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El legado de los cielos - Capítulo 62

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  4. Capítulo 62 - 62 LA PRESENCIA EN LA SIERRA
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62: LA PRESENCIA EN LA SIERRA.

62: LA PRESENCIA EN LA SIERRA.

Capítulo 62 –La presencia en la sierra.

A la mañana siguiente, Rodrigo y Karen aún permanecían entrelazados.

La energía de Rodrigo era notable; desde que comenzó a practicar, se sentía no solo más fuerte físicamente, sino también resistente en estos momentos de intimidad.

La noche anterior, aunque habían pausado y descansado, no habían dormido.

Finalmente, cuando terminaron, Rodrigo miró la hora y dijo con calma:
—Vamos a desayunar y saldremos ya, es tarde.

Eran las 8 de la mañana.

Karen, con tranquilidad, se vistió mientras Rodrigo se preparaba también.

Salieron del hotel y se dirigieron al desayuno, donde compartieron una charla sencilla y amena, como cualquier pareja disfrutando de un momento tranquilo.

Tras comer, cargaron sus compras y subieron nuevamente a la camioneta, listos para continuar su camino hacia la sierra.

Mientras avanzaban, Rodrigo comenzó a sentir un mal presentimiento, una corazonada que no lograba identificar.

Se sentía nervioso e incómodo; no sabía si era por la falta de sueño o por anticipar el encuentro con los padres de Karen.

Ya había conocido a Luis Salgado, su abuelo, y no había problemas, pero ¿qué pasaría con los padres de Karen?

¿Serían diferentes, más severos, más desconfiados?

Entre esos pensamientos, el tiempo pasó rápido y pronto llegaron al punto donde debían desviarse de la autopista.

Delante de la zona de descanso, un camino de terracería se adentraba en la sierra.

Bajaron la velocidad de la camioneta mientras avanzaban.

Rodrigo estaba en la parte trasera junto a Karen; al frente iban el conductor y el copiloto.

Atrás, solo ellos dos.

La ruta era estrecha, rodeada de árboles altos, arbustos densos y un terreno irregular que hacía el avance lento pero seguro.

Tras aproximadamente una hora de trayecto, llegaron a una zona remota; allí fue el fin del camino.

Karen señaló con claridad:
—De aquí.

Caminaremos hasta las cabañas de logística.

Aquí está la zona de comunicación de la familia y también funciona como puesto de control.

Rodrigo asintió y prestó atención mientras Karen continuaba:
—Seguiremos pasando el puesto de control y más adentro se encuentra el cuartel de la familia Salgado.

Es una zona donde nadie puede pasar.

Además, si alguien se arrima al puesto de control, se dará cuenta inmediatamente y avisará.

Tomaremos medidas si es necesario, aunque no hace falta: la formación natural de esta zona hace que visualmente cualquiera que intente acercarse crea que es imposible de atravesar.

Rodrigo escuchó con atención.

Los otros dos que los acompañaban permanecieron atrás; ellos solo estaban encargados del transporte y suministros.

Aunque eran miembros de la familia, vivían en la ciudad y solo venían para estos traslados específicos, ya sea para recoger, entregar suministros o gestionar pedidos especiales.

Mientras caminaban, Rodrigo sintió algo extraño.

De repente, escuchó una voz dentro de su mente:
—Dile a la niña que te acompaña que se vaya y quédate solo.

Tenemos que hablar.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

La voz era intensa, electrizante, y a la vez generaba una presión tan grande que Rodrigo sintió que la montaña misma estaba encima de él.

La intensidad del mensaje lo obligó a detenerse por un instante.

Con un gesto casi instintivo, se volvió hacia Karen y preguntó:
—¿Escuchaste hablar?

Karen lo miró confundida:
—No, no habló nadie.

La voz volvió a resonar en su mente:
—Solo tú me puedes escuchar.

Estoy hablando mediante el sentido divino.

¿Acaso quieres que te lleve a la fuerza?

Rodrigo sintió temor.

La presión que emanaba de esa presencia era inmensa.

Tanteó dentro de sí y comparó con Sherapine, que siempre le había parecido poderosa.

Sin embargo, algo dentro de él le indicó que esta voz pertenecía a alguien mucho más fuerte, alguien que superaba incluso a Sherapine.

Con decisión, Rodrigo respondió fuerte:
—¿Quién eres?

Ella no se irá a ningún lado; es de mi gente.

Karen lo escuchó decir esas palabras y se sintió extrañamente feliz.

Aunque no entendía completamente la situación, algo en la voz de Rodrigo le transmitió protección.

Sin embargo, también estaba confundida: Rodrigo gritaba, pero no había nadie frente a ellos.

Segundos después, la presión aumentó de manera abrumadora, como si un edificio o una montaña se hubiera colocado sobre ellos.

Karen casi sintió gotas de sudor resbalar por su frente debido a la tensión.

Y entonces, una luz intensa brilló frente a ellos.

Apareció una mujer vestida de negro.

Su vestido largo llegaba hasta el suelo, elegante y antiguo a la vez.

Su cabello negro caía hasta la cintura y sus ojos, cafés claros, tenían una mirada que combinaba seducción y fuerza, capaz de penetrar el alma de cualquiera que la mirara.

Rodrigo la observó con cautela.

Era hermosa, sí, pero emanaba un peligro innegable.

Su fuerza parecía superar a cualquier otra persona que hubiera conocido, incluso a Sherapine.

Con un murmullo para sí mismo, dijo:
—Qué fuerte…
Karen, por su parte, estaba desconcertada.

Nunca había visto a alguien tan poderoso.

El miedo que sintió fue inmediato; sabía que esta mujer tenía la capacidad de destruir la montaña y todo lo que se encontraba en su entorno.

Rodrigo habló con firmeza:
—¿Quién eres?

¿Qué es lo que quieres?

Aun mientras pronunciaba las palabras, no podía dejar de evaluar la magnitud de su fuerza, consciente de que podía causar destrucción con un simple movimiento.

La mujer soltó una risa burlona, ligera y provocativa, y retiró su aura, disminuyendo la presión sobre ellos.

Inmediatamente, Rodrigo y Karen se sintieron ligeros, libres, capaces de moverse nuevamente.

Con tono sarcástico, la mujer dijo:
—Querías que apareciera, ¿no?

Rodrigo señaló a Karen y replicó con firmeza:
—Es mi gente, así que no hay problema.

Pero si vienes a buscar problemas, ella no tiene la culpa.

La mujer volvió a reír, esta vez con un sarcasmo evidente:
—El viejo cascarrabias ya no está, no te puede defender.

Jajaja.

Karen, al escuchar esas palabras, pensó para sí misma: “Viejo cascarrabias… Entonces Rodrigo sí tuvo un maestro.

Por eso tiene tantas técnicas valiosas”.

Rodrigo permaneció atento, sin perder la calma, consciente de que la mujer de negro era un nivel completamente distinto a todo lo que había enfrentado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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