El legado de los cielos - Capítulo 45
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45: LA PRIMERA PIEDRA DEL IMPERIO OCULTO.
45: LA PRIMERA PIEDRA DEL IMPERIO OCULTO.
Capítulo 45 — La Primera Piedra del Imperio Oculto
Bien, ya es hora de que regreses.
Pero recuerda: este lugar siempre permanecerá abierto para ti —dijo Sherapine con voz serena, como si su sabiduría se filtrara en cada palabra.
Rodrigo se detuvo antes de marcharse.
Algo había madurado en su mirada.
—Sherapine… ¿puedo traer gente aquí en el futuro?
Ella alzó la vista con lentitud.
Sus ojos, profundos y viejos, parecían juzgar no la pregunta, sino la intención oculta.
—¿Traer gente?
¿Qué es lo que deseas construir, muchacho?
—Una base.
Mi fortaleza.
Quiero reunir a los mejores guerreros del mundo… personas leales.
Primero como un grupo armado, un equipo élite.
Con el tiempo, quienes demuestren su lealtad… podrán entrar aquí.
Tú podrías guiarlos.
Convertirlos en mis protectores y en mis sombras.
Sherapine lo observó largamente, como si midiera el peso del futuro sobre sus hombros.
—Las técnicas profundas no deben entregarse a cualquiera —advirtió—.
Un corazón ambicioso sin control puede convertirse en una amenaza para el mundo… y para ti.
—Lo sé —respondió Rodrigo firme, sin titubeos—.
Por eso yo elegiré quién merece entrar.
Solo los más leales, los más disciplinados.
Ningún traidor tendrá acceso a este lugar.
Pero necesito construir algo grande… y no puedo hacerlo solo.
Sherapine suspiró.
No era un suspiro cansado, sino uno lleno de significado.
—Construir un imperio en las sombras es un camino lleno de peligros.
Pero si tu determinación no vacila… entonces acepta esta carga.
Y estas advertencias.
Dio un paso hacia una mesa de piedra, tomó papel y tinta, y comenzó a escribir con trazos antiguos.
—Si deseas fabricar píldoras —dijo sin mirarlo—, necesitarás hierbas.
Muchas de ellas no existen en tu mundo.
Pero algunas… algunas tienen equivalentes.
No poseen el mismo poder, pero sus efectos siguen siendo valiosos.
Si tu intención es curar, fortalecer o prolongar la vida… estas te serán útiles.
Le entregó una lista.
Rodrigo la tomó con manos que temblaban ligeramente, no por miedo, sino por emoción pura.
—Entonces… ¿podría refinar píldoras de salud y longevidad con estas?
—preguntó conteniendo la respiración.
Sherapine sonrió apenas, con la serenidad de quien entiende tanto el deseo como el peligro.
—Podrás.
Los efectos serán menores, pero para el mundo donde vives… serán milagros.
Úsalas con prudencia.
Una píldora mal entregada puede comprar un aliado… o crear una ambición que te destruya.
Rodrigo apretó los dientes, comprendiendo el consejo oculto.
—Tendré cuidado.
—Lo espero —respondió ella—.
A veces, la fuerza no destruye imperios… los destruye la confianza mal entregada.
Esas palabras quedaron clavadas en su mente.
Rodrigo se inclinó en señal de respeto, guardó la lista y se retiró.
Había entrado como un aprendiz; salía como alguien que comenzaba a construir un futuro.
FUERA SE LA ISLA…
El amanecer extendía una luz gris sobre la costa rocosa de la isla.
El viento soplaba con fuerza, presagiando que era hora de partir.
Pero Rodrigo no aparecía.
Karen caminaba inquieta, con los nervios al borde.
Nadie más sabía de la relación entre ellos, solo su abuelo.
Cada minuto aumentaba la tensión en el aire.
—Ya debería haber vuelto… —murmuró ella.
Dos miembros del grupo empezaron a inquietarse; uno incluso mencionó que quizá debían buscarlo, pero Luis Salgado ordenó esperar.
Una joven de la familia, que vigilaba la costa, exclamó:
—¡Ahí viene alguien!
Karen sintió su corazón detenerse.
Todos voltearon.
Era él.
Rodrigo caminaba con calma entre los árboles, pero su figura parecía distinta, más firme, más pesada… como si algo en su interior hubiera cambiado.
Karen corrió hacia él, tratando de no delatar su preocupación.
—¿Cómo te fue?
¿Todo bien?
—Todo bien —respondió él—.
Vámonos.
No deben vernos en este lugar.
La tensión se disolvió como humo.
Treinta minutos después, la lancha era subida al barco.
Luis Salgado apenas ocultó el alivio en su voz.
—¿Encontraste lo que buscabas, muchacho?
—Sí.
Volvamos.
El tiempo corre.
El barco zarpó rumbo a Manzanillo.
Karen no perdió tiempo: se encerró en su habitación.
Sabía que al llegar, sería reclamada por su familia y su vida volvería a la disciplina militar.
No quería despedirse de Rodrigo solo con un saludo frío.
Cuando él entró, la encontró sentada, con los ojos fijados en la ventana.
—¿Por qué esa cara?
—preguntó suavemente.
Ella respiró hondo.
—Cuando lleguemos… me llevarán al cuartel.
No sé cuándo podré verte otra vez.
Rodrigo se acercó y, con un gesto lento, acarició su cabello.
Sus movimientos no eran apresurados; eran seguros, como quien toma una decisión importante.
—Karen.
Necesito que te hagas fuerte.
Muy fuerte.
Lo que viene… no es sencillo.
Necesitaré alguien de absoluta confianza a mi lado.
Y esa persona eres tú.
Ella lo miró sorprendida; su corazón se aceleró.
Rodrigo sacó entonces una píldora, brillante, perfecta.
La misma que le dio sherapine.
—Tómala cuando estés sola.
Te ayudará a dar el salto que necesitas.
Te acercará al reino de la condensación del Qi.
Será tu primer paso real hacia la fuerza.
Luego sacó dos pergaminos, enrollados y protegidos.
—Y esto… es para ti.
Una técnica corporal para fortalecer tu cuerpo.
Y una técnica de puño para cuando debas enfrentar a alguien.
Son tesoros que nadie podría comprar.
Karen los tomó con manos temblorosas.
Ese regalo no era casual.
—Si no quieres mostrárselas a tu familia, no lo hagas —dijo Rodrigo en voz baja—.
Eres mi mujer.
Lo que hagas con esto será tu elección.
No tu obligación.
Ella tragó saliva, emocionada.
—Si me dijeras que me fuera contigo… lo haría ahora mismo —susurró.
Rodrigo sonrió con una mezcla de ternura y estrategia.
—Aún no.
Primero… quiero que construyas algo allá dentro.
Gánate respeto.
Crea tu propio grupo élite.
Forma guerreros que te sean leales solo a ti.
Cuando llegue el momento… tú tendrás tu propia fuerza.
Y juntos… moveremos muchas cosas.
Karen abrió los ojos.
Ese era un plan.
Uno profundo.
Uno que la incluía no como acompañante, sino como futura pieza clave en su imperio.
—Haré lo que digas —respondió con un brillo decidido.
Rodrigo tomó su mentón y la miró a los ojos.
—Te necesito fuerte, Karen.
Te necesito preparada.
Y cuando ese día llegue… estaremos del mismo lado.
Tú con tu fuerza… y yo con la mía.
Ella asintió, con el corazón latiendo al ritmo de un destino nuevo.
A lo lejos, las luces de Manzanillo comenzaban a aparecer.
Y entre planes silenciosos, promesas selladas y futuros entrelazados…
Ambos entendieron que ese no era un final.
Era el verdadero comienzo.
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