El legado de los cielos - Capítulo 7
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7: ECO DE SANGRE Y SILENCIO 7: ECO DE SANGRE Y SILENCIO CAPÍTULO 7 — “Eco de Sangre y Silencio”
La pelea estalló como si el penal hubiera esperado ese momento durante días enteros.
Todo ocurrió con una rapidez brutal que borró cualquier sensación de seguridad que Rodrigo pudiera haber conservado después de dos semanas en ese infierno.
El pasillo donde se encontraban vibraba con un murmullo pesado, un murmullo que mezclaba risas, apuestas improvisadas, insultos y el crujido de botas marcando territorio.
Nadie intervenía.
Nadie detenía nada.
En prisión, la violencia era la única ley que todos respetaban.
El golpe que Rodrigo logró esquivar antes.
Lo sintió pasar rozando el aire, directo hacia él, acompañado de un escupitajo y un rugido animal:
—¡Aquí te enseñamos tu lugar, mocoso!
Pero antes de que el agresor pudiera continuar, el hombre misterioso —ese que había intervenido sin explicación, sin palabras, sin un motivo claro— lanzó un puñetazo que impactó contra la mandíbula del agresor principal con un sonido seco, casi hueco, que resonó entre los muros.
Por un momento, solo un pequeño y diminuto momento, Rodrigo creyó que quizás podrían resistir.
Pero la esperanza murió apenas nació.
Otros dos internos se lanzaron sobre el hombre que lo defendía, agarrándolo por detrás mientras otro intentaba patearlo en la costilla.
Él respondió con fuerza, con la rabia de alguien que ya había sobrevivido demasiadas cosas.
Sus movimientos eran pesados, pero certeros.
Parecía conocer ese tipo de peleas.
Parecía conocerlas demasiado bien.
Sin embargo, los números lo aplastaron.
Tres contra uno.
Y Rodrigo, intentando levantarse para ayudar, fue empujado de inmediato.
Su cuerpo chocó contra la pared, la espalda ardiendo del impacto.
Apenas intentó reincorporarse cuando una bota le cayó en el costado, haciéndolo doblarse con un gemido que no logró contener.
El olor a sudor, humedad y sangre recién derramada saturó el entorno.
Los gritos se elevaron.
Las burlas llovieron.
El dolor se volvió una constante que jalaba de su mente hacia un vacío oscuro donde no podía pensar claramente.
—¡Déjenlo!
—gritó el hombre que lo defendía, aunque su voz ya sonaba forzada.
El agresor principal —aquel cuya mandíbula sangraba donde lo habían golpeado— se acercó a Rodrigo con una sonrisa torcida, una sonrisa que hablaba de años de destrucción mental.
—Esto te pasa… —escupió cerca de su rostro— …por creerte más que nosotros.
Y le estampó una patada en el abdomen que lo dejó sin aire.
Rodrigo se dobló, sintió como si el estómago se le contrajera en un nudo frío y doloroso, y cayó al suelo de rodillas, apenas capaz de mantener la conciencia.
El hombre que lo defendía logró derribar a uno, pero inmediatamente otro se colgó de su espalda, apresando su cuello con un brazo grueso.
El sonido de un puñetazo entrando contra carne se repitió, una y otra vez, hasta volverse casi un ritmo envilecido.
Entonces ocurrió.
Un portazo metálico.
Un estruendo que cortó el aire como un cuchillo oxidado.
Y una serie de voces autoritarias gritando órdenes.
—¡YA!
¡BASTA!
—¡RETÍRÉNSE!
—¡ALTO AHÍ, HIJOS DE LA CHINGADA!
Los guardias entraron como perros rabiosos queriendo demostrar dominio.
La multitud se dispersó de inmediato, pero no por respeto: por miedo a perder algo más que dientes.
A Rodrigo lo tomaron del brazo con brusquedad, jalándolo hacia arriba como si fuera un saco de basura.
Su respiración era entrecortada.
La vista le temblaba.
El mundo parecía desmoronarse.
Intentó girar la cabeza para buscar al hombre que lo defendió.
Apenas alcanzó a distinguir su silueta, corpulenta, llena de golpes, siendo arrastrada hacia el lado contrario.
Nunca logró ver su rostro completo.
Nunca logró escuchar su nombre.
Nunca entendería por qué lo ayudó.
Un guardia lo zarandeó para obligarlo a caminar.
—¿Dos semanas aquí y ya andas armando desmadres?
—gruñó con desprecio—.
Nos saliste bueno, ¿eh?
Rodrigo quiso hablar, explicar que lo estaban atacando, que él no comenzó nada, pero otro guardia se adelantó, empujándolo con la punta de un tolete en la espalda.
—Pelea deliberada.
—Castigo para los dos —dictaminó otro sin mirarlo, como si fuese una simple formalidad administrativa.
La corrupción escurría en cada palabra.
La injusticia era parte del aire.
El ritual era conocido: no importaba quién empezó, quién se defendió, quién intentó evitarlo.
Al final, la cárcel siempre castigaba a los mismos: los que no tenían poder, los que no tenían apellido, los que no tenían voz.
Rodrigo fue arrastrado por pasillos más oscuros, donde el olor a moho se mezclaba con algo más pesado, algo que nunca había imaginado oler en su vida.
Los cuartos de castigo estaban en una zona apartada del penal, una zona donde los guardias ni siquiera fingían mantener un estándar de humanidad.
A medida que avanzaban, el aire se volvió helado.
No frío.
Helado.
Como si el concreto hubiera absorbido años de sufrimiento y los devolviera en cada respiración.
Llegaron a una puerta gruesa de metal oxidado.
El guardia que lo llevaba lo empujó hacia adentro sin ceremonias.
Rodrigo cayó de rodillas.
El olor lo golpeó primero.
Un hedor asfixiante, mezcla de humedad estancada, orina seca, heces acumuladas por días y un toque penetrante de podredumbre.
Era como entrar en un pozo abandonado donde se arrojaban residuos humanos sin control.
El cuarto de castigo no tenía más de metro y medio por metro y medio.
Las paredes eran de concreto áspero, cubiertas de manchas oscuras que podían ser humedad… o sangre seca.
Había un pequeño desagüe oxidado en la esquina, tapado, que desprendía un olor rancio que se metía en la piel.
La única luz provenía de una ranura diminuta en la parte superior de la puerta, del tamaño de dos dedos juntos.
El piso estaba mojado.
Pero no era solo agua.
Rodrigo llevó la mano al suelo para intentar incorporarse y sintió una mezcla viscosa que le erizó la piel.
Era una mezcla turbia de agua sucia, excremento diluido y quién sabe qué más.
No había cama.
No había banco.
No había un sitio “menos peor”.
No había nada.
Ese lugar no estaba diseñado para castigar.
Estaba diseñado para quebrar.
Apenas tuvo tiempo de ajustar su respiración cuando escuchó al guardia reír.
—A ver si aquí se te bajan las ganas de andar peleando.
Y la puerta se cerró con un golpe seco, reverberando en las paredes hasta que el eco murió lentamente.
Rodrigo quedó a oscuras.
Una oscuridad espesa, cargada, que parecía tener peso propio.
Cada respiración enfriaba su pecho más de lo normal.
Los pies se le entumecieron de inmediato; el agua helada subía hasta los tobillos.
El aroma era tan fuerte que sentía náuseas, pero no podía escapar del olor.
No podía escapar de nada.
Se dejó caer sentado apoyando la espalda en la pared menos húmeda.
O al menos eso intentó.
Las paredes estaban frías, como si tocaras un bloque de hielo vivo.
El concreto le calaba los huesos.
Cada centímetro del cuarto estaba pensado para que el tiempo dentro se sintiera interminable.
Mientras trataba de controlar el temblor de sus manos, sus pensamientos regresaron inevitablemente al hombre que lo había defendido.
¿Quién era?
¿Por qué lo ayudó?
¿Dónde lo habrían metido a él?
¿Estaría herido?
¿Lo golpearían los guardias?
¿Lo castigarían por más tiempo?
Las preguntas se acumulaban sin respuestas.
Y sin importar cuántas se formulara, todas terminaban chocando contra la misma barrera: la oscuridad.
Trató de recargarse mejor, pero la pared estaba tan helada que hacía arder la piel con dolor.
Intentó entonces mantenerse sentado sin tocarla demasiado, pero el piso le quemaba los pies de frío y le enviaba escalofríos que se clavaban entre los huesos.
Una gota cayó desde alguna parte arriba y le golpeó el cuello.
Era agua sucia.
Pudiera tener restos de mierda o simplemente filtración, él no podía distinguirlo.
Pero sí podía sentir el asco recorrerle la piel como un gusano.
El tiempo ahí dentro era diferente.
No avanzaba.
No retrocedía.
Solo pesaba.
Pesaba tanto que parecía aplastarlo contra la suciedad del piso.
Cada pequeño sonido del penal —un grito lejano, una puerta cerrándose, pasos apagados— llegaba deformado, como si el cuarto estuviera diseñado para que todo se escuchara más distante, para que la sensación de abandono fuera absoluta.
Rodrigo intentó respirar hondo, pero el aire apestaba, seco y húmedo a la vez, como si no fuera apto para pulmones humanos.
El mareo llegó primero como una punzada leve.
Luego, una presión constante en las sienes.
Cerró los ojos, pero la oscuridad lo seguía incluso ahí.
No había diferencia entre abrirlos o cerrarlos.
Mientras la realidad se deshacía lentamente en ese encierro, un pensamiento le atravesó la mente:
“Aquí adentro… no existo.”
Era la primera vez que lo sentía de forma tan cruda.
La primera vez que comprendía que incluso el dolor podía perder forma.
No sabía cuánto tiempo lo dejarían allí.
No sabía cuánto podría aguantar.
No sabía si sobreviviría un mes en ese lugar.
Ni siquiera sabía si sobreviviría la noche.
El frío avanzó por su cuerpo.
El olor se incrustó en su piel.
El silencio lo devoró.
Y así, atrapado en un cuarto que parecía construido para borrar la humanidad, Rodrigo enfrentó una nueva parte del infierno.
Solo.
Herido.
Temblando.
Sin respuestas.
Sin nombre alguno que recordar del hombre que lo defendió.
Y sin la más mínima luz que le indicara cuánto tiempo debía soportar antes de quebrarse por completo.
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