El legado de los cielos - Capítulo 40
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40: RUMBO A SOCORRO.
40: RUMBO A SOCORRO.
Capítulo 40 — Rumbo a Socorro
La embarcación se deslizó fuera del muelle con suavidad, rompiendo el oleaje en un vaivén lento.
Para los ojos del Centro de Control de Tráfico Marítimo del Puerto de Manzanillo, todo parecía un paseo turístico registrado bajo permisos regulares: un viaje recreativo con grupos mixtos, música ligera y cámaras colgadas de los cuellos.
Nada sospechoso.
Pero para Rodrigo, este viaje no era ocio.
Era el cruce de un umbral: éxito o fracaso, destino o muerte.
Aún en altamar, Manzanillo se recortaba contra el horizonte.
Sus edificios brillaban con los últimos tonos cálidos del día.
El mar, amplio y sereno, se tornaba azul oscuro a medida que la embarcación avanzaba.
Rodrigo se apoyó en la barandilla, observando el horizonte absorto en sus pensamientos.
Pasos firmes se escucharon detrás.
Luis llegó acompañado de una joven.
—Rodrigo —dijo con orgullo—, ella es Karen Salgado, mi nieta.
Rodrigo giró y la vio.
Una joven de unos 19 años, pelirroja, el sol resaltaba su piel tersa y ese cuerpo esculpido por años de entrenamiento.
Incluso comparada con Annie, tenía una perfección llamativa, una mezcla peligrosa entre fuerza y belleza natural.
Su mirada, al verlo, se abrió un instante: sorpresa, curiosidad… y algo más profundo.
Rodrigo sintió un tirón interno; la Derivación del Alma se activó sola para calmar su cuerpo.
Desde que probó el sabor de una mujer, ese deseo se encendía con más facilidad.
—Hola —saludó él, tranquilo como un lago sin viento.
—Hola —respondió Karen, con un tono gentil y refinado.
En sus ojos brilló un destello; no era sorpresa por su presencia, sino porque ese joven al que su abuelo respetaba tanto tenía un aura que solo los artistas marciales verdaderos poseen.
Luis continuó:
—Los diez mejores jóvenes de mi familia vienen también.
Si deseas, pueden acompañarte a la isla… por si ocurre algún problema.
Karen frunció ligeramente el ceño.
—¿Isla?
—preguntó.
Rodrigo respondió sin rodeos:
—Nuestro destino es la Isla Socorro.
Karen quedó inmóvil un instante.
La sorpresa fue real.
—Esa isla está bajo resguardo militar.
La Marina la usa como punto estratégico… es muy difícil entrar.
Aunque… —y sus labios dibujaron una ligera sonrisa— no es imposible.
Rodrigo sostuvo su mirada.
—Nadie nos debe ver.
No tardaré.
Solo necesito entrar y salir.
— ¿Qué buscas?
—preguntó ella, más seria.
Rodrigo respiró lentamente.
Era el momento de decidir si mostrar una de sus cartas.
Después de un largo silencio dijo:
—No lo sé exactamente.
Solo sé que debo ir porque me lo pidieron.
Luis entrecerró los ojos.
—¿Quién te lo preguntó?
Rodrigo se tomó un minuto entero.
En ese minuto, su mente viajaba: el riesgo, el valor del pergamino, la ambición de los Salgado, la figura imponente y hermosa de Karen.
La decisión se forma sola.
—Vamos allá —señaló un punto alejado en la proa, donde nadie se acercaba.
En la proa, el viento golpeaba sin piedad, despejando cualquier rastro de distracción.
Rodrigo habló primero:
—No tengo un maestro.
No como usted pensaba, señor Salgado.
Luis frunció el ceño.
Rodrigo continuó:
—Hace años fui a pescar en los montes cerca de Manzanillo.
La gente suele hacerlo de noche para capturar marisco en los arroyos.
Ese día… —hizo una pausa, como recordando algo lejano— llegué al final del arroyo y encontré una caja.
Dentro había pergaminos.
Al inicio no entendía nada.
Pero en prisión conocí a alguien… un experto en artes marciales.
Él me enseñó las bases y comprendió que lo que tenía era algo más grande.
Karen contuvo la respiración.
Luis apretó los puños.
Pergaminos de cultivo.
El sueño eterno de la familia Salgado.
Rodrigo añadió, señalando el mar:
—Ese amigo… me dijo que en la Isla Socorro tuvo un encuentro que le cambió la vida.
Quiero ver si hay algo más.
Algo que me diga cómo avanzar.
La emoción sacudió a Luis.
Karen sintió un cosquilleo en la piel.
¿Era este joven realmente un elegido?
¿Era un destino cruzándose frente a ellos?
Luis tragó saliva.
—¿Puedo ver el pergamino?
Rodrigo se hizo el difícil.
Lo meditó un momento, y luego dijo:
-Si.
Pero quiero algo a cambio.
Quiero que la señorita me enseñe —señaló a Karen sin moverse—, y quiero dejarles el pergamino a ustedes, a la familia Salgado.
No quiero aliados.
Quiero un trato.
Necesito dinero, apoyo… y que su familia se convertirá en mi fuerza.
No ambiciono riquezas absurdas.
Solo lo suficiente para iniciar lo que tengo planeado.
Luis evaluó.
Rodrigo hablaba con una mezcla peligrosa de calma, ambición y decisión.
Era joven, sí.
Pero tenía una presencia que no podía fingir.
—¿Y qué tipo de acuerdo buscas?
—preguntó Luis.
Rodrigo lo miró directamente a los ojos.
—Su familia tiene experiencia.
Quiero que se unan a mí.
Que me apoyen.
En el futuro serán ustedes quienes ejecutarán mis misiones.
Lo que yo no pueda hacer… ustedes lo harán.
Karen sintió un escalofrío.
No era una petición.
Era una visión.
Y por alguna razón quería seguirlo.
Luis lo entendió: este joven estaba destinado a subir demasiado rápido.
La familia Salgado podía beneficiarse… o quedarse atrás.
—Acepto —respondió al fin.
Rodrigo sacó el pergamino.
El que él mismo había escrito en el Terrero.
Lo extender con solemnidad.
—Aquí está.
Sé que es valioso.
Luis lo tomó con manos temblorosas.
Leyó lentamente.
“Rito de Respiración del Corazón Etéreo – Rango Mortal de Alto Grado”.
Cada línea explicaba con exactitud el camino para entrar al Refinamiento del Qi.
Luis sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Era demasiado perfecto.
Demasiado puro.
Demasiado real.
Karen, a su lado, abrió los ojos con un brillo que mezclaba emoción, esperanza… y deseo.
Ella estaba a un paso de ese reino.
Y ahora, frente a sus ojos, tenía la técnica que la llevaría a cruzarlo.
La familia Salgado, que minutos antes pensaban que Rodrigo quería dominarlos, ahora inclinaba su alma sin darse cuenta hacia Rodrigo.
La sumisión nació sola.
Natural.
Inevitable.
Y Karen…
Karen lo miró como si frente a ella fuera un hombre que había descendido con un destino que podía cambiar su mundo.
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