El legado de los cielos - Capítulo 6
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6: RUIDO TRAS LOS MUROS 6: RUIDO TRAS LOS MUROS Capítulo 6 – “Ruido Tras los Muros”
El escándalo había dejado de ser un murmullo distante en el puerto.
Ahora era una conversación nacional que recorría cafés, oficinas, transportes y pantallas.
Cada día surgían nuevas interpretaciones del caso, nuevas líneas de rumor, nuevas teorías impulsadas por voces anónimas, comentaristas improvisados y periodistas hambrientos de audiencia.
Y entre todo ese caos mediático, algo empezó a preocupar a un grupo muy particular: los rivales políticos de Fabián Moreno.
Hasta ese momento, habían considerado el caso una oportunidad perfecta para destrozarlo públicamente.
Ya habían avanzado en su plan: filtraciones selectivas, manipulación narrativa, alianzas con medios que gustaban del escándalo.
Todo parecía casi resuelto.
Hasta que un nombre cruzó el aire como una chispa electrificante:
María Fernanda Salgado.
La noticia de que la joven alcaldesa de Ciudad de México —27 años, la política más joven en alcanzar ese nivel en la historia reciente, y una figura enigmática por naturaleza— estaba observando el caso Moreno no pasó inadvertida.
Y lo más inquietante no era su interés…
sino su silencio.
Ella no había declarado nada.
No había dado una entrevista.
No había hecho una publicación.
No había siquiera dejado ver una postura.
Y eso, para quienes tenían décadas moviéndose en el pantano político, significaba una sola cosa:
Estaba preparando algo.
No necesitaron reunirse.
Cada uno, desde su oficina, desde su casa, desde sus conexiones internas, supo que la presencia de María Fernanda cambiaba las reglas del juego.
Había políticos que dedicaron toda la mañana a revisar encuestas, otros que llamaron a consultores, y algunos que simplemente se recostaron en sus sillones de cuero tratando de asimilar la nueva amenaza.
Porque un escándalo es manejable.
Un rival es predecible.
Pero una candidata joven, calculadora, impredecible y con apoyo creciente… era otro tipo de peligro.
Uno que no habían anticipado.
La tensión creció como una nube eléctrica.
Las alianzas que se estaban formando contra Fabián ahora temblaban.
Algunos comenzaron a preguntarse si María Fernanda aprovecharía el colapso de la familia Moreno para construir su propio imperio político.
Otros temían que la joven alcaldesa terminara robándoles la narrativa, los reflectores… y, eventualmente, el país.
El nombre “Salgado” comenzó a aparecer en llamadas urgentes, notas internas, y conversaciones entre sombras.
Pero mientras los poderosos se preocupaban por una joven en ascenso, en un rincón olvidado de Manzanillo, otro Moreno luchaba por sobrevivir.
Rodrigo llevaba casi dos semanas encerrado.
Catorce días de silencio frío.
Catorce días de miradas hostiles.
Catorce días cargando un crimen que no cometió… un crimen que ni siquiera entendía cómo había ocurrido tan rápido.
Cada día, el ambiente en la detención se volvía más pesado, como si las paredes redujeran su tamaño lentamente, apretándolo contra su propio destino.
Los guardias ya lo trataban con una mezcla de indiferencia y fastidio.
Los otros detenidos, con burla o desprecio.
Y su familia… había desaparecido.
Ni una visita.
Ni una llamada.
Ni un intento de apoyo.
Nada.
Donde otros recibirían abogados, comida, protección o un simple “aguanta”, Rodrigo solo recibió silencio absoluto.
Un silencio que pesaba más que cualquier golpe.
Esa tarde, el aire estaba húmedo, denso.
Cada movimiento dentro de la celda común levantaba un eco extraño.
Rodrigo ya había aprendido a mantenerse al margen, a no mirar directamente a nadie, a evitar cualquier gesto que pudiera interpretarse como provocación.
Sabía que ahí dentro la violencia era un organismo vivo que podía despertarse por cualquier razón… o sin razón alguna.
Pero esa tarde, la cosa cambió.
Todo empezó con un empujón.
Era un grupo de tres internos, hombres de rostros endurecidos por la violencia y la calle.
No necesitaban excusas para atacar; simplemente habían decidido que Rodrigo sería su entretenimiento del día.
Y él lo supo desde el primer roce.
—¿Qué miras, niño bonito?
—preguntó uno, mientras lo arrinconaba contra la pared.
Rodrigo no contestó.
Sus manos temblaron ligeramente.
No por cobardía… sino por impotencia.
Si intentaba defenderse, sería peor.
Si no hacía nada, también.
Estaba en un punto muerto.
—Dicen que vienes de familia rica —dijo otro, con un tono burlón—.
Que tu papito es político, ¿eh?
Rodrigo apretó la mandíbula.
—No tengo nada que ver con eso… —murmuró.
El primer interno le soltó un golpe al abdomen, seco, rápido.
Rodrigo se dobló, sintiendo cómo el aire lo abandonaba.
—No importa si no tienes que ver —añadió el hombre—.
Aquí no nos cae bien la gente como tú.
Los demás rieron, rodeándolo.
Algunos detenidos observaban desde sus camas, sin intervenir.
Otros fingían dormir.
Nadie quería problemas.
Rodrigo levantó la mirada, inseguro, buscando una salida.
Pero no había.
El segundo interno volvió a empujarlo, esta vez con más fuerza, haciéndolo caer de rodillas.
—Vamos a enseñarte cómo funcionan las cosas aquí…
Rodrigo tragó saliva.
Sabía lo que venía.
Y sabía que no podría soportarlo mucho tiempo más.
El primero levantó el puño.
Rodrigo cerró los ojos.
Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Una mano enorme sujetó el brazo del agresor a mitad del movimiento.
Una mano firme, áspera, con cicatrices visibles.
—Déjalo —dijo una voz profunda, autoritaria.
Los tres agresores se congelaron por un segundo antes de girar.
Detrás de ellos se levantaba un hombre que Rodrigo no había visto bien antes.
Era alto, de complexión sólida, con el cabello rapado y una expresión dura como el concreto.
Sus ojos eran oscuros y fríos, pero en ese momento ardían con una firmeza que imponía respeto inmediato.
No parecía de los que hablaban mucho.
No parecía de los que pedían.
Parecía de los que ordenaban.
—¿Qué te importa?
—escupió uno de los atacantes, tratando de recuperar el control.
El hombre dio un paso adelante.
Su sombra cubrió a Rodrigo por completo.
—Dije… déjalo.
El silencio fue instantáneo.
Incluso quienes no estaban involucrados levantaron la mirada.
—¿Te crees muy cabrón o qué?
—tronó otro interno, levantándose la playera como si buscara intimidarlo.
El recién llegado no retrocedió.
Ni un milímetro.
—Si quieren problemas —dijo— yo sí les aguanto los tres.
El ambiente se tensó como un cable a punto de romperse.
Rodrigo, desde el suelo, sintió cómo algo parecido a esperanza le perforaba el pecho.
No entendía por qué ese hombre había intervenido.
Ni siquiera sabía su nombre.
Pero por primera vez en dos semanas, alguien estaba ahí… del mismo lado que él.
El primer agresor retrocedió un poco, sorprendido por la seguridad del desconocido.
Pero esa duda inicial duró muy poco.
La tensión, al contrario, creció.
—¿Ah, sí?
—gruñó uno de los internos—.
Entonces vamos a ver…
Y se lanzó.
El golpe inicial fue hacia el hombre que había defendido a Rodrigo, pero este lo bloqueó con el antebrazo.
El impacto resonó como un latigazo dentro de la celda.
Luego vino el segundo agresor, que trató de atacarlo por la espalda.
El defensor giró con la velocidad de alguien que había peleado más veces de las que podría contar.
Lo sujetó por el cuello y lo empujó contra la pared con un estruendo seco.
Rodrigo intentó incorporarse, aturdido, aún con el abdomen ardiendo por los golpes anteriores.
Pero no alcanzó a ponerse de pie.
El tercer agresor se le fue encima, como si quisiera desquitar su frustración con el más débil del grupo.
Rodrigo levantó los brazos para protegerse, sabiendo que no duraría mucho…
Cuando sintió cómo una mano distinta lo arrastraba hacia atrás, sacándolo del alcance del golpe.
—¡Levántate!
—ordenó la voz profunda.
Rodrigo trató de ponerse de pie, tambaleante.
No sabía si ayudaría o estorbaría, pero el instinto de sobrevivir lo obligó a intentarlo.
Los golpes resonaban por toda la celda.
Uno de los internos cayó hacia atrás, tropezando con un catre.
El defensor lo remató con un derechazo que dejó al hombre sin aire.
Pero los otros dos seguían atacando.
Rodrigo intentó moverse hacia un lado, pero recibió un codazo accidental en la clavícula que lo tiró nuevamente.
El dolor se extendió como una onda caliente.
El defensor intercambió golpes con uno de los atacantes, sus nudillos chocando contra hueso.
Los gritos, los insultos, el rechinar de las camas metálicas… todo se mezclaba en una sinfonía violenta.
Rodrigo apenas podía respirar.
El ambiente estaba caliente, intoxicante, sofocante.
Y entonces vio al tercer agresor levantarse otra vez.
No iba contra el defensor.
Iba contra él.
Hacia Rodrigo.
Directo.
Con los ojos llenos de rabia.
—¡Tú no te me escapas!
—rugió.
Rodrigo retrocedió sobre el suelo áspero, sintiendo el metal frío en su espalda cuando chocó contra la pared.
El interno levantó el puño.
Y Rodrigo no tuvo tiempo de cubrirse.
El golpe descendió.
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