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El legado de los cielos - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 REENCUENTRO SILENCIOSO
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51: REENCUENTRO SILENCIOSO.

51: REENCUENTRO SILENCIOSO.

Capítulo 51: Reencuentro Silencioso
Rodrigo cruzó el umbral de la residencia Moreno, pero no sintió el calor de un hogar, sino la frialdad de un territorio desconocido.

La casa, imponente en su arquitectura y extensión, era un mausoleo de recuerdos agridulces, un lugar donde la sangre compartida parecía diluirse en un océano de indiferencia.

Nadie lo recibió.

No hubo abrazos, ni lágrimas de alegría, ni siquiera una mirada genuina que reconociera el peso de los años perdidos.

Margarita Pérez, su madre, estaba absorta en las páginas brillantes de una revista de modas, su atención cautiva por rostros ajenos a la tragedia familiar.

Al oír el suave clic de la puerta al abrirse, apenas si levantó la vista, un gesto mecánico que no alcanzaba a ser un saludo.

Sus ojos pasaron sobre Rodrigo como si fuera un mueble más, un objeto familiar pero carente de interés, y luego volvieron a sumergirse en el mundo irreal de las modelos y diseñadores.

Diana, su hermana, seguía anclada a la pantalla de su teléfono, su pulgar deslizando sin cesar sobre la superficie brillante.

Seguramente, pensó Rodrigo con amargura, estaría inmersa en las trivialidades de Facebook o dejándose llevar por las fantasías de alguna serie en streaming.

Su mundo virtual parecía ofrecerle más consuelo que la presencia tangible de su propio hermano, un hombre que había pagado un encierro de un crimen que no había cometido.

Raúl, era una incógnita.

Seguramente estaría en alguna fiesta, sumido en un torbellino de alcohol, música estridente y compañía efímera.

Su estilo de vida hedonista era bien conocido en la familia, una fuente constante de preocupación y frustración para su padre, Fabián Moreno, un hombre consumido por la ambición política y la necesidad de mantener una imagen impecable.

El silencio sepulcral de la residencia Moreno contrastaba con el bullicio de la costa, con el rugido constante de las olas y el grito lejano de las gaviotas.

En ese instante, Rodrigo sintió un profundo vacío en el pecho, una sensación de desarraigo que lo invadió por completo.

¿Acaso era invisible?

¿Un fantasma del pasado condenado a vagar por los pasillos de un hogar que ya no lo reconocía?

Con el corazón apesadumbrado, Rodrigo se dirigió a su antigua habitación, intentando ignorar el desprecio tácito de su familia.

Al menos ahí, entre las cuatro paredes que habían sido testigo de sus sueños y aspiraciones, podría encontrar un resquicio de paz, un refugio donde lamer sus heridas y planear su futuro.

Pero incluso esa esperanza se hizo añicos al cruzar el umbral.

Su habitación estaba vacía, desolada, despojada de todo rastro de su presencia.

La cama, pulcramente tendida, parecía lista para un nuevo inquilino.

Sus libros, sus pósters, sus recuerdos… todo había desaparecido, borrado como si nunca hubiera existido.

La cruda realidad lo golpeó como un mazazo.

No lo esperaban.

Habían asumido su muerte, lo habían borrado de sus vidas, lo habían reemplazado con la facilidad con la que se desecha un objeto roto.

Su habitación, otrora un santuario de sueños y proyectos, se había convertido en un recordatorio amargo de su soledad, de su exclusión, de su condición de paria dentro de su propia familia.

A pesar de la decepción, Rodrigo no se dejó vencer por la desesperación.

Había sobrevivido a lo peor, había resistido las embestidas del sistema, había aprendido a convertir el dolor en combustible.

Ahora, más que nunca, necesitaba mantener la cabeza fría y concentrarse en sus objetivos.

Con determinación renovada, Rodrigo se puso manos a la obra.

Abrió los cajones del escritorio, revisó los estantes vacíos, buscando algún objeto personal que le permitiera reconstruir su identidad, reclamar su lugar en el mundo.

Encontró sus documentos, cuidadosamente guardados en una carpeta de cuero.

También halló algunas prendas de vestir dobladas.

Con cuidado, depositó los documentos y la ropa en una pequeña maleta, organizando sus posesiones con la precisión de un cirujano.

Sus útiles escolares, símbolos de un futuro truncado, también encontraron un lugar en la maleta.

Había ingresado a la universidad de Colima con grandes expectativas, decidido a labrarse un camino en el mundo de la ingeniería.

Pero sus sueños se habían desvanecido tras las rejas, reemplazados por una pesadilla de violencia y desesperación.

Encendió su computadora portátil, un objeto preciado que había logrado conservar a pesar de las dificultades.

Conectado a la red, abrió su correo electrónico y redactó un mensaje dirigido a las autoridades universitarias.

Con palabras respetuosas pero firmes, solicitó información sobre su estatus académico, preguntando si había sido expulsado o si aún tenía la posibilidad de retomar sus estudios.

La respuesta, sabía, determinaría su futuro.

Pasó casi todo el día en su antigua habitación, clasificando sus posesiones, organizando sus recuerdos, analizando sus opciones.

La soledad lo envolvía como una densa niebla, pero también le brindaba la oportunidad de reflexionar, de planificar, de trazar un nuevo rumbo para su vida.

Mientras reflexionaba sobre sus próximos movimientos, se dio cuenta de que irse sin información sobre su familia sería un error estratégico.

Necesitaba saber qué estaban tramando, cuáles eran sus planes, quiénes eran sus aliados y enemigos.

Esa información podría ser invaluable en el futuro.

Fue entonces cuando recordó el anillo de almacenamiento, el anillo que contenía un almacenamiento ilimitado.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

El anillo no solo era un depósito de objetos, sino también una herramienta de libertad, una forma de estar preparado para cualquier eventualidad.

Con esa idea en mente, Rodrigo guardó sus pertenencias en el anillo.

La maleta, la ropa, los documentos, los útiles escolares, la computadora… todo desapareció en un abrir y cerrar de ojos, engullido por el espacio infinito del anillo.

Ahora, solo quedaba la cama en la habitación, un espacio vacío que contrastaba con la abundancia que llevaba consigo.

Si decidía quedarse en la residencia Moreno, tendría la ropa necesaria en el anillo.

Si viajaba a otro lugar, tendría todas sus pertenencias a su disposición.

No importaba dónde estuviera, estaría preparado, ligero y listo para actuar.

Al caer la tarde, sintió un rugido en el estómago, una señal inequívoca de que necesitaba alimentarse.

Los empleados de la residencia Moreno, acostumbrados al silencio y la disciplina, se movían como fantasmas por los pasillos, cumpliendo sus tareas con eficiencia robótica.

Rodrigo se dirigió a la cocina, el único lugar de la casa donde aún podía sentir un vestigio de calidez humana.

La cocinera, una mujer de rostro amable y manos laboriosas, preparaba la cena con esmero, ajena a la tormenta emocional que se desataba en el corazón de Rodrigo.

El aroma delicioso del pollo y las quesadillas lo invadió por completo, despertando recuerdos de tiempos más felices, de comidas familiares y risas compartidas.

Sin mediar palabra, Rodrigo tomó un plato y se sirvió una generosa porción de cada platillo, añadiendo un par de filetes de pescado y unas tostadas crujientes.

Con el plato lleno, Rodrigo se disponía a regresar a su habitación cuando escuchó una voz familiar proveniente del pasillo.

Era Raúl, su hermano mayor, hablando por teléfono en un tono excitado y confidencial.

“Sí, sí, la fiesta de hoy será increíble”, decía Raúl con entusiasmo.

“Esa morra está buena, si va ella, esta noche será mía, jajajaja”.

Las palabras de Raúl, cargadas de arrogancia y lujuria, resonaron en los oídos de Rodrigo como un golpe bajo.

A pesar de los años transcurridos, su hermano seguía siendo el mismo de siempre superficial y egoísta, preocupado únicamente por satisfacer sus propios deseos.

“En el Moncheri, sí, sí, sí.

Si falta dinero, yo pondré lo demás.

Hablaré para que nos preparen un lugar, no hay problema.

Que no falten las morras”.

Moncheri… La palabra activó un resorte en la mente de Rodrigo.

En ese instante, una idea germinó en su cabeza, un plan audaz y arriesgado que podría darle la ventaja que tanto necesitaba.

“Así que hoy quieres divertirte…”, murmuró Rodrigo para sí mismo, con una sonrisa torcida dibujándose en sus labios.

“Creo que cobraré algo de interés, empezando contigo”.

Con la determinación renovada, Rodrigo se alejó de la cocina, intentando no hacer ruido.

No quería que Raúl lo descubriera, no antes de tiempo.

Necesitaba planear sus movimientos con cuidado, asegurarse de que su venganza fuera rápida, efectiva y, sobre todo, incuestionable.

De vuelta en su habitación, Rodrigo devoró la cena con voracidad, saboreando cada bocado como si fuera el último.

Mientras comía, redactó un mensaje para Annie, conciso y directo al grano:
“Consígueme una entrada al Moncheri hoy en la noche”.

La respuesta no tardó en llegar:
“¿Solo una?”
“Sí, una.

Haré unos asuntos.

Es peligroso, tú descansa hoy”, respondió Rodrigo, intentando minimizar los riesgos.

Esos fueron los únicos mensajes que intercambió con Annie en todo el día.

Rodrigo necesitaba concentrarse, despejar su mente de distracciones y enfocarse en su objetivo.

Raúl se había convertido en una pieza clave en su plan, un peón que podía sacrificar sin remordimientos para obtener una ventaja estratégica.

Tras terminar de cenar, Rodrigo se sumió en un profundo estado de reflexión.

Sabía que no podía permitirse el lujo de actuar impulsivamente.

Necesitaba información, contactos, aliados.

Su familia, al menos por el momento, era una fuente de decepción y frustración.

Tenía que buscar apoyo en otra parte, en personas que compartieran sus ambiciones y que estuvieran dispuestas a arriesgarlo todo por alcanzar el poder.

Recordó su reciente viaje a la Isla Socorro, la revelación de su herencia, la guía de Sherapine.

El mundo de bolsillo que ahora poseía era un tesoro invaluable, una fuente inagotable de recursos y conocimientos.

Pero también era una carga, una responsabilidad que debía asumir con madurez y sabiduría.

“Necesito un aliado en la política del estado, alguien que me dé autoridad para la Isla Socorro, junto con Salgado.

Eso sería más fácil de lograr”, pensó Rodrigo, con los ojos fijos en el techo.

“Pero un aliado enemigo de mi padre, que pueda manejar a mi padre y a la vez que yo pueda controlar… ¿Quién sería el ideal?”
La respuesta, sabía, no sería fácil de encontrar.

Tendría que buscar entre las sombras, analizar las motivaciones de cada actor político, identificar sus debilidades y fortalezas.

Era un juego peligroso, una danza mortal con consecuencias impredecibles.

Pero estaba dispuesto a correr el riesgo.

Su supervivencia, su venganza, su futuro… todo dependía de ello.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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