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El legado de los cielos - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 EL REGALO QUE NO ESPERABA
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35: EL REGALO QUE NO ESPERABA 35: EL REGALO QUE NO ESPERABA CAPÍTULO 35 — EL REGALO QUE NO ESPERABA
La primera luz del amanecer se filtró entre las copas de los árboles del Terrero, tiñendo el bosque de tonos naranja y dorado.

La neblina matinal aún cubría los senderos, y el frío típico de la sierra hacía que cada hoja, cada brizna de pasto y cada piedra respiraran un vapor blanco.

Era una mañana silenciosa, apenas interrumpida por el canto lejano de algunas aves que anunciaban el inicio de un nuevo día.

Rodrigo abrió los ojos sin la pesadez habitual.

No se había acostado muy tarde, pero tampoco se había dormido como alguien que prepara una fiesta de cumpleaños.

Ese día… su cumpleaños.

Un día que, en su infancia, había sido excusa para que sus padres reunieran empresarios, políticos y gente con intereses ocultos bajo la fachada de una celebración familiar.

Su cumpleaños siempre había sido un evento social para otros… nunca para él.

Pero hoy era diferente.

Hoy, en esa cabaña aislada del Terrero, en un bosque frío y silencioso, apenas tenía dos personas cerca: Maria Fernanda Salgado y Annie Volkovna.

No invitadas… sino presentes, parte de una extraña compañía que se había formado sola, inevitablemente, alrededor de él.

Se sentó a la orilla de su cama, respiró aire puro y salió de inmediato.

Aún era de madrugada cuando caminó por el bosque, moviéndose con sigilo.

Había salido de caza horas antes, empleando técnicas aprendidas en los fragmentos de memoria: movimiento ligero, respiración controlada, enfoque absoluto.

Ese entrenamiento hacía que cada paso suyo fuera silencioso y eficiente.

Había cazado un ciervo joven con una limpieza tal que incluso él se sorprendió.

Después, mientras el cielo apenas se clareaba, había recolectado frutas silvestres: unas fresas pequeñas pero intensas, unas manzanas verdes escondidas entre ramas viejas y, para rematar, había encontrado unas plantas que los fragmentos de memoria identificaban como hierbas calmantes, no espirituales pero sí útiles para la mente.

Ahora, frente a la parrilla improvisada de la cabaña, preparaba la carne del ciervo con una receta muy particular.

Una salsa que no pertenecía a la Tierra, pero que él adaptó con los ingredientes disponibles.

La mezcla chisporroteaba y despedía un aroma tan exquisito que incluso el aire frío parecía hacerse más cálido.

A un lado, sobre la mesa rústica, hervía una cazuela pequeña donde Rodrigo preparaba una mermelada de fresa y miel, infusionada con las hierbas que recogio en el bosque.

El aroma dulce y relajante llenaba la cocina abierta de la cabaña, mezclándose con el olor de la carne asada.

Mientras trabajaba, recordó cómo Annie le había entregado el día anterior el papel de algodón que él le había pedido.

Lo había revisado por la tarde: resistente, suave, grueso… ideal para guardar algo valioso.

No era papel común de librería; Annie había conseguido uno de calidad profesional, y Rodrigo incluso pensó que ella había entendido más de lo que mostraba.

Con ese papel había escrito, línea por línea, los tres niveles del Rito de Respiración del Corazón Etéreo, una técnica de rango mortal, de alto grado.

Una joya en cualquier mundo de cultivación… y en la Tierra, un tesoro más valioso que todo el oro, petróleo y diamantes juntos.

Pero todavía no era el momento de entregarla.

Lo sería… cuando la familia Salgado estuviera lista para volverse, no aliados suyos, sino leales inquebrantables.

Era un plan que iba más allá de la política, del dinero o del poder de la Tierra.

Era una visión a futuro.

Cuando terminó de escribir la técnica, la guardó en su anillo, se bañó con agua fría —fría como sólo en las montañas puede ser— y se preparó para la cena.

Ahora, durante la tarde de su cumpleaños, la carne estaba casi lista.

Las brasas iluminaban el ambiente; el frío seguía presente, pero el fuego daba un toque acogedor.

El aroma llenaba toda la cabaña y parte del bosque.

Detrás de él, unos pasos se escucharon.

—¿Rodrigo?

—la voz suave de Salgado.

—Ya casi está la cena —respondió él sin voltear.

—Huele… increíble —dijo ella, envolviéndose más en su chamarra.

Luego llegó Annie con una botella de vino tinto, ese mismo que había comprado junto con el papel.

Sus mejillas estaban ligeramente rojas por el frío.

—Feliz cumpleaños —dijo ella.

—Sí, feliz cumpleaños —repitió Salgado con una sonrisa más cálida de lo habitual.

La cena comenzó sin prisas.

Fueron sólo ellos tres, nada más.

La carne asada era suave, jugosa, con un sabor profundo y complejo por la mezcla de especias y la salsa adaptada.

La mermelada dulce combinada con el vino hacia que el cuerpo entrara en un ligero estado de relajación inusual.

—¿Qué le pusiste a la salsa?

—preguntó Annie, sorprendida.

—Nada especial —mintió Rodrigo, con una sonrisa leve.

El vino ayudó a soltar las tensiones.

Annie hablaba más de lo usual, incluso reía.

Salgado también se veía más relajada; las ojeras políticas desaparecían por momentos.

Durante toda la cena, la atmósfera fue extrañamente cálida, casi hogareña.

La noche avanzó.

El frío aumentó.

La luna iluminaba la cabaña tenue y plateada.

Para cuando se despidieron y fueron a sus habitaciones, Rodrigo no sintió sueño.

Tal vez el hábito de la meditación nocturna, tal vez la energía acumulada del día.

Estaba lavando su rostro cuando escuchó golpes suaves en la puerta.

Toc.

Toc.

—¿Rodrigo?

—la voz de Salgado.

Cuando abrió, la vio a ella.

Su cabello suelto caía libremente, su rostro tenía un leve rubor por el vino, y sus ojos… sus ojos no eran los de la política de hierro.

Eran ojos de mujer.

Entró sin pedir permiso.

Se detuvo frente a él.

Por un instante, ninguno habló.

El silencio se volvió pesado… pero no incómodo.

Era un silencio eléctrico.

—¿Qué haces a estas horas?

—preguntó Rodrigo.

Salgado no contestó.

Sólo se acercó un poco.

Demasiado cerca.

Y con una sonrisa suave, casi temblorosa, dijo:
—Vengo a darte tu regalo de cumpleaños.

Antes de que Rodrigo pudiera decir algo, ella tomó su rostro con cuidado… y lo besó.

Un beso cálido, firme, ansioso.

Rodrigo quedó inmóvil por un suspiro, después correspondió.

Sus manos se acomodaron en la cintura de ella, mientras el calor de ambos contrastaba con el aire frío de la noche.

Salgado se aferró a él como si hubiera esperado ese momento desde hace años.

El beso se intensificó, profundo, lleno de emociones contenidas.

No era sólo deseo: era necesidad, agotamiento, vulnerabilidad… y algo más.

Ella, sin romper el contacto, deslizó sus manos por su cuello, por sus hombros, sintiendo cada línea marcada del cuerpo de Rodrigo.

Una mezcla de adrenalina y calor envolvía a ambos.

Él la tomó por la cintura y la acercó aún más.

Salgado dejó escapar un pequeño suspiro, uno que lo hizo entender que ella había cruzado una línea emocional sin retorno.

La noche avanzó.

La luz de la luna entraba por la ventana.

Los corazones se aceleraron.

Las respiraciones se volvieron más profundas.

Hubo risas suaves, susurros ahogados, miradas intensas.

Y entonces…
La puerta se cerró detrás de ellos.

Lo demás quedó entre sombras, entre la calidez del cuarto y la intimidad que sólo dos personas pueden compartir cuando el mundo exterior desaparece por completo.

No hubo interrupciones.

No hubo dudas.

Solo ellos.

La noche fue larga.

Y cuando el sol finalmente se asomó por las montañas, el nuevo día comenzó con un silencio distinto en la cabaña.

Rodrigo abrió los ojos.

A su lado, durmiendo con respiración tranquila, estaba Maria Fernanda Salgado.

Él no sonrió.

Pero tampoco frunció el ceño.

Simplemente se quedó mirando el techo, consciente de que ese día, ese cumpleaños, marcaría un antes y un después.

Y que, sin saberlo, había aceptado un regalo que nunca espero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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