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El legado de los cielos - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 LA MARCA DE LA MADRUGADA
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36: LA MARCA DE LA MADRUGADA 36: LA MARCA DE LA MADRUGADA Capítulo 36 – La Marca de la Madrugada
La madrugada aún reposaba sobre el Terrero, extendiendo un velo tenue de luz azulada entre los árboles gigantes que se mecían al ritmo de un viento frío proveniente de las montañas.

La cabaña, hecha de madera vieja, resistente y rústica, guardaba en sus paredes el silencio de la noche, ese silencio que solo aparece en las zonas donde el mundo moderno no alcanza.

Dentro, entre sábanas cálidas y el olor ligero del humo que aún impregnaba la cabaña después de la cena del día anterior, Rodrigo deslizó lentamente sus dedos entre el cabello de Fernanda Salgado.

El contacto era suave, casi delicado, como si temiera despertarla abruptamente.

A pesar de su origen político, de su figura pública, de la presión de un país que la observaba, ahí, entre sus brazos, no era la candidata a la presidencia, ni la figura poderosa y respetada.

Era simplemente Fernanda… una mujer en calma, respirando despacio, con la piel cálida apoyada en su pecho.

Ella abrió los ojos poco a poco, pestañeando mientras su mente regresaba del sueño.

Al sentir que Rodrigo la contemplaba, su rostro, que siempre era firme y elegante, adoptó una expresión tranquila, vulnerable y dulce.

—Buenos días —dijo Rodrigo, inclinándose para besar su frente.

Fernanda sonrió suavemente.

Era una sonrisa distinta, más ligera que cualquier otra que hubiera mostrado en público.

—Buenos días —murmuró con una voz que ya no tenía aquella firmeza diplomática que la caracterizaba—.

Esto… no se debe saber.

Nadie debe enterarse.

Rodrigo acercó su mano a su mejilla, acariciándola con un gesto lleno de calma y autoridad.

—Tranquila —respondió él con voz segura—.

Desde hoy eres mi mujer.

Pero no voy a arruinar tu carrera.

Nadie lo sabrá.

Cuando quieras venir a mí, estaré aquí.

Fernanda bajó un instante la mirada, como si las palabras le atravesaran la coraza que llevaba toda su vida.

Rodrigo no dijo más; simplemente la atrajo hacia él.

Sus labios se encontraron y la cabaña volvió a llenarse de ese calor ferviente que habían compartido la noche anterior.

Entre caricias profundas y besos que parecían devorar el tiempo, ambos volvieron a sumergirse en el placer, entregándose sin reservas, sin miedo, sin límites.

El sol comenzó a colarse entre las ventanas, anunciando el nacimiento de un nuevo día.

Cuando finalmente quedaron satisfechos, exhaustos pero en paz, se levantaron.

El aire frío de la mañana los rodeó y les recordó que el tiempo seguía su curso afuera, sin importar lo que pasara dentro de esa cabaña.

Rodrigo se vistió primero; su mente ya estaba enfocada en los movimientos que debía hacer ese día.

Fernanda también se preparaba para marcharse a la Ciudad de México, mientras que él y Annie ya debían preparar la salida hacia Manzanillo.

Apenas terminó de acomodarse la camisa, un golpe firme resonó en la puerta.

Tok… tok…
Rodrigo abrió.

Luis Salgado estaba ahí, de pie, con su expresión seria habitual, aunque sus ojos parecían más atentos que de costumbre, como si buscara detalles invisibles.

—¿Cómo te va, Rodrigo?

—saludó extendiendo la mano.

—Bien.

—Rodrigo le devolvió el saludo con normalidad—.

Ayer celebré mi cumpleaños mientras esperaba que todo estuviera listo.

—Todo está preparado —respondió Luis, cruzándose de brazos mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que nadie más estuviera escuchando—.

Tenemos un barco disponible en el puerto de Manzanillo.

Podemos partir cuando tú lo indiques.

Es discreto, no muy grande, pero resistente y lo suficientemente rápido.

No habrá detenciones.

Hizo una breve pausa.

Su voz bajó apenas un tono.

—Mi nieta, Karen Salgado, viene en camino.

La conocerás más tarde en Manzanillo.

También llamé a los diez mejores jóvenes de mi familia.

No tendremos problemas en la zona.

Rodrigo asintió, pero por dentro una chispa de interés se encendió.

Karen… La genio de la familia Salgado.

Una joven que, según Luis Salgado, era tan talentosa como disciplinada.

Una joya.

Y la oportunidad perfecta para comenzar su plan.

Si son tan buenos como dicen, quizás sean dignos del Rito, pensó.

Si lo son… entonces los convertiré en la fuerza que necesito.

—Perfecto —respondió Rodrigo—.

Primero llevaremos a Fernanda al aeropuerto de Colima.

Luego iremos a Manzanillo.

—Así lo haremos —confirmó Luis.

En ese momento Annie salió de la habitación contigua.

Vestía ropa de invierno: suéter grueso, leggins ajustados y botas.

Su cabello rubio estaba recogido y su rostro mostraba una serenidad natural, aunque sus ojos inteligentes siempre observaban más de lo que aparentaba.

Le sonrió a Rodrigo, y justo después apareció Fernanda.

Venía con una pequeña maleta en la mano.

Pero había algo diferente: su expresión, su postura, su aura.

Annie lo notó de inmediato.

Ser mujer en un mundo como este le había dado la capacidad de leer cambios sutiles… especialmente en otras mujeres.

Fernanda tenía un brillo distinto en los ojos, uno que solo existía después de una noche intensa.

Su caminar era ligero, pero su mirada evitaba ligeramente la de Rodrigo, solo por un instante, como intentando ocultar algo imposible de esconder.

El instinto de Annie reaccionó como un latigazo.

—… —Se quedó mirándola por un par de segundos más de la cuenta.

Y de pronto, su mente se llenó de conclusiones rápidas.

Cerró la boca de inmediato.

Frenó todos sus pensamientos abruptamente, como si un auto hubiera frenado de golpe.

Oh… no.

Se me adelantaron.

Pero entonces, un rayo de luz cruzó por su mente.

Bueno… estaré a su lado.

Aún tengo oportunidad.

Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se formó en sus labios.

—Listo, vámonos —dijo Fernanda mientras caminaba hacia la salida, saludando a Luis como si nada hubiera ocurrido.

Salieron los cuatro.

Annie tomó el volante de la camioneta negra discreta con la que habían llegado al Terrero.

Bajaron lentamente la montaña.

El camino era estrecho y rodeado de árboles viejos, sus ramas largas formando un túnel natural por donde apenas pasaban los rayos del sol.

El aire olía a tierra húmeda, a hojas frescas, a naturaleza pura.

El Terrero siempre tenía esa mezcla: tranquilidad y misterio, como si ocultara secretos antiguos entre raíces y rocas.

Dos horas más tarde llegaron al aeropuerto de Colima.

Esta vez Fernanda no ocultó quién era.

Sus guardaespaldas la esperaban en la entrada, y en cuanto se identificaron con sus licencias oficiales, pasaron sin revisión.

La candidata había vivido tanto tiempo en el ojo público que aquello era rutina para ella.

Dentro del aeropuerto, un pequeño avión privado ya la esperaba.

Antes de abordar, se acercó a Rodrigo.

Lo abrazó con elegancia, la clase de abrazo que cualquiera interpretaría como afectuoso, pero nada más.

Sin embargo, en ese abrazo se inclinó, casi rozándole el oído, y susurró:
—Nos veremos pronto.

Pensaré en ti todos los días.

Rodrigo sonrió ligeramente.

Con voz normal respondió:
—Cuídese, Salgado.

Nos vemos pronto.

El avión despegó unos minutos después.

Luis, Rodrigo y Annie lo observaron desaparecer en el cielo despejado.

Una vez que solo quedó un punto lejano, volvieron a la camioneta.

—Bien —dijo Rodrigo ajustándose el cinturón—.

Vámonos a Manzanillo.

Sabía que lo que encontrara en esa isla —esa isla misteriosa que aún desconocía— sería un punto decisivo en su destino.

Era un riesgo.

Pero estaba dispuesto a tomarlo.

Mientras tanto, en Manzanillo…
Un grupo de once jóvenes caminaba junto al muelle del centro.

Vestían como turistas: shorts, sandalias, lentes oscuros y camisas playeras coloridas.

Pero sus cuerpos tonificados, su postura y la fuerza silenciosa en sus pasos los delataban.

No eran turistas.

Eran armas humanas.

Y al frente de ellos caminaba una joven pelirroja de unos diecinueve años.

Su figura resaltaba incluso entre la multitud de la playa.

Tenía piernas largas, firmeza atlética, cintura delgada y un cuerpo perfectamente proporcionado, fruto de años de entrenamiento extremo.

Su short playero dejaba ver sus muslos bien definidos y su abdomen plano.

La camisa ligera que llevaba marcaba con claridad la figura espectacular que poseía.

Su cabello rojo fuego se movía con cada paso, abrazado por la brisa marina.

Sus ojos verdes brillaban con determinación, intensidad y un toque de emoción.

Esa joven era Karen Salgado.

Caminaban por la acera del muelle.

A un lado, la avenida llena de autos, motos y autobuses.

Al otro, el mar profundo que caracterizaba esa zona portuaria.

El muelle donde salían pescadores, barcos turísticos, pequeñas lanchas privadas y embarcaciones de todo tipo estaba cerca.

Más adelante se distinguía el puerto de Manzanillo, reconocido incluso a nivel internacional, y más allá, la marina del país.

Karen observó discretamente el pequeño barco que esperaba al final del muelle.

Sus ojos se entrecerraron con cierta curiosidad.

¿A dónde iremos esta vez?

¿Por qué necesitamos un barco…?

Parece que será emocionante.

La brisa marina golpeó suavemente su rostro.

Ella sonrió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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