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El legado de los cielos - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 ALA SOMBRA DE LA MAREA Y DEL DESEO
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41: ALA SOMBRA DE LA MAREA Y DEL DESEO 41: ALA SOMBRA DE LA MAREA Y DEL DESEO CAPÍTULO 41 — “A la Sombra de la Marea y del Deseo”
La brisa marina soplaba constante en la proa del barco, levantando pequeñas gotas saladas que mojaban el borde de los ventanales y hacían ondular ligeramente el cabello de Karen y Luis.

El océano abierto se extendía delante de ellos como un horizonte infinito, y el puerto de Manzanillo ya no era más que una línea lejana, difusa, casi tragada por la neblina matinal.

Allí, en esa soledad cubierta solo por el sonido del mar golpeando el casco, Luis y Karen observaban el pergamino que Rodrigo les había entregado.

Ambos estaban embelesados, emocionados… casi en trance.

Rodrigo los dejó disfrutar del momento unos segundos más antes de decir, con voz tranquila:
—Señorita… ¿podría enseñarme a mejorar mis artes marciales?

Karen levantó la mirada.

Hace apenas unos minutos, cuando lo escuchó insinuar que quería “dominar” a la familia Salgado, había sentido la necesidad de patearlo por atrevido.

Pero tras ver el pergamino… tras comprender su valor real… ese sentimiento había cambiado.

Ahora, la presencia de Rodrigo le resultaba diferente, casi magnética.

—Sí… —respondió sin pensarlo—.

Sí, te puedo enseñar.

Vamos.

Luis asintió, guardó el pergamino con extremo cuidado y dijo:
—Voy a llevar esto a un lugar seguro.

Con una última mirada llena de emoción, se retiró, dejándolos solos en la proa del barco.

El viento golpeaba con más fuerza en esta parte del barco.

El mar era un manto azul que subía y bajaba de manera hipnótica.

Karen se colocó frente a Rodrigo, su postura firme, elegante y perfectamente equilibrada.

Allí, su entrenamiento se veía, literalmente, en cada línea de su cuerpo.

—Lo primero que necesitas —dijo Karen con tono suave pero serio— es entender que tu cuerpo es tu arma básica.

Puedes tener técnicas, respiración, incluso fuerza interna… pero si tu base es débil, nunca podrás avanzar.

Rodrigo escuchaba con atención.

Cada palabra de Karen tenía peso.

Karen continuó:
—Tres cosas debes fortalecer antes de cualquier otra:
1.

La postura, para mantener tu centro de fuerza estable.

2.

La capacidad pulmonar, para alimentar tu energía interna.

3.

La resistencia del cuerpo, que te protege y te permite atacar sin miedo.

Mientras hablaba, Karen daba pequeños pasos alrededor de él, corrigiendo con suavidad la posición de sus brazos, el ángulo de sus piernas, la forma en que apoyaba los pies en la cubierta.

—Estás tenso aquí —dijo, tocándole la nuca— y flojo aquí.

—Presionó suavemente su abdomen—.

La energía se te fuga.

Rodrigo tragó saliva.

El contacto, aunque profesional, despertaba cierta electricidad.

—Ahora, respira —ordenó Karen—.

Así… profundo.

No levantes el pecho, llénalo desde abajo.

Rodrigo obedeció.

—Otra vez.

Más lento.

La joven lo observaba con atención, corrigiendo cada error, cada detalle.

—Y por último —dijo colocándose frente a él—, necesitas aprender a leer el cuerpo de tu oponente.

De nada sirve la fuerza si no sabes dónde golpear… o cuándo.

Rodrigo asintió.

Su derivación del alma lo ayudaba a analizar rápido, pero esto… esto era totalmente nuevo.

—Bien —dijo Karen sonriendo un poco—.

Ahora vamos a practicar.

No te voy a golpear fuerte… solo lo necesario para que aprendas.

Rodrigo no sabía si eso era buena o mala señal.

Karen adoptó postura de combate.

Rodrigo hizo lo mismo, pero antes de que pudiera reaccionar, ella se movió como una ráfaga.

Le tocó la muñeca, el hombro y el pecho en tres puntos exactos que lo obligaron a retroceder dos pasos.

—Tu postura se abrió —explicó Karen sin burlarse—.

No te descubras tanto.

Rodrigo intentó un golpe.

Ella lo esquivó con facilidad y, apenas tocándole el costado, lo hizo perder el equilibrio otra vez.

—Eres fuerte, pero no sabes dirigirla —dijo.

Siguieron así varios minutos.

Rodrigo sudaba, respiraba agitado y empezaba a notar cada músculo arder.

Karen, en cambio, parecía una sombra elegante, ágil, exacta en cada movimiento.

—Concéntrate —lo presionaba ella—.

Respira como te enseñé.

No fuerces los brazos, usa la cintura…
En un intento por sorprenderla, Rodrigo avanzó rápido, pero Karen giró, le tomó el antebrazo y lo hizo caer de rodillas suavemente, sin lastimarlo.

—Eso estuvo mejor —reconoció.

La paliza no era brutal, pero sí contundente.

Lo estaba puliendo.

Lo estaba moldeando.

Finalmente Karen levantó la mano.

—Suficiente por ahora.

Ya entendiste lo que te falta.

Rodrigo se incorporó respirando fuerte.

Había sido humillante… pero también revelador.

Ahora sabía qué mejorar, qué fortalecer, qué buscar para avanzar.

Mientras Rodrigo y Karen volvían a las habitaciones, Luis ya estaba dentro del salón principal del barco.

A su alrededor estaban los miembros de la familia Salgado que habían viajado con él, admirando el pergamino ancestral con una emoción casi religiosa.

Karen entró segundos después, aún con el rostro encendido por el entrenamiento y… por otras razones que prefería no decir.

El abuelo de Karen sostenía el pergamino con reverencia.

Sus manos temblaban.

Luis habló con solemnidad:
—Karen, tú eres la más cercana al reino del Refinamiento del Qi.

Este pergamino es para ti.

Pero tendrás que esforzarte al máximo.

Ella asintió, con lágrimas contenidas por la emoción.

Luis continuó:
—Y recuerden todos… desde hoy Rodrigo es importante para nosotros.

Lo seguiremos con respeto absoluto.

¿Entendido?

—Entendido —respondieron todos al unísono.

—Karen, ve a tu habitación.

Empieza a entrenar desde ahora.

Cuando volvamos al cuartel, te prepararemos para tu avance al Refinamiento del Qi —ordenó Luis.

Karen hizo una reverencia ligera y salió.

Caminó hacia su habitación con intención de obedecer… pero al entrar, se detuvo.

No podía concentrarse.

No podía dejar de pensar en Rodrigo.

En su esfuerzo.

En lo que él estaba logrando para ella y para su familia.

En la forma en que la miró durante el entrenamiento.

En cómo su cuerpo chocaba contra el de ella.

Ese deseo que llevaba conteniendo desde la proa comenzó a crecer y crecer… hasta volverse imposible de ignorar.

Abrió la puerta.

Salió al pasillo.

Caminó lentamente, asegurándose de que nadie la viera.

Y sin tocar, sin avisar, sin pedir permiso…
Rodrigo estaba saliendo de la ducha, con el torso desnudo, el agua resbalando aún por su piel.

Se había llevado una paliza elegante a manos de Karen… y ahora esa misma joven estaba allí, mirándolo con un brillo que no necesitaba explicación.

—Gracias —susurró Karen con una voz baja, sensual sin querer serlo, una voz que salió por instinto.

Ese tono fue suficiente.

Rodrigo la tomó de la cintura, acercándola con firmeza.

Ella no se resistió; al contrario, sus manos lo rodearon con suavidad, su respiración se aceleró y su cuerpo tembló apenas.

El primer beso fue profundo, directo, inevitable.

Karen emitió un suave gemido ahogado cuando Rodrigo descendió a su cuello.

Su piel era cálida, suave, invitante.

Rodrigo deslizó sus manos por su cintura, sintió cómo ella se arqueaba ligeramente hacia él, entregándose sin duda.

La ropa cayó al suelo en cuestión de segundos.

Rodrigo la levantó con facilidad y la llevó a la pequeña cama de la habitación del barco.

Karen, aunque entrenada y fuerte, temblaba ante la mezcla de nervios, deseo y emoción.

Era evidente que era su primera vez: su respiración entrecortada, la tensión suave en su cuerpo, las miradas rápidas que hacía como intentando entender cada nueva sensación.

Rodrigo fue lento, cuidadoso, explorando su piel con los labios, descendiendo desde su cuello hasta su abdomen con calma, con la intención clara de que ella sintiera cada detalle.

Karen cerró los ojos y dejó escapar un gemido más marcado cuando él la sostuvo por las caderas y la atrajo hacia él.

Su cuerpo reaccionó con una mezcla de temor y necesidad, aferrándolo con fuerza.

El movimiento inicial fue lento, pero suficiente para que ella soltara un jadeo que no pudo contener.

Rodrigo se detuvo unos segundos para que ella se adaptara.

Karen respiraba rápido, aferrándose a sus hombros, sus mejillas rojas, sus labios entreabiertos.

Cuando finalmente se movieron al mismo ritmo, el pequeño camarote se llenó de sus respiraciones aceleradas, el golpeteo suave del colchón contra la pared y los gemidos ahogados de Karen, cada vez más intensos, cada vez más entregados.

Al final, ambos quedaron jadeantes, sudados, envueltos en el aroma de sal marina y calor humano, mientras la embarcación seguía avanzando hacia la Isla Socorro, como si nada hubiera sucedido dentro de esa pequeña habitación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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