El legado de los cielos - Capítulo 55
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55: PAGO DE INTERESES.
55: PAGO DE INTERESES.
Capítulo 55: Pago de Intereses
Rodrigo se entretenía con la mujer chilena, pero no pasó más allá de las caricias; ni siquiera besó sus labios.
No confiaba en aquel lugar, ni en las mujeres de ese entorno.
Su protección era su prioridad, así que solo se dedicó a beber, aunque con moderación.
Su enfoque estaba en Raúl, no en los placeres del Moncheri.
Por otro lado, Raúl se entregaba al exceso.
Bebía como un loco, manoseaba a las universitarias, y pronto quedó tan ebrio que apenas podía sostenerse de pie.
Cuando llegó el momento de retirarse, en el estacionamiento pidió ayuda al personal de Moncheri para conducir.
Fue entonces que apareció un hombre que lo auxilió.
Si Rodrigo estuviera allí, lo reconocería inmediatamente: era el mismo hombre que tiempo atrás se había acercado con El Manos Limpias.
Subió a Raúl al coche, junto con la universitaria, y salió del lugar con tranquilidad, sin levantar sospechas.
A pocos metros, cerca de un semáforo, una Suburban negra se cruzó y detuvo el auto de Raúl.
El conductor irritante, revisando el retrovisor y observando al joven tendido, completamente inconsciente.
Todo ocurrió en segundos: una mujer bajó, abrió la puerta trasera de la Suburban y bajó a un hombre afeminado; a su vez, abrió la otra puerta trasera, retiró a la universitaria y la cambió por el hombre.
Entregó un maletín al conductor, ambos intercambiaron sonrisas rápidas, y todo sucedió limpio, silencioso y sin que nadie lo notara.
El conductor se dirigió al Hotel Costa Azul, ubicado cerca del puerto, frente a El Tuny, en la entrada de Manzanillo.
Dentro del hotel, llevó a Raúl y al hombre afeminado a una habitación, los recostó en la cama y sacó el maletín.
Con guantes blancos, esparció su contenido sobre la cama y el piso: drogas y diversas sustancias.
Parecía que allí había ocurrido una fiesta clandestina, o incluso un trato turbio.
No era solo una celebración, sino evidencia de actividades ilegales.
Debido a los efectos de la droga en su bebida, Raúl entró en acción con el hombre afeminado sin darse cuenta de con quién estaba.
Mientras tanto, el conductor grababa todo en video y lo enviaba a El Manos Limpias, quien rápidamente lo subió a internet.
La noticia explotó y llegó a los ojos de la prensa y la policía.
Raúl estaba completamente engañado, convencido de que estaba con la universitaria.
Su excitación aumentaba mientras los gemidos y caricias lo llevaban al límite.
Todo era irreversible.
El conductor, mientras tanto, se encargó de borrar cualquier rastro de su presencia.
Las cámaras parecían desactivadas; Incluso si alguien buscara pruebas, se encontraría con imágenes inutilizadas.
Aunque Fabián Moreno intentaría controlar el escándalo, Raúl pasaría al menos uno o dos días en prisión, cumpliendo con el pago de intereses que Rodrigo buscaba.
Mientras todo esto sucedía, Rodrigo salió del Moncheri y se despidió de El Manos Limpias.
Se dirigió directamente a la residencia Moreno en Salagua, evitando ser sospechoso de lo ocurrido.
Llegó a casa sin ser visto, subió a su habitación y se recostó, pensando en los próximos pasos.
Vio el correo de la universidad.
Podía continuar sus estudios, aunque ya había perdido un mes.
Aún tenía posibilidad de retomar el curso antes del inicio del siguiente semestre.
Reflexionó sobre ello: perder mes y medio podía retrasarlo un poco, pero con esfuerzo y planificación podría ponerse al corriente y seguir avanzando sin perder el año.
Después, sacó de su anillo de almacenamiento un papel de algodón que Annie le había dado en el terrero.
Se puso a escribir, concentrado.
Registró seis técnicas sencillas y prácticas, diseñadas para la familia Salgado y, sobre todo, para Adolfo, con el objetivo de entrenar un equipo de seguridad armado y expertos asesinos bajo su mando.
Cada línea era meticulosa, cada detalle pensado para que su estrategia fuese perfecta.
Pronto amaneció.
Tal como Rodrigo esperaba, la noticia explotó: primera plana en los periódicos, titulares escandalosos y videos virales.
La información llegó rápidamente a Fabián Moreno, quien comprendió que el escándalo sería problemático.
Su hijo había vuelto a cometer un error, pero esta vez no podía culpar a Rodrigo: había pruebas claras de la culpa de Raúl.
Todo era irreversible.
Rodrigo, recostado en su cama, sonriendo con frialdad.
Su plan había funcionado.
Un día de prisión para Raúl era apenas el primer pago de intereses… y la familia Moreno no sabía aún que la verdadera venganza apenas comenzaba.
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