El legado de los cielos - Capítulo 75
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75: AISHA 75: AISHA CAPÍTULO 75 — Aisha
Rodrigo miró a Annie profundamente dormida.
Su respiración era tranquila, casi silenciosa, apenas moviendo las sábanas blancas que cubrían su cuerpo.
El reloj del buró marcaba las 12:53 a.m.
Allí, en esa parte de Manzanillo, a esas horas, a veces había turistas caminando por la playa… a veces nadie… a veces solo sombras y parejas en silencio.
Esta noche, algo se sentía distinto, una especie de electricidad en el aire.
Rodrigo necesitaba despejar la mente.
Se puso una playera ligera, tomó su cartera y salió del Hotel Marbella.
Caminó a un Oxxo cercano, el que quedaba casi frente a la costera.
Compró una cajetilla de cigarrillos, un encendedor barato y un refresco helado.
Pagó, salió y volvió a cruzar hacia la playa.
La brisa nocturna era fresca.
Las olas repetían el mismo golpe lento, profundo, como si llamaran a alguien desde el fondo del mar.
Rodrigo comenzó a caminar en silencio, hundiendo los pies en la arena mojada.
Necesitaba pensar.
Tenía demasiadas cosas pendientes:
— La empresa de logística.
— Las inversiones que Annie había multiplicado.
— El trabajo de Adolfo en los altos del norte.
— Las tensiones entre familias.
— Y, por encima de todo, el peso de los secretos que llevaba encima.
Mientras caminaba, notó algo extraño: mucha gente reunida más adelante, pero no parecían turistas.
Había movimientos bruscos.
Voces tensas.
Sombras aceleradas.
Rodrigo frunció el ceño, observando con atención sin detenerse.
Siguió caminando cuando de pronto…
Una joven del Medio Oriente, hermosa, de piel tersa y ojos miel, corrió directo hacia él.
Rodrigo apenas tuvo tiempo de reaccionar.
La chica intentó cambiar de dirección para evitar chocar con él, pero fue demasiado tarde: se detuvo abruptamente al verlo de frente, respirando agitada.
—Sorry!
—dijo ella en inglés, con un acento refinadísimo.
—Don’t worry.
It’s fine.
—respondió Rodrigo.
La joven quiso seguir corriendo, pero entonces cuatro guardias vestidos de negro, con radios y auriculares, llegaron como una ola violenta.
No traían distintivos, pero su postura lo decía todo: gente entrenada.
Gente peligrosa.
Uno de ellos agarró a la joven del brazo.
Otro intentó rodearla.
Rodrigo pensó lo obvio en México:
“La quieren robar.
La quieren secuestrar.”
Se movió sin dudar.
Cuando el primer guardia intentó empujar a la joven hacia atrás, Rodrigo lo interceptó con una patada directa al pecho que lo mandó al suelo como si fuera una bolsa vacía.
El segundo y el tercero se lanzaron encima de él.
Rodrigo reaccionó con la precisión que había aprendido estas últimas semanas entrenando con Sily:
— Dio un giro, bajó su centro de gravedad.
— Agarró el brazo de uno.
— Lo proyectó hacia la arena.
— Con el envión aprovechó para golpear al tercero con el puño cerrado justo en el pómulo.
El golpe lo hizo volar casi dos metros.
La joven quedó impactada, con la boca abierta.
Nunca, en su vida, un extraño la había defendido así.
El cuarto guardia retrocedió.
Rodrigo avanzó un paso.
—¿Qué pasa?
¿Le querían robar?
—preguntó Rodrigo en inglés, respirando fuerte.
La joven dudó.
Miró a los hombres en el suelo y luego a él.
—They wanted to take me… —dijo finalmente—.
They want to kidnap me… I’m not from here.
Can you help me?
(Querían llevarme… quieren secuestrarme… no soy de aquí.
¿Me puede ayudar?)
Rodrigo pensó en llamar a la policía, pero la joven negó rápido con la cabeza, asustada.
—No police!
Please!
They are… dangerous.
Rodrigo suspiró.
Era demasiado tarde para pensar.
La tomó del brazo suavemente y la llevó hacia el hotel.
Ella lo siguió sin resistencia.
En la habitación del hotel…
Rodrigo cerró la puerta, cuidando no despertar a Annie en la suite contigua.
La joven miraba todo con fascinación: el lujo, la vista, el silencio del cuarto.
Estaba nerviosa, pero no parecía tonta; tenía una postura elegante, un caminar delicado.
Sin duda, era alguien importante.
Rodrigo le ofreció agua.
Ella la tomó con ambas manos.
—What’s your name?
Where are you from?
—preguntó Rodrigo.
(¿Cómo se llama?
¿De dónde es?)
La joven sonrió ligeramente, como si tratara de tranquilizarlo.
—My name is Aisha.
Nice to meet you.
(Me llamo Aisha.
Un placer.)
Rodrigo notó su acento perfecto.
Su forma de hablar era refinada, casi aristocrática.
No era una turista cualquiera.
Su belleza era evidente, pero era su porte… ese aire de nobleza… lo que más destacaba.
—¿Quién quería secuestrarla?
¿Por qué no quiso que llamara a la policía?
—preguntó Rodrigo, ahora en inglés fluido gracias a los recuerdos y conocimientos que había absorbido del cristal de las almas.
La joven bajó la mirada como una niña que esconde un secreto enorme.
—They are bad people… They wanted to take me back.
I was just having fun… I escaped.
I wanted to run.
I wanted to feel free.
(Son malos… querían llevarme de regreso.
Solo me estaba divirtiendo… escapé.
Quería correr.
Quería sentirme libre.)
Rodrigo no sabía si reír o llorar.
¿Familia rica?
¿Hija de multimillonarios?
¿O solamente una niña rebelde?
La miró de arriba abajo.
Su ropa fina no dejaba dudas.
Una mujer así no andaba sola de noche corriendo en una playa mexicana.
Y esos guardias… no parecían simples escoltas.
Rodrigo pensó:
“Definitivamente es de una familia pesada… pero parece loca.”
Aisha lo miró con ternura, como si confiara plenamente en él solo porque la defendió.
Mientras tanto en Nueva York…
A miles de kilómetros, en una residencia privada de estilo clásico europeo, la familia Rothschild recibió un mensaje urgente en uno de sus canales internos:
“AISHA ESCAPED FROM THE RESIDENCE IN LOS ANGELES.
TRACKER LOST.
SUSPECTED LOCATION: MANZANILLO, MEXICO.
UNKNOWN INDIVIDUAL HAS TAKEN HER.”
La alarma fue inmediata.
Uno de los miembros más disciplinados y respetados de la familia, Charles Rothschild, fue convocado de inmediato.
Charles, un hombre de mediana edad, traje perfecto, barba recortada y una mirada fría de ingeniero y estratega, no preguntó.
Solo asintió.
Se especializaba en proyectos tecnológicos internos, inteligencia, vigilancia, ciberseguridad y recuperación de activos humanos y financieros.
Era conocido por tomar iniciativas por su cuenta dentro de la familia para ganar influencia, como era costumbre en las grandes dinastías donde cada miembro busca destacar para atraer la atención del patriarca.
La orden para él fue simple:
“Recuperar a Aisha.
Evaluar amenazas.
Controlar daños.
Actuar sin ruido.”
Charles tomó su abrigo, su maletín negro y salió rumbo al aeropuerto privado.
La operación había comenzado.
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