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El legado de los cielos - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - 59 EL TRIÁNGULO LA ISLA Y LA PERLA HELADA
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59: EL TRIÁNGULO, LA ISLA Y LA PERLA HELADA.

59: EL TRIÁNGULO, LA ISLA Y LA PERLA HELADA.

CAPÍTULO 59 – EL TRIÁNGULO, LA ISLA Y LA PERLA HELADA
El Triángulo de las Bermudas siempre había sido un lugar envuelto en misterio, leyendas y desapariciones inexplicables.

Desde los primeros relatos de marineros y pilotos, el área había causado temor y fascinación a partes iguales.

Era un sector del océano Atlántico delimitado, aproximadamente, por puntos en Miami, Puerto Rico y las Bermudas, un triángulo natural que no figuraba en mapas como territorio de nadie, pero sí en los relatos de viajeros y aventureros.

En esas aguas, la física parecía comportarse de manera extraña: brújulas que giraban sin control, tormentas repentinas que aparecían y desaparecían, nubes densas que tapaban el sol y el cielo en cuestión de minutos, y corrientes que llevaban barcos a zonas desconocidas.

Se contaba que aviones enteros se desvanecían sin dejar rastro, y barcos aparecían meses después en lugares imposibles, con tripulaciones desaparecidas y cargamentos intactos o transformados de manera inexplicable.

Los investigadores modernos, los historiadores, e incluso los militares, habían tratado de encontrar una explicación científica, pero todo parecía indicar que allí la realidad tenía otras reglas.

Esa mañana, un pequeño barco de motor surcaba lentamente las aguas turbulentas.

La embarcación no era más que una construcción sencilla: casco de madera reforzado, cubierta con lona ligera y un motor de potencia media, suficiente para maniobrar entre olas altas y corrientes impredecibles.

A bordo, dos ancianos trabajaban con precisión y coordinación casi instintiva.

Uno vestía azul profundo, con ropas de lino y cuero, y el otro vestía un blanco inmaculado, con detalles bordados que indicaban años de experiencia y tradición.

Sus movimientos eran cuidadosos, pero veloces; parecía que conocían cada sombra de las aguas, cada remolino y cada cambio del viento.

El anciano de azul sostenía una tabla de madera misteriosa en sus manos.

La pieza estaba cubierta con grabados antiguos que recordaban a constelaciones y figuras geométricas; en el centro había un símbolo que parecía una estrella, dibujado en un material brillante que reflejaba la luz de manera casi sobrenatural.

Una delgada hebra de humo gris emergía de la punta de la estrella, flotando hacia el cielo.

La dirección que seguía no parecía aleatoria: era un camino marcado, un rastro que guiaba hacia un destino específico.

—Sigamos la hebra —dijo el de azul con voz firme—.

No podemos equivocarnos ahora.

El barco avanzaba entre neblinas densas y nubes que parecían formarse de la nada.

Las olas chocaban contra el casco, pero no lo desestabilizaban.

Era un viaje cargado de tensión: un paso en falso y podrían perderse para siempre en ese océano que se tragaba barcos enteros.

La tormenta no tardó en aparecer.

Relámpagos surcaban el cielo y el trueno retumbaba como si el mundo mismo los advirtiera de su locura.

Sin embargo, los ancianos maniobraban con maestría, como si cada ola fuera una extensión de su propio cuerpo.

De pronto, la niebla se disipó de manera casi instantánea, y ante ellos apareció una isla extensa y sorprendentemente hermosa.

Sus bosques eran amplios y densos, de un verde profundo que reflejaba la luz del sol que atravesaba las nubes.

En la costa, se distinguía un pequeño puerto con muelles de madera bien cuidados, a pesar de la inaccesibilidad de la isla.

Parecía abandonado a los ojos mundanos, pero la presencia de guardias bien entrenados revelaba que no era un lugar cualquiera.

El barco amarró al puerto; en términos náuticos, se podría decir que atracó cuidadosamente entre los postes de madera y las pequeñas cadenas que protegían la orilla.

Los ancianos descendieron sin prisa, conscientes de la vigilancia.

La zona era prohibida.

Ningún mapa, guía turística o navegación común revelaba su existencia.

A simple vista, parecía un paraíso olvidado, pero en realidad era un refugio secreto para cultivadores, aquellos que practicaban las artes antiguas de la energía espiritual, ajenos al mundo mundano.

El lugar estaba lleno de energía espiritual concentrada.

No era un nivel masivo, pero suficiente para mantener la vida, practicar técnicas de cultivo y desarrollarse de manera segura.

La isla era un santuario.

Los mares circundantes estaban habitados por bestias marinas de fuerza extraordinaria, capaces de destruir embarcaciones convencionales.

Los cielos estaban surcados por aves gigantes y depredadoras, capaces de derribar incluso aeronaves ligeras.

Los bosques albergaban criaturas tan poderosas que un ejército entero podría sucumbir ante ellas.

Sin embargo, para los cultivadores, estas amenazas eran insignificantes.

Su entrenamiento, su fuerza y la energía espiritual que manejaban les permitía caminar por ese mundo con la misma tranquilidad que un hombre común caminando por un bosque local.

Tras avanzar por un sendero oculto entre la vegetación, los ancianos llegaron a una construcción palaciega.

Su arquitectura combinaba piedra pulida, madera tallada y jardines que daban sensación de perfección ordenada.

Era evidente que ese lugar no solo era un hogar, sino un centro de cultivo y enseñanza.

Allí, una mujer de unos cuarenta años, elegante y poderosa, los esperaba sentada en un sillón elevado.

Su vestido largo, de telas finas y detalles dorados, emanaba autoridad.

Al verlos, habló con voz serena y segura:
—Hablen.

¿Les fue bien?

¿Encontraron la Perla Helada?

—Sí, mi señora —respondió el anciano de blanco—.

Tardamos, pero lo conseguimos.

—Fue peligroso —agregó el de azul—.

La zona estaba llena de criaturas extrañas, pero al final, logramos traerla.

De la bolsa que llevaba, sacó la Perla Helada.

El aire alrededor del objeto parecía descender varios grados, y un pequeño vaho se elevaba del cristal, indicando la intensidad de su energía.

Era pequeña, pero su brillo helado y penetrante era suficiente para que cualquiera entendiera su importancia.

La mujer tomó la perla con cuidado, observándola con atención:
—Bien, buen trabajo.

Serán recompensados.

Pueden entrar a la cueva a cultivar durante dos días como recompensa.

Para los cultivadores, la cueva era sagrada.

Allí se concentraba la energía espiritual más pura de la isla.

Solo quienes tenían permiso podían ingresar, y acceder era considerado un privilegio, un logro que pocos alcanzaban.

—Esta perla será de utilidad para la princesa —continuó la mujer, mientras la giraba en sus manos—.

Cada vez que practique, necesitará energía fría.

Lástima que no encontremos algo que también aumente su vitalidad.

Con eso, sería una heredera ideal.

La joven princesa era una cultivadora con cuerpo innato raro, conocido como cuerpo yin puro.

Este tipo de cuerpo otorgaba enormes ventajas en la práctica de la energía espiritual, pero también tenía un límite natural: la esperanza de vida era corta para un cultivador, aunque extremadamente larga para un humano común.

Si se trataba con núcleos calientes, su vida podría extenderse hasta 300-500 años.

Sin tratamiento adecuado, solo viviría entre 140 y 200 años.

Su cuerpo era un equilibrio perfecto de yin y yang, algo que era prácticamente imposible de encontrar en la tierra actual, donde la cultivación se había perdido con el tiempo.

La mujer caminó hacia una cabaña más pequeña, donde se sentaba una joven de cabello blanco, su respiración ligera pero firme.

A su alrededor, el aire era frío, evidenciando la naturaleza de su cuerpo yin puro.

Al abrir los ojos, vio a la mujer entrar.

—Maestra —dijo con voz refinada y elegante.

—Toma el núcleo helado —respondió la maestra—.

Con esto podrás avanzar en la fundación.

Serás fuerte.

—Gracias, maestra —respondió la joven con respeto, inclinando ligeramente la cabeza.

La maestra la observó un momento, analizando sus movimientos, su respiración y su postura.

En la tierra, es difícil ver cultivadores, y más aún encontrarlos.

Desde hace años, este lugar se ha convertido en el refugio de los cultivadores.

Fuera de aquí, encontrar nuevas oportunidades es prácticamente imposible.

La energía espiritual escasea y los avances se detienen a menos que uno tenga paciencia y disciplina.

—¿Podré salir a conocer el mundo cuando avance?

—preguntó la joven.

—Es peligroso —respondió la maestra—.

Aunque seas fuerte, el ser humano no debe subestimarse.

La naturaleza humana ambiciona poder.

Si nos damos a conocer, seríamos atacados con armas nucleares y otras tecnologías destructivas.

No podemos permitirlo.

—¿Qué son las bombas nucleares?

—preguntó la joven, sin comprender del todo.

—Niña, no lo entenderías —dijo la maestra—.

Es algo que en el mundo mundano se usa para destruir su propio planeta.

Lo mejor es que te enfoques en ser fuerte y aprender aquí.

La joven escuchó, comprendiendo la gravedad, pero su deseo de explorar seguía latente.

—Está bien, maestra.

Haré caso —dijo, con determinación, aunque la curiosidad por el mundo exterior era evidente en su mirada.

Era claro para todos en la isla: la naturaleza humana, en su ambición y deseo de poder, podía ser más peligrosa que cualquier bestia, cualquier cultivador, cualquier fenómeno natural.

La codicia, el miedo y la ambición guiaban a los humanos, y solo aquellos que comprendieran sus límites podrían sobrevivir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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