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El legado de los cielos - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 LA NOCHE Y EL WHISKY
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38: LA NOCHE Y EL WHISKY.

38: LA NOCHE Y EL WHISKY.

CAPÍTULO 38 — La Noche y el Whisky
El muelle central de Manzanillo respiraba vida propia al caer la tarde: olor a brisa salada, gaviotas sobrevolando los barcos turísticos y el ritmo constante de un puerto que nunca dormía realmente.

Entre ese bullicio controlado, Rodrigo, Annie y Luis caminaron sin prisa, integrándose entre pescadores, turistas con sandalias y vendedores de coco fresco.

Sus pasos resonaron sobre las duelas de madera hasta detenerse frente al restaurante El Delfín, uno de los más conocidos de la zona.

El lugar, con su fachada blanca y ventanales amplios, ofrecía una vista directa hacia el mar abierto; dentro, lámparas de mimbre daban una luz cálida y mesas de madera sólida mantenían la estética costera tradicional.

Famoso por su pescado zarandeado, su coctelería y la vista privilegiada del muelle, era un punto obligado para locales y viajeros.

Ese día, como siempre, varias mesas estaban ocupadas por familias conversando y parejas tomándose fotos frente a las olas.

El grupo tomó asiento en una mesa cercana a la baranda exterior, donde el viento marino soplaba suavemente.

Luis fue el primero en hablar en cuanto los meseros se retiraron con la orden.

—Ya tengo todo preparado, Rodrigo —informó con tono bajo, como quien está acostumbrado a mover piezas en silencio—.

El barco está donde te dije.

Podemos zarpar cuando lo indiques.

Rodrigo entrelazó los dedos sobre la mesa, pensativo.

—Mañana después de las dos de la tarde.

—Respondió sin rodeos—.

Llegaríamos al atardecer y cruzaríamos la noche en alta mar.

Es suficiente para lo que necesito.

—Perfecto.

Ordenaré que preparen un hotel cercano —asintió Luis, ya sacando su teléfono.

Annie, aún abanicándose con una servilleta por el calor, parecía querer agregar algo, pero al final desvió la mirada hacia la playa iluminada por faroles.

Rodrigo la observó un instante: la ropa de invierno que aún llevaba puesta hacía contraste total con el clima húmedo y cálido de Manzanillo.

—En un rato llegaremos al hotel —murmuró Rodrigo con una media sonrisa—.

Ahí podrás cambiarte y dejar de sufrir.

Annie bajó la mirada, sonrió levemente… y recordó la noche en el terrero.

Ese pensamiento le provocó un pequeño pinchazo en el pecho.

Se repitió la escena.

Se repetían los detalles.

La certeza.

Salgado se me adelantó… maldita sea.

Pero luego respiró hondo.

Estoy aquí.

A su lado.

La oportunidad llegará.

Mientras tanto, Luis terminaba de enviar instrucciones.

—Listo —dijo al guardar el celular—.

En cuanto acabemos aquí, iremos al hotel “Costa Dorada”.

Queda a dos calles del muelle, no habrá contratiempos.

Tras terminar la cena, el grupo salió nuevamente al muelle.

Esa zona turística estaba llena de vida: parejas caminando con helados, uno que otro borrachito cantando bajito, y pescadores preparando redes para el día siguiente.

Nadie prestaba demasiada atención, como era costumbre en México; la gente miraba de reojo y comentaba entre ellos sin interferir en nada.

El hotel Costa Dorada, con fachada dorada y ventanales amplios, era uno de esos lugares cómodos y discretos para viajeros que llegaban por trabajo.

En la recepción los esperaba Liza García, quien conversó brevemente con Luis en un tono demasiado bajo para que Rodrigo y Annie pudieran entender.

Luego, con amabilidad, les indicó las habitaciones.

Rodrigo y Annie quedaron frente a frente: sus habitaciones, a solo un par de pasos de distancia.

Eran casi las ocho de la noche.

La aventura del día siguiente sería decisiva, pero la calma de la noche aún abría espacio para otras cosas.

Una hora y media después, un par de golpes suaves sonaron en la puerta de Rodrigo.

Cuando abrió, encontró a Annie de pie, bajo la luz cálida del pasillo.

Llevaba el cabello suelto y sostenía una botella de whisky en la mano.

—¿Puedo pasar?

—preguntó con un tono entre inocente y calculado—.

Quería… hablar sobre las inversiones en la bolsa.

Rodrigo levantó una ceja pero hizo un gesto para que entrara.

Annie se sentó en el borde de la cama, como si ya hubiera estado ahí antes.

Abrió la botella, sirvió dos vasos y comentó con una sonrisa ladeada:
—A los rusos nos encanta el whisky.

Aunque sea mujer, no soy la excepción.

Rodrigo tomó el vaso y la miró con interés.

—Bien —dijo—.

Brindemos.

¿Cómo van las inversiones?

Annie bebió un sorbo largo antes de responder.

—En tres días hemos ganado cuatro millones.

Ahora tenemos catorce.

—Su voz sonó segura—.

Aposté en derivados que responden a las fluctuaciones del mercado de materias primas.

Aproveché una caída fuerte en futuros de energía durante la madrugada… —comenzó a explicar con detalle técnico, usando términos que bien podrían venir de un aula de Wall Street—.

Y mañana moveré parte del capital hacia opciones a corto plazo.

Riesgoso, pero rentable.

Rodrigo escuchó, pero había momentos en los que las palabras de Annie se volvían más un murmullo que una explicación.

Lo que captaba toda su atención era cómo la joven rusa lo observaba entre frase y frase, cómo cada gesto parecía deliberadamente pausado.

Poco a poco, mientras bebían, Annie comenzó a comportarse de forma distinta.

Su mano rozó la de él, al principio apenas un toque.

Después, un roce más largo.

Y luego un pequeño abrazo cuando se inclinó para señalar algo en la pantalla de su celular.

El ambiente se hizo denso, íntimo, inevitable.

Rodrigo se quedó en silencio unos segundos, analizando esa mirada directa, vulnerable y decidida que Annie le sostenía.

Entonces, sin pensarlo dos veces, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí.

Ella no se resistió.

El beso llegó lento, luego profundo, luego hambriento.

Annie entrelazó los dedos en el cabello de Rodrigo mientras su respiración se aceleraba contra su cuello.

Él correspondió con calma al principio, como probando el terreno… luego con una soltura que revelaba que la experiencia de la noche anterior había despertado algo nuevo en él.

Algo más seguro.

Más firme.

La ropa cayó con suavidad.

No hubo prisa, pero tampoco contención.

Rodrigo exploró la calidez de la piel de Annie con una mezcla de curiosidad y deseo contenido; ella temblaba ligeramente cada vez que él rozaba una zona nueva.

Su respiración se volvió un susurro irregular que apenas lograba controlar.

La intensidad creció.

La tensión se transformó.

La noche avanzó sin que ninguno de los dos se preocupara por el reloj.

Los murmullos, los suspiros entrecortados y el roce íntimo de la cercanía llenaron la habitación como un único lenguaje compartido.

Rodrigo, ahora un hombre distinto al muchacho del pasado, guio cada momento con seguridad, con una calma apasionada que desarmaba completamente a Annie.

Ella se aferraba a él, perdida entre deseo, sorpresa y algo que no quería nombrar aún.

Esa noche, él no la dejó dormir.

Y ella no quería que lo hiciera.

La madrugada llegó lentamente, acariciando las cortinas del hotel.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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