El legado de los cielos - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 LA SENDA DEL ALMA Y EL MUNDO OCULTO
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31: LA SENDA DEL ALMA Y EL MUNDO OCULTO.
31: LA SENDA DEL ALMA Y EL MUNDO OCULTO.
CAPÍTULO 31 – La Senda del Alma y el Mundo Oculto
Después de tomar un buen rato ya parecían borrachos, Salgado y Annie se fueron a dormir a sus habitaciones ya preparadas mientras que Rodrigo se fue a la suya.
Dentro de su habitación se puso a meditar; no estaba borracho, parecía que el alcohol no le hacía efecto.
Se sentó en la cama, cruzó las piernas y respiró lentamente, permitiendo que la técnica de la derivación del alma se activara con fluidez.
El silencio del terrero lo envolvía como un manto espeso, y mientras cerraba los ojos, los pensamientos se ordenaban con claridad en su interior.
Primero, el plan de viajar a la isla Socorro.
Segundo, saber qué demonios ocultaba ese lugar… porque en los fragmentos que recibió del anciano, la isla aparecía repetidamente.
No era coincidencia.
Nunca lo fue.
Rodrigo inhaló de nuevo, permitiendo que la energía espiritual —esa hebra tenue que apenas circulaba en su cuerpo— se expandiera apenas un poco, reforzando su alma.
Aún estaba lejos de ser un cultivador formal, pero cada noche su alma se volvía más firme, un poco más nítida, un poco más rápida.
Su mente funcionaba como la de un estudiante prodigioso con un IQ elevado, capaz de procesar más rápido que la mayoría.
Luego pensó en dinero.
En los recursos que necesitaría.
En la alquimia que soñaba practicar, pero para ello requería hierbas, minerales, catalizadores… y él no tenía nada de eso.
Por ahora solo le quedaba esperar a que Annie cumpliera su palabra y, desde el mundo de la bolsa y los mercados financieros, multiplicara el capital que Luis Salgado iba a ingresar.
El tiempo correría pronto a su favor si ella lograba convertir 10 millones en mucho más.
Durante la noche Rodrigo profundizó en la técnica de derivación del alma, intentando sentir cada fluctuación sutil en su conciencia.
Su cuerpo permanecía quieto, pero su alma parecía viajar en espirales ascendentes, como si intentara desprenderse un poco para observar el mundo desde arriba.
Mientras tanto… en la isla Socorro….
La noche envolvía el océano con un negro profundo apenas interrumpido por la luz de la luna.
El viento golpeaba suavemente las rocas volcánicas, y las olas chocaban con fuerza rítmica en la costa.
Y allí, caminando en la orilla como un fantasma errante, un anciano vestido con arapos avanzaba en silencio.
Su cabello era largo, blanco y desordenado, su barba caía hasta el pecho, y aunque su apariencia fuese la de un mendigo olvidado, cada paso que daba contenía una autoridad indescriptible.
Si Rodrigo estuviera allí… lo reconocería.
Era el mismo anciano que le dio el anillo espacial.
El mismo que colocó dos dedos sobre su frente para entregarle fragmentos de memoria y una herencia.
El mismo que dijo que le otorgaba una oportunidad…
El anciano avanzó lentamente, pero cada uno de sus pasos atravesaba decenas de metros.
Parecía caminar despacio, pero la distancia que recorría era imposible para un ser humano común.
Minutos después, alcanzó la zona más profunda de la isla, donde se alzaba el volcán de Socorro como un coloso dormido.
La temperatura era más alta, y un olor sulfuroso se filtraba entre la vegetación seca.
El anciano se detuvo.
Movió su mano con un gesto suave.
El aire tembló.
Como si una cortina invisible se rompiera, un portal se abrió, revelando una abertura que jamás podría ser percibida por ojos mortales.
Del otro lado… un mundo completamente distinto.
—Maestro, ha llegado —dijo una voz femenina, suave y melodiosa.
De entre la luz emergió una mujer de cabello azul profundo, largo hasta la cintura, que parecía flotar como agua en movimiento.
Su piel era clara como porcelana, sus ojos de un tono violáceo brillante y su figura fina, elegante, pero con la postura firme de alguien acostumbrado a mandar.
Su presencia era etérea, como si no perteneciera a la tierra.
Como una princesa celestial.
O una reina caída de otro mundo.
A pesar de su juventud aparente, sus ojos contenían siglos de historias, guerras, pérdidas y sabiduría acumulada.
—Pequeña Sherapine —dijo el anciano con una suave sonrisa—.
Has trabajado mucho aquí sola.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza, aunque incluso ese gesto transmitía la gracia de una figura noble.
—Maestro, ¿cómo le fue?
Ha tardado muchos años en volver.
Las formaciones hicieron movimientos… pensé que algo grave había ocurrido.
El anciano se tocó la barbilla mientras observaba hacia lo profundo del mundo oculto.
La vista era monumental:
Tres palacios principales, con techos curvos al estilo de las antiguas dinastías chinas, columnas rojas y figuras de dragones tallados en piedra.
Cinco edificios de múltiples pisos.
Más de cincuenta casas elaboradas delicadamente, veinte mansiones de estilo refinado y patios con estanques cristalinos.
Y al fondo, unas enormes paredes de piedra negra que ocultaban algo detrás de ellas.
El anciano extendió su sentido divino.
La pared desapareció de su percepción, como si la atravesara caminando.
Detrás encontró las formaciones más profundas: círculos antiguos grabados con runas extrañas, símbolos que parecían vivos y que alguna vez irradiaron energía espiritual.
Pero ahora… estaban apagadas, casi muertas.
Algunas deformadas o rotas por el paso del tiempo.
El anciano suspiró y bufó con resignación.
—Nada fuera de lo normal.
Ya son viejas esas formaciones… lástima que no puedas activarlas —murmuró.
Luego añadió—.
Tendré que repararlas.
Si lo hago… en unos años podrás regresar, pequeña.
Los ojos de Sherapine temblaron con preocupación.
—Maestro… si las arregla… ¿no perderá toda su energía?
Su alma se dispersará… usted…
La mujer se detuvo.
No se atrevió a completar esa frase.
Pero el anciano entendió perfectamente.
—No te preocupes —respondió con voz suave, acariciando su cabello azul—.
Mi alma ya está por disiparse.
Puse toda mi experiencia, todo mi legado, en un pequeño joven que conocí.
Solo espero… que pueda llegar hasta este lugar.
Los ojos de Sherapine se abrieron con una mezcla de sorpresa y esperanza.
—¿En serio, maestro?
El anciano asintió con nostalgia.
—Ese joven necesitará guía… y tú… —la miró directamente—.
Tú serás quien lo guíe.
Que mis recuerdos en él se conviertan en sus experiencias.
Que domine el cultivo… y cuando llegue al reino de alma naciente, podrán viajar a otro mundo.
Uno donde alcanzar el reino celestial sea posible.
Yo… los estaré esperando allí.
Sherapine apretó sus manos.
Su corazón se encogió.
Emoción.
Tristeza.
Anhelo.
Todo mezclado.
—Maestro… tenga por seguro que lo guiaré.
Le haré trabajar duro, lo llevaré a su máximo potencial.
El anciano rió suavemente.
—No es necesario trabajar duro.
El verdadero camino de la inmortalidad es…
“Paciencia para ver más allá del tiempo,
corazón para cargar con la soledad,
y armonía para aceptar que el cielo no se conquista,
se alcanza.”
—Déjalo avanzar a su ritmo.
Guía, no controles.
Ayúdalo, no intervengas demasiado.
No puedes desperdiciar tu energía celestial.
Pero si es una situación de vida o muerte… sálvalo.
—Sí, maestro —respondió ella con firmeza.
—Te dejaré un elixir.
Uno solo.
Tu salvavidas.
No lo uses a menos que sea absolutamente necesario —añadió mientras sacaba una botella pequeña de un brillo antiguo desde su anillo espacial—.
Y recuerda llevarlo al palacio.
Que recoja mis tesoros… ahora le pertenecen.
Enséñale cómo usarlos.
Con sabiduría.
Sherapine cayó de rodillas, inclinándose, la frente tocando el suelo.
El anciano avanzó hacia las formaciones.
Sus manos comenzaron a hacer sellos complicados, tan rápidos que parecían decenas de manos superpuestas.
Luces brillantes emergieron en patrones complejos, como estrellas formándose ante los ojos de un mortal.
La energía espiritual y celestial se materializaba en figuras abstractas, reparando grietas, restaurando circuitos, reconstruyendo la esencia misma de la formación.
Durante horas trabajó en silencio.
Sherapine no levantó la cabeza ni un segundo.
Finalmente, la última runa brilló.
La formación entera iluminó el mundo oculto como si fuera de día.
Entonces… el anciano comenzó a desvanecerse.
Primero sus manos.
Luego sus pies.
Su torso se volvió translúcido.
—Maestro… —susurró Sherapine, temblando.
Una sonrisa serena cruzó el rostro del anciano.
Una mezcla de despedida y de confianza absoluta.
Y desapareció.
Por completo.
Como si jamás hubiera existido.
Sherapine permaneció inmóvil.
Las lágrimas caían silenciosamente mientras seguía inclinada en reverencia.
Aquel hombre la había criado, enseñado, guiado y protegido durante siglos.
La llevó desde la infancia hasta convertirse en una emperatriz respetada en el mundo celestial.
Pero durante la guerra entre dioses y demonios quedaron atrapados en este mundo inferior.
Desde entonces vivían ocultos en esta dimensión dentro de la isla Socorro.
Ella siempre esperó el día de regresar…
pero ahora su maestro se había ido.
Y la soledad se expandió dentro de su corazón.
Sherapine se levantó lentamente.
Movió su mano y, desde su anillo espacial, sacó una botella de jade.
La destapó y tomó un pequeño sorbo.
El vino era dulce, con un toque amargo al final.
Miró el horizonte del mundo oculto, recordando las últimas palabras de su maestro.
Su misión ahora era una.
Proteger al joven.
Guiarlo.
Y llevarlo hasta donde él nunca pudo llegar.
Y así, con el eco del vino y las estrellas artificiales de la formación brillando, Sherapine dejó que la noche avanzara en silencio, acompañada solo por la pena… y la esperanza.
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