El legado de los cielos - Capítulo 3
- Inicio
- Todas las novelas
- El legado de los cielos
- Capítulo 3 - 3 El hijo indeseable
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: El hijo indeseable 3: El hijo indeseable CAPÍTULO 3 el hijo indeseable.
La madrugada llegó sin anunciarse.
En la celda, Rodrigo apenas había dormido una hora seguida; el dolor en las costillas —producto de la paliza del día anterior— lo obligaba a mantener una postura incómoda, encorvado, respirando con dificultad y tratando de ignorar el ardor en la mejilla derecha, donde aún se marcaban los dedos de quien lo había golpeado.
Cada inhalación era un recordatorio brutal de dónde estaba y por qué.
O más bien, de por quién.
Apenas comenzaba a acostumbrarse a la oscuridad cuando escuchó los pasos de los guardias.
Ese sonido —el arrastre seco de las botas sobre el piso desnudo— se había convertido en una especie de advertencia: nada bueno venía detrás de él.
No abrió los ojos.
No hacía falta.
La luz de la lámpara del pasillo se filtró entre los barrotes.
Un guardia tosió, otro abrió la reja del extremo sur y un tercero susurró algo que Rodrigo no alcanzó a entender.
Luego, el silencio.
Por fin, la voz:
—Moreno.
Arriba.
Rodrigo no respondió.
—¡Que te levantes, cabrón!
—gritó el guardia, golpeando los barrotes con la macana.
El estruendo reverberó en la celda.
Rodrigo, con esfuerzo, se incorporó hasta quedar sentado.
El guardia lo miró con una sonrisa torpe, como si ver a alguien herido le resultara entretenido.
—Te buscan.
Rodrigo sintió un latigazo de alarma en el pecho.
¿Quién lo buscaría a esa hora?
No tenía derecho a visitas.
Su familia no vendría.
Su madre ya había cumplido con la obligación mínima de informarle cuánto tiempo estaría encerrado.
Su padre… ni siquiera había intentado verlo.
—¿Quién?
—preguntó, con voz ronca.
—Cállate y párate.
Dos guardias entraron.
Lo tomaron de los brazos con brusquedad y lo sacaron de la celda.
El aire frío del pasillo chocó con su piel sudada; las luces fluorescentes parpadeaban, dando al lugar un aspecto casi espectral.
Mientras caminaban, Rodrigo notó que otros detenidos observaban la escena desde sus celdas, algunos con expresión de burla, otros de simple curiosidad.
Uno de ellos susurró:
—Al hijo del político otra vez… pobre pendejo.
Rodrigo apretó los dientes.
Sabía que no debía responder.
Cualquier palabra podía convertirse en una provocación, y él ya tenía suficientes problemas.
Los guardias lo llevaron a una pequeña sala de acero que servía como espacio de entrevistas formales.
La puerta se cerró atrás de él con un golpe seco.
Una lámpara en el techo zumbaba con insistencia.
Frente a la mesa había un hombre trajeado, mayor, con cabello perfectamente engominado y un maletín apoyado sobre las piernas.
Rodrigo lo reconoció sin esfuerzo.
Era el abogado de su padre.
El mismo que defendía a los empresarios aliados de Fabián, el mismo que había aparecido semanas atrás en un evento de campaña sonriendo ampliamente frente a las cámaras.
El mismo que ahora lo miraba como si él fuera una carga sucia que preferiría no tocar.
—Rodrigo —dijo el hombre, sin suavidad, sin empatía—.
Tenemos un asunto importante.
Rodrigo no respondió.
Sabía perfectamente lo que eso significaba: no habían venido por él, sino por el daño que su presencia generaba.
—Como sabrás —continuó el abogado—, el caso está… escalando.
El corazón de Rodrigo dio un vuelco.
—¿Escalando cómo?
El abogado abrió el maletín, sacó varios recortes impresos.
Periódicos digitales.
Titulares.
Rodrigo sintió que la sangre se le congelaba.
“Hijo de político colimense detenido por grave acusación”
“Escándalo en familia influyente: joven agresor detenido en Manzanillo”
“¿Protegiendo criminales?
Exigen transparencia al político F.M.”
Había fotografías pixeladas de él siendo llevado por los policías.
Su rostro no era totalmente reconocible, pero su silueta sí.
Su apellido sí.
El apellido que pesaba como una roca desde que había nacido.
No supo qué decir.
El abogado continuó, implacable:
—Rivales políticos de tu padre están empujando este tema.
Están diciendo que él intenta esconderte, protegerte.
Que usa influencias para manipular el caso.
Rodrigo tragó saliva.
—Pero no es así —susurró.
—No me importa si lo es o no —replicó el abogado, con fría honestidad—.
Importa lo que creen los votantes.
Importa lo que publican los medios.
Colocó las hojas frente a él.
Rodrigo las miró fijamente.
Cada palabra era un ataque.
Una acusación.
Una daga que no le pertenecía.
—Tu padre está furioso —añadió el abogado—.
esto… te involucra directamente.
Tú eres la chispa.
Rodrigo sintió que el aire se volvía más pesado.
—Yo no hice nada —dijo, con más fuerza de la que esperaba.
El abogado soltó una risa seca.
—Y aunque lo hubieras hecho o no, ya no importa.
La percepción está formada.
Los enemigos de tu padre están encantados.
Están disponibles para llevar este escándalo a donde les convenga.
Se inclinó hacia él.
—Y ahora quieren sangre, Rodrigo.
Silencio.
Un silencio espeso, incómodo, insoportable.
—¿Qué significa eso?
—preguntó Rodrigo al fin, sintiendo un vacío abrirse bajo sus pies.
El abogado entrecerró los ojos, como si evaluara qué tanto debía decir.
—Significa que algunos columnistas están pidiendo revisiones estrictas del caso.
Significa que hay presión para que te inculpen oficialmente cuanto antes.
Significa que están buscando cualquier detalle que haga parecer que eres un peligro, un monstruo, un símbolo de impunidad.
Hizo una pausa.
—Y tu padre… no está peleando eso.
Rodrigo sintió un golpe en el pecho.
Una punzada inesperada.
—¿Qué?
¿Por qué?
El abogado lo observó con lástima distante, casi profesional.
—Porque necesita proteger su imagen.
—¿Aunque eso me destruya?
—Rodrigo… —el abogado suspiró—, tú eres un daño colateral.
Si tu padre intenta defenderte, lo hunden.
Sus rivales ya encontraron la grieta perfecta.
La están ensanchando.
Rodrigo apoyó las manos sobre la mesa, temblando levemente.
—¿Y mi madre?
—Ella… está apoyando la estrategia.
No dijo más.
No necesitaba hacerlo.
Las piernas de Rodrigo se aflojaron y cayó de nuevo sobre la silla.
No sabía si sentir ira, tristeza o desolación.
Todo se mezclaba en una espiral insoportable.
—Vine a decirte —continuó el abogado— que habrá más escrutinio.
Más vigilancia.
Más presión.
Y que por ningún motivo debes meterte en problemas aquí dentro.
Si lo haces, lo usarán para hundir a tu familia.
Y créeme, lo harán.
Rodrigo levantó la mirada.
—¿Y yo?
¿Qué pasa conmigo?
El abogado lo miró como si la pregunta fuera ingenua.
—Tu padre no puede protegerte.
Ni lo hará.
Los guardias lo devolvieron a la celda sin decir una palabra.
Rodrigo caminaba con la mente en blanco, como si su cuerpo estuviera moviéndose solo.
Cada paso era una mezcla de dolor físico y agotamiento emocional.
El pasillo se sentía más estrecho que antes, más frío.
Más hostil.
Apenas entró, los murmullos comenzaron detrás de él.
—Dicen que los periódicos ya lo traen.
—Que su papá lo quiere mandar a otro lado.
—Que lo van a dejar aquí para que se pudra.
—Pinche rico, ahora sí siente lo que todos sentimos.
Rodrigo no reaccionó.
No podía.
No tenía fuerzas.
Se sentó en el catre.
Cerró los ojos.
Intentó respirar sin que las costillas dolieran.
Intentó ignorar los pensamientos que lo empujaban al borde del colapso.
Pero el mundo no le dio tregua.
A la hora del almuerzo, un guardia lo llamó.
—Moreno, prepárate.
Tienes revisión.
Rodrigo se puso de pie despacio, con movimientos controlados.
Una punzada de dolor recorrió su espalda.
El guardia lo observó con desdén.
—Te ves jodido.
Rodrigo no respondió.
Mientras lo escoltaban, los demás detenidos murmuraban entre risas.
El ambiente era denso, cargado de una energía violenta y predecible.
Rodrigo ya conocía esa sensación: el tipo de silencio y mirada que antecede a la agresión.
Y no se equivocó.
Al llegar a la zona de revisión, uno de los guardias cerró la puerta.
Rodrigo quedó solo con ellos en un espacio estrecho iluminado con luz amarillenta.
El olor a humedad era penetrante.
Uno de ellos le dio un empujón.
—Dicen que eres la vergüenza del papá político.
—¿Que no te da pena?
—Nomás verte ya me cae mal.
Los golpes llegaron sin aviso.
Uno al estómago.
Otro a la mandíbula.
Otro más a las costillas ya lastimadas.
Rodrigo cayó de rodillas, tratando de protegerse el rostro.
El dolor le nubló la vista.
El guardia continuó golpeándolo, no con furia descontrolada, sino con una precisión calculada.
No querían matarlo.
Querían marcarlo.
Querían humillarlo.
Querían que recordara, cada segundo de ese mes, que no era nadie allí dentro.
—Por si tu papá tiene el descaro de quejarse —murmuró uno, limpiándose los nudillos con un trapo—.
Que sepa que su hijo no es especial para nadie aquí.
Cuando lo dejaron en el piso, Rodrigo apenas podía respirar.
—Levántate —ordenó el guardia.
Rodrigo no lo hizo.
—¡Que te levantes!
Lo tomó del cuello de la camisa y lo jaló hasta ponerlo de pie.
Rodrigo tambaleó, mareado, sintiendo un hilo de sangre caliente bajar por la comisura de su boca.
—Así me gusta —dijo el guardia, satisfecho—.
Que aprendas tu lugar.
Esa tarde fue la peor desde que llegó a la detención.
No solo por los golpes.
Ni por el dolor.
Ni por la humillación constante.
Sino porque, por primera vez, Rodrigo sintió que había tocado fondo.
No había nadie esperando por él.
Nadie preguntando por su bienestar.
Nadie tratando de entenderlo.
Ni siquiera había alguien interesándose realmente por la verdad.
Era un estorbo.
Una molestia.
Una sombra que la familia quería borrar de la fotografía perfecta que estaban armando para el futuro político de Fabián Moreno.
Para empeorar las cosas, el eco del mundo exterior lo alcanzó nuevamente esa noche.
Los televisores de la zona común estaban encendidos, como siempre, mostrando noticieros y programas locales.
Un grupo de detenidos observaba las noticias cuando un reportero apareció en pantalla.
Rodrigo lo escuchó desde su celda.
—Nuevos ataques a la campaña del político F.M., luego de que su hijo fuera detenido bajo graves acusaciones.
Analistas señalan que F.M.
podría estar perdiendo apoyo en puntos clave del estado.
Algunos rivales han pedido mayor transparencia en el caso y cuestionan la integridad del manejo policial…
Rodrigo cerró los ojos con fuerza.
Su nombre no aparecía explícitamente, pero el daño estaba ahí.
La presión también.
Un detenido gritó desde la zona común:
—¡Ahí sale tu papá arruinándose por tu culpa, Moreno!
Las risas resonaron.
Rodrigo se encogió en el catre y apretó los puños hasta sentir los huesos crujir.
Le dolía todo.
Le dolía respirar.
Le dolía ser quién era.
Le dolía saber que no tenía salida.
Pasada la medianoche, cuando el silencio finalmente cayó sobre la detención, Rodrigo abrió los ojos.
No había dormido ni un segundo.
El dolor en su cuerpo era demasiado fuerte, pero más fuerte era la carga emocional que lo estaba aplastando.
Sabía que la violencia dentro de esas paredes no terminaría.
Sabía que la presión política afuera empeoraría cada día.
Sabía que su familia solo vería en él una amenaza a la imagen que llevaban construyendo generaciones.
Y sabía que tenía por delante tres semanas más en ese infierno.
Respiró hondo, tembloroso.
Allí, en la oscuridad, sin nadie que lo defendiera, sin aliados, sin voz, Rodrigo comprendió algo que lo congeló:
Lo que estaba viviendo no era un castigo temporal.
Era el principio de algo peor.
Con los ojos abiertos hacia el techo invisible, escuchando los ruidos del edificio, preguntándose qué nuevo golpe llegaría al día siguiente, Rodrigo sintió un miedo profundo, genuino, primitivo.
Un miedo que no lo abandonaría pronto.
Porque en ese lugar…
todo podía pasar.
Y afuera, en el mundo que lo había olvidado,
también.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com