Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El legado de los cielos - Capítulo 58

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El legado de los cielos
  4. Capítulo 58 - 58 LOS ALTOS EL VINO Y LA SOMBRA DEL FUTURO
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

58: LOS ALTOS, EL VINO Y LA SOMBRA DEL FUTURO.

58: LOS ALTOS, EL VINO Y LA SOMBRA DEL FUTURO.

CAPÍTULO 58 – LOS ALTOS, EL VINO Y LA SOMBRA DEL FUTURO
Los Altos de Jalisco siempre habían sido una región distinta, casi un mundo separado del resto del país.

Un territorio de colinas rojizas, tierras secas pero fértiles, ranchos que parecían plantados desde generaciones atrás, y familias que habían defendido sus tradiciones con uñas y dientes.

La gente de los Altos era conocida por su carácter firme, su identidad orgullosa y su dureza para trabajar, pero también por su respeto a la palabra, al prestigio familiar y a los negocios limpios.

Ahí no se perdonaban los errores ni las traiciones; cada apellido tenía un peso, y cada decisión podía definir décadas de reputación.

El viento soplaba de manera constante entre los sembradíos y los caminos de terracería.

El sol caía de lleno sobre los tejados rojos y las torres blancas de las iglesias antiguas.

A lo lejos, los ranchos ganaderos brillaban como pequeños núcleos de actividad entre grandes extensiones de tierra.

La vida ahí era más lenta, sí, pero no menos exigente.

Y dentro de ese paisaje, una familia buscaba desesperadamente un futuro distinto.

La familia Vega era una de las más antiguas del lugar, y aunque no poseían las inmensas extensiones de ganado que otros ranchos tenían, habían apostado desde hacía dos generaciones por una industria complicada y no tan común en la región: el vino.

Su empresa —Vinícola Altos del Norte— era respetada, no enorme.

Poseían una finca bien cuidada, con arquitectura colonial, paredes blancas y detalles en cantera.

Las bodegas subterráneas mantenían temperaturas frescas incluso en pleno verano jalisciense, y los barriles de roble americano y francés impregnaban el aire con el olor característico de los vinos jóvenes y de los de guarda.

Producían etiquetas sólidas.

Tenían una línea clásica, accesible para el mercado local, y además contaban con tres vinos premium que eran apreciados entre sommeliers regionales: un tinto de mezcla bordelesa con buena estructura, un tempranillo de crianza media y un blanco seco muy aromático.

Pero aunque los vinos estaban bien hechos, Altos del Norte no tenía presencia internacional.

A duras penas lograban distribuir en algunos estados del país, compitiendo contra gigantes como Monte Xiac, San Bernabé, La Cumbre, Valles del Humo y otras casas vinícolas que llevaban décadas dominando el mercado.

La competencia era brutal.

Para entrar al mercado internacional se necesitaba algo más que una buena cosecha: se requería un aliado fuerte, inversión, contactos, estrategia política y, sobre todo, alguien dispuesto a apostar por ellos.

Aquella tarde, el señor Vega —don Herminio Vega— estaba sentado en el corredor principal del rancho, mirando hacia el horizonte.

No era un hombre débil.

Tenía la mirada de quienes habían visto pasar años difíciles sin quebrarse.

Su piel estaba curtida por el sol de los Altos, sus manos eran fuertes y su postura mostraba esa mezcla de orgullo y cansancio que solo los jefes de familia conocían.

A su lado, su esposa Guadalupe bordaba en silencio.

Ella era el pilar emocional de la familia.

Frente a ellos, sus hijos Gregorio y Kenia habían llegado hacía unos minutos, mientras Carlos —el menor— estacionaba la camioneta cerca del granero.

El ambiente parecía tranquilo, pero todos notaban la tensión en el rostro del patriarca.

—Hoy los veo pensativos —dijo Kenia mientras dejaba su bolso sobre una de las sillas de madera tallada.

Kenia Vega era la hija más inteligente del clan.

Siempre había tenido una visión más amplia que sus hermanos, una capacidad natural para analizar situaciones que otros pasaban por alto.

Había estudiada administración, tenía un carácter firme y se había convertido en la asesora no oficial de su padre.

El señor Vega suspiró.

—Estamos pensando en un aliado posible… —dijo con un tono grave—.

No podemos seguir a la sombra de esos grandes.

Si no logramos expandirnos, si no entramos al mercado internacional, estos vinos no verán futuro.

Carlos se acercó y se dejó caer en una silla frente a ellos.

—Es complicado —comentó mientras se acomodaba el sombrero—.

No nadie se mete al negocio del vino y venta vivo.

Y menos para competir contra monstruos como Monte Xiac.

Kenia cruzó las piernas, analítica como siempre.

—No tanto.

No si vienen las elecciones —respondió.

Sus palabras hicieron que todos la miraran.

Había dado justo en el centro del asunto sin necesidad de rodeos.

Faltaba alrededor de un año para que se definieran los candidatos.

Año y medio, quizás un poco más, para que el país pasea de campañas a elecciones.

En ese lapso, los políticos de todos los niveles buscarían apoyo, posicionamiento, financiamiento y alianzas estratégicas.

Los Vega no eran millonarios, pero sí tenían algo que muchos políticos anhelaban: una empresa formal, una marca respetada y una presencia histórica en una región clave del país.

Los Altos de Jalisco no eran un territorio cualquiera: eran una zona donde los votos tenían peso, donde el conservadurismo era una tradición, donde las familias poderosas aconsejaban a la población y donde los partidos tradicionales —PAN y PRI— tenían el terreno muy marcado.

—Yo veo a María Salgado como una oportunidad —intervino Kenia con calma—.

En la Ciudad de México está haciendo las cosas bien.

Tiene buena reputación.

Pero no sé qué tanto interés tenga en esta zona del país.

Guadalupe, que casi nunca opinaba, levantó la vista del bordado.

—Eso es lo malo con esos políticos de la ciudad —dijo el señor Vega frunciendo el ceño—.

Vienen, prometen, se van… y no vuelven.

Carlos intervino:
—¿Y el señor Moreno?

Ese diputado está haciendo buenas cosas en Manzanillo.

¿No viste las noticias recientes?

Tiene una alianza con uno grande de China.

Si logramos entrar ahí, podríamos exportar.

El vino mexicano gusta mucho en Asia, y si ese hombre gana algo grande…
Guadalupe negó ligeramente con la cabeza.

—Pero no es muy seguro.

¿No viste antes las noticias?

Su hijo terminó preso… y él ni se preocupó por él.

Al final, María Salgado lo sacó.

Eso sí me llamó la atención.

Kenia ladeó el rostro.

— ¿Dices entonces que Salgado tiene conexiones con algún aliado fuerte?

—Quizás no —respondió Gregorio, el más reservado de los hermanos—.

Pero tampoco sabemos qué tanta fuerza puede tener si no tanteamos el terreno.

Eso sí… no podemos ir a varios árboles a la vez.

Eso siempre sale mal.

El señor Vega quedó pensativo varios segundos.

Aquella frase le había calado.

La experiencia le decía que dividir esfuerzos era el camino más rápido al fracaso.

La política era un mundo sucio, lleno de trampas.

Y un error podía costarles no solo dinero, sino reputación.

Pero también sabía que la supervivencia de Vinícola Altos del Norte dependía, en buena parte, de una decisión estratégica.

Tenían que elegir un árbol que diera sombra, uno seguro, uno que creciera con ellos.

El problema era que en Jalisco todavía no estaba claro quién sería el candidato más fuerte para gobernador.

En Colima, el PRI dominaba.

En Jalisco, casi siempre ganaba el PAN.

En la Ciudad de México, partidos emergentes estaban creciendo, y en el país, los de siempre —PAN y PRI— seguían siendo los principales competidores… aunque esa vez, los partidos “poco conocidos” estaban tomando fuerza peligrosamente.

Las circunstancias estaban cambiando.

Y quienes no se adaptaran, se quedarían atrás.

Finalmente, el señor Vega tomó una decisión.

—Bien —dijo mirando a Gregorio ya Carlos—.

Ustedes dos irán a la Ciudad de México.

Tanteen los aviones de María Salgado.

No tenemos mucho dinero, pero apoyar a una candidata no sería problema si nos ofrece algo a cambio.

Quiero que averigüen qué puede aportar si la apoyamos.

Qué tiene visión.

Y, sobre todo, qué tan comprometido estaría con ayudarnos a abrir mercado.

Ambos hermanos asintieron sin objeción.

Sabían que era una oportunidad única.

Y también sabían que, si algo salía mal, ellos serían los responsables.

Prepararían maletas esa misma noche.

Mientras la familia Vega planeaba su futuro sin saberlo, en otra parte del país —un sitio indeterminado, silencioso, antiguo, quizás olvidado por el tiempo— una figura femenina se mantenía sentada frente a un espejo viejo y tallado.

Era una mujer joven, hermosa, de piel blanca y apariencia casi etérea.

Vestía un vestido largo negro, de tela fina pero con un estilo antiguo, como si perteneciera a otra época.

Su cabello, negro como ala de cuervo, caía hasta la cintura.

Sus ojos, café claro, tenían un brillo extraño: una mezcla de serenidad, malicia y poder.

No era una mujer común.

Algo en su presencia lo gritaba sin necesidad de palabras.

Apenas movía el cuerpo, pero en su mirada parecía analizar el mundo entero, como si viera a través de distancias, personas, decisiones y destinos.

Tras un largo silencio, se levantó con una elegancia sobrenatural y miró hacia el norte.

Hacia la Ciudad de México.

Sus labios se curvaron en una sonrisa ligera.

—Por el bien de mis aviones… y por el bien de un futuro entretenido… —susurró— te daré una oportunidad.

En su mano apareció un cristal con forma de corazón, del tamaño de un puño cerrado.

Dentro, atrapada, había una sustancia negra.

No era petróleo, aunque lo parecía.

Era más densa, más viva, como si aquella oscuridad se moviera con un ritmo propio, latiendo, respirando.

Una brizna negra, un fragmento de algo que no pertenece al mundo común.

La mujer lo observó con detención.

—Ese viejo vio algo en ti —murmuró, refiriéndose a alguien en la distancia—.

Aunque su alma residual ya no esté después de darte sus conocimientos… —rió suavemente—.

Pobrecillo.

Cerró el puño alrededor del cristal.

—Te daré la oportunidad.

Solo necesito que me seas útil.

Mientras puedas matarla a ella, estarás satisfecha.

No dijo el nombre.

No explicó los motivos.

Solo dejó esa frase suspendida en el aire.

Luego, simplemente desapareció.

Sin humo, sin luz, sin ruido.

Como si nunca hubiera existido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo