Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El legado de los cielos - Capítulo 25

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El legado de los cielos
  4. Capítulo 25 - 25 EL JUICIO DEL SIGLO
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

25: EL JUICIO DEL SIGLO.

25: EL JUICIO DEL SIGLO.

CAPÍTULO 25.

“EL JUICIO DEL SIGLO.

Tres días habían pasado desde aquella conversación en la celda entre Rodrigo, Salgado y Annie.

Tres días en los que el país entero seguía hablando del “Héroe Fabián”, el nuevo ícono político del gobierno estatal y del federal, mientras en las sombras se movía un engranaje distinto, silencioso, calculado y preciso.

Un engranaje que nadie conocía.

Uno que llevaba el nombre de Rodrigo Moreno.

Lo que sucedería ese día sería recordado por muchos como un evento confuso.

Saturado de rapidez, silencios incómodos y decisiones judiciales que parecían salir de la nada.

Pero en realidad, absolutamente todo era parte de un plan que había comenzado desde que Rodrigo despertó en aquella camilla de enfermería, con un cuerpo distinto, una mente distinta y una misión que solo él conoció.

El juicio sería apenas el inicio.

El amanecer sobre Colima lucía gris, cargado de humedad.

No era normal, pero tampoco imposible.

Lo que sí era anormal era la sensación en el aire: una mezcla de expectativa, miedo y algo más… como si algo importante estuviera a punto de romperse.

Los pasillos del juzgado estaban llenos.

Policías estatales, federales, periodistas y asistentes públicos ocupaban cada espacio, pero no por Rodrigo.

Nadie vino por él.

Nadie le daba importancia al supuesto caso de “agresión sexual”.

Aquello no era más que ruido de fondo para la mayoría.

La estrella del día era la caída de un funcionario estatal.

Un secretario de gobierno.

Rogelio Saldaña.

El mismo que horas antes había sido uno de los hombres más influyentes del estado.

Ahora estaba esposado.

Y ni él mismo sabía cómo había llegado a eso.

Salgado observaba desde un balcón interno del juzgado, acompañado por Annie y Julián Ríos.

Su rostro era sereno, pero sus ojos revelaban la tensión de quien mueve piezas delicadas sin poder cometer un error.

—Ya está hecho —dijo Julián, ajustándose las gafas—.

El juez aceptó reabrir el caso.

Y la Fiscalía está convencida de que Saldaña sabía demasiado y encubría más.

—Un político menos en el camino —murmuró Salgado, sin emoción.

Annie, a su lado, mantenía un aspecto firme, pero sus dedos temblaban ligeramente.

No de miedo… sino de ansiedad.

De expectativa.

Desde que habló con Rodrigo en prisión, no había dejado de pensar en él.

Y eso le molestaba.

No entendía por qué él estaba interfiriendo en su mente.

Un interno.

Un joven de diecisiete años.

Uno que había entrado destruido, temeroso, insignificante… ¿Cómo había cambiado tan rápido?

La voz de Julián la sacó de su propio laberinto.

— ¿Está seguro que esto es lo correcto?

—preguntó él, mirando a Salgado—.

Incriminar a Saldaña… aunque sea culpable de otras cosas, esto es…
-¿Irregular?

—preguntó ella con una sonrisa fría—.

Rodrigo aceptó salir… con una condición.

La condición es esta.

Nosotros cumplimos nuestra parte.

Él saldrá libre.

Y el sistema, bueno… nunca ha sido limpio.

Solo estamos jugando con las mismas reglas que ellos.

Julián suspiró.

Annie bajó la mirada.

Salgado observó hacia la sala donde Saldaña estaba siendo procesada.

“Apenas tiene diecisiete años… ¿cómo puede pensar tan lejos?”, se preguntó a sí misma.

No había encontrado respuesta desde su visita a prisión.

Mientras Saldaña declaraba, otro operativo ocurría en las calles de Manzanillo.

El Ratón, Carlos Rosales, estaba sentado en la entrada de una tienda abandonada, fumando algo que no debía, cuando vio llegar a las patrullas.

Intentó correr, pero dos federales lo tumbaron contra el suelo como si fuera un muñeco de trapo.

—¡Suéltenme, hijos de la ching…!

¡No he hecho nada hoy!

—Hoy no —respondió uno de los oficiales—.

Pero traes cuentas pendientes.

El Ratón tenía historial de robos, extorsiones, agresiones y violaciones.

Era un criminal de barrio.

Uno que vivía sin miedo a la cárcel porque, paradójicamente, ahí dentro tenía amigos.

Pero esta vez fue distinto.

Esta vez hubo una orden directa desde muy arriba.

Nadie entendía por qué.

Ni él, mucho menos.

Los vecinos solo murmuraban:
—Ahora sí cayó el Ratón.

—Era cuestión de tiempo.

—Ese tipo trae el diablo encima.

Claro que nadie imaginaba la verdad:
No era el diablo.

Era Rodrigo Moreno.

La audiencia avanzó más rápida de lo que cualquier abogado ético hubiera aceptado.

Pero la justicia era un teatro y ese día estaba comprado.

Las pruebas contra Saldaña aparecieron como si hubieran estado siempre ahí.

Transferencias.

Audios.

Testimonios.

Un reporte que vinculaba a Saldaña con encubrimiento de delitos menores y desvíos.

Nada demasiado contundente por sí solo, pero suficiente cuando el sistema deseaba un culpable.

—¡Es un montaje!

—gritó Saldaña— ¡Yo no tengo nada que ver con ese muchacho!

Su abogado intentó calmarlo.

El juez lo ignoró.

Y mientras tanto, en la parte trasera de la sala, Rodrigo entraba escoltado.

Con uniforme de preso y esposas.

Y una mirada que nadie había visto antes.

No era la mirada de un joven temeroso.

Era la mirada de alguien que ya sabía el final antes de que comenzara la historia.

Annie lo vio desde lejos y sintió un extraño vuelco en el pecho.

“Es diferente… completamente diferente…”
Salgado también lo notó.

Había algo en su postura, en la firmeza de sus pasos, en la forma en que su mirada penetraba cada rincón como si evaluara amenazas invisibles.

“Su alma cambió”, pensó sin querer.

Rodrigo se sentó.

No habló.

No miró a nadie.

Solo esperó.

El juez pidió silencio.

—Procedimos —ordenó.

Se llamó a declarar a varias personas.

Funcionarios.

Testigos falsos.

Expertos.

Un desfile de actores en una obra política.

Finalmente, llegó el turno de Rodrigo.

Se levanta lentamente.

Caminó al estrado.

Y sin expresar emociones, miró al juez.

—Rodrigo Moreno —dijo el magistrado—, ¿mantiene la acusación presentada en la reapertura del caso?

Rodrigo respiró hondo.

Este era el momento.

—Sí, su señoría —dijo con voz tranquila—.

Y quiero agregar que todo fue orquestado por Rogelio Saldaña.

Se giró hacia la sala.

Sus palabras resonaron como un trueno.

Los murmullos comenzaron.

Salgado cruzó los brazos.

Annie contuvo la respiración.

El propio Saldaña palideció.

Rodrigo continuó:
—Mi caso no fue un accidente.

Fue un movimiento político.

Una maniobra para desestabilizar a la figura del futuro gobernador, Fabián Moreno.

Silencio.

Absoluto.

Casi insoportable.

Rodrigo bajó la mirada, encontrando dolor.

—Yo… solo fui un daño colateral.

La interpretación era perfecta.

Nadie sospecharía lo contrario.

El juez ascendió.

Era justo lo que necesitaba para cerrar rápido.

—Se levanta la acusación contra Rodrigo Moreno.

Se abrirá investigación formal hacia Rogelio Saldaña…
El mazo golpeó.

Caso cerrado.

El sol se había movido al centro del cielo cuando Rodrigo salió al patio exterior del juzgado.

Llevaba ropa limpia, una camiseta blanca sencilla que le entregaron al salir, y una mirada tranquila que no correspondía a alguien recién liberado de un caso tan mediático.

Annie y Salgado lo esperaban afuera, junto a un vehículo blindado discreto.

Julián hablaba por teléfono algunos metros a la derecha, dando instrucciones sobre el traslado del Ratón y el proceso contra Saldaña.

Cuando Rodrigo los vio, simplemente se acercó.

Salgado le puso la mirada.

—Eres libre —dijo ella.

Rodrigo inclinó la cabeza, sin dramatismos.

—Gracias.

Fue una palabra simple.

Pero en su mirada había otra cosa:
Reconocimiento.

Y a la vez… distancia.

Annie dio un paso al frente, intentando mantener la compostura.

—¿Quieres… que te llevemos a algún lugar?

—A mi casa —respondió él.

Pero antes de subir al vehículo se giró hacia Salgado.

—Quiero recordarle mi petición —dijo con un tono suave, pero firme—.

Lo prometido.

Salgado sintió un leve escalofrío.

Aquella petición secreta… la que él le susurró en prisión.

Algo que ella aún no había cumplido del todo.

Asintió.

—Lo haré.

Todo.

Rodrigo aparentemente apenas, una mueca rápida que se desvaneció como si nunca hubiera existido.

El joven subió al vehículo.

Y así como había entrado en el mundo como una víctima más del sistema…
Salió convertido en algo más.

Algo que nadie podría definir aún.

Excepto él.

Mientras el vehículo avanzaba por las calles rumbo a la casa de los Moreno, Rodrigo miró por la ventana sin decir nada.

No estaba emocionado.

Ni agradecido.

Ni satisfecho.

Apenas era el primer paso.

Lo que verdaderamente quería no era su libertad… sino algo que nadie imaginaba.

Justicia y venganza.

Y un futuro en el que él controlaría todo lo que antes lo destruyó.

Salgado, desde el asiento delantero, lo observaba por el espejo.

Annie, a su lado, quería descifrarlo.

Pero no podía.

Era imposible.

Rodrigo ahora tenía un mundo dentro de sí:
Cultivo.

Técnicas.

Poder potencial.

Memorias ancestrales.

Y una mente fría, calculadora.

Mientras todos lo celebraban como un chico inocente que por fin había sido liberado…
Rodrigo dejaba escapar una sonrisa apenas perceptible.

Una sonrisa que nadie vio.

Una sonrisa que marcaba el verdadero inicio de su historia:
El nacimiento de un fantasma que nadie podría detener.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo