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El legado de los cielos - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 BAJO EL VIENTO HELADO
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49: BAJO EL VIENTO HELADO 49: BAJO EL VIENTO HELADO Capítulo 49 – Bajo el Viento Helado
La ventisca silbaba, afilada y cortante, como si cada grano de nieve quisiera abrirse paso entre la carne y los huesos.

El mundo blanco vibraba con una tensión que no se veía, pero que cualquiera podía sentir.

El aire parecía sostener un silencio roto únicamente por los crujidos del hielo y la respiración pausada de dos figuras: una mujer de blanco, etérea, y un lobo gigantesco cuya presencia helaba incluso aquello que ya estaba congelado.

La pelea había alcanzado un punto en el que cualquier ser humano normal habría muerto simplemente por estar a unos metros de distancia.

La mujer de blanco avanzó un paso, la nieve bajo sus pies crujió como si estuviera viva, cediendo ante su peso ligero.

Su aliento salió como neblina pálida, tan fría que incluso el viento parecía evitarla.

El lobo la miraba con esos ojos rojos intensos, dos carbones ardiendo al revés: no desprendían calor, sino un frío tan profundo que parecía venir del corazón del mismísimo invierno.

Sus fauces entreabiertas dejaban escapar vapor helado mientras sus músculos enormes se tensaban bajo el pelaje blanco como la pureza de un lago congelado.

La mujer levantó la barbilla ligeramente, como si estuviera observando a un niño testarudo que se atrevía a desafiarla.

—Si tuviera mi poder al máximo —dijo con una voz suave, casi perezosa, como quien hace un comentario trivial—, con mover un dedo ya estuvieras muerto.

El lobo gruñó bajo, profundo, vibrante.

No era solo un sonido animal; era casi como si respondiera a sus palabras.

Había inteligencia en su mirada, una especie de desafío antiguo, una voluntad feroz que se negaba a inclinarse.

Un viento más fuerte sopló, levantando nieve alrededor de ambos.

La mujer entrecerró los ojos, su cabello blanco danzaba con la ventisca como si fuera parte de ella.

Dio un paso hacia atrás, luego uno hacia adelante, y su brazo se elevó ligeramente.

Movió su mano izquierda con precisión, sus dedos formando sellos tan rápidos que apenas podían verse.

Cada movimiento dejaba un rastro breve de luz blanca, como pequeñas brasas heladas suspendidas en el aire antes de desvanecerse.

En cuanto el último sello se completó, la energía se condensó alrededor de ella.

ZUM…
Cuatro espadas formadas completamente de energía espiritual se materializaron a su alrededor.

Eran delgadas, elegantes, casi transparentes, pero tan afiladas que el aire alrededor parecía cortarse.

Flotaban, vibraban, respiraban con ella.

—Veamos cuánto más puedes seguir molestándome —susurró.

Las cuatro espadas se dispararon al mismo tiempo hacia el lobo, cada una usando un ángulo distinto: una por arriba, otra por la derecha, otra cortando desde abajo, y la última buscando atravesar la línea lateral donde las defensas del lobo parecían más débiles.

El lobo, aun herido por la batalla previa, reaccionó con una agilidad que no correspondía a su tamaño.

Se impulsó hacia un lado, dejando surcos profundos en la nieve.

Sus patas traseras golpearon el suelo con tal fuerza que la nieve explotó en una nube blanca.

Aun así, era imposible evitarlo todo.

SHHHH—
Una de las espadas logró alcanzarlo.

La hoja de energía atravesó parte de su lomo.

La sangre roja y espesa salpicó la nieve, evaporándose parcialmente al entrar en contacto con la energía espiritual.

El lobo soltó un rugido ronco, más oscuro que el viento, un sonido que retumbó en las montañas de hielo a kilómetros.

El viento se detuvo.

El tiempo pareció frenar por un parpadeo.

Luego, el lobo desapareció entre la ventisca.

La mujer bajó su espada física —la verdadera, la que tenía en su mano— y ladeó la cabeza, con un gesto que mezclaba diversión y desdén.

—¿Crees que puedes esconderte de mí?

—susurró con una sonrisa que bordeaba lo salvaje.

Se agachó, tocó la nieve con la punta de sus dedos.

El rastro de sangre era evidente, una línea irregular marcada con gotas espesas.

Algunas se habían congelado al instante, otras aún desprendían ese vapor helado tan particular del lobo.

—No llegarás lejos… —dijo.

Se acomodó el cabello con elegancia y comenzó a caminar siguiendo el rastro, su figura blanca moviéndose en la ventisca como una sombra entre sombras.

Mientras tanto, en la península de Manzanillo…
La primera luz del amanecer comenzó a extenderse por el horizonte.

El cielo, aún teñido por el azul profundo de la noche, comenzó a aclararse con tintes rosados y dorados.

El mar, en calma suave, reflejaba esas tonalidades como un espejo ondulante.

Las olas pequeñas llegaban a la orilla con un sonido constante, suave, casi terapéutico.

Las palmeras se mecían suavemente con la brisa temprana.

El personal comenzaba sus actividades; se veían luces encendiéndose en el restaurante, el sonido distante de platos acomodándose, los primeros carritos de servicio moviéndose por los pasillos, el olor a café recién hecho flotando en algunas áreas.

En una habitación lujosa, Rodrigo abrió los ojos lentamente.

La suave luz del amanecer se colaba entre las cortinas gruesas, iluminando la habitación con un tono cálido y apacible.

Sentía un peso cálido en su brazo derecho.

Bajó la mirada.

Allí, apoyada contra su pecho, con la piel clara aún más suave bajo la luz dorada, estaba Annie Volkovna.

Annie abrió los ojos poco después, pestañeando un par de veces antes de sonreír.

Esa sonrisa ya no era la misma que antes.

No era profesional, ni prudente, ni distante.

Era cálida.

Era íntima.

Era de mujer enamorada.

—Buenos días —dijo ella con un tono suave, dulce y coquetón.

Rodrigo le correspondió con una sonrisa tranquila.

—Buenos días.

Se incorporó ligeramente, extendió el brazo y tomó el teléfono para pedir servicio a la habitación.

Annie lo observaba con una expresión tranquila, como si simplemente disfrutar de su presencia le fuera suficiente.

Rodrigo se levantó y se acercó al balcón.

Corrió un poco la cortina y permitió que el paisaje se revelara ante él.

El mar extendiéndose hacia el horizonte, el sol ascendiendo lentamente por detrás de la península, la brisa mañanera chocando contra la barandilla… era un cuadro perfecto.

Annie se acercó por detrás y lo abrazó por la cintura, recargando su cabeza en su hombro.

Ambos permanecieron en silencio un momento, mirando la playa como si el mundo fuera sencillo por unos minutos.

—Entonces —dijo Rodrigo sin dejar de mirar el horizonte—, ¿qué harás hoy?

¿Tienes algún pendiente?

—Tengo varios —respondió Annie—.

En la oficina comenzará la remodelación.

También tengo que terminar lo del patio y ajustar todos los detalles.

Apenas eso termine, contrataré al personal.

Rodrigo la miró de reojo.

—Es mucho trabajo…
Ella sonrió, como si ya supiera lo que él diría después.

—Te llevaré y te dejaré en la oficina —continuó Rodrigo—.

Yo también tengo varias cosas que atender.

Annie lo pensó un momento.

—¿Y por la noche?

—preguntó suavemente—.

¿Regresarás a tu casa o vendrás conmigo?

Rodrigo giró hacia ella, le dio un beso suave en la frente.

—Veremos.

Lo más probable es que pasemos la noche juntos otra vez.

Ella sonrió, pero agregó con tono sensato:
—No podemos estar en habitaciones de hotel todo el tiempo… Tienes que ahorrar para la empresa.

Aún necesitaremos dinero.

Rodrigo asintió.

—Busca una casa en renta entonces.

El servicio a la habitación llegó.

La pareja desayunó tranquilamente en la habitación.

Una vez terminaron, bajaron a la recepción donde el personal ya tenía un Uber listo para ellos.

El auto salió rumbo a Las Brisas.

Las Brisas despertaba con su propio estilo: la brisa del mar entrando entre las calles estrechas, los pescadores madrugadores acomodando sus redes, el sonido de las olas golpeando suavemente la orilla cercana.

Las casas y departamentos reflejaban la luz amarilla del amanecer, mientras algunos negocios comenzaban a mover sus cortinas metálicas.

El Uber se detuvo frente a la oficina.

Annie pagó y Rodrigo bajó con ella.

—Nos vemos más tarde —dijo ella mientras lo besaba suavemente en los labios.

Sus labios pintados de rosa claro brillaron un segundo bajo el sol.

Rodrigo la miró entrar y luego caminó hacia la playa.

La playa no estaba llena; era temprano.

La arena estaba fresca, la brisa era ligera y el sonido del mar llenaba el ambiente.

Rodrigo caminó lentamente, dejando que sus pies se hundieran un poco en la arena.

Tenía muchas cosas en su mente.

Pensó en su familia.

Pensó en que desde que salió de prisión nadie lo había llamado.

Ni preguntaron si regresaría.

Ni siquiera si estaba vivo.

Recordó golpes, humillaciones, burlas.

Pensó que quizá era mejor no volver jamás.

Luego pensó en la universidad.

Recordó que había comenzado su carrera cuando lo incriminaron.

¿Valía la pena regresar?

¿Sería posible?

También pensó en su seguridad… Y la de sus mujeres.

Salgado y Annie.

Ellas no podían pelear.

No como él.

Sus enemigos futuros serían poderosos.

Pensó en Adolfo López.

Reclutarlo, formar un equipo de retirados de fuerzas especiales.

Hacer que Sherapine los entrenara.

Primero, pasar su prueba.

Sí… Adolfo sería crucial.

Luego pensó en la familia Moreno.

Quizá regresar no era solo por sus cosas personales.

Quizá había utilidad en estar cerca antes de las elecciones internas del próximo año.

Información de primera mano.

Información valiosa.

Información que podría usar para sus propios planes.

Se sentó en la arena.

Miró el mar.

No sabía que en ese momento alguien lo estaba observando.

A unos metros, pero lo suficientemente lejos como para no levantar sospechas, un hombre de unos veintiséis años lo observaba fijamente.

Tenía un short playero, una camisa roja de manga corta, una gorra negra y unas gafas que parecían de una persona con problemas de vista.

En su mano sostenía un celular y grababa discretamente.

No se sabía qué tanto capturaba.

No se sabía quién lo había enviado.

No se sabía qué buscaba.

Rodrigo siguió pensando en sus futuros movimientos.

Jamás levantó la vista.

Jamás notó que estaba siendo vigilado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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