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El legado de los cielos - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 EL PAPEL DEL DESTINO
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33: EL PAPEL DEL DESTINO 33: EL PAPEL DEL DESTINO Capítulo 33 — El Papel del Destino
Rodrigo entro ala cocina de la cabaña y saludo.

—Buenos días.

Ahí estaban esas dos mujeres hermosas abrigadas, parecían que se morían de frío.

Rodrigo se rió en su mente; le era divertido mirarlas así, cubiertas con bufandas, sudaderas gruesas y guantes de lana, como si estuvieran atrapadas en plena nevada.

La primera en responder fue María Fernanda Salgado.

—Buenos días —dijo mirándolo fijamente.

La otra voz llegó casi al mismo tiempo, con el acento marcado de Europa del este:
—Buenos días —respondió Annie Volkovna.

Ambas quedaron impactadas, pero no por el saludo…
Sino porque vieron a Rodrigo recién salido del baño, con el cabello aún húmedo, gotas de agua resbalando por su cuello y la camisa ligeramente pegada al pecho.

Ellas temblaban de frío con varias capas de ropa, mientras él se había bañado con agua helada y parecía perfectamente normal.

“¿Qué clase de hombre hace eso?” pensaron las dos al mismo tiempo, aunque ninguna lo dijo.

El silencio duró unos segundos.

Fue Rodrigo quien lo rompió.

—Annie, ¿hay algún tipo de papel que sea resistente, fuerte y duradero?

Algo que me sirva para dibujar y a la vez escribir —preguntó mientras caminaba hacia la mesa como si el frío no existiera.

Annie parpadeó un par de veces.

Primero pensó en los tipos de papel que conocía… luego en por qué Rodrigo querría algo así.

Después de unos segundos contestó con seguridad:
—Sí, lo hay.

De hecho, hay varios tipos.

Pero el más fácil de conseguir rápido, y además es duradero, perfecto para dibujar y escribir, es el Papel de Algodón.

Rodrigo inclinó la cabeza ligeramente.

Annie continuó:
—El papel de algodón está hecho con fibras de algodón puras o mezclas altas.

Es resistente, no se deteriora con los años, no amarillea, soporta tintas, plumas, pinceles y grafito.

Es el tipo de papel que usan artistas profesionales o las imprentas para certificados importantes.

Se consigue en tiendas especializadas de arte, papelerías de lujo o proveedores que manejan productos de archivo.

En la ciudad hay varios lugares donde se puede comprar, aunque no es barato.

Antes de que Rodrigo respondiera, Salgado intervino bruscamente:
—¿Para qué lo necesitas?

—preguntó con curiosidad intensa.

Rodrigo dudó medio segundo.

Ser sincero no era buena idea.

Evadir, sí.

—Eh… bueno —respondió mientras se rascaba la nuca—, estaba queriendo hacer unos dibujos, quizás escribir algo para no aburrirme estos días que estaré de vacaciones.

Regresar a la escuela lo más seguro es que no lo haga.

Estoy pensando en eso, ya que me expulsaron por “violador”, aunque mi nombre quedó limpio.

Mejor me enfoco en otras cosas.

Igual los estudios se pueden hacer en línea hoy en día.

Salgado se cruzó de brazos y lo miró con seriedad.

—Cierto, se pueden hacer en línea.

Incluso con examen es más rápido, aunque… no sé si sea adecuado así.

Rodrigo soltó una risa suave.

—Hoy en día no importan los títulos.

Dime, ¿estudias mucho y al final qué te piden?

Experiencia.

¿Y qué estudiante tiene experiencia siendo estudiante?

Te ponen muchas trabas.

Lo que importa es quién te respalda.

Si no tienes patrocinador, te piden seis años de experiencia.

¿Qué recién graduado tiene seis años de trabajo?

Salgado se quedó en silencio.

Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le hablaba así… tan directo, tan honesto, tan crudo.

Como alcaldesa, como política, como mujer del poder, ella sabía bien que el mundo funcionaba así.

Y sabía que él tenía razón.

Rodrigo continuó:
—Nadie piensa en la gente pobre —dijo con voz tranquila, sin resentimiento, solo constatando un hecho—.

Yo no vengo de familia pobre, pero como ya no cuento con el apoyo de mi familia… puedo ver las cosas desde otra perspectiva.

Aunque por el apellido me abrirían puertas en muchas empresas, no sería por mí, sino por ganarse favores de mi familia y de los políticos que ellos apoyan.

Las palabras golpearon un punto que Salgado nunca había querido tocar.

Ella siempre intentaba hacer lo correcto, pero incluso ella sabía que estaba atrapada en ese juego de poder.

Las empresas, los favores, las apariencias.

Annie también guardó silencio al escuchar eso; aunque no era mexicana, había visto lo mismo en otros países.

Rodrigo suspiró ligeramente.

—Bien, no hablemos de cosas así —dijo mientras se estiraba un poco—.

Si puedes conseguirme el papel hoy por la tarde o mañana, mucho mejor.

Ah, sí.

—Hizo una pausa—.

También tinta y pincel.

Quiero pintar, así que necesito pincel, tinta, lápiz… lo que se necesite.

Annie levantó la mano como si saludara a un general.

—¡Entendido, jefe!

—dijo en tono bromista, aunque con una sonrisa auténtica.

Hizo un pequeño gesto exagerado, como un saludo militar, y luego se puso seria.

—Voy a buscar señal para comprarlo.

Aquí en el terrero solo hay señal en puntos específicos, así que volveré —dijo mientras se abrigaba aún más y salía caminando hacia el exterior con determinación.

Cuando Annie salió, Rodrigo se acercó a Salgado.

Ella estaba sirviendo café, pero al sentirlo cerca, su respiración se agitó.

Rodrigo habló suavemente, casi al oído:
—Fernanda, ¿podrías prestarme un poco de dinero?

Cuando Annie termine de abrir la cuenta bancaria te lo regreso.

Salgado se estremeció.

El escalofrío que recorrió su cuerpo no fue por el frío… sino por sentir a Rodrigo tan cerca.

Sus ojos se abrieron ligeramente, sus mejillas se sonrojaron.

Aquella cercanía, esa voz baja rozándole la piel… era algo que hacía años no experimentaba.

Se giró para verlo.

Lo miró a los ojos.

Y sonrió sin poder evitarlo, como una adolescente que acaba de descubrir un nuevo sentimiento.

—Sí… te lo doy ahora mismo —dijo con una voz más suave de lo normal—.

¿Se lo doy a Annie o lo quieres tú?

—No importa.

Dáselo a ella para que compre las cosas que pedí.

—Sin problemas —respondió rápidamente.

Rodrigo no notó los ojos brillosos de Fernanda, ni la forma en la que su corazón latía más rápido.

Simplemente se sentó a la mesa y probó el desayuno que habían preparado: huevos, frijoles, tortillas hechas a mano y café caliente que contrastaba con el frío de la montaña.

Salgado, en cambio, estaba totalmente avergonzada consigo misma.

Hace apenas un minuto casi pierde el control por un simple susurro cercano.

Tomó dos platos con manos apresuradas, evitando mirar directamente a Rodrigo.

—Voy… voy a buscar a Annie —dijo con la voz ligeramente temblorosa.

Y salió rápidamente de la cocina, casi huyendo, dejándolo solo comiendo en la mesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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