El legado de los cielos - Capítulo 68
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68: LAS ALIANZAS INVISIBLES 68: LAS ALIANZAS INVISIBLES Capítulo 68 — Las Alianzas Invisibles
El cielo aún tenía ese tono grisáceo de la Ciudad de México cuando Luis Salgado y Adolfo López salieron del cuartel principal de la familia Salgado.
Era temprano, pero el movimiento dentro de la organización llevaba horas en marcha.
Ese día no era uno cualquiera: significaba el inicio de algo grande, algo que cambiaría su estructura de poder.
Para Adolfo López, ese día marcaría la fundación del nuevo imperio de seguridad armada que había planeado junto a Rodrigo.
No se trataba de un negocio cualquiera: significaba expandirse fuera del país, conectar redes, mover capital, consolidarse.
Y Luis Salgado lo sabía.
Por eso había hecho los movimientos necesarios desde la noche anterior: parte del equipo de informática de la familia ya estaba procesando documentación, limpiando archivos y generando los enlaces adecuados para facilitar absolutamente todo.
Luis siempre se adelantaba.
Y si Rodrigo había pedido que apoyara a Adolfo, eso bastaba.
Mientras avanzaban hacia la camioneta que los llevaría rumbo a la ciudad, Luis repasó mentalmente los puntos del día.
No podía dejar cabos sueltos.
—Hoy empezamos a abrir camino —comentó Luis mientras subían al vehículo—.
Rodrigo quiere todo sin retrasos.
Adolfo asintió.
Su semblante serio lo decía todo: entendía la magnitud de lo que estaban por iniciar.
Aun así, no podía evitar una ligera tensión; no por miedo, sino por la presión de lograr que todo saliera perfecto.
La camioneta arrancó rumbo al oriente de la ciudad.
La alcaldía de Iztapalapa, conocida por décadas como una de las zonas más conflictivas de la capital, había cambiado drásticamente desde que María Fernanda Salgado la tomó como trinchera política.
Bajo su administración, la seguridad dejó de ser una promesa para convertirse en un método.
No había discursos vacíos ni campañas improvisadas: había acción.
Su carácter decisivo, directo y tenaz marcaba un estilo distinto al de cualquier otro alcalde reciente.
Los cambios eran notorios:
La delincuencia bajó en varias colonias tradicionalmente peligrosas gracias a operativos constantes y reestructuración policial.
El presupuesto fue redirigido a creación de empleo y microcréditos locales.
Se reforzó la economía interna con un enfoque práctico: apoyar al comercio sin persecuciones fiscales innecesarias.
Los parques y jardines, antes abandonados, ahora se encontraban renovados y vigilados.
Las zonas verdes regresaban a Iztapalapa como símbolo de dignidad.
La infraestructura vial comenzó a mejorar.
No de golpe, pero sí estratégicamente en los puntos más conflictivos.
Todo esto respondía a su personalidad: María Fernanda no era de “ver qué se podía hacer”.
Era de hacer.
Punto.
Aunque solía estar siempre en su oficina dentro del edificio de gobierno de la alcaldía, hoy la agenda era distinta.
Había elegido atender algunos asuntos en una oficina privada, fuera del gobierno, por un motivo: tenía visitas inesperadas.
Visitas importantes.
Primero estaban allí Gregorio Vega y Carlos Vega, representantes del lado empresarial tequilero de Jalisco.
Y más tarde llegaría Luis Salgado con Adolfo López, enviados directamente por Rodrigo.
La importancia del día no podía ser ignorada.
Los hermanos Vega estaban sentados frente a ella en uno de los sofás de la sala privada.
Ambos, vestidos con un estilo sencillo pero elegante, representaban a una familia que conocía el valor del agave, la historia de sus tierras y, más importante aún, los movimientos económicos del estado de Jalisco.
María Fernanda los escuchaba con atención.
Ya llevaba buen rato conversando sobre temas del futuro político de Jalisco, sobre todo ahora que ella avanzaba silenciosamente hacia una candidatura federal.
Gregorio, el mayor, hablaba con un tono firme, mientras que Carlos, el menor, siempre analizaba silenciosamente cada detalle, cada gesto, cada palabra.
Estaban en medio de una explicación sobre el abandono que enfrentaban los productores locales por parte del gobierno federal cuando la secretaria entró apresuradamente y se inclinó para susurrarle algo al oído a María Fernanda.
Lo que escuchó cambió por completo su actitud.
Luis Salgado.
Y Adolfo López.
El primer nombre ya era suficiente para alterarle el ritmo.
Conocía el poder que Luis movía en la Ciudad de México.
Y más importante aún: sabía perfectamente que ambos venían por petición de Rodrigo.
—Disculpen un momento —dijo mientras se levantaba rápidamente.
Los hermanos Vega la observaron sorprendidos.
Aquella reacción instantánea no pasó desapercibida, especialmente para Carlos, cuyo instinto era detectar cambios de energía en las personas.
Cuando Luis y Adolfo entraron, María Fernanda los recibió con una expresión completamente distinta a la que usaba con los empresarios jaliscienses.
—Bienvenidos —dijo con una sonrisa controlada—.
Tomen asiento, por favor.
Luis notó de inmediato la presencia de los dos hermanos y dijo con cortesía:
—Señorita alcaldesa, lamentamos interrumpir.
Cuando termine sus asuntos podemos esperar, no es necesario apresurar nada.
María Fernanda negó con la cabeza.
—No es molestia, de verdad.
Adelante.
Permítanme un momento.
Luego se volvió hacia los hermanos Vega.
—Señores, disculpen.
En unos minutos continuamos.
Carlos se levantó inmediatamente.
—Entonces saldremos, no queremos estorbar.
Ambos salieron hacia la antesala mientras pensaban lo mismo:
¿Quiénes carajos eran esos hombres para recibir semejante trato de la alcaldesa?
¿Sus patrocinadores?
¿Un grupo político oculto?
¿Una sombra detrás de su ascenso?
Ya en privado, María Fernanda cruzó las manos y preguntó con seriedad:
—¿En qué puedo ayudar?
¿Cómo está Rodrigo?
Luis fue directo.
—Venimos por varios motivos.
Primero —señaló a Adolfo—.
Rodrigo necesita que le facilites el trámite de visa a Adolfo.
Debe viajar fuera del país para cerrar unos negocios de él.
María Fernanda asintió.
Con Rodrigo nunca había complicaciones.
Luis continuó:
—Segundo: hice una transferencia a Rodrigo… pero le llegó a la señorita Annie.
Él me pidió avisarte que parte de ese dinero se invertirá en la bolsa y la otra en infraestructura de la empresa.
Además, envié cinco millones directamente a Adolfo para sus gastos en el extranjero.
María Fernanda anotó todo mentalmente.
Para ella era simple: en México, muchas cosas funcionan con dinero, contactos y voluntad.
Y ella tenía las tres.
Sacó su teléfono y comenzó a escribir mensajes.
No necesitaba dar explicaciones.
Con unas cuantas palabras, los trámites avanzarían como si fueran prioridad nacional.
Hablar con ciertos funcionarios era fácil:
—“Apóyame con este trámite.”
—“Acelera el proceso.”
—“Hazlo hoy.”
Para los que vivían de llenar sus bolsillos, hacer favores rápidos no representaba ninguna moral quebrantada.
Minutos después llegaron las respuestas.
Todo había quedado listo.
—Perfecto —dijo ella—.
En máximo dos días estará autorizada la visa.
Solo necesito los datos del señor Adolfo.
Hizo una señal a su secretaria, quien entró inmediatamente y empezó a tomar la información necesaria.
También organizó de inmediato la apertura de una cuenta bancaria especial para que Adolfo pudiera recibir los cinco millones sin enfrentar problemas con el SAT.
Adolfo lo agradeció en silencio; no era un trámite menor.
Luis observó la puerta por donde habían salido los hermanos Vega.
—Esa gente viene buscando algo.
María Fernanda asintió.
—Están averiguando mis planes.
Quieren saber si voy a lanzarme a la presidencia.
Luis levantó una ceja.
—¿Y qué ofrecen?
—Son tequileros —respondió ella—.
De Vinícola Altos del Norte.
Creo que buscan agarrarse de un árbol fuerte para crecer durante los próximos seis años.
Adolfo intervino:
—Jalisco tiene beneficios importantes.
No es tan grande como la Ciudad de México, pero tiene muchos votantes y poder económico.
Con la estrategia adecuada, se podrían ganar todos los votos.
María Fernanda se interesó.
—¿Cómo se ganan los votos en Jalisco?
Era una pregunta seria.
Jalisco era tierra de competencia política, empresarial y cultural.
La influencia de los agricultores y tequileros era decisiva.
Adolfo respondió con claridad:
—Los agricultores forman gran parte del motor económico.
Luego vienen los tequileros.
Las empresas extranjeras se están metiendo con todo: fresas, tomate, chile, melones, arándanos.
Después está el agave.
Un proyecto sólido para apoyar a la mano de obra local obligaría a los extranjeros a contratar locales.
Eso mejoraría la economía del estado y generaría confianza política.
María Fernanda meditó.
—Entonces empezar proyectos desde temprano sería lo ideal.
Pero si yo hago eso ahora… estaría trabajando para otros.
Luis sonrió apenas.
—Para todo hay aliados.
Podemos ver qué dice esa familia.
Si nos conviene, formamos una alianza.
La familia Salgado también tiene lo suyo.
María Fernanda se levantó y mandó llamar a los hermanos Vega nuevamente.
Cuando entraron, ella hizo las presentaciones:
—Señores, él es Luis Salgado de la Ciudad de México —dijo señalando a Luis—.
Y él es el señor Adolfo López, del estado de Colima.
Luego volvió la mirada hacia ellos.
—Y ellos son Gregorio y Carlos Vega, de Jalisco.
Luis tomó la palabra primero:
—Un placer.
Disculpen nuestra intervención.
¿Qué planes traen para colaborar con la alcaldesa?
La pregunta los tomó por sorpresa.
No esperaban tener que exponer su intención frente a desconocidos, y mucho menos frente a hombres que claramente tenían un trasfondo poderoso.
Carlos respondió con cautela, pero directo:
—Nuestra idea es apoyar a la candidata a la presidencia.
Queremos que gane… y que nos ayude en Jalisco.
Nos están olvidando, y cada vez más empresas estadounidenses intentan competir con el tequila.
Adolfo, con un gesto tranquilo, comentó:
—El tequila es una mina de oro.
Hoy en día a todo el mundo le gusta beber algo.
El vino tinto es popular, sí, pero el tequila tiene más potencial.
Incluso hay tequilas premium que pueden superar fácilmente a los vinos más caros.
Una sola botella bien añejada puede costar hasta tres millones de dólares… unos treinta millones de pesos.
¿No suena atractivo para los ricos?
Gregorio y Carlos se miraron sorprendidos.
Ese hombre sabía demasiado.
María Fernanda intervino:
—¿Sugieres que armemos un plan estratégico para enfrentar a las marcas extranjeras?
—No exactamente —respondió Adolfo—.
Es apoyar a los locales y competir.
Mostrar que México tiene productos mejores que los que se exportan actualmente.
Las grandes marcas oscurecen a los pequeños tequileros, y cuando los pequeños caen, terminan vendiendo sus marcas barato.
Después, esas marcas grandes cambian el nombre y se quedan con la ganancia.
Luis añadió:
—Reunir a los tequileros y llegar a un acuerdo podría ser un buen inicio.
Formar una sociedad.
Preparar un proyecto.
María Fernanda los observó con atención.
—Bien.
Reúnan a los tequileros locales.
En una próxima reunión presentaremos el proyecto.
A cambio… quiero su apoyo en la candidatura.
Los hermanos Vega asintieron sin dudar.
Estaban frente a un árbol grande, tal vez demasiado grande para ignorarlo.
Poco después se despidieron.
Salieron pensando en lo mismo:
Quizá, por fin, habían encontrado el impulso que necesitaban.
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