El legado de los cielos - Capítulo 30
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30: LOS CIMIENTOS DEL ASCENSO.
30: LOS CIMIENTOS DEL ASCENSO.
CAPÍTULO 30 – LOS CIMIENTOS DEL ASCENSO.
Rodrigo miró a Annie por un momento y después miró a Salgado y le dice.
—Bueno, necesito ayuda con ciertas cosas.
Salgado se recargó ligeramente en el respaldo de la silla, cruzando una pierna sobre la otra.
Su postura era elegante, natural, pero su mirada mostraba genuina curiosidad, esa chispa que solo aparecía cuando algo le interesaba de verdad.
—¿Qué cosas?
—preguntó Fernanda Salgado con esa voz firme, refinada y ligeramente inquisitiva.
Annie, a su lado, también lo miró con atención; aunque normalmente mantenía una expresión fría y profesional, sus ojos revelaban el mismo interés creciente.
Rodrigo respiró hondo, como si organizara su pensamiento antes de hablar.
—Necesito primero abrir una cuenta bancaria a mi nombre.
Segundo, necesito ayuda para crear una empresa, ya que de acuerdo a lo que te prometí necesito empezar a prepararme.
Aquellas palabras sorprendieron a Salgado.
Ella había tratado con todo tipo de personas: políticos, empresarios, militares, personas con aspiraciones superficiales, soñadores sin rumbo… pero pocas veces con un muchacho de dieciocho años que hablara de crear una empresa con esa calma, como si estuviera hablando de reparar una cerca o comprar un par de botas nuevas.
—Bien —dijo Salgado con una sonrisa leve, sincera—.
Puedo aceptar eso.
Annie es buena en esos temas.
—Miró a la rusa con un gesto de orgullo—.
Muy buena.
Annie asintió, suave, sin arrogancia, pero con la seguridad de alguien que realmente domina su campo.
Por dentro, sin embargo, la emoción latía.
Estaría más tiempo cerca de Rodrigo.
Un pensamiento absurdo se formó en su mente y lo aplastó de inmediato, obligándose a respirar como profesional que era.
Rodrigo continuó, sin notar la pequeña batalla emocional de Annie.
—Perfecto.
En dos días es mi cumpleaños, así que podemos hacer una comida aquí, en lo que el señor Luis prepara las cosas que necesita.
Luis, que aún estaba sentado pero listo para irse, asintió con solemne aprobación.
—Bien, me iré a preparar todo lo que hablamos —dijo mientras se levantaba, sacudiéndose el pantalón con un gesto automático—.
Los veré pronto.
Rodrigo, Salgado y Annie lo acompañaron con la mirada mientras se alejaba de la cabaña.
El ambiente quedó más silencioso una vez que el hombre se perdió entre los árboles.
Rodrigo les indicó con la mano que volvieran a sentarse.
Ellas obedecieron.
Annie enderezó la postura y entrelazó los dedos sobre la mesa, adoptando su modo totalmente profesional.
Fue la primera en hablar.
—¿Ya tienes en mente de qué giro será tu empresa?
¿El nombre?
¿La ubicación?
¿La estructura primaria?
¿El objetivo legal de inicio?
¿Cuál será el modelo operativo?
¿Planeas una red logística, importaciones, servicios, consultoría o manufactura?
¿Y cuál será tu capital semilla disponible?
—Annie hablaba con fluidez impecable, como una ejecutiva experimentada en Wall Street.
Su tono era técnico, seguro, preciso, y cada pregunta iba conectada con la anterior sin pausa.
Rodrigo… quedó completamente en blanco.
Fue la primera vez desde que había comenzado a practicar la Derivación del Alma que su mente, tan rápida como un relámpago desde hace una semana, se trabó.
Las cejas de Salgado se elevaron y soltó una pequeña carcajada, elegante y melodiosa.
Annie dejó escapar una risa más contenida, tapándose los labios un instante.
—Hasta que al fin lo veo como un niño —murmuró para sí misma en ruso, casi imperceptible.
Rodrigo respiró hondo y habló al fin.
—Bien… —parpadeó un par de veces—.
De momento no quiero el giro.
Necesito primero hacer unas cosas y después de confirmar entonces lo podemos planear.
Entonces… la idea ahora es que me ayudes a buscar un lugar donde podría ser la oficina.
Annie reflexionó un par de segundos, luego asintió profesionalmente.
—El lugar depende del giro de la empresa —empezó—, pero puedo generar varias opciones.
También puedo iniciar trámites paralelos: registro preliminar, diseño de estructura corporativa, registro de marca y análisis de zonas con potencial.
Necesitaré saber tu límite de inversión inicial.
Rodrigo contestó con naturalidad:
—Primero abres la cuenta bancaria.
Te depositarán 10 millones de pesos.
Annie parpadeó, como si la cifra no la impresionara para bien, sino para poco.
—¿Sólo 10 millones?
—su tono era analítico, no burlón—.
No es suficiente si quieres hacerlo bien.
Necesitarás más capital.
—Lo sé —dijo Rodrigo.
—¿Qué tal si me dejas administrarlo en la bolsa?
Rodrigo se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿En la bolsa?
Annie se acomodó profesionalmente.
—Sí.
En la bolsa.
—Su tono se volvió más técnico, preciso, experto—.
Si invierto 10 millones sin restricciones, puedo moverlos estratégicamente durante dos o tres semanas.
Manejo análisis de riesgo, diversificación por sectores, posiciones especulativas a corto plazo y estrategias de crecimiento agresivo.
Puedo tomar una parte en derivados de bajo riesgo y otra en acciones volátiles para maximizar el rendimiento.
He multiplicado cantidades similares antes, y con el tiempo que estarás ocupado, puedo aumentar tu capital entre un 20 y un 60% si las condiciones del mercado lo permiten.
Incluso más, si tomo algunos riesgos calculados.
Ese nivel de detalle, claridad y seguridad hizo que Rodrigo comprendiera al instante que Annie no era una simple secretaria.
—Bien —dijo con calma—.
Si estás segura de poder aumentar ese dinero y hacerlo como dices, adelante.
Después miró a Salgado.
—Entonces, ¿te quedarás unos días más o tienes prisa?
Salgado lo observó con una mezcla de ternura y sorpresa.
No entendía por qué sus emociones hacia él se volvían más cálidas.
—Puedo quedarme unos dos días más —respondió—.
Necesito esperar que vengan a recogerme, ya que Annie se quedará contigo.
—Bien.
Entonces celebraremos pasado mañana mi cumpleaños y al amanecer te vas.
Yo te acompañaré a la ciudad.
—Perfecto —respondió Salgado, pero en su corazón algo vibró suave.
¿Qué me pasa?
¿Por qué me ilusiona que él quiera acompañarme?
No tenía respuesta.
Esa noche los tres cenaron carne asada de venado, acompañada con vino.
Lo habían comprado a un cazador del mismo pueblo.
El ambiente era cálido, relajado, casi familiar.
Mientras bebía, de pronto algo cruzó la mente de Rodrigo.
Una imagen.
Una memoria.
Una sensación.
Vino.
Pero no vino común…
Vino espiritual.
Se quedó quieto un instante, como perdido en una ilusión.
¿Podría hacerlo?
¿Podría crear vino espiritual en este mundo?
Pensó en las frutas de la zona.
Zarzamoras.
Fresas.
Duraznos.
¿Existirá en la Tierra alguna fruta espiritual?
¿Hay alguna escondida, desconocida?
¿Y si no?
¿Podría crear vino espiritual sin fruta espiritual?
¿Podría infundir espiritualidad en el vino por otros medios?
Ideas locas, imposibles, fascinantes se entrelazaron en su mente.
Sería genial si lo tuviera… Concluyó en silencio.
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