El legado de los cielos - Capítulo 53
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53: EL MONCHERI (UN NIDO DE PODER Y PECADO) 53: EL MONCHERI (UN NIDO DE PODER Y PECADO) Capítulo 53: El Moncheri: Un Nido de Poder y Pecado
El Moncheri se erigía como un faro de opulencia y decadencia en el corazón de Manzanillo, un santuario exclusivo donde el poder, el dinero y la influencia se entrelazaban en una danza hipnótica de ambición y desenfreno.
Desde el exterior, su fachada elegante y discreta apenas insinuaba el torbellino de emociones y pasiones que se desataban en su interior, un mundo aparte donde las reglas del juego eran dictadas por aquellos que ostentaban el control.
En la realidad, el Moncheri era conocido por ser una discoteca de primer nivel, un lugar donde la élite de Colima y de todo México se reunía para celebrar sus éxitos, cerrar tratos multimillonarios y entregarse a los placeres prohibidos.
El acceso al Moncheri era un privilegio reservado para unos pocos elegidos.
En el primer piso, el espacio más “común” del establecimiento, se requería una reserva anticipada, un desembolso mínimo de cincuenta mil pesos por mesa y la disposición a gastar sumas considerables en bebidas y servicios exclusivos.
Incluso con el dinero en mano, la entrada no estaba garantizada.
Los porteros, imperturbables y vigilantes, se reservaban el derecho de admisión, rechazando a aquellos que no cumplieran con los estándares de estilo, elegancia y discreción que exigía el lugar.
El segundo piso era un territorio aún más exclusivo, un coto de caza reservado para las generaciones ricas, los políticos influyentes y los empresarios exitosos.
Aquí, el dinero por sí solo no era suficiente.
Se necesitaban conexiones, estatus social y una reputación intachable para ganarse el derecho a codearse con la crème de la crème de la sociedad colimense.
El segundo piso era un hervidero de intrigas y conspiraciones, un lugar donde se cerraban acuerdos secretos, se forjaban alianzas inesperadas y se planeaban traiciones despiadadas.
Era común ver a figuras del narcotráfico moviéndose con soltura por el lugar, ya que muchos acuerdos entre la política y el mundo ilegal se sellaban en la penumbra de sus reservados.
Pero el tercer piso, el santuario supremo del Moncheri, era un mundo aparte, una dimensión donde el poder alcanzaba su máxima expresión.
Aquí, en la cúspide de la pirámide social, se reunía la élite de la élite, aquellos cuyas decisiones hacían temblar al estado e incluso al país.
No debían ser subestimados, y mucho menos sus conexiones con el lado más oscuro del poder.
En el tercer piso, se encontraban los capos de capos, los líderes indiscutibles de los cárteles más poderosos de México, hombres sin escrúpulos capaces de desatar el infierno con una sola palabra.
Rodrigo, consciente de la reputación del Moncheri y de los peligros que acechaban en su interior, llegó a la entrada con la reserva que Annie le había conseguido.
Sabía que no era un lugar para ingenuos, que cada sonrisa, cada mirada y cada palabra podían esconder una segunda intención.
Pero estaba decidido a cumplir su misión, a cobrarle a su hermano Raúl por su desprecio y a obtener la información que necesitaba para proteger a su familia y construir su propio imperio.
Al llegar a la entrada, los guardias lo detuvieron.
Tras confirmar que su nombre figuraba en la lista de invitados, lo sometieron a una revisión exhaustiva, palpándolo de pies a cabeza en busca de armas o cualquier objeto que pudiera alterar la paz del lugar.
Rodrigo no opuso resistencia.
Sabía que esa era la rutina, que incluso los narcos más poderosos debían someterse a ese ritual humillante antes de ingresar al Moncheri.
Al menos, esa era la fachada.
Los verdaderos pesos pesados del tercer piso podían saltarse ese control sin problemas.
Rodrigo sospechaba que la fiesta de Raúl se celebraría en el segundo piso, el territorio de los políticos y empresarios adinerados.
Sin embargo, para asegurarse de no perderse nada, decidió explorar primero el primer piso, el espacio más “común” del Moncheri, el lugar donde se mezclaban los turistas, los jóvenes adinerados y los buscavidas de toda calaña.
Tras superar el control de seguridad, Rodrigo ingresó al Moncheri y se dirigió directamente al primer piso.
El ambiente era frenético, un torbellino de luces estroboscópicas, música electrónica y cuerpos sudorosos que se movían al ritmo de la música.
Se acercó a la barra y pidió una cerveza, consciente de que incluso una bebida sencilla costaba una fortuna en un lugar como ese.
El Moncheri no era un lugar para ahorrar, sino para gastar, para demostrar que se tenía el dinero suficiente para disfrutar de los placeres más exclusivos.
El DJ, diferente cada noche, era una de las principales atracciones del Moncheri.
Músicos famosos y DJs de renombre internacional habían pasado por ese escenario, atrayendo a multitudes ávidas de emociones y experiencias únicas.
La música en vivo era un sello distintivo del Moncheri, una garantía de que cada noche sería inolvidable.
Mientras Rodrigo observaba el ambiente con atención, notó la mirada insistente de una joven sentada en una mesa cercana.
Era una mujer hermosa, de origen colombiano, con una figura escultural y unos ojos felinos que parecían escudriñar su alma.
Estaba acompañada de un grupo de amigos, bebiendo cubas y riendo a carcajadas.
Para Rodrigo, la mirada de la joven colombiana era una más entre tantas.
En un lugar como el Moncheri, era común ser observado, admirado, deseado.
La gente venía a divertirse, a mostrar su mejor cara, a encontrar compañía o, simplemente, a dejarse llevar por la atmósfera embriagadora del lugar.
Jamás imaginaria que esa mirada era parte de una red cuidadosamente tejida, una trampa mortal tendida en su contra por un cartel colombiano y uno mexicano.
Rodrigo bebía su cerveza con calma, intentando no llamar la atención.
Sabía que estaba en territorio hostil, que cualquier paso en falso podría tener consecuencias graves.
Necesitaba encontrar a Raúl, obtener la información que necesitaba y salir del Moncheri lo antes posible.
De repente, un joven de unos veinte años se acercó a Rodrigo con una sonrisa socarrona.
Era Ramón Arias, conocido en el mundo del hampa como “El Manos Limpias” González.
Un empresario astuto y despiadado, dueño de Logística González, una empresa que ofrecía servicios de transporte y almacenamiento a todo tipo de clientes, incluyendo a aquellos que preferían mantener sus actividades en la sombra.
“Mira a quién tenemos aquí”, dijo Ramón con un tono burlón.
“Si es el mismísimo Rodrigo Moreno.
¿Qué tal la prisión?
¿Ese mes estuvo divertido?”
Rodrigo lo miró a los ojos y sonrió con frialdad.
“Solo fui de vacaciones, se puede decir.
El Manos Limpias aún no ha tocado una prisión, ¿no te gustaría darle una visita?”
Ramón soltó una carcajada.
“Eso no es para mí.
Vamos, salud.
Te invito una cerveza.
Toma, que hoy nos vamos a divertir”.
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