El legado de los cielos - Capítulo 71
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71: EL DESTINO SE MUEVE EN SILENCIO 71: EL DESTINO SE MUEVE EN SILENCIO CAPÍTULO 71 – El Destino se Mueve en Silencio
Rodrigo esperaba los equipos que había solicitado a Luis Salgado: un teléfono satelital, una computadora reforzada, y una terminal portátil.
Una vez tuviera todo aquello, podría comunicarse desde cualquier punto del país, incluso las zonas remotas donde entrenaba.
Con los nuevos conocimientos refinados por el cristal de las almas, su mente funcionaba a otro nivel: planificación, cálculos, estrategia, eficiencia.
Y sumado al carácter que Sily le había inculcado, Rodrigo ahora tomaba decisiones con una firmeza que antes no poseía.
Sily apareció desde la habitación, mirándolo con cierto cansancio.
—Gasté todas mis energías en ti y en esa niña.
¿A dónde vas?
—preguntó con voz seria.
Rodrigo respiró profundo.
—Iré a Manzanillo.
Habrá buen espectáculo.
Quiero pasar desapercibido, así que buscaré la forma de regresar en silencio.
Por cierto… necesito tu ayuda para crear unas píldoras, pero las hierbas…?
Sily sonrió con un toque de burla.
—Puedes conseguirlas con dinero.
En tu mundo, el dinero mueve casi todo.
Rodrigo asintió.
—Hablaré con Luis Salgado para llevarme a Sandra.
También veré si Karen quiere ir.
Ella puede buscar las hierbas mientras yo encuentro una forma de obtener… un fuego terrestre.
Sily se cruzó de brazos, observándolo con calma.
—Eso es fácil —dijo—.
Si quieres fuego terrestre, solo ve a un volcán activo y refina la lava.
Pero en tu caso es diferente.
No tienes raíz de fuego, así que necesitarás un Corazón de Fuego.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Es difícil de encontrar?
—Mucho —respondió ella, sin rodeos—.
El Corazón de Fuego nace en lugares donde el fuego terrenal ha permanecido inmóvil durante años.
Lo más sencillo sería el núcleo del planeta… pero eso es imposible.
La otra opción es un volcán inactivo que tenga un lago de magma estable durante décadas.
Tendrás que buscarlo tú mismo.
Por ahora no puedo ayudarte, estoy como una persona normal; necesito recuperar mis energías.
Rodrigo suspiró.
—Entonces regresar en silencio será más complicado si no puedes hacer lo que hiciste cuando me trajiste aquí.
Sily sonrió de lado, tono burlón:
—Puedes irte caminando.
Y volvió a la habitación sin más.
Rodrigo solo negó con la cabeza.
Después fue a buscar a Luis Salgado.
Le explicó sus planes y este aceptó sin oponerse.
Karen y Sandra comenzaron a prepararse; Sandra en particular estaba emocionada: sería su primera vez saliendo del cuartel familiar.
AEROPUERTO INTERNACIONAL DE LA CIUDAD DE MÉXICO…
En la Terminal 1, un mar de luces blancas caía desde los enormes paneles del techo.
El eco de ruedas de maletas, anuncios en español, inglés y mandarín, y el aroma a café recién hecho llenaban el ambiente.
En la pista, un avión estaba por despegar con destino a Manzanillo.
Era un vuelo habitual: turistas europeos y asiáticos llegaban al AICM para conectar hacia las distintas playas de México.
Manzanillo, aunque menos mencionado que Cancún o Vallarta, se había convertido en un refugio turístico peculiar:
Aquel día, además de turistas comunes, dos pasajeras destacaban:
Mei Zhang y su madre.
Viajaban rumbo a la familia Salgado.
EN EL JABALÍ..
Entre árboles retorcidos, hojas secas y sombras largas moviéndose por el viento, una mujer de negro se mantenía en pie.
Su vestido era largo, negro como la noche, adherido a su figura esbelta.
Su cabello, liso y negro, caía hasta la cintura como una cascada oscura.
Sus ojos café profundo reflejaban elegancia, poder y un aura etérea que no pertenecía a este mundo.
Frente a ella había una niña —o al menos parecía una niña— con un vestido café sencillo.
Su cabello castaño claro caía hasta la cintura, recogido delicadamente por una orquilla que la hacía lucir atractiva y delicada.
Sus ojos verdes claros brillaban con una calma extraña.
Parecía tener unos 17 años.
Estaba descalza entre hojas y piedras, pero no parecía sentir dolor alguno.
La mujer de negro habló con solemnidad:
—Él será tu amo.
Pero no puedes forzar el destino.
Solo espera el momento.
Eres la última esperanza de tu clan.
Todos fueron exterminados… y solo puedo ayudarte hasta aquí.
Se inclinó un poco.
—El destino marca grandeza junto a ese amo.
Tendrás futuro si lo sigues.
Solo espera… pronto llegará.
La niña no habló.
Se arrodilló con respeto, inclinándose como si estuviera frente a una reina.
La mujer extendió su mano.
Una perla roja apareció flotando y la colocó en las manos de la joven.
Luego una pequeña caja de madera cuyo contenido era un misterio.
—Cuando llegue el destino del encuentro, esto se lo entregarás.
Será tu precio a cambio de tu vida y protección… mediante un contrato amo-sirviente.
La niña asintió con obediencia absoluta.
La mujer de negro acarició su cabeza con delicadeza, retrocedió un paso, movió su mano…
Y detrás de ella se abrió un portal oscuro, similar al que Rodrigo vio en la Isla Socorro.
De un momento a otro, desapareció en la nada.
La niña permaneció arrodillada unos segundos más… luego se levantó y comenzó a caminar sin rumbo, esperando que el destino la guiara.
El sol dorado de California bañaba los rascacielos de vidrio del centro de Los Ángeles.
Carros de lujo, palmeras recortadas contra el cielo azul y una mezcla de idiomas llenaban las calles.
Cerca del aeropuerto LAX, las pistas rugían con despegues y aterrizajes, como un latido metálico constante.
En una zona comercial cercana, una joven de unos 20 años, de origen oriental, caminaba entre tiendas mientras sonreía emocionada.
Era hermosa, con una piel tersa, ojos brillantes y un andar liviano.
A su lado iba una mujer mayor, con expresión preocupada.
No era su madre; se comportaba más como una sirvienta leal.
—Señorita, deberíamos regresar.
Nos van a castigar… puede ser peligroso, dijo la mujer mirando a todos lados.
La joven soltó una risa suave.
—Aún no me he divertido.
Además, la familia es numerosa; no notarán que no estoy.
Y aunque lo hagan, no sabrán dónde estamos.
Miró hacia el aeropuerto de Los Ángeles, donde los aviones se alineaban como bestias blancas listas para volar.
—Cambiemos de país.
Estados Unidos ya no tiene mucho que ver.
La sirvienta tragó saliva.
—¿A dónde quiere ir, señorita?
La joven sonrió aún más, divertida.
—A México.
Dijo mientras observo un cartel.
Escuché que su comida es increíble.
Quiero probarla.
También tienen costumbres extrañas que otros países no celebran… quiero ver qué tan divertido es.
La mujer mayor la observó con resignación.
No podía detenerla:
si avisaba sin permiso, sería castigada por la familia.
Si la seguía, también sería castigada si algo salía mal.
No tenía escapatoria.
Solo podía seguirla y protegerla.
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