El legado de los cielos - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 EL ECO DE LAS SOMBRAS ANTIGUAS
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28: EL ECO DE LAS SOMBRAS ANTIGUAS 28: EL ECO DE LAS SOMBRAS ANTIGUAS CAPÍTULO 28 — El Eco de las Sombras Antiguas
Bien, no hablemos de tu cumpleaños por ahora… —dice Salgado mientras juega con sus manos, moviendo los dedos como si buscara distraerse de algún pensamiento más profundo—.
Hablemos de lo más importante.
Rodrigo inclina levemente la cabeza, sereno.
—Claro… ¿dónde están las personas?
—pregunta mirando a su alrededor.
El comedor de la cabaña estaba cálido; una mezcla de madera envejecida y aromas de hierbas del Terrero llenaba el ambiente.
—Ya vienes.
Yo me adelanté un poco.
Salgado apenas termina sus palabras cuando ambos continúan comiendo en silencio.
Las especialidades del Terrero —carnes ahumadas, tortillas hechas a mano y guisos tradicionales— reposaban aún calientes en la mesa.
El ambiente era cómodo, rústico ya la vez solemne… como si la cabaña fuera un refugio suspendido entre el mundo común y el mundo oculto al que Rodrigo iba entrando poco a poco.
Después de un rato, mientras Rodrigo saboreaba un último bocado, crujidos de pasos se escuchandoon acercándose desde el pasillo de madera.
Salgado alzó la vista.
Rodrigo giró el rostro con calma.
Y entonces, un hombre de mediana edad, de andar firme y silencioso, entró al comedor.
A primera vista parecía un hombre de unos cuarenta años, quizás cuarenta y pocos.
Sin embargo, había algo en él… una sensación de que no debía pertenecer a esa edad.
Su aura era una mezcla peculiar: misterio, vigor controlado, disciplina, y un dejo antiguo que no podía explicarse con simples palabras.
Sus pasos eran demasiado ligeros para un hombre común; su espalda demasiado recta; sus ojos demasiado claros, no por color, sino por lucidez.
Era el tipo de persona que se identificaba de inmediato como un guerrero, pero sin ostentación, sin necesidad de demostrar nada.
—Bienvenido —dice Salgado poniéndose de pie con respeto.
Luego gira hacia Rodrigo—.
Él es Luis Salgado, la persona que quería conocerte.
Rodrigo observa al hombre por un largo segundo, y luego mira a Salgado.
—¿Tu padre?
Salgado ríe suavemente, negando con la cabeza.
-No.
Mismo apellido, pero no somos familia.
El hombre finalmente habla.
Su voz era grave, pero no rasposa; firme, pero no autoritaria.
Sonaba como alguien acostumbrado a meditar antes de hablar.
—Joven talentoso, sin duda… —sus ojos lo recorren con la calma de un hombre que ha visto demasiados caminos—.
Un futuro ilimitado.
Aquella frase no era cumplido; era diagnóstico.
Venía de un hombre sabio, un hombre que sabía leer a las personas con una sola mirada.
—No somos familia de la alcaldesa, pero somos buenos aliados —concluye.
Rodrigo siente que ese hombre tenía un toque de algo conocido.
No tanto como el anciano de la prisión, aquel cuya presencia había sido casi sobrenatural…
pero sí había en Luis una sombra más tenue de ese mismo misterio, un aura difícil de ignorar.
Luis continúa hablando con calma.
—Mi familia, los Salgado, posee una descendencia antigua.
Muy antigua.
—sus ojos se entrecerraron ligeramente, como si estuviera recordando algo perdido entre los siglos—.
Venimos de tiempos remotos.
De antes incluso de las primeras crónicas oficiales.
Salgado observa en silencio; Incluso ella parecía respetar profundamente a este hombre.
—Somos una familia oculta de artistas marciales.
Aunque el país no nos conozca, hemos hecho mucho desde las sombras… para mantener el equilibrio… para proteger a los nuestros… y en ocasiones para proteger al propio país.
Rodrigo entrecierra los ojos, sorprendido.
Una familia oculta…
A pesar de ser hijo de una familia importante, nunca había escuchado nada parecido.
Luis continúa.
—Nuestra familia tiene una línea de sangre que se remonta más de mil años atrás.
Rodrigo frunce el ceño.
Mil años…
En México…
Eso significa que los Salgado no surgieron en tiempos recientes, sino durante la época en la que los toltecas consolidaban su influencia, mucho antes del apogeo mexica.
Luis parece leer sus pensamientos.
—En aquellos tiempos —continúa— nuestra familia formó parte de un pequeño grupo que surgió entre los toltecas tardíos y los primeros grupos chichimecas civilizados.
Artistas marciales, sanadores y estudiosos del cuerpo humano.
No éramos sacerdotes, no éramos nobles… éramos algo distinto.
Su voz se vuelve más baja, casi como si compartiera un secreto.
—Los toltecas creían en la figura del guerrero disciplinado unido al conocimiento.
Ellos honraban la figura del tlamatini, el sabio que veía más allá del mundo visible.
Parte de nuestra familia fue entrenada en ese camino.
Con el tiempo, mientras el mundo cambiaba, nosotros nos volvimos invisibles.
Rodrigo escucha con absoluto interés.
—Nuestra familia ha sobrevivido a imperios, invasiones, colonizaciones, revoluciones y gobiernos modernos sin desaparecer del todo.
Pero nunca nos mostramos.
No buscamos fama.
No buscamos gloria.
Sólo… observar desde la sombra.
Luis respira profundamente.
—La alcaldesa es una aliada.
Su futura presidencia nos sería útil… y nosotros seríamos útiles para ella.
Salgado interviene entonces.
—También tienen un grupo de hackers —dice con orgullo—.
Son los que me ayudan con información política, económica y laboral.
Incluso información de seguridad.
Luis asiente.
Rodrigo lo mira, y luego observa discretamente a Annie Volkovna.
La joven rusa estaba sentada con una elegancia natural.
Su piel clara contrastaba con su cabello rubio cenizo; sus ojos eran como cristales de hielo azul, serenos pero analíticos.
Era hermosa, pero no de la manera típica: su belleza estaba llena de fuerza mental, determinación, y un aura madura e inalcanzable.
A pesar de sus 21 años, era una experta formada en Wall Street, una mujer que había logrado movimientos financieros que ningún joven antes había conseguido.
Cada vez que Rodrigo la miraba, algo en su mente se sentía atraído… no tanto por su belleza física, sino por la sensación de que poseía una voluntad tan afilada como el acero.
Annie, al notar su mirada, simplemente mantuvo una expresión neutra, aunque sus mejillas se colorearon apenas un poco, algo que intentó ocultar.
Rodrigo vuelve la mirada a Luis.
—Bien.
¿Para qué me busca el señor Salgado?
Luis hace una seña con la mano.
Tanto Salgado como Annie se levantan y salen del comedor.
Ahora estaban solos.
Luis respira hondo.
Se le notaba tensión en los hombros.
—Muchacho… nuestra familia siempre ha buscado la inmortalidad.
O más precisamente, el inicio del camino de la cultivo.
Rodrigo guarda silencio, pero su corazón tarde con fuerza.
Aquel hombre sabía demasiado.
Sabía más de lo que cualquier persona normal debería saber.
Luis continúa.
—La inmortalidad está lejos, claro… muy lejos.
Pero entrar al camino, al menos al principio… ese es un anhelo que ha pasado por generaciones.
Luego, con tono grave:
—Nuestra gente más longeva vivió 250 años.
Rodrigo abre los ojos apenas un poco.
—Sí —Luis sonríe con cierta tristeza—.
No lo creas imposible.
La longevidad no es leyenda.
Pero…
incluso eso tiene límites.
Y yo…
Se toca el pecho.
—Tengo 76 años.
Aunque mi aspecto diga lo contrario.
Rodrigo lo examina nuevamente.
La piel del rostro, firme.
Los movimientos, precisos.
Y sin embargo… sí había algo en su respiración, en sus pulsos internos, que revelaba el paso del tiempo.
La posibilidad de cultivar de joven…
Eso era algo que Rodrigo nunca había considerado seriamente, pero ahora… su mente se agitaba.
Luis continúa.
—Esta vez, tenemos esperanza.
Un miembro joven de nuestra familia ha logrado llegar al reino de Formación del Dantian, etapa intermedia.
Rodrigo parpadea.
Formación del Dantian…
Un reino real.
No una teoría.
No es una leyenda.
—Pero —prosigue Luis— tenemos un gran problema.
—¿Cuál?
—pregunta Rodrigo.
—Ella tiene 19 años.
Aún es muy joven.
Pero no tenemos método… ni técnica.
Si no la obtiene pronto, su avance quedará estancado para siempre.
Rodrigo calla.
En su mente pasan decenas de técnicas, métodos, estilos.
Fragmentos de memoria, técnicas corporales, técnicas de espada, de lanza, de movimiento.
Luis lo observa fijamente.
—¿Has oído hablar de esto?
—pregunta.
Rodrigo responde con una sonrisa ligera.
—Solo lo he visto en películas.
Luis lo mira serio.
El hombre no toleraba mentiras.
—Muchacho…
será directo.
Nos enteramos de tu caso.
Y lo analizamos.
Rodrigo se queda inmóvil, como una montaña.
Luis continúa.
—Sabemos cómo te incriminaron.
Sabemos que antes eras alguien que siempre agachaba la cabeza.
Y sabemos que después de salir… cambiaste.
No eres el mismo.
Silencio.
—Eso no pasa por casualidad.
Estoy dispuesto a apostar que tuviste un maestro.
Alguien te entrenó.
Y no sabemos si fue dentro de la cárcel… o fuera.
Rodrigo siente una presión en el aire.
La derivación del alma se activa, manteniéndolo sereno.
—¿Y por qué cree eso?
—pregunta con calma.
Luis sonríe, aunque sin alegría.
—Porque tu aura no es de un hombre común.
Muchacho… tú tienes aura de guerrero.
Rodrigo lo mira sorprendido.
Luis explica: —El aura de un artista marcial es como una huella.
Se siente en su pisada, en cómo respira, en cómo observa.
Incluso si no ha matado, la determinación interna cambia el aire a su alrededor.
Es sutil… pero real.
El aura asesina surge tras matar.
Pero el aura de guerrero surge tras romper límites internos.
Rodrigo escucha con atención.
Aquello… sonaba verdadero.
Demasiado verdadero.
—No controlas tu aura aún —añade Luis— y por eso sé que tu entrenamiento fue rápido y reciente.
Eso sólo ocurre cuando alguien muy poderoso te entrena en un tiempo muy corto.
Rodrigo piensa en el anciano de la prisión.
En ese aura que casi lo aplastaba.
Finalmente responde:
—Bueno… —respira—.
En la prisión conocí a un hombre.
Un soldado de fuerzas especiales.
Él me enseñó a pelear.
Nada del otro mundo… pero gracias a él cambió.
Luis analiza sus palabras unos segundos.
Luego asiente, aunque sus ojos muestran que aún guarda dudas.
—Entonces —dice con voz lenta— he hecho mi intento.
Creí que podría encontrar un camino para mi familia… para abrir un avance.
Rodrigo no dice nada.
Y entonces, como un rayo de claridad, los fragmentos de memoria en la mente de Rodrigo brillan.
La isla.
La isla del anciano.
Isla Socorro…
Un lugar en medio del océano Pacífico, parte del archipiélago Revillagigedo, perteneciente a Manzanillo, Colima.
Una isla volcánica, llena de fauna única, zona restringida, base militar, y con un aura natural tan densa que parecía ajena al mundo moderno.
Un lugar real.
Un lugar peligroso.
Un lugar que…
quizá escondía secretos.
Rodrigo respira hondo.
Luis lo observa.
—Pareces recordar algo —dice.
Rodrigo mueve lentamente la cabeza.
—Isla Socorro… —susurra para sí mismo.
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