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El legado de los cielos - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 BAJO EL SOL DEL PUERTO
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39: BAJO EL SOL DEL PUERTO.

39: BAJO EL SOL DEL PUERTO.

CAPÍTULO 39 — Bajo el Sol del Puerto
Rodrigo abrió los ojos lentamente, sintiendo el tibio rayo de sol que atravesaba la cortina del hotel.

Lo primero que encontró fueron los ojos azules de Annie, despeinada, respiración calmada y aún recostada contra su pecho.

Lo miraba como si no creyera del todo que ese amanecer era real.

Rodrigo sonrió y se inclinó para besarla suavemente.

—¿Quieres desayunar?

—murmuró Annie con voz ronca y suave.

—¿Qué hora es?

—preguntó él, aún medio dormido.

—Son las siete —respondió ella, acercándose un poco más.

Rodrigo acarició su mejilla y dijo, sin una pizca de vergüenza:
—Quiero desayunarte a ti.

La sonrisa de Annie se quebró en un suspiro breve… y volvió a perderse entre sus brazos.

La habitación quedó en silencio excepto por los susurros y respiraciones aceleradas que se mezclaron nuevamente.

El tiempo se les escapó entre caricias, cuerpos entrelazados y ese ritmo pausado que poco a poco se volvía más intenso.

No se detuvieron hasta pasadas las nueve y media de la mañana.

Cuando por fin se separaron, Rodrigo se incorporó.

Annie también lo hizo… o al menos lo intentó.

Apenas puso los pies en el suelo, un quejido suave escapó de sus labios.

Se sostuvo del borde de la cama, respirando hondo.

Sus piernas temblaban y cada paso le causaba un ardor profundo, una mezcla de dolor y sensibilidad extrema.

Era la reacción inevitable de una mujer que acababa de entregar su primera vez; un cuerpo que aún no sabía cómo acomodarse después de una noche tan intensa.

Rodrigo la observó en silencio.

No la juzgó, no comentó.

Solo guardó ese detalle en su mente: la trataré bien, se dijo.

Esta mujer merece eso.

Aunque sabía dentro de sí que su camino nunca sería el de un solo corazón.

La sábana manchada confirmaba lo evidente.

Annie lo vio mirarla y bajó la mirada, avergonzada, aunque con una especie de brillo cálido en sus mejillas.

A las once de la mañana, ya en el lobby del hotel, los tres se reunieron para almorzar en un restaurante cercano: Los Portales del Muelle, famoso por ser frecuentado por marineros veteranos y turistas que buscaban comida abundante.

El lugar tenía mesas rústicas de madera, olor a café recién hecho y al típico caldo de camarón que se servía desde temprano.

Luis, siempre directo y práctico, no tardó en dar el informe.

—Todo está listo.

Ya tenemos los permisos.

Zarpamos a las dos de la tarde —explicó mientras sacaba una carpeta—.

La embarcación tiene permiso para estar fuera tres días.

Suministros completos.

Tripulación reducida.

Todo en orden para lo que necesitas…
Rodrigo lo escuchó con atención y finalmente asintió.

—Perfecto.

No habrá problema.

Mientras empezaban a comer, Rodrigo recordó lo que Annie le había dicho la noche anterior: 14 millones.

Una suma importante, pero insuficiente para lo que él tenía en mente.

De pronto levantó la mirada.

—Señor Salgado —dijo directo, sin suavizar palabras—.

Quiero cien millones más.

Annie abrió los ojos con sorpresa.

Luis lo miró fijamente, evaluando, calculando riesgos, pensando en quién sabe cuántos escenarios posibles.

Desde afuera, alguien habría pensado que estaba analizando un movimiento político o económico de alto nivel.

Desde adentro… quizá también.

Tras un silencio que pareció largo, Luis respondió:
—Bien.

Haré que los depositen en la cuenta que me diste.

Annie casi se atragantó con su bebida.

No podía creerlo.

Luis Salgado, respetado incluso por María Fernanda Salgado, aceptando tan fácilmente.

¿Quién demonios es Rodrigo para que este hombre acceda así?, pensó.

Pero disimuló.

Debajo de la mesa, Rodrigo colocó suavemente su mano sobre la pierna de Annie.

Ella se puso roja al instante, aunque trató de mantener la compostura.

—Bien —dijo Rodrigo con una sonrisa leve—.

Ya tienes cien millones más para trabajar.

Hizo una pausa y continuó:
—En estos días no estaré aquí.

No puedo llevarte, pero vas a hacer algo mejor.

Busca un lugar para la oficina.

La idea es crear un grupo… un consorcio con varios giros.

Luis levantó la mirada, interesado.

—Transporte marítimo, aéreo… —continuó Rodrigo—.

Y también finanzas.

Podemos meternos en ese tema.

Quiero que este consorcio se meta en negocios rentables.

Tú preparas todo lo que necesites.

Y esos cien millones… ve si puedes convertirlos como convertiste esos diez.

Annie tragó saliva.

La ambición de Rodrigo no solo era grande… era expansiva.

—¿Y el nombre?

—preguntó ella, curiosa.

Rodrigo se quedó pensativo varios segundos.

La gente alrededor comía, hablaba, reía como si nada.

Nadie prestaba atención, nadie escuchaba.

Costumbre mexicana: mirar por la ventana, chismosear para sí mismos, pero jamás intervenir.

Finalmente dijo:
—Podría ser Global Group… o Consorcio Cielo Dorado.

Luego la miró fijamente a los ojos.

Ese tipo de mirada que hacía que la piel se erizara y quemara al mismo tiempo.

Annie sintió un escalofrío recorrerle los brazos.

Rodrigo añadió:
—Debe ser una sociedad anónima.

Y si es posible, tú serás la CEO… o busca alguien adecuado.

Ella asintió.

Tenía un mundo de trabajo por delante.

Pero por primera vez desde que llegó a México… no le molestaba en absoluto.

Después de terminar los detalles, Annie se despidió y se marchó de inmediato.

Sus pasos eran lentos, pero su mente corría a mil por hora.

Rodrigo y Luis, por su parte, se dirigieron al muelle.

La embarcación los esperaba amarrada con discreción.

Era elegante, moderna, ideal para un viaje privado, pero camuflada lo suficiente para parecer un típico barco turístico.

Luis había preparado incluso boletos impresos para que el personal del muelle no sospechara nada.

En la zona había familias tomando fotos, parejas subiendo con hieleras y sombreros, unos cuantos pescadores mirando de reojo sin verdadero interés.

Los clásicos recorridos del puerto: paseos alrededor de la bahía, visitas a la zona de los buques, snorkel ligero, o simplemente un paseo para ver el atardecer.

Rodrigo y Luis entregaron sus boletos.

Nadie preguntó nada.

Para todos, eran solo dos turistas más.

Subieron a bordo.

El motor empezó a calentar.

El viento anunció el inicio del viaje.

El mar esperaba.

El verdadero propósito de ese viaje… apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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