El legado de los cielos - Capítulo 27
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27: EL SILENCIO ANTES DEL AIRE.
27: EL SILENCIO ANTES DEL AIRE.
CAPÍTULO 27 — EL SILENCIO ANTES DEL AIRE.
Ha pasado una semana desde que Rodrigo salió de prisión…
El amanecer caía sobre El Terrero como si una manta de luz tibia se extendiera lentamente por los árboles, las lomas y las veredas de tierra húmeda.
A esa hora, el viento apenas se movía, como si la sierra entera contuviera la respiración en un murmullo silencioso.
El canto de algunos pájaros rompía la calma, pero más allá de eso, todo parecía detenido, inmóvil.
Sentado sobre una roca plana cubierta por un musgo suave y brillante, Rodrigo Moreno permanecía en meditación profunda.
Sus ojos estaban cerrados, su respiración era tranquila y su postura era firme.
Había pasado una semana desde que salió de prisión… una semana que había transformado por completo su entendimiento de sí mismo y del mundo que lo rodeaba.
Durante esos días, los fragmentos de memoria entregados por aquel anciano misterioso habían seguido apareciendo en su mente, como hilos sueltos que se tejían solos, formando un tapiz de conocimientos incomprensibles para cualquier ser humano común.
Era un mar de información: alquimia, cultivo inmortal, formaciones, refinación de talismanes, refinación de armas, control del alma, orden del caos, líneas espirituales, energía espiritual, venenos, antídotos, hierbas, piedras espirituales, y docenas de disciplinas más que para un simple terrenal habrían parecido fantasía pura.
Pero lo que más llamó la atención de Rodrigo fue una técnica en particular:
La Transformación del Caos.
Esa técnica… era un monstruo, una aberración para los estándares de cualquier cultivador.
Permitía absorber todo tipo de energías: calor, frío, veneno, electricidad, toxinas, esencia vital, incluso alcohol.
Transformaba lo extraño, lo impuro, lo mortal… en energía espiritual pura.
Solo había un detalle.
Rodrigo todavía no podía sentir la energía espiritual.
La información estaba ahí, en su cabeza, pero era como tener una biblioteca sin bibliotecario.
Había libros, estantes, conocimiento ilimitado… pero nadie le había enseñado a leer correctamente.
Era como una escuela sin maestros, un templo sin monjes.
Contaba con el tesoro más grande del mundo, pero no sabía cómo abrirlo.
Pero había algo que sí había podido comprender.
La Derivación del Alma.
Esa técnica era distinta.
No trataba de energía espiritual, sino del alma.
Hilos de información se juntaron y él comprendió su naturaleza:
Era una técnica prohibida, un tesoro antiguo que cualquier alquimista, refinador o maestro de formaciones habría matado por obtener.
Durante esa semana, Rodrigo dedicó casi todas sus horas a practicarla, repitiendo los ciclos internos, moldeando su alma, expandiendo su mente.
Y el resultado fue… alarmante.
Su memoria se volvió perfecta.
Su capacidad de análisis se multiplicó.
Sus pensamientos eran como relámpagos encadenados.
Lo que una persona con IQ de 140 tardaba minutos en analizar, él lo comprendía en segundos.
Si un genio era un río, Rodrigo se estaba convirtiendo en un océano.
Sus artes marciales, aunque seguían asentadas en el 7° grado Dan y dentro del 5° grado Kyu, se estabilizaron.
Su fuerza era sólida, constante, sin fluctuaciones.
Su respiración era profunda y silenciosa, capaz de mantener la concentración durante horas sin pestañear.
Pero aquello no era lo más sorprendente.
El anillo.
Ese anillo que parecía hecho de jade exquisito, con un dragón tallado alrededor, decorado con oro y plata, cuyos ojos eran rubíes pulidos, había sido refinado.
Con la Derivación del Alma, Rodrigo lo vinculó a su esencia más profunda.
El anillo dejó de ser un simple objeto y se volvió parte de él.
Dentro de su espacio interno —un lugar oscuro, vacío, silencioso— descubrió algo que lo dejó sin palabras.
Un espacio del tamaño de una ciudad.
Era como si alguien hubiera arrancado una porción del cielo nocturno y lo hubiese encerrado dentro del anillo.
Ese sería su mayor secreto.
Incluso más adelante, cuando su vida cambiara para siempre, ese anillo seguiría siendo una parte esencial de él.
—Mi tesoro privado —susurró Rodrigo para sí mismo, abriendo por fin los ojos.
El sonido de ramas movidas por pasos humanos lo hizo voltear ligeramente.
Una figura se acercaba por el sendero entre los árboles.
Cuando por fin salió a la luz del claro, Rodrigo vio a María Fernanda Salgado.
Iba vestida con pantalón vaquero ajustado, botas de campo femeninas, y una camisa de manga larga color crema que resaltaba su figura elegante.
Aunque su vestimenta era conservadora, nada podía ocultar su porte, su belleza natural ni la autoridad que irradiaba incluso sin querer.
Su cabello suelto caía sobre sus hombros y el viento apenas movía algunos mechones.
Se detuvo delante de él y sonrió de una forma que parecía mezcla de alivio y tensión.
—Rodrigo —lo saludó, extendiendo la mano.
Él se levantó del sitio donde meditaba y tomó la mano de ella, mirándola directo a los ojos.
—Señora Salgado.
Ella hizo un gesto suave, casi una súplica disfrazada de amabilidad.
—No me digas señora —repuso con una sonrisa tenue—.
Puedes decirme María… o Fernanda.
“Señora” nos hace parecer distantes.
Rodrigo asintió lentamente.
Ella señaló con la mirada hacia una mesa improvisada junto a la pequeña cabaña donde él estaba quedándose.
Caminó hacia allí y él la siguió.
Cuando se sentaron, Salgado respiró profundo, como preparándose para algo.
—Bien, Rodrigo —dijo finalmente—.
Hoy vine por lo que sabes.
Vine a cumplir lo que prometí en la cárcel.
Rodrigo entrelazó sus dedos y apoyó los antebrazos sobre la mesa, sin dejar de observarla.
—Lo sé.
Dijiste que había alguien que quería verme.
Alguien que te ha apoyado en tu carrera política.
Y que era importante para ti.
Ella sostuvo su mirada.
Algo en los ojos de Rodrigo la hacía sentir… diferente.
Desde la primera vez que lo vio, esa sensación estaba ahí, pero ahora era más fuerte.
Era como si el joven frente a ella tuviera algo… indescriptible.
Un magnetismo extraño, silencioso, profundo.
Una presencia que no correspondía a su edad.
—Rodrigo —empezó ella, cruzando sus manos en la mesa—.
Tú sabes que mi carrera política es considerada una de las más exitosas del país.
Pero no todo ha sido mérito mío.
Él arqueó una ceja.
—¿No es tu mérito?
¿Entonces de quién?
La prensa dice que eres la mejor alcaldesa que ha tenido el estado.
Que has metido en prisión a criminales que nadie podía tocar.
Salgado soltó un suspiro suave, casi resignado.
—Hace muchos años conocí a unas personas —dijo con la voz más baja—.
Personas que me ayudaron a estar donde estoy.
No solo me guiaron… me salvaron.
Me apoyaron en momentos que nadie conocía.
Ellos… son una familia poderosa.
Muy poderosa.
El país no habla de ellos.
No existen en la política, ni en los medios, ni en ningún registro.
Pero están ahí.
En todas partes.
Rodrigo ladeó la cabeza, intrigado.
—¿Tan poderosos?
—Más de lo que puedas imaginar —contestó ella, mirando a la distancia—.
Nunca pregunté demasiado.
Creo que no debo hacerlo.
Hay cosas… que es mejor no saber.
—¿Y cómo los conociste?
Ella hizo una pausa larga.
Cuando habló, su voz temblaba ligeramente.
—Mi padre estuvo al borde de la muerte —confesó—.
Y nadie sabía qué tenía.
No era cáncer, ni virus, ni infección.
Los doctores estaban perdidos.
Un día… unas personas se cruzaron en mi camino.
Dijeron que podían ayudar.
Y lo hicieron.
Rodrigo entrecerró los ojos.
—¿Qué tenía tu padre?
—Según ellos… espíritus malignos.
Rodrigo quedó inmóvil.
“Espíritus malignos.”
“Cultivadores demoníacos…”
Fragmentos de memoria dentro de su mente vibraron ligeramente.
Sentía que había algo detrás de eso, algo que encajaba demasiado bien con la información que había estado analizando.
—Es posible entonces… —murmuró Rodrigo para sí mismo—.
¿Existen cultivadores en la Tierra…?
El silencio entre ambos se prolongó unos segundos hasta que él decidió cambiar la atmósfera.
Se levantó, tomó unas frutas locales —fresas pequeñas del Terrero, duraznos amarillos, manzanas rojas crujientes— y las sirvió junto con agua mineral.
Salgado tomó un durazno entre sus dedos y lo giró suavemente.
—Es interesante —dijo él mientras regresaba a su asiento—.
Quiero conocer a esa persona de la que me hablaste ese día en prisión.
Dijiste que quería verme.
Ella asintió.
—La conocerás.
Pero antes… quiero saber qué planeas.
Dijiste que cumplirías tu promesa.
—La cumpliré —respondió Rodrigo sin vacilar—.
No necesitas mi apoyo para tu candidatura a la presidencia.
Si tienes patrocinadores tan fuertes… es cuestión de tiempo para que tu ascenso sea inevitable.
Salgado sonrió suavemente.
—Aun así… tu apoyo me importa.
—Cuando cumpla dieciocho —dijo Rodrigo—.
Cuando sea legalmente libre de tomar mis propias decisiones, actuaré.
—¿Y vas a celebrar tu cumpleaños?
—preguntó ella, cruzando una pierna sobre la otra mientras lo miraba con una mezcla de curiosidad y una chispa desconocida.
Rodrigo le sostuvo la mirada con una expresión casi desafiante, casi divertida.
—¿Acaso la alcaldesa quiere celebrarlo conmigo?
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