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El legado de los cielos - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 VOCES EN LA SOMBRA
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24: VOCES EN LA SOMBRA 24: VOCES EN LA SOMBRA CAPÍTULO 24 — VOCES EN LA SOMBRA
Mientras Salgado y su equipo avanzaban en las gestiones para desmontar la injusticia del caso, el viaje hacia Colima se volvió inevitable.

Aunque había pasado toda la madrugada revisando expedientes, coordinando con su equipo y respondiendo presiones políticas de Ciudad de México, la candidata ala presidencia no dudó ni un segundo: tenía que ver a Rodrigo personalmente.

A su lado viajaban Annie y Lira, los dos más cercanos a ella en este proceso.

El vuelo privado aterrizó en el pequeño aeropuerto de Playa de Oro, Manzanillo, y desde allí se dirigieron directamente ala prisión de manzanillo.

Apenas se bajaron del vehículo oficial, Annie respiró hondo.

Había trabajado con criminales de cuello blanco, empresarios traicioneros y hasta políticos de la bolsa que podían manipular índices bursátiles con solo un gesto… pero jamás había visto a un muchacho de 17 años que cargara sobre los hombros tanta injusticia con tanta serenidad.

Las puertas metálicas se cerraron a sus espaldas mientras los guardias guiaban al grupo hacia la sala de entrevistas.

Rodrigo, sentado con las manos sobre la mesa, alzó la mirada y observó a Salgado entrar.

Atrás venía Annie, seria pero atenta, y finalmente Lira, con su inseparable carpeta.

Lo primero que notó Rodrigo fue el cansancio en los ojos de Salgado.

Pero también notó otra cosa: determinación.

Ella lo observó en silencio por dos segundos… y luego sonrió.

—Rodrigo… —murmuró, dejando a un lado su investidura política por primera vez en días—.

Me alegra verte.

Rodrigo inclinó la cabeza con respeto.

—Gracias por venir, señora Salgado.

Annie observaba todo desde el costado.

No sabía por qué, pero sentir el tono calmado, seguro y casi adulto del muchacho… le provocó un pequeño estremecimiento.

¿Qué es esto?

pensó.

Ni siquiera entiendo por qué me importa cómo habla…
Salgado se sentó frente a él.

Apenas la mesa los separaba.

Entonces, inclinándose un poco más, acercó los labios a su oído derecho.

Nadie más escuchó lo que dijo.

Rodrigo abrió los ojos apenas un milímetro.

Fue imperceptible para cualquiera excepto para quienes estudiaban microexpresiones… pero Annie sí lo notó.

Ella tragó saliva.

¿Qué le dijo?

¿Qué puede impactar a un chico que ha soportado tanto?

Rodrigo respondió con un asentimiento leve, cargado de un entendimiento profundo.

No dijo una palabra.

Salgado volvió a su postura normal como si nada hubiera ocurrido.

—Ahora sí… hablemos del caso —dijo en voz alta.

Lira abrió la carpeta.

—La revisión extraordinaria ha sido aceptada.

El juez ya está bajo investigación por órdenes superiores.

Hay irregularidades graves que nos dan un punto de apoyo muy sólido.

—Y la fiscalía del estado —añadió Salgado— está reculando.

Se dieron cuenta de que todo esto puede reventarles encima si no corrigen rápido.

Rodrigo mantuvo la mirada en ella, sin moverse.

—¿Cuánto falta?

—preguntó.

Salgado intercambió una mirada con Annie y Lira.

Nadie quería generar falsas expectativas.

—A este ritmo, de siete a diez días —respondió Lira.

Rodrigo negó con la cabeza, tranquilo pero firme.

—No.

En tres días.

Annie se quedó inmóvil.

Salgado entrecerró los ojos.

Lira frunció el ceño.

—Rodrigo… —dijo la candidata ala presidencia con suavidad— eso es casi imposible.

Hay procesos que incluso con presión federal…
—Tres días —repitió él, sin elevar la voz—.

Sé que se puede.

Annie sintió un escalofrío.

Había visto negociadores bursátiles mover miles de millones sin pestañear, pero nunca había visto a un adolescente hablar como si ya hubiera visto el futuro.

—¿Por qué estás tan seguro?

—preguntó Salgado.

Rodrigo mantuvo la mirada fija, sin desafiar, pero tampoco cediendo.

—Porque mi vida no puede seguir en pausa.

Y porque sé que usted puede hacerlo.

Por un instante, todo quedó en silencio.

Annie lo observó… y sintió algo extraño en el estómago, una mezcla de respeto, asombro y… algo que prefirió ignorar.

Salgado respiró hondo.

Este chico…
Era como hablar con alguien de treinta años atrapado en un cuerpo demasiado joven.

Mientras Lira hablaba con un guardia sobre la documentación necesaria, Annie aprovechó para observar a Rodrigo más detenidamente.

Lo hacía sin darse cuenta.

Cómo acomodaba las manos.

Cómo analizaba cada palabra antes de pronunciarla.

Cómo parecía más preocupado por no causar problemas que por su propia situación.

Es demasiado maduro, pensó.

Demasiado centrado… ¿cómo puede tener 17?

Recordó las noches interminables en Wall Street, cuando negociaba contra tiburones financieros con veinte años de experiencia.

Nunca había visto esa mirada serena en alguien tan joven.

No es normal…
Se mordió el labio sin darse cuenta.

Y no debería importarme… es solo un caso.

Solo un chico injustamente encerrado.

Pero aun así…
Ese pensamiento no se iba.

Cuando Annie se distrajo revisando el celular oficial, Salgado también aprovechó para observar al muchacho.

Y cometió un error.

Un pequeño error humano.

Por medio segundo, su mente voló lejos:
Se imaginó caminando con Rodrigo por un sendero de montaña.

Riendo juntos.

Discutiendo sobre política, sobre justicia, sobre sueños.

Y por un instante —tan fugaz como una chispa— la imagen se transformó en algo más íntimo.

¿Qué demonios…?

Sacudió la cabeza, regresando de golpe al presente.

María Fernanda, ¿en qué estás pensando?

¡Tiene 17!

Se sintió ridícula.

Y un poco culpable.

Rodrigo la miró sin entender, pues solo notó un cambio leve en la expresión de ella.

—¿Todo está bien?

—preguntó él.

Ella sintió un pinchazo de vergüenza por dentro, aunque por fuera mantuvo la compostura perfecta de una candidata presidencial.

—Sí —respondió, sonriendo con suavidad—.

Solo… cansancio.

Cuando terminaron los trámites y los guardias anunciaron que el tiempo de visita estaba por concluir, Rodrigo se levantó.

Salgado también.

Ella dio un paso hacia él.

Apenas medio segundo.

Lo suficiente para susurrarle algo más… pero esta vez no fue en el oído.

Fue un murmullo breve, apenas audible para él.

Rodrigo escuchó.

Su expresión no cambió.

Pero por dentro, algo se sacudió profundamente.

—Entendido —respondió él con un hilo de voz solo para ella.

Annie no escuchó las palabras, pero vio la reacción:
Los ojos de Rodrigo se volvieron más determinados.

Los de Salgado, más serios.

¿Qué está pasando entre ellos?

pensó Annie.

¿Qué clase de información están intercambiando que ni yo, la analista principal, puedo escuchar?

Cuando los guardias se acercaron para escoltarlos hacia la salida, Rodrigo dio un paso atrás.

—Recuerde —dijo él con calma absoluta—, tres días.

Salgado lo miró con un brillo extraño en los ojos.

Una mezcla de responsabilidad, respeto… y algo que no podía nombrar.

—Haré lo que pueda —respondió ella.

Pero ambos sabían que en realidad quería decir: Haré lo imposible.

Annie miró a Rodrigo una última vez antes de que la puerta metálica se cerrara.

Y fue ahí cuando sintió un golpe en el pecho.

Un sentimiento inesperado.

Uno que no quería aceptar.

No… no puede ser… él solo es un chico.

Solo un caso.

Solo…
Pero la puerta se cerró, y aún así, su corazón siguió latiendo más rápido de lo normal.

Cuando subieron al vehículo, Lira comenzó a dictar los pasos legales que iban a seguir.

Salgado asentía.

Annie también…
Pero en realidad, los tres estaban pensando en Rodrigo.

Y en tres días.

Tres días que podrían cambiar la historia entera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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