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El legado de los cielos - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 ECOS EN LA CAPITAL
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5: ECOS EN LA CAPITAL 5: ECOS EN LA CAPITAL Capítulo 5 – “Ecos en la Capital”
La Ciudad de México hervía como un organismo colosal al filo del mediodía.

El bullicio del tráfico, el rumor interminable de personas moviéndose como ríos humanos y el zumbido distante del poder político tejían un ambiente donde cada palabra, cada secreto y cada escándalo podía escalar hasta convertirse en tormenta nacional.

En el corazón administrativo de la capital, donde los edificios gubernamentales se alzaban como fortalezas vigilantes, una noticia proveniente de un puerto lejano comenzaba a agrietar los muros de la estabilidad.

Aquello que había ocurrido en Manzanillo —ese escándalo opaco, incompleto y envuelto en silencio familiar— ya no era un simple asunto local.

No después de que el apellido “Moreno”, asociado al ascenso político de Fabián, se filtrara entre líneas en ciertos reportes.

La capital olía a interés.

Olía a oportunidad.

En una oficina amplia, luminosa y perfectamente ordenada dentro de la alcaldía más influyente de la ciudad, María Fernanda Salgado, presidenta de la demarcación, leía un informe con la concentración quirúrgica de una cirujana.

Tenía 27 años, demasiado joven para la magnitud del poder que manejaba, pero nadie en su círculo cercano se atrevía a dudar de ella.

Su ascenso meteórico había roto expectativas, esquemas y egos.

Había ganado la alcaldía contra veteranos curtidos en campañas, usando una combinación casi inquietante de inteligencia, disciplina y una presencia en redes capaz de movilizar a miles.

Era, oficialmente, la política más joven en alcanzar ese nivel de influencia en la historia moderna del país.

Y pretendía ir por más.

Frente a ella, una pantalla mostraba titulares parciales sobre el caso que se gestaba en Manzanillo:
“Detención de joven involucrado en presunto abuso…”
“Familia influyente en Colima vinculada indirectamente a caso de violencia…”
“Rumores señalan posibles tensiones internas en el círculo político de Fabián Moreno.”
María Fernanda no sonrió.

No hacía eso al leer escándalos.

Pero sus ojos se afilaron con interés.

Ese era su equivalente a un gesto de satisfacción.

Cruzó las piernas, tomó un sorbo de su café —negro, sin azúcar— y deslizó el dedo por la tablet para acceder a un informe más detallado.

Su asistente, un abogado de treinta y tantos, permanecía parado a unos pasos de distancia, esperando órdenes.

—¿Confirmado?

—preguntó María Fernanda sin apartar la vista del documento.

—Sí, alcaldesa.

Las fuentes de la prensa independiente ya rastrean el apellido Moreno.

Todavía no relacionan directamente a Fabián con el detenido, pero… es cuestión de tiempo.

—Siempre lo es —murmuró ella.

Sabía que en política las desgracias no estallan de inmediato: se fermentan lentamente, toman fuerza, acumulan presión… hasta que el mínimo empujón las convierte en un escándalo nacional imposible de contener.

Y cuando ese momento llegaba, solo los que ya habían previsto la explosión podían usarla a su favor.

María Fernanda era una de esas personas.

Suspiró, dejó la tablet sobre la mesa y se levantó con un movimiento pausado, elegante y medido.

Caminó hacia la ventana panorámica, desde donde se apreciaba la vasta extensión de la alcaldía que gobernaba.

A veces le gustaba pensar que todo ese territorio era un tablero de ajedrez.

Y que ella, desde arriba, podía mover las piezas a su conveniencia.

—Fabián Moreno tiene enemigos —comentó en voz baja, más para sí misma que para su asistente.

—Muchos —respondió él.

—Y usted sabe que en años electorales se multiplican.

—Exacto.

La alcaldesa se quedó observando un punto indefinido, como si la ciudad misma le hablara.

Como si pudiera ver, más allá de los edificios, las fronteras invisibles entre los poderes reales del país.

—¿Han confirmado lo que comentaste?

—preguntó finalmente.

—Sobre la reunión de sus rivales políticos, sí.

Se llevó a cabo hace dos noches.

Hay indicios de que están preparando una campaña sucia, quizá una filtración grande, algo destinado a quebrar la imagen pública de Fabián antes de que anuncie su siguiente movimiento político.

María Fernanda volvió a su escritorio, tomó la tablet y repasó los nombres involucrados.

Era un grupo de políticos veteranos, algunos con décadas en el sistema, otros con carreras fracturadas buscando un modo desesperado de regresar a la mesa de decisiones.

Individuos que consideraban la juventud de María Fernanda un accidente peligroso del sistema, un recordatorio de que el poder podía escaparse de manos acostumbradas a apretarlo.

—Pretenden hundirlo utilizando este caso… — dijo el asistente.

—No pretenden.

Lo harán —completó ella con exactitud helada.

—Una historia así es perfecta: un joven detenido, una familia influyente, un político en ascenso… el país siempre necesita un villano, un rostro al cual culpar de todos sus males.

Fabián es un candidato ideal.

Se recargó en el respaldo de su silla, entrelazó los dedos y dejó que un silencio deliberado reinara en la oficina.

—¿Quiere que alertemos a su equipo?

—preguntó el asistente.

La mirada de María Fernanda fue tan fría que él se corrigió sin que ella dijera nada.

—Perdón, quise decir: ¿quiere que se mantenga neutralidad total?

—Por ahora —dijo María Fernanda, cruzando los brazos —es mejor observar.

Si intervenimos demasiado pronto, nos verán como parte del conflicto.

No es momento de elegir bando.

No todavía.

Había algo casi inquietante en su manera de analizar el panorama.

No buscaba justicia.

No buscaba escándalo.

Buscaba oportunidad.

Y la tragedia de un desconocido en una celda del puerto podía convertirse, en cuestión de semanas, en el catalizador de una guerra política nacional.

La alcaldesa abrió otro archivo en su tablet: encuestas recientes sobre percepción ciudadana, posibles rutas de reestructuración electoral y un informe confidencial sobre las próximas candidaturas.

Su nombre aparecía en varias de ellas, incluso en simulaciones donde no debería estar presente por edad.

Ella deslizó el dedo sobre la pantalla con la misma calma con la que se acaricia la hoja de un arma recién afilada.

—¿Ha pensado en la carrera presidencial?

—preguntó el asistente con cautela, consciente del tabú político que implicaba mencionar el tema antes de tiempo.

Ella no respondió de inmediato.

Guardó silencio el tiempo suficiente para que la tensión en el ambiente aumentara.

Finalmente, giró la cabeza hacia él y lo observó con una mezcla de ironía y advertencia.

—Las decisiones importantes —dijo— no se anuncian.

Se ejecutan.

Él tragó saliva.

María Fernanda era joven, sí, pero no ingenua.

Su estilo de gobierno había demostrado una mezcla inquietante de eficiencia y control férreo.

Sus opositores la llamaban ambiciosa; sus simpatizantes, necesaria.

Pero nadie podía negar lo que era en esencia: una estratega despiadada envuelta en la envoltura impecable de una líder moderna.

Y lo que ahora tenía frente a ella era la clase de crisis que podía volverse historia.

Una que podía redefinir el tablero político nacional.

—Prepare una carpeta —ordenó de pronto—.

Quiero un análisis profundo del caso Moreno: fechas, actores, conexiones, cualquier debilidad o impacto que pueda escalar en medios nacionales.

—¿Para exponerlo?

—preguntó el asistente.

—Para entenderlo —respondió ella.

Luego añadió, con una sonrisa imperceptible:
—Los políticos que no entienden una crisis, se hunden por ella.

Los que la comprenden… la transforman en poder.

El asistente asintió y salió de la oficina para empezar a compilar la información.

Cuando la puerta se cerró, el silencio envolvió a María Fernanda.

Abrió un cajón discretamente, sacó un cuaderno negro —su libreta estratégica, donde solo anotaba planes que nunca debían caer en manos equivocadas— y escribió una sola línea:
“La tormenta comienza en el puerto.”
Luego añadió una segunda frase:
“Y yo decido hacia dónde soplará el viento.”
Cerró la libreta, respiró hondo y volvió a sentarse en su silla con el porte de quien sabe que el mundo está a punto de cambiar… y que ella será la primera en moldear ese cambio.

Afuera, la Ciudad de México seguía rugiendo, indiferente a los movimientos silenciosos en oficinas elevadas.

Pero la realidad era clara: algo gigantesco estaba tomando forma.

Algo que empezaba lejos, en una celda de Manzanillo, pero que estaba a punto de desatarse en la capital del país.

El país aún no lo sabía…
pero muy pronto, la capital tampoco volvería a ser la misma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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