El legado de los cielos - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 EL MURMULLO DE LAS SOMBRAS
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4: EL MURMULLO DE LAS SOMBRAS 4: EL MURMULLO DE LAS SOMBRAS CAPÍTULO 4 — EL MURMULLO DE LAS SOMBRAS
La tormenta que se avecinaba sobre la familia Moreno no nació en redes sociales ni en los pasillos del penal.
Su origen se encontraba en un espacio mucho más discreto, cuidadosamente apartado del ruido: un salón privado, en la parte trasera de un restaurante caro en Guadalajara.
Afuera, la fachada simulaba normalidad; Adentro, las luces tenues, las cortinas gruesas y el olor a madera vieja creaban un ambiente perfecto para conspirar.
Los asistentes no eran improvisados.
Eran políticos, empresarios y operadores que llevaban décadas tejiendo su propia red de poder.
No formaban un bloque homogéneo: algunos tenían rivalidades antiguas, otros acuerdos tácitos.
Pero esa noche todos compartían un objetivo común.
Derribar a Fabián Moreno.
La mesa ovalada estaba rodeada por hombres y mujeres que sabían que, en política, las sombras solían moverse más que los discursos.
El primero en hablar fue Marco Salcedo, un veterano del Congreso local, conocido por su habilidad para manipular la opinión pública sin ensuciarse las manos.
Su voz ronca rompió el silencio.
—El escándalo llegó en el momento preciso —dijo, acomodándose los lentes con parsimonia—.
Moreno está debilitado.
Su imagen se agrieta y su círculo cercano no logra contener el daño.
Su gente está desesperada.
Un murmullo recorrió la mesa.
Lucía Armenta, estratega política y rival histórica de Fabián, entrelazó los dedos sobre la superficie pulida.
Su mirada era fría, calculadora.
—La acusación contra su hijo menor… —dejó la frase flotando, como quien saborea un veneno lento—.
Es perfecto.
Un político que predica valores familiares, envuelto en un caso de abuso sexual.
No pudimos haber pedido mejor oportunidad.
Un empresario de bigote grueso, Ramiro Zazueta, carraspeó antes de agregar:
—No lo planearon ustedes, ¿verdad?
Lucía de lado.
—No.
Ni falta hizo.
Esa era la parte más inquietante: nadie en esa mesa había creado la crisis… pero todos estaban dispuestos a aprovecharla.
Marco:
—Los medios ya huelen sangre.
En cuanto conecten a Fabián con la supuesta protección de su hijo, será el fin.
¿Qué padre político se libra de un escándalo así?
Las risas apagadas de algunos asistentes llenaron la sala.
No eran carcajadas ruidosas, sino risas bajas, peligrosas, de quienes están acostumbrados a ver caer a otros.
Lucía abrió una carpeta negra, deslizando varios documentos sobre la mesa.
—Tenemos informes internos.
Gente dentro del partido dice que Fabián está intentando contener todo desde su equipo legal.
Está presionando a la fiscalía, negociando con periodistas… y tratando de hacerle creer al público que coopera.
— ¿Y la familia?
—preguntó Ramiro—.
¿La esposa?
¿Los otros hijos?
—Todos alineados.
—Lucía giró una página—.
Oficialmente, están apoyando el proceso.
Extraoficialmente, sabemos que están… frágiles.
Muy frágiles.
Y ese es nuestro punto de entrada.
Uno de los hombres al final de la mesa, un funcionario estatal que prefería mantenerse en silencio, intervino al escuchar eso:
—Crees que podemos fracturar a su círculo más cercano?
—No necesitamos fracturarlos —respondió Lucía sin dudar—.
Ya vienen rotos desde casa.
Los asistentes intercambiaron miradas cómplices.
No sabían todos los detalles, pero sí entendían algo: si la familia Moreno tenía una debilidad, sería explotada sin piedad.
Marco tomó la palabra de nuevo, golpeando la mesa con un dedo.
—Este caso puede hundir a Moreno por completo.
Pero si queremos asegurarnos, necesitamos tres cosas: presión mediática, señalización desde dentro del partido y una narrativa bien construida.
No podemos dejar que la historia se enfríe.
Lucía levantó una ceja.
—Ya trabajamos en eso.
Tenemos periodistas preparados para seguir publicando notas.
Opiniones, columnas, programas nocturnos.
Todo sutil, sin mencionar nombres directamente… todavía.
¿Y cuándo daremos el golpe final?
—preguntó Ramiro.
Lucía cerró la carpeta lentamente.
—Cuando el caso cumpla dos semanas.
Para entonces, los ciudadanos ya estarán emocionalmente comprometidos.
Tendremos el escenario ideal.
Las luces del salón proyectaban sombras alargadas en las paredes, como si la habitación misma observara la conspiración.
Nada allí ocurría por accidente: cada palabra, cada gesto, cada silencio era parte de un cálculo, de un tablero que se movía paso a paso.
Afueras del restaurante, la ciudad seguía su ritmo.
Coches pasando, conversaciones ajenas, música a lo lejos… sin saber que, en ese pequeño espacio escondido, se estaban decidiendo los próximos meses de tensión política.
Marco sacó su teléfono y lo colocó sobre la mesa.
—Tenemos otro asunto por discutir —dijo—.
La situación dentro del penal.
Un silencio tenso se apoderó del grupo.
Ramiro chasqueó la lengua.
—El muchacho… ¿cómo va?
Lucía entrecerró los ojos.
—Mal.
Muy mal.
—¿Problemas?
—Golpes.
Abusos.
Hostilidad.
Lo tienen marcado.
Y lo mejor —su sonrisa fue apenas visible—, es que mientras más sufra él, más se desespera su padre.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas como hierro caliente.
Ninguno mostró compasión.
Ninguno preguntó si era justo.
La política rara vez tenía espacio para moralidades, y menos cuando el objetivo era destruir un nombre que se interponía entre ellos y el poder.
Marco se inclinó hacia adelante.
—Entonces seguiremos ese hilo.
Si el hijo está sufriendo, la familia tambalea.
Y si la familia tambalea… Fabián empezará a tomar decisiones desesperadas.
Y las decisiones desesperadas siempre dejan grietas.
Lucía añadió:
— Tenemos contactos dentro del penal.
No para intervenir… sino para observar.
Para asegurarnos de que el ambiente siga… presionando.
Algunos comprendieron de inmediato lo que quería decir.
Otros fingieron no entender para sentirse menos involucrados.
Pero todos coincidieron: el sufrimiento del hijo era un arma más.
Y esa arma sería utilizada.
Marco se levantó de su asiento.
El resto lo imitó, algunos ajustándose las chaquetas, otros guardando papeles, otros simplemente estirando la espalda con gesto satisfecho.
—En tres días nos reuniremos otra vez —anunció—.
Necesitamos medir el impacto mediático.
Si el plan avanza como esperamos, para la segunda semana… la carrera de Fabián estará en ruinas.
Lucía apagó su tableta y sonriendo.
—La caída será lenta.
Dolorosa.
Irreversible.
Mientras los asistentes abandonaban el salón uno por uno, los meseros esperaban afuera sin mirar a nadie, entrenados para no escuchar, para no preguntar.
Una vez que la puerta se cerró, el silencio volvió a llenar la habitación, junto con el aroma tenue una conspiración y ambición.
En algún punto de la ciudad, justo en ese momento, Rodrigo seguía soportando golpes, humillaciones y miedo dentro de una celda húmeda.
A kilómetros de distancia, su padre, sin saberlo, era observado por enemigos que esperaban su debilitamiento para destripar su carrera.
Y en medio de ambos mundos, la tormenta crecía.
Una tormenta hecha de nombres, intereses, alianzas, traiciones y un apellido que, hasta hacía poco, parecía intocable.
Pero nada era intocable.
No cuando la oscuridad olía sangre.
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