El legado de los cielos - Capítulo 66
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66: EL DESPERTAR CARMESI BAJO EL CIELO EN LLAMAS 66: EL DESPERTAR CARMESI BAJO EL CIELO EN LLAMAS Capítulo 66 — El Despertar Carmesí Bajo el Cielo en Llamas
Rodrigo estaba sentado en el sofá de aquella enorme residencia, rodeado por un silencio apacible que contrastaba con la tormenta de pensamientos que llevaba dentro.
Desde que había puesto un pie en la familia Salgado, su mundo parecía expandirse más rápido de lo que podía procesarlo.
Todo era nuevo, cada día un descubrimiento inesperado, cada decisión una bifurcación que podría cambiar su destino para siempre.
Mientras descansaba, su mente regresó inevitablemente a un tema que ya se estaba convirtiendo en una obsesión: la alquimia.
No podía evitarlo.
Cada vez que se quedaba solo, las recetas, los pasos, los símbolos y las proporciones resurgían en su memoria como si alguien los hubiera dibujado con fuego en su mente.
Recordó todas las hierbas que Sherapine le había mostrado.
Hierbas que en este mundo no existían.
Pero Sherapine había sido inteligente: le dejó equivalentes, plantas similares, de efectos prácticamente idénticos, aunque de menor calidad.
Copias inferiores, sí… pero copias al fin.
Obras maestras que, aun debilitadas, seguían siendo tesoros inimaginables para el mundo humano.
Ahora tenía a Sily.
Una gran maestra… no, una deidad del camino marcial, si quería ser honesto.
Ella podía darle más hierbas.
Podía conseguir plantas que imitaban, en mayor o menor medida, los efectos de las originales.
Pero todo venía con un costo.
Y Rodrigo lo sabía.
Nada en el mundo de la cultivación era gratis.
Cada avance, cada encuentro, cada maestro, cada técnica… tenía su precio.
—No importa cuánto me cueste… —murmuró entre dientes mientras apoyaba los codos en las rodillas—.
Tendré que conseguirlas.
El pensamiento lo llevó a otro punto clave.
Adolfo.
Adolfo López.
Adolfo era crucial.
Él podía ayudarle a ejecutar un plan que hasta ese momento parecía imposible.
Pero ahora, con la ayuda de la familia Salgado, no solo era posible: era realizable.
Rodrigo entrecerró los ojos.
El plan empezaba a tomar forma.
Una forma clara.
Una forma ambiciosa.
Una forma peligrosa.
Una empresa de seguridad… y algo más
Su idea era simple en palabras, pero titánica en ejecución:
Crear una empresa de seguridad armada.
Pero no sería una empresa común.
No sería un grupo de guardias privados ni escoltas de empresarios.
Serían dos grupos:
1.
Un equipo élite para Global Group, su compañía.
La guardia personal del futuro.
2.
Un equipo de mercenarios internacionales, capaces de tomar trabajos en distintos países.
Ese segundo grupo era la clave.
Dinero.
Experiencia.
Movilidad internacional.
Capacidad legal o semilegal de entrar a zonas inaccesibles.
Y lo más importante:
Buscar hierbas alrededor del mundo.
No sería fácil, pero sí posible.
Con dinero suficiente, influencia y hombres entrenados… podía hacerlo.
—Con una estructura mundial… —susurró— podré encontrar todo lo que necesito.
Mientras se perdía en sus planes, el tiempo avanzó sin que lo notara.
El aire frío del bosque pasaba suavemente a través de las ventanas abiertas, trayendo aromas frescos, un contraste perfecto con la intensidad de sus pensamientos.
Finalmente, escuchó pasos aproximarse.
Y una voz conocida rompió el silencio.
—Amigo… has cambiado.
Te ves diferente —dijo Adolfo desde la entrada.
Rodrigo se levantó de inmediato.
Ver a su amigo le provocó una sensación cálida en el pecho.
—Adolfo… bienvenido —dijo mientras lo abrazaba con fuerza.
La escena era sencilla, pero cargada de emoción.
Dos hombres que habían pasado por lo peor, reuniéndose ahora en un lugar que ninguno de los dos hubiera imaginado.
Rodrigo le hizo una seña.
—Pasa.
Siéntate.
—Señaló uno de los sillones amplios de la sala.
Karen y Luis lo habían traído hasta él, y ahora se despedían.
Luis, antes de irse, dijo:
—Rodrigo, ya enviamos el dinero.
Rodrigo asintió con serenidad, pero por dentro aún le era difícil comprender la facilidad con la que los Salgado movían sumas tan enormes.
Cuando Luis y Karen se retiraron, Rodrigo tomó asiento frente a Adolfo mientras una brisa cálida atravesaba la habitación.
Adolfo miró alrededor con ojos entre curiosos y desconfiados.
—Rodrigo… ¿qué haces en este lugar?
Está en medio de la nada.
Rodrigo soltó una pequeña risa.
—Aquí vive la familia Salgado.
Nunca digas nada de esto a nadie.
Esta familia es poderosa.
En artes marciales… —hizo una pausa, sonrió— además… yo aprendí artes marciales.
¿Qué tal?
Adolfo no se sorprendió por esa última parte.
Él había visto a Rodrigo pelear en la prisión, especialmente después del castigo.
Había visto su mirada asesina, su ferocidad… sabía que Rodrigo era diferente desde ese entonces.
Pero lo que sí lo sorprendió fue lo otro.
—¿Poderosa…?
¿Así de poderosa es esta familia?
¿Y qué te trae aquí?
No me digas que ahora son tus aliados.
Rodrigo soltó una carcajada ligera.
—Se puede decir que sí.
La morra que te trajo… es mi mujer.
¿Qué opinas?
Adolfo abrió los ojos, sorprendido por completo.
—¡No jodas!
Es hermosa.
Felicidades, amigo.
Entonces… ¿la empresa que estás haciendo… ellos te ayudan?
Rodrigo negó con la cabeza.
—No exactamente.
Les vendí una técnica de cultivo.
Adolfo se quedó quieto.
—¿Técnica… qué?
Rodrigo hizo un gesto con la mano.
—Técnica de cultivo.
¿No te dije que tenía técnicas poderosas?
Bueno… Karen es mi mujer, y ya hablé con ella.
Te enseñará las técnicas que le dejé.
Yo estaré ocupado.
Adolfo seguía sin entenderlo del todo, pero la palabra cultivo le causaba un eco extraño.
Como si perteneciera a una historia prohibida.
Rodrigo continuó:
—Hablaré con Annie.
Ella es mi asistente, mi mano derecha.
Si no estoy disponible, habla con ella.
Haré que te dé cinco millones.
Y hablaré con Salgado para que te consiga una visa… necesitarás viajar mucho.
Reclutar gente.
Empieza por México… luego busca contactos en Estados Unidos.
Hay buenos soldados allá.
Quiero que inicies rápido una estructura fuerte.
Después… sigues con el resto del mundo.
¿Te animas?
Adolfo se quedó callado unos segundos.
Luego soltó aire.
—Esto… esto es grande.
Muy grande.
Me apunto.
Quiero ser fuerte.
Estoy en el octavo grado dan.
¿Tú… tú en cuál estás?
Rodrigo sonrió con orgullo.
—Estoy en NANADAN.
En las artes marciales sería el séptimo grado dan.
Pero pronto estaré en el HACHIDAN, el octavo grado.
Quiero que seas poderoso, Adolfo.
Las técnicas que tengo te harán fuerte.
Solo trabaja duro.
Adolfo asintió.
—Ten por seguro que lo haré.
Rodrigo lo miró con seriedad.
—Adolfo… quiero lealtad.
La familia Salgado me dio su lealtad.
Quiero lo mismo de ti.
Quiero formar un grupo privado.
Soldados leales.
No simples guardias.
Si me son leales… los llevaré más allá de la cima de las artes marciales.
Adolfo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Ese “más allá”… era un terreno mítico.
—Más allá…
Solo lo he escuchado en leyendas.
¿Realmente… hay algo más allá de las artes marciales?
Rodrigo señaló hacia afuera.
—La familia Salgado es una familia de cultivación.
Aunque ahora no tienen un cultivador verdadero… cualquiera de esta familia… está más allá de la cima de las artes marciales.
Ya están en el reino de la Apertura de Meridianos.
Adolfo se levantó de golpe.
—¿En serio?
¡Son poderosos!
Esto… esto es increíble.
Le entro con todo, amigo.
Seré leal.
Cualquier cosa… ya sabes.
Rodrigo sonrió satisfecho.
—Bien.
Hablaré con María Fernanda Salgado, la alcaldesa.
Ella preparará todo para ti.
Te llevarán más tarde… o mañana.
Mientras tanto, quédate aquí.
—Tú mandas, compa —respondió Adolfo.
Rodrigo lo despidió.
Unos minutos después, Adolfo ya tenía un cuarto asignado.
Ahora Rodrigo estaba solo de nuevo.
Pero no por mucho.
Tenía demasiado que hacer.
Tiempo.
Necesitaba tiempo.
Pero el tiempo no esperaba a nadie.
Debía hablar con Salgado sobre los arreglos de Adolfo.
Debía refinar los recursos que le había dado Sily.
Y debía hacerlo pronto.
Pensó también en Fernanda.
Su otra mujer.
El deseo de verla, de abrazarla, lo golpeó como una ola inesperada.
Pero estaba lejos.
Y ahora… el tiempo era oro.
—Al menos… una llamada… —murmuró.
Pero luego recordó algo importante.
Luis podía arreglarlo.
Él podía ir a la ciudad y facilitar todo.
Así que se puso de pie.
—Primero arreglaré lo de Adolfo.
Es importante —dijo para sí mismo.
Comenzó a caminar por el largo pasillo buscando a Luis cuando…
La temperatura cambió.
Una ola de calor repentina envolvió la residencia.
Rodrigo se detuvo al instante.
Un calor inhumano.
Un calor que no pertenecía a este mundo.
Uno que reconocía muy bien…
¡Fuego espiritual!
El cielo, visible por las ventanas, empezó a teñirse de rojo.
Un rojo profundo, ardiente, intenso.
Los pájaros huyeron.
El viento se agitó.
El suelo vibró levemente.
Y entonces…
Una llama gigantesca apareció en el cielo.
Flotó por un segundo, iluminando todo el bosque…
y cayó como un meteorito silencioso, aumentando la temperatura a niveles imposibles.
Toda la familia Salgado salió alarmada.
Los expertos del clan sintieron el cambio.
Los ancianos abrieron los ojos con terror y reverencia.
Rodrigo supo de inmediato lo que era.
Sily.
Y entonces lo entendió.
Sandra.
La raíz espiritual… estaba despertando.
En el bosque, dentro de la formación natural que protegía el territorio Salgado, dos figuras se encontraban en medio del cataclismo de fuego.
Una joven de rojo ardiente, sentada con las piernas cruzadas.
Y una mujer de negro, imponente, misteriosa, rodeada por aire oscuro como humo eterno.
Sily y Sandra.
Sandra tenía los ojos cerrados.
Sus manos reposaban sobre sus rodillas.
Su respiración era profunda, pero temblorosa.
A su alrededor, un fuego rojo carmesí se elevaba como serpientes vivas, envolviéndola sin quemarla, acariciando su piel, marcando su espíritu.
Ese fuego no era fuego común.
Era fuego espiritual.
El fuego del alma.
El fuego de la raíz.
Sily permanecía a un metro de ella, sentada también, rodeada de un aura negra-gris que se retorcía como sombras vivas.
Su expresión era seria, extremadamente concentrada.
La temperatura subió aún más.
La llama del cielo cayó finalmente, impactando sobre la formación.
Pero no destruyó.
No quemó.
No arrasó.
Fue absorbida por Sandra.
Como si el universo entero le ofreciera un regalo.
La joven abrió lentamente la boca para exhalar…
Y entonces sucedió.
El fuego entró en su cuerpo como si sus poros se hubieran vuelto puertas hacia otro plano.
El fuego carmesí recorrió sus meridianos, quemando impurezas, destruyendo bloqueos, purificando su alma.
Su aura explotó.
El bosque entero se agitó.
Las hojas se levantaron en espiral.
Un rugido silencioso resonó en lo profundo de su ser.
La raíz espiritual del fuego carmesí había despertado.
El cielo tembló.
El aire vibró.
La temperatura alcanzó su punto máximo.
Y los ojos de Sandra se abrieron…
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