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El legado de los cielos - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 ECOS BAJO LA NIEVE Y BAJO LAS SABANAS
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47: ECOS BAJO LA NIEVE Y BAJO LAS SABANAS.

47: ECOS BAJO LA NIEVE Y BAJO LAS SABANAS.

Capítulo 47 — Ecos Bajo la Nieve y Bajo las Sábanas
El sol finalmente cedió, dejando a Las Brisas envueltas en una noche cálida, iluminada por las luces amarillas de los hoteles y restaurantes de la zona.

La brisa marina llevaba ese aroma salado y fresco tan característico del lugar.

Rodrigo, con el cansancio del viaje apenas notándose en su porte, miró a Annie y dijo con tranquilidad:
—Vamos a comer.

Ella levantó la vista, con un brillo suave en sus ojos azules.

—¿A dónde iremos?

—Al Barceló.

El Barceló Karmina Manzanillo resplandecía desde la avenida, con su arquitectura estilo palacio maya, grandes estructuras geométricas, jardines perfectamente cuidados y esa piscina infinita que parecía fundirse con el mar.

El lobby era amplio, iluminado con lámparas suaves, mármol oscuro y un ambiente fresco que contrastaba con el calor de la costa.

Rodrigo reservó una habitación de categoría premium, una de las más lujosas: amplia, con sala privada, terraza con vista al océano, jacuzzi y una cama king con sábanas blancas impecables.

Luego, tomó la mano de Annie.

La pareja se dirigió al restaurante principal del hotel.

La zona del restaurante estaba adornada con columnas de piedra clara, luces cálidas y mesas con mantelería fina.

Se escuchaba el murmullo relajado de turistas, el suave choque del mar en la distancia y el sonido de cubiertos contra porcelana.

Las mesas cerca de los ventanales mostraban la piscina iluminada de azul y, más allá, el océano negro salpicado de reflejos plateados.

Annie lo miró mientras caminaban.

—¿Aquí pasarás la noche?

Rodrigo la tomó suavemente por la cintura.

—Pasaremos.

Hoy cenamos aquí… y también pasaremos la noche juntos.

La cena transcurrió tranquila; una pareja más entre tantas, pero ellos irradiaban algo distinto: complicidad, ambición y una química tan fuerte que parecía llenar el aire.

Tras comer, subieron a la habitación.

La habitación era espaciosa, con piso de mármol claro y una cama enorme rodeada de cortinas translúcidas.

En la terraza, la vista del mar nocturno parecía infinita.

El jacuzzi burbujeaba suavemente, iluminado por luces tenues.

Apenas cerró la puerta, Rodrigo la abrazó por detrás.

Annie dejó escapar un suspiro cuando él besó su cuello.

Rodrigo la giró hacia él y sus labios se encontraron.

Mientras caminaban hacia la cama, fue quitándole la ropa con calma, como quien desenvuelve un tesoro.

Annie respondió con manos temblorosas por la emoción, acariciando su pecho, su mandíbula, su rostro.

Rodrigo recorrió con besos la piel blanca y suave de la rusa, arrancándole pequeños gemidos que se perdían entre las sábanas.

El ritmo de ambos se volvió intenso, marcado, hasta que la cama comenzó a moverse con cada embestida, acompasada al sonido del mar entrando por la terraza.

La noche los envolvió en ese vaivén que solo la vida, el deseo y la juventud pueden dar.

Mientras tanto, en alguna parte del mundo…
La oscuridad era casi absoluta.

Solo la nieve brillaba bajo la tenue luz de una luna fría y distante.

Dos ancianos caminaban entre ventiscas que golpeaban sus túnicas, una blanca y otra azul.

A pesar de ser ancianos, su paso era firme, casi insondable; sus ojos no mostraban debilidad, sino una experiencia vasta, profunda… peligrosa.

El viento helado silbaba entre los témpanos.

No había huellas, ni rastros de vida.

Aquel lugar podía ser el Polo Norte… o el Polo Sur.

Nadie podría saberlo.

—Debemos estar cerca —dijo el hombre vestido de blanco, su voz clara como el hielo.

—¿Estás seguro que aquí se encuentra el núcleo helado?

—preguntó el de azul, ajustándose la capa mientras su aliento formaba nubes blancas.

Ambos se detuvieron.

Sus miradas, tan antiguas como el hielo que los rodeaba, se cruzaron.

—La maestra lo pidió.

Sin fallos —respondió el de blanco.

El viento sopló más fuerte.

La nieve se levantó como si algo en el suelo respondiera a su presencia.

A kilómetros…
Una mujer caminaba sobre la nieve, vestida completamente de blanco.

Su piel era tan clara que casi parecía luminosa.

Su cabello, largo, sedoso y blanco como la escarcha, caía hasta su cintura.

Sus ojos azules emitían un brillo gélido, una belleza etérea y peligrosa.

De su cuerpo emanaba un aura fría… más fría que el propio hielo que la rodeaba.

Caminaba sin dejar huellas, como si el suelo mismo evitara tocarla.

Una mano sostenía detrás de su espalda, y con la otra movía los dedos lentamente, como si leyera los hilos invisibles del destino.

Mientras tanto, en la isla Socorro…
Sherapine caminaba sola por la playa oscura.

La brisa nocturna movía su cabello azul como seda bajo la luz tenue de la luna.

Caminaba sin emitir rastro alguno; incluso los guardias humanos de la zona no podían sentir su presencia.

Era una sombra entre las sombras, tan discreta que ni los radares, ni los animales, ni los hombres podían advertirla.

Sus dedos comenzaron a moverse suavemente, trazando símbolos invisibles.

—Otra vez ese muchacho… —murmuró con una mezcla de fastidio y cariño—.

Sólo piensa en mujeres.

Una pequeña chispa azul apareció en la punta de sus uñas.

Sherapine no buscaba espiar la intimidad de Rodrigo; solo necesitaba asegurarse de que estuviera a salvo.

Suspiró.

«Con ese ritmo… algún día terminará muerto o sin fuerzas.

Ese niño…»
Volvió a mover sus dedos.

Esta vez sus manos formaron un sello más complejo, uno mas profundo.

Muy lejos de allí…
En una vasta región cubierta de nieve perpetua, un mundo blanco sin horizonte, donde el viento cortaba como cuchillas de hielo, la mujer de blanco también realizaba una adivinación silenciosa.

Su cabello blanco flotaba alrededor de su rostro perfecto; su piel parecía más fría que el propio paisaje que la rodeaba.

Sus dedos trazaban movimientos precisos, antiguos, como si su cuerpo recordara técnicas milenarias.

De pronto, su expresión cambió apenas un milímetro.

Entonces ocurrió.

ZAAAAAS
Un rayo azul profundo y otro blanco glacial se impactaron en el cielo de la tundra helada.

No hubo explosión sonora, sino un pulso brutal que atravesó el hielo, rompió capas subterráneas y levantó columnas de nieve como si algo hubiera golpeado desde el cielo.

El choque habría sido suficiente para borrar una ciudad entera… si no se hubiera disipado en el aire gélido del lugar.

La tierra tembló.

La onda sísmica viajó por placas continentales, cruzó montañas, océanos y tierras.

Sherapine retrocedió un paso en la arena húmeda.

Tosió suavemente.

—Tos… —un hilo de sangre asomó en sus labios.

—Hace tiempo que no uso mi poder completo… —susurró, limpiándose la sangre con despreocupación—.

La Tierra lo desgasta todo.

Incluso a mí.

Se giró, escondiendo su presencia de los guardias cercanos como si simplemente dejara de existir.

Regresó al palacio oscuro en la isla, sin prisa.

Su mente revisaba lo ocurrido.

—Esa mujer…
Su mirada adquirió un matiz serio, casi severo.

Y desapareció entre la vegetación oscura.

En la región helada, la mujer de blanco también tosió una sola vez, dejando caer una gota de sangre roja sobre la nieve, que se evaporó al instante.

Su mirada fría se suavizó apenas.

—Poder interesante…
El viento se intensificó alrededor de ella, como respondiendo a su humor.

Sin mostrar enojo ni preocupación, volvió a moverse con paso sereno sobre la nieve eterna, como si el choque hubiera sido apenas un saludo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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