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El legado de los cielos - Capítulo 61

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  4. Capítulo 61 - 61 LA NOCHE EN SANTA FE
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61: LA NOCHE EN SANTA FE 61: LA NOCHE EN SANTA FE Capítulo 61 –la noche en santa fe.

Mientras Adolfo López acomodaba cuidadosamente su ropa dentro de una maleta gastada por los años, en la Ciudad de México, a cientos de kilómetros, la historia avanzaba con el mismo peso silencioso que un engranaje gigante moviéndose sin pausa.

La tarde ya comenzaba a caer cuando Rodrigo y Karen Salgado avanzaban lentamente dentro de una camioneta negra, atrapados en el tráfico característico de las 7:00 p.m.

en la capital.

El cielo tenía esa mezcla habitual de tonos anaranjados y grises que se volvían parte de la identidad del valle.

A pesar de la hora, las calles parecían más vivas que nunca, y el ruido urbano formaba parte del ambiente como si la ciudad respirara a través de su caos.

Rodrigo iba recargado en la ventana, observando con curiosidad y cierto fastidio todo lo que ocurría afuera.

Sabía que la Ciudad de México siempre había sido enorme, compleja, viva… pero experimentarlo desde el tedio del tráfico era otra historia.

“Qué desastre de tráfico… esto no es nada comparado con Colima,” pensó mientras veía a un motociclista cruzarse entre autos como si estuviera en un videojuego.

Los claxon sonaban, los peatones cruzaban donde no debían, los taxis se metían en cualquier espacio posible, y parecía que la mitad de la ciudad había decidido salir a la calle al mismo tiempo.

Karen, sentada a su lado, guardaba silencio mientras revisaba su teléfono, pero notaba la tensión del hombre que amaba.

—¿Estás bien?

—preguntó ella sin levantar la mirada.

Rodrigo respiró hondo.

—Solo estoy viendo cómo es aquí.

En Colima se vive más tranquilo.

Aquí… no respetan ni los semáforos.

Karen rió suavemente.

—Eso es el día a día aquí.

Te acostumbrarás.

Rodrigo no pensaba acostumbrarse, pero no dijo nada.

En cambio, decidió cambiar de tema.

—¿Cómo te ha ido estos días?

Karen dejó el teléfono, lo miró y una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.

—Desde que llegué me puse a practicar.

Estoy a punto de romper al reino de la Condensación del Qi.

Rodrigo asintió satisfecho.

—Bien.

Eso me alegra.

Cuando lleguemos a la sierra quiero que entrenes a Adolfo y a la gente que él reclute.

Karen asintió de inmediato, casi emocionada.

—Claro que lo haré si tú me lo pides.

Rodrigo desvió la mirada por la ventana.

Ese comportamiento dulce y obediente de Karen se le había vuelto habitual, pero no por ello menos significativo.

Para Karen, Rodrigo no solo era su hombre, era su camino, su impulso, su destino.

Ella lo miró un segundo más y agregó suavemente:
—¿Quieres que les enseñe las técnicas que me diste?

Rodrigo negó con la cabeza.

—No.

Esas son para tu familia.

Por cierto… ¿les enseñaste las técnicas a los demás?

Karen se acomodó ligeramente en el asiento, orgullosa.

—Sí.

Ya se las mostré.

Están felices… lo agradecen mucho.

Esto hará fuerte a la familia.

Gracias.

Se inclinó ligeramente hacia él y le dio un beso delicado en los labios.

En ese instante, Rodrigo movió la mano con total naturalidad.

Cuatro pergaminos aparecieron de la nada, como si el aire mismo los hubiera materializado.

Karen abrió los ojos sorprendida: no importaba cuántas veces lo viera, siempre le parecía increíble.

“Parecen aparecer de la nada… ¿cómo lo hace?” pensó.

La primera impresión fue que era magia… pero ella sabía que su poder no era magia, era algo más profundo, un origen desconocido que no se comparaba con nada que hubiera visto en este mundo.

Rodrigo le extendió los pergaminos.

—Aquí tienes.

Cuatro técnicas.

Dos de estas son para Adolfo.

Tú le enseñarás cómo entrenarlas.

Con ellas podrá entrenar a las personas que reclute.

Son técnicas parecidas al boxeo militar, pero más avanzadas y más potentes.

Karen asintió, guardando con cuidado los pergaminos.

Rodrigo continuó:
—Las otras dos… una es exclusiva para tu familia.

Una técnica de ataque y defensa.

La otra es también para tu familia, pero quiero que en el futuro la compartan con Adolfo y su gente.

Es una técnica de movimiento.

Karen bajó la mirada hacia los pergaminos.

En sus manos sostenía un tesoro más valioso que cualquier riqueza.

Ya tenían tres técnicas exclusivas:
la técnica de cultivo que Rodrigo entregó en Manzanillo,
y las dos técnicas poderosas que les dio al convertirse en su mujer.

Ahora, con esta nueva técnica exclusiva, la familia Salgado tendría cuatro técnicas propias.

Sin mencionar las otras tres que, aunque no fueran exclusivas, seguían siendo valiosas más allá de lo imaginable.

Karen hizo cuentas, consciente del valor de lo que tenía entre manos.

Mientras lo hacía, una decisión silenciosa se hizo más profunda en su corazón: seguiría a Rodrigo hasta el final sin importar el costo.

—Gracias —susurró antes de besar sus labios nuevamente.

El tráfico avanzaba con lentitud, apenas unos metros cada varios minutos.

Desde la camioneta se podían ver los edificios modernos mezclados con construcciones más antiguas.

La ciudad parecía un mosaico de arquitecturas distintas que convivían por inercia.

Los anuncios luminosos empezaban a encenderse, las calles se llenaban de oficinistas saliendo de trabajar, familias caminando hacia centros comerciales, parejas tomándose fotos cerca de fuentes o edificios vistosos… la capital tenía un encanto que surgía incluso en medio de su caos.

Rodrigo observaba todo con calma ahora.

No era una persona que se estresara por mucho tiempo.

La paciencia era parte de su carácter.

Karen apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Vamos a pasar la noche en Santa Fe, verdad?

Rodrigo asintió.

—Sí.

Comeremos algo y descansaremos.

Mañana subiremos temprano a la sierra.

Cuando por fin llegaron a Santa Fe, la noche había tomado completo control del cielo.

Las luces de los rascacielos iluminaban la zona con un brillo casi futurista.

Santa Fe, con sus edificios modernos, avenidas amplias y centros comerciales enormes, contrastaba completamente con el resto de la ciudad.

La zona tenía un aire más limpio, más ordenado y más lujoso.

Karen miraba todo con curiosidad.

Rodrigo, con calma.

Ambos bajaron frente a Centro Comercial Samara Shops Santa Fe, uno de los puntos más elegantes de la zona.

El enorme complejo estaba iluminado con luces blancas y cálidas, reflejándose en los cristales y dándole un aspecto sofisticado.

Las tiendas de lujo todavía estaban abiertas: ropa de diseñador, joyerías, boutiques exclusivas, restaurantes modernos, cafeterías con aroma a espresso recién molido.

El ambiente nocturno era relajado.

Familias paseaban aún; parejas tomaban fotos frente a esculturas metálicas; grupos de jóvenes salían de cines o restaurantes.

El aroma a hamburguesas, pan horneado, café y perfumes costosos se mezclaba en el aire.

Rodrigo y Karen caminaron de la mano hasta un local de hamburguesas gourmet.

Pidieron comida sencilla: dos hamburguesas grandes, papas y refrescos.

Comieron como una pareja enamorada más entre las docenas que estaban ahí.

Karen sentía calidez en cada pequeño gesto, en cada mirada.

Rodrigo era tranquilo, seguro, decidido.

Nada en él parecía dudar jamás.

Después de cenar, caminaron por la plaza.

Compraron varias cosas: ropa, productos personales, y un par de bolsas pequeñas con recuerdos innecesarios pero que Karen quiso llevar.

Poco antes de las 11 de la noche, cuando las tiendas comenzaron a cerrar, se dirigieron al Hotel Presidente InterContinental Santa Fe, uno de los más elegantes de la zona.

Su fachada moderna y sus ventanales brillaban como espejos negros bajo la luz de la ciudad.

Rodrigo tomó una habitación en un piso alto.

La suite tenía ventanales enormes con vista panorámica a los rascacielos iluminados.

La cama era enorme y blanca; el aire olía a madera y limpieza.

La habitación del hotel… Una vez que la puerta se cerró detrás de ellos, el silencio los envolvió.

Karen dejó las bolsas sobre una mesa de cristal.

Rodrigo la observaba, sin prisa.

Ella volteó y lo miró también, dándose cuenta de la intensidad en su mirada.

Esa mirada era suficiente para que su corazón comenzara a acelerarse.

Rodrigo caminó hacia ella.

La tomó suavemente de la cintura.

Karen apoyó las manos en su pecho mientras él la acercaba aún más.

El primer beso fue lento.

Luego otro.

Y otro más.

Rodrigo deslizó sus manos por sus caderas, por su espalda, por su cuello, como memorizando cada parte de ella.

Le quitó lentamente la ropa, beso por beso, piel por piel, cada movimiento medido y seguro.

Karen cerró los ojos, entregándose por completo.

Rodrigo besó su abdomen, sus piernas, su piel entera como si cada parte de ella tuviera un significado propio.

Ella respiraba entrecortadamente, perdida en la sensación.

La noche avanzó entre el sonido suave de sus respiraciones, el roce de sus cuerpos y el ritmo lento de la cama.

Ambos se entrelazaron como si la noche fuera eterna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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