despertara…
Nadie sería capaz de detenerlo.
Ni Fabián.
Ni Eugenio.
Ni los Moreno.
Ni el Estado.
Ni los criminales.
Ni el mundo entero.
Rodrigo abrió los ojos.
Y en el fondo de su mirada, un brillo imperceptible —un brillo que nadie vio— marcó el inicio de algo nuevo.
Algo inevitable.
Algo que cambiaría su destino.
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