Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El legado de los cielos - Capítulo 60

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El legado de los cielos
  4. Capítulo 60 - 60 ECOS DE UN RECLUTAMIENTO
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

60: ECOS DE UN RECLUTAMIENTO.

60: ECOS DE UN RECLUTAMIENTO.

Capítulo 60 — Ecos de un Reclutamiento
Mientras Rodrigo descendía del avión en la Ciudad de México, el aroma húmedo del pavimento recién mojado lo recibió como un recordatorio de que la capital siempre respiraba a su propio ritmo: rápido, pesado, indomable.

A unos cientos de kilómetros, en un punto mucho más tranquilo, la vida transcurría de otro modo.

Allá, en el pequeño poblado de Los Reyes Zorrillos, en el municipio de Armería, el día avanzaba con una calma que parecía inmune al caos del resto del país.

Los Reyes Zorrillos no era un pueblo grande.

Era más bien una mancha de casas humildes extendidas entre huertas de plátano, palmeras que mecían el aire tibio y parcelas donde el verde reinaba casi todo el año.

El olor a tierra húmeda se mezclaba con el perfume dulce del coco y el mango, convirtiendo el aire en una fragancia que cualquiera podía reconocer con los ojos cerrados.

Las calles eran angostas, algunas pavimentadas, otras aún de terracería, pero todas enmarcadas por viviendas color pastel.

En la entrada del pueblo había un pequeño arco de cemento cuarteado que daba la bienvenida a los visitantes, aunque en realidad pocos visitantes llegaban.

La mayoría de los habitantes se conocían entre sí desde hacía años; los chismes viajaban más rápido que los carros viejos que recorrían la zona.

Ahí, en ese rincón apartado del ruido nacional, vivía Adolfo López.

Un hombre que alguna vez fue temido y respetado en fuerzas especiales; un hombre que había sobrevivido al infierno… y que ahora buscaba el paraíso de la simpleza.

Desde que salió de prisión —sin saber quién lo había ayudado realmente— había decidido retirarse por completo.

Ya no quería armas, ni misiones, ni gobiernos, ni sombras.

Solo quería paz.

Solo quería a su familia.

Esa mañana, Adolfo dormía una siesta ligera en una hamaca azul tejida por su esposa.

El viento cálido entraba por la ventana mientras se escuchaban gallos a lo lejos y niños jugando a las escondidas en la calle.

Nada parecía indicar que su vida estaba a punto de cambiar otra vez.

Hasta que una camioneta negra, de vidrios polarizados, avanzó lentamente por la calle principal del pueblo.

La gente volteó a verla.

Ese tipo de vehículos no era común ahí.

No en Los Reyes Zorrillos.

La camioneta se detuvo exactamente frente a la casa de Adolfo.

La puerta trasera se abrió y de ella descendió Liza García.

Alta, elegante, con un porte firme que no necesitaba hablar para imponer.

Llevaba tacones, pantalón negro de vestir y una blusa beige sin mangas.

No parecía encajar en ese entorno, y precisamente por eso, cada vecino que la vio pensó lo mismo:
“Esa mujer trae negocios serios.”
Y tenían razón.

Liza cerró la puerta suavemente y caminó hacia la entrada de la casa.

Tocó dos veces.

Adolfo abrió la puerta con una expresión confundida.

Se frotó un ojo, acomodó la camiseta y entrecerró los ojos ante la luz del sol.

—Buen día.

¿Aquí vive Adolfo López?

—preguntó Liza con una voz calmada, casi cordial, aunque ya sabía perfectamente la respuesta.

—Sí.

¿Quién me busca?

—respondió Adolfo, recto, desconfiado, con la postura automática de un hombre entrenado.

Liza sonrió con respeto.

—Buen día, señor Adolfo.

Vengo a darle una información.

Adolfo frunció el ceño.

—¿Información?

¿Qué información?

—Vengo de parte de Rodrigo Moreno.

El nombre lo golpeó como un recuerdo inesperado.

Rodrigo, aquel muchacho que había conocido en prisión.

Joven, terco, con un talento que no encajaba ahí dentro.

¿Ya había salido?

¿Tan pronto?

—¿Rodrigo Moreno…?

—repitió Adolfo—.

¿Ya salió de prisión?

—Casi al mismo tiempo que usted —respondió Liza con naturalidad.

Adolfo sonrió apenas.

—Qué bien.

Me alegro por ese chamaco.

¿Qué lo trae por aquí?

¿Qué información?

Pase, pase.

Liza entró a la humilde sala, donde una vieja televisión descansaba sobre un mueble de madera.

Adolfo le ofreció un asiento y ella se acomodó con postura profesional.

—El joven Rodrigo me pidió buscarlo aquí —explicó.

—¿Y qué necesita?

—preguntó Adolfo, cruzando los brazos.

—Solo pidió que lo llevara a la Ciudad de México.

—¿A la Ciudad de México?

¿A qué?

—su tono mostraba sorpresa, pero también alerta.

Sabía que la capital significaba problemas, trabajo o caos… a veces las tres cosas juntas.

Liza respiró hondo.

—No tengo los datos precisos.

Solo me encargué de comunicarme con usted —dijo, mirando su celular—.

Pero déjeme contactarme con él de inmediato.

Mientras tanto, Rodrigo y Karen descendían por una puerta lateral que daba hacia los vehículos de salida.

Karen no podía ocultar la felicidad en su rostro: cada minuto con Rodrigo era algo que había deseado por años, desde la adolescencia, desde antes de que la política, los escándalos o el poder entraran en sus vidas.

Rodrigo caminaba tranquilo, vestido de manera sencilla, pero su presencia ya tenía un aire distinto.

Era evidente que había cambiado desde prisión.

Y Karen, sin darse cuenta, lo miraba con orgullo.

Justo cuando subían a una camioneta discreta, el teléfono de Karen vibró.

—Es Liza —informó.

Contestó mientras cerraba la puerta.

—¿Ya lo encontraste?

La voz de Liza respondió firme:
—Adolfo López ya fue localizado.

Pregunta por qué debe venir a la ciudad.

¿Qué hago?

¿Solo lo llevo a la Ciudad de México?

Karen miro a Rodrigo.

—Adolfo López ya fue localizado.

Pregunta por qué debe venir a la ciudad.

—¿Dónde está?

—preguntó Rodrigo.

—En llamada.

¿Quieres hablar con él?

Rodrigo extendió la mano.

—Pásame el teléfono.

Karen se lo entregó.

Del otro lado, Liza colocó el celular frente a Adolfo.

—Le paso el teléfono —dijo, entregándolo.

Adolfo lo tomó.

—¿Bueno?

¿Rodrigo?

—¿Qué pasó, amigo?

Soy yo.

¿Qué tal la libertad?

La risa ligera de Adolfo se escuchó al otro lado.

—De maravilla, compa.

Estoy disfrutando con la familia.

No sé quién me ayudó, pero lo estoy disfrutando.

—Fui yo —reveló Rodrigo sin rodeos—.

Pedí algunos favores después de escuchar tus problemas.

Me ayudaste en prisión, así que fue mi manera de pagarte.

Hubo silencio un instante.

—¿En serio?

¿Fuiste tú?

—preguntó Adolfo.

—Sí.

La alcaldesa de la Ciudad de México me ayudó.

Adolfo soltó una exhalación incrédula.

—Genial, amigo.

Gracias.

¿Y qué necesitas de mí?

Rodrigo respiró hondo.

—No quiero que pagues nada.

Al contrario, quiero que trabajes.

—¿Trabajar?

¿De qué se trata?

—Fácil: tú eres ex fuerzas especiales y cuidaste políticos, ¿no?

—Así es —respondió Adolfo—.

Pero ya no quiero meterme en eso.

Rodrigo sonrió.

—Bueno, es casi lo mismo.

Verás… tengo pensado iniciar una empresa de seguridad.

Esa frase detuvo todo en la mente de Adolfo.

—¿Empresa de seguridad?

Eso no es fácil.

Y no estoy interesado.

Puedo buscar otra forma de pagarte.

Rodrigo continuó, sin perder firmeza:
—Escucha, no digas que no tan rápido.

Ya hice mi empresa de logística y quiero que en el futuro sea un conglomerado gigante.

Para eso quiero la empresa de seguridad.

Solo se harán cargo de proteger la empresa principal.

—¿Ya hiciste una empresa?

¿Tu padre te dio dinero?

—preguntó Adolfo, sorprendido.

—Qué va.

Yo solo lo conseguí.

¿Quieres escuchar mi plan?

Adolfo se acomodó en el asiento de su sala y dijo:
—A ver, habla.

—Quiero iniciar una empresa de seguridad armada para proteger mi logística.

Ese es el primer paso.

Segundo: armar un grupo secreto de asesinos altamente entrenados.

Serán mi arma secreta y mi guardián oculto.

Además, podemos tomar trabajo internacional como mercenarios, trabajos privados, limpieza… ya sabes.

Adolfo guardó silencio.

—Te estoy convenciendo, ¿verdad?

—soltó Rodrigo con tono confiado.

—Sigue hablando —respondió Adolfo.

—Eso no es todo.

Tengo unas técnicas para artes marciales.

Técnicas que pueden hacer a cualquiera increíblemente fuerte con el entrenamiento adecuado.

Tendremos un equipo mejor que cualquier otro en el mundo.

¿Te apuntas?

Adolfo cerró los ojos un segundo.

Su cuerpo sabía que esa era una oportunidad única.

Su pasado de octavo dan, a punto de llegar al noveno, siempre le había hecho pensar que había algo más allá de sus propios límites… pero jamás tuvo acceso.

Técnicas verdaderas.

Técnicas superiores.

—Bien —respondió Adolfo lentamente—.

Suena interesante.

Me estás convenciendo.

Rodrigo remató:
—Te daré cien mil al mes.

Adolfo se atragantó.

—¿Cien grandes?

¿Tienes tanto dinero?

—De momento no mucho —reconoció Rodrigo—.

Pero lo tendremos.

Quiero que reclutes soldados retirados, preferiblemente fuerzas especiales élite del país y del mundo.

Adolfo abrió los ojos, incrédulo.

—¿Tanto así?

—Te daré un presupuesto de cinco millones para viajar.

Y buscaré que te den visa rápido.

Necesito al menos quinientos hombres… si puedes mil, mejor.

—¿Hablas en serio, compa?

—Muy en serio.

Estoy en la Ciudad de México.

Sigue a la mujer que te envié y hablamos aquí.

¿Qué dices?

Adolfo guardó silencio.

Miró su casa.

Miró el retrato de su familia.

Y, aun así, algo ardía dentro de él.

La venganza.

La oportunidad.

El desafío.

El honor.

El poder.

Las técnicas.

Todo.

Y además… Rodrigo era un buen hombre.

El único que lo había ayudado sin pedir nada a cambio.

Mientras Liza esperaba, Adolfo analizó mentalmente lo que implicaba crear una empresa de seguridad.

Lo había vivido, lo había visto, y sabía cómo funcionaba:
Licencias.

Permisos de portación colectiva.

Registro nacional.

Permisos de operación en múltiples estados.

Armas permitidas por ley.

Uniformes.

Adiestramiento.

Protocolos.

Evaluaciones de control de confianza.

Seguros.

Peritajes.

Contratos con empresas.

Certificaciones internacionales.

Centros de entrenamiento.

Logística de transporte.

Cadena de mando estricta.

Instructores reales.

Simulacros.

Instalaciones blindadas.

Y sobre todo… dinero, mucho dinero.

Era un camino duro, complicado.

Casi imposible para un ciudadano común.

Pero si Rodrigo había logrado una empresa de logística desde cero… quizá no estaba tan loco como parecía.

Además… había otro pequeño detalle: Adolfo quería justicia.

Quería enfrentar a quienes lo traicionaron desde las sombras del gobierno.

Y esta empresa podría darle ese puente.

Y luego estaban las técnicas.

Técnicas reales.

Algo superior a lo normal.

Eso fue lo que realmente inclinó la balanza.

Finalmente, se puso de pie.

—Espéreme —dijo Adolfo a Liza—.

Voy a preparar mis cosas.

—Entendido —respondió ella con un leve movimiento de cabeza.

Adolfo fue a su habitación, abrió su viejo maletín verde oliva —el mismo con el que había viajado medio mundo en misiones especiales— y comenzó a guardar su ropa.

Su esposa apareció en la puerta.

—¿Te vas?

—preguntó con preocupación.

Adolfo la abrazó.

—Tengo que hacerlo —dijo en voz baja.

Ella asintió, sabiendo que no podía detenerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo