El legado de los cielos - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 LA ESTELA EN LA MAREA
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37: LA ESTELA EN LA MAREA 37: LA ESTELA EN LA MAREA CAPÍTULO 37 — La Estela en la Marea
Karen Salgado avanzaba por el malecón con paso firme, rodeada por diez jóvenes que, a simple vista, parecían un grupo de turistas comunes.
Cinco varones y cinco mujeres, todos vestidos con shorts playeros y camisas ligeras que dejaban ver la frescura propia del clima de Manzanillo.
Los hombres llevaban shorts de colores vibrantes—rojo, azul marino, verde limón, negro con estampados tropicales—y camisetas deportivas sin mangas que marcaban sus brazos tonificados por el entrenamiento familiar.
Las chicas, por su parte, lucían shorts cortos de mezclilla o tela ligera, algunos con aberturas a los costados, otros deshilados al borde del muslo.
Las playeras ajustadas dejaban ver las curvas jóvenes y la disciplina física del clan Salgado; pero ninguna resaltaba tanto como Karen.
A sus diecinueve años, Karen era la joya juvenil de la familia: pelirroja natural, piel clara tostada levemente por el sol, y un cuerpo estilizado sin exageraciones.
Su short playero azul celeste resaltaba la forma definida de sus piernas, mientras que su top blanco ajustado delineaba su figura atlética.
Caminaba con naturalidad, aunque sus ojos analizaban cada detalle con un temple que pocas veces se veía en alguien de su edad.
Era adorable para el que la mirara, pero peligrosa para quien la subestimara.
Al acercarse al muelle del centro—zona donde turistas, pescadores y locales se entremezclaban—los jóvenes hicieron una ligera curva por la acera.
A su izquierda pasaban autos con música, cláxones y vendedores ambulantes ofreciendo nieves y raspados; a la derecha, el océano profundo chocaba contra los soportes del muelle.
Desde lejos podía verse el ir y venir de lanchas privadas, bancos de pesca y pequeñas embarcaciones de paseo.
Y más allá, imponente, el famoso puerto de Manzanillo, con sus grúas inmensas, contenedores y movimiento constante.
Allí, detenido en uno de los espacios designados para embarcaciones privadas, se veía un barco particular.
No era un yate de lujo, pero tampoco era un barco ordinario.
Era un híbrido peculiar: casco blanco pulido, bordes plateados, cabina amplia con cristales ahumados, antenas de comunicación discretas, dos niveles y espacio suficiente para maniobrar sin llamar excesivamente la atención.
Un barco justo en esa línea donde lo elegante se mezcla con lo funcional.
Esperando frente a él, se encontraba una mujer joven y hermosa: Liza García.
Cabello negro ondulado, piel morena brillante por el sol, labios gruesos y mirada fina.
Tenía el tipo de belleza que se encuentra en la costa: natural, fresca y con un toque salvaje.
Vestía shorts beige, una blusa ligera color coral y sandalias sencillas.
Aun así, su presencia imponía respeto.
Liza era la gerente de Logística García, una empresa reconocida en Manzanillo por manejar patios de contenedores, transporte terrestre, almacenaje y enlace entre compañías marítimas.
Sus instalaciones incluían bodegas, montacargas, almacenes refrigerados y conexiones directas con empresas navieras, lo que les permitía mover mercancía legal con eficiencia… y, de vez en cuando, cubrir tareas “especiales” para la familia Salgado.
A ojos del público, Logística García era una empresa más entre tantas.
Pero en las sombras, era una pieza clave para los movimientos discretos de la familia.
Aquellos movimientos que no podían pasar por aduanas, inspecciones rutinarias o reportes oficiales.
En ocasiones como esta, eran esenciales.
Al ver acercarse al grupo, Liza sonrió con respeto profesional.
—Hola, señorita Karen.
—Hola —respondió Karen con voz tranquila, elegante sin esfuerzo—.
¿Ya tienes todo preparado?
—Sí.
—Liza señaló el barco con un gesto suave—.
Este es el Sol de la Costa.
Motor doble, cabina amplia, espacio para treinta personas, equipo de navegación actualizado y registro limpio.
Además… —bajó un poco la voz— también traje gente para simular una fiesta, como indicó el señor Luis.
Todos son de absoluta confianza.
Se les pagará lo acordado por pasar el viaje como turistas fiesteros, por si la Marina o un helicóptero de la Guardia Nacional decide revisar en alta mar.
Karen asintió satisfecha.
—Buen trabajo.
Me aseguraré de que mi abuelo te recompense como mereces.
Liza sonrió con una mezcla de orgullo y alivio.
A la familia Salgado no se les quería fallar.
Todo estaba listo para la llegada de Rodrigo y su grupo.
Sin embargo, Karen tenía una inquietud clavada desde que recibió la orden.
Era la primera vez que salía a una misión sin recibir detalles.
Ni siquiera Luis Salgado le había dado más que instrucciones logísticas.
Eso la mantenía en un estado de alerta fina, como si sus sentidos esperaran un detonante desconocido.
A las seis de la tarde, Manzanillo tomaba ese aspecto único que solo los verdaderos locales conocían.
El cielo se teñía de naranja intenso con vetas rosadas sobre el mar.
El aire olía a sal, gasolina marina y comida callejera.
Algunas palmeras se mecían con la brisa cálida mientras la ciudad comenzaba a iluminarse.
Fue en ese momento cuando una Suburban negra se estacionó cerca del muelle.
De ella bajaron tres personas.
El primero, un hombre maduro de unos cuarenta y tantos, firme, con presencia de autoridad.
Luis Salgado.
La segunda, una joven rubia de piel clara, con leggins negros, botas y ropa de invierno que no encajaba para nada con el clima caliente del puerto.
Se abanicaba con la mano mientras sus mejillas se sonrojaban por el calor.
Era evidente que una rusa como Annie Volkovna sufría con el clima tropical.
El tercero era Rodrigo.
Aunque era local, su semblante había cambiado desde la última vez que pisó Manzanillo.
Su mirada era más seria, más profunda.
Su presencia había madurado.
Caminaba por el muelle guiando a dos personas que parecían turistas… pero cualquiera que lo conociera sabría que Rodrigo ya no era el mismo muchacho que vivió allí mes y medio atrás.
Luis, Annie y Rodrigo avanzaron por el muelle con calma, mezclándose entre turistas y pescadores, cruzando miradas curiosas de vendedores y transeúntes, como si fueran gente cualquiera…
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