El legado de los cielos - Capítulo 50
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50: SOMBRAS EN COLIMA 50: SOMBRAS EN COLIMA Capítulo 50 – Sombras en Colima
Rodrigo jamás imaginaría que alguien lo estaba siguiendo y grabando.
Estaba totalmente concentrado en sus siguientes movimientos, tan metido en su cabeza que no percibió ni la presencia ni la intención de aquellos que lo vigilaban desde hacía varios minutos.
La brisa salada de la costa de Manzanillo no lograba calmar ese torbellino de pensamientos que le recorría la mente como un huracán sin dirección fija.
Tenía que tomar una decisión… y al final la tomó.
Sacó su teléfono, desbloqueó la pantalla y, sin pensarlo demasiado, escribió un mensaje corto pero directo:
“Puedes ayudarme a buscar a Adolfo López.
Averigua dónde está y qué está haciendo.”
Envió el mensaje sin dudar.
Era una orden llena de intención, y sabía exactamente a quién le estaba escribiendo.
La Sierra de las Cruces ….
Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, en la Sierra de las Cruces, una joven de cabello pelirrojo estaba sentada con las piernas cruzadas en una roca lisa, rodeada de árboles altos y viejos que se mecían suavemente con el viento de la montaña.
Era Karen Salgado.
Desde que recibió las técnicas de Rodrigo, su vida había cambiado de una forma que jamás imaginó.
Apenas llegó aquí, se dedicó por completo a la práctica.
La montaña, fría pero cargada de vida, se había convertido en su refugio y su santuario.
Con cada respiración, sentía como la energía espiritual del entorno fluía hacia ella, entrando en sus meridianos, limpiándolos, expandiéndolos.
Su cultivo había avanzado tanto que ahora estaba cada vez más cerca del Reino de la Condensación del Qi.
Un avance que, para un mortal común o incluso para alguien con talento promedio, hubiera tardado años… quizá décadas.
Pero Karen no estaba sola en su avance.
Los miembros de la familia Salgado también se beneficiaron cuando ella, obedeciendo a su amado Rodrigo, mostró las técnicas que él le había dado: la técnica corporal y la técnica de puños.
Ambas eran poderosas, ambas eran raras, ambas podían significar la fundación de una nueva era para la familia Salgado.
Una para fortalecer el cuerpo.
La otra para atacar con una ferocidad abrumadora.
La familia vio esperanza por primera vez en generaciones.
Si Karen avanzaba, otros podrían hacerlo.
Si ella lograba entrar al Reino de la Condensación del Qi… la familia Salgado podría tener su primer verdadero cultivador en siglos.
Y no solo uno: más vendrían detrás.
En ese momento, mientras practicaba, un sonido rompió su concentración.
El teléfono vibró en su bolsillo.
Karen frunció el ceño.
Aquí, en esta zona específica de la sierra, había señal telefónica.
No era casualidad.
Esta región era una de las pocas donde la familia Salgado tenía acceso estable al mundo mundano.
Sacó el celular y miró la pantalla.
El mensaje era de Rodrigo.
El mensaje que llevaba horas esperando.
Lo leyó una vez.
Luego otra.
Y cuando entendió la urgencia detrás de esas palabras simples, su rostro se iluminó con emoción.
Sus dedos temblaron ligeramente mientras escribía la respuesta:
“Enseguida lo averiguo.
No te preocupes, cualquier cosa que me pida mi esposo.”
Apagó el teléfono con una sonrisa suave, una mezcla peligrosa entre ternura, devoción… y determinación absoluta.
Sin perder un segundo, se levantó de la roca y se dirigió cuesta abajo hacia una pequeña cabaña escondida entre los árboles.
Era una base de inteligencia de la familia Salgado.
Desde que las familias ocultas se habían aislado del mundo moderno, sus cuarteles grandes solían estar ubicados en zonas sin señal.
Por eso necesitaban puntos secundarios como este: pequeños refugios donde pudieran recibir información del mundo exterior y reenviarla al cuartel principal.
La cabaña era modesta, hecha de madera resistente, pero por dentro tenía computadoras, antenas y equipos que cualquier hacker profesional reconocería como de alto nivel.
Había tres integrantes de la familia trabajando dentro, todos jóvenes y atentos.
Karen entró con paso firme.
—Necesito contactar al cuartel —dijo sin rodeos.
Los jóvenes la saludaron con respeto.
Ella era la futura matriarca, la hija más prometedora que habían tenido en generaciones, la única cercana al Reino de la Condensación del Qi.
Llegó frente al encargado del turno y comunicó el mensaje.
Para que el equipo de hackers actuara, se necesitaba autorización de Luis Salgado, el patriarca actual.
Karen no perdió tiempo.
Usó un teléfono especial para comunicarse directamente con él.
La llamada duró escasos segundos.
Apenas Luis escuchó que era un pedido de Rodrigo, no solo autorizó… lo ordenó.
Los hackers, apenas recibieron la instrucción, comenzaron a trabajar de inmediato.
Pantallas negras se iluminaron, códigos comenzaron a correr, se conectaron a bases de datos, movimientos bancarios, cámaras públicas, ubicaciones, registros.
Todo aquello que pudiera revelar el paradero de Adolfo López.
Karen observó la pantalla sin pestañear, esperando el resultado como si se tratara de su propia vida.
Las Costas de Manzanillo……
Mientras tanto, Rodrigo estaba en movimiento.
De las playas amplias y llenas de viento se dirigió en taxi hacia su antigua casa.
Había llegado el momento.
De enfrentar a su familia.
De enfrentar su pasado.
De enfrentar su propia historia.
Pero no sabía que alguien lo estaba siguiendo desde dos cuadras atrás.
No sabía que una camioneta blanca lo había grabado cuando bajó del taxi.
No sabía que desde un balcón a distancia, un teléfono estaba apuntando hacia él.
La vida, en este punto, parecía una telaraña invisible, tejida por manos que querían atraparlo, hundirlo o usarlo… sin que él siquiera lo sospechara.
Rodrigo avanzó por la banqueta con paso firme, respirando hondo, sintiendo que cada paso lo acercaba no solo a su casa sino a una guerra que no pidió.
No tenía idea de la magnitud del peligro.
Ni de quién había girado su mirada hacia él.
En algún lugar del estado de Colima…
En una casa apartada, alejada de la ciudad, en una zona rodeada de maleza y caminos de tierra, dos hombres estaban sentados.
El aire estaba cargado del olor a cigarro y alcohol.
Uno era un hombre de barba, de mediana edad, con un aura que gritaba peligro.
Su mirada revelaba experiencia en cosas que no se decían en voz alta.
Estaba sentado en un sofá gastado, con un cigarrillo en una mano y un vaso de tequila en la otra.
Frente a él estaba otro hombre:
Un colombiano de acento marcado, ojos fríos y una sonrisa torcida.
Ambos charlaban con calma, como si estuvieran planeando un negocio cualquiera.
Pero no era un negocio cualquiera.
—No se preocupe, compadre —dijo el mexicano, exhalando humo—.
Este asunto será fácil.
Con su apoyo, mucho más rápido.
El colombiano sonrió.
—Ánimo, parcero.
La gente está lista.
Mientras la vuelta se haga, no hay problema.
El mexicano soltó una carcajada baja.
—El candidato nos dijo claramente que si gana, tendremos libre el mercado y podremos meter cosas por las costas sin problemas.
El colombiano levantó una ceja, interesado.
—¿Y la familia Moreno?
—Ah, esos… esos son el problema —respondió el mexicano mientras bebía—.
Pero ya tengo en la mira a ese chamaco de los Moreno.
El que acaba de salir de prisión.
Si obtenemos algo de él, podemos ensuciar la reputación de ese Fabián Moreno y sacarlo del juego.
El colombiano apoyó el codo sobre la mesa.
—Mi parce… si hace falta le damos piso a ese hijo e puta del moreno que salió de prisión.
Y hacemos ver que fue el papá.
¿No caería más rápido donde lo queremos?
El mexicano soltó una carcajada más fuerte, chocando su vaso de tequila con el de su socio colombiano.
—Jajaja, piensa bien, compadre.
Ustedes los colombianos son cabrones para estos jales.
—Déjeme a mí esa vuelta con mi gente y se lo resuelvo en caliente —respondió el colombiano.
Ambos bebieron, sellando sin palabras un acuerdo oscuro.
Un acuerdo que tenía un nombre.
Un objetivo.
Un blanco perfecto.
Rodrigo Moreno.
Rodrigo llegó finalmente a su antigua casa, sin saber que sobre él no solo había un cartel colombiano detrás, sino también un político coludido con un cartel local del estado.
Parecía —a simple vista— que no habían aprendido nada de la lección del secretario de gobierno que Rodrigo eliminó.
Pero la verdad era otra:
No era que no aprendieran.
Era que creían que podían hacerlo mejor.
Creían que si actuaban en silencio… nadie los descubriría.
Y si lo hacían bien… los problemas caerían sobre Fabián Moreno.
Un golpe perfecto para destruir a la familia.
Una jugada fría.
Sin escrúpulos.
Sin arrepentimiento.
Rodrigo respiró hondo al ver la fachada de su casa.
El pasado estaba a punto de alcanzarlo.
Y el futuro…
El futuro se estaba armando a sus espaldas, listo para estallar.
El aire olía a conflicto.
A traición.
A guerra.
Y él aún no lo sabía.
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