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El legado de los cielos - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 LA HERENCIA DEL OLVIDADO
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8: LA HERENCIA DEL OLVIDADO 8: LA HERENCIA DEL OLVIDADO CAPÍTULO 8 — LA HERENCIA DEL OLVIDADO
El frío del cuarto de castigo era tan profundo que no parecía provenir de una temperatura real, sino de algún lugar interno, como si la misma oscuridad respirara sobre la piel de Rodrigo.

llevaba ya varias horas allí, no estaba seguro de cuántas.

Podían haber sido minutos o días enteros.

Dentro del cuarto de castigo el tiempo no tenía forma; se disolvía, se deformaba, perdía sentido.

Solo existía la humedad, el hedor y ese silencio pegajoso que se adhería como una segunda piel.

El cuarto era un espacio reducido, apenas dos metros por lado.

Las paredes eran de concreto desnudo, cubiertas de manchas negras, marcas de humedad, salitre y algo más… algo que olía a viejo, a podrido, como si aquello estuviera vivo.

El piso era un lodazal frío y viscoso donde se mezclaban restos de agua estancada, tierra, óxido y probablemente orina.

Cada paso, cada movimiento, producía un sonido pegajoso.

Rodrigo ya no sentía las piernas.

El frío había traspasado la ropa, traspasado la piel, traspasado incluso los huesos.

Lo único que lo mantenía despierto era el dolor latente y punzante en sus costillas, resultado de los pocos golpes que recibió antes de que los guardias intervinieran.

Y la incertidumbre: la incertidumbre de no saber cuánto tiempo estaría ahí.

Lo extraño era que… no estaba solo.

Al principio no lo había notado.

El cuarto era tan oscuro que parecía que las sombras tenían capas.

Pero cuando sus ojos se adaptaron, pudo distinguir una silueta sentada en una esquina.

Una figura delgada, encorvada, inmóvil, como una estatua abandonada.

Rodrigo se tensó, tratando de enfocar mejor.

La figura respiró.

—No temas, muchacho —dijo una voz áspera, cansada, pero sorprendentemente tranquila—.

Si hubiera querido dañarte, lo habría hecho cuando entraste.

Y ni te diste cuenta.

Rodrigo tragó saliva.

Su voz salió rota:
—¿Quién… quién es usted?

La silueta tardó unos segundos en responder.

Luego movió apenas el rostro, lo suficiente para que un rayo muy tenue de luz filtrado por la puerta permitiera ver una nariz aguileña, unas mejillas hundidas, y ojos… ojos que parecían no haber dormido en años, pero que brillaban con una lucidez inquietante.

—Solo soy un prisionero —respondió el anciano—.

Igual que tú.

Rodrigo pensó que eso no respondía nada, pero tampoco sabía si quería saber más.

El hombre vestía el uniforme de los reclusos, pero estaba tan desgastado que el color original era irreconocible.

El pantalón parecía más harapos que tela, y la camisa estaba parchada con retazos de lo que fuese que hubiera encontrado.

Su cabello era largo, grisáceo, y caía desordenado sobre sus hombros.

La barba, espesa y desalineada, cubría casi todo el rostro salvo los ojos: dos puntos de luz en la oscuridad.

—No lo vi cuando entré —dijo Rodrigo, aún tenso—.

Pensé que estaba solo.

El anciano soltó una risa suave, casi un susurro.

—Eso dicen muchos.

Aquí la oscuridad se vuelve parte de uno.

Solo después de un tiempo se dan cuenta de que no están solos… o de que no quieren estarlo.

Hubo un breve silencio.

Rodrigo abrazó sus rodillas para calentarse, aunque de poco servía.

El anciano lo observó durante un largo rato, como si analizara algo de él.

—Tiemblas —comentó—.

No solo de frío.

Rodrigo apretó los dientes.

Quiso responder de forma dura, pero no tenía fuerzas.

—No estoy… —empezó, pero el anciano levantó una mano.

—No tienes que fingir.

En este lugar nadie es más fuerte por aparentarlo.

La forma en que habló no sonó a burla, sino a certeza.

Eso desconcertó más a Rodrigo que cualquier otra cosa.

Entonces, sin previo aviso, el anciano extendió la mano hacia él.

Rodrigo retrocedió instintivamente.

Pero el hombre no mostró agresión.

En su palma había algo.

Un anillo.

Un anillo tan extraño que la oscuridad parecía rehuir su superficie.

Era un anillo que combinaba jade de un verde profundo, casi vivo, con una estructura de oro antiguo alrededor.

La forma era la de un dragón enroscado, aunque no un dragón mítico, sino más bien un símbolo tradicional, como los que se veían en historias orientales o en películas.

Sin embargo, lo que realmente llamaba la atención era el brillo tenue del jade, un brillo que parecía propio, como si emanara desde el interior.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Un anillo espacial —respondió el anciano, como si fuera lo más normal del mundo.

Rodrigo parpadeó.

Era absurdo.

Ridículo.

Cosas así solo existían en películas, series o novelas de fantasía.

Un anillo donde uno podía guardar objetos infinitos.

Una especie de bolsillo dimensional.

No tenía sentido.

—Eso no existe —dijo casi riendo, incrédulo—.

Es imposible.

El anciano ladeó la cabeza con serenidad.

—Lo imposible depende de lo que uno conoce.

Y tú conoces muy poco del mundo real, muchacho.

Rodrigo apretó los labios.

—¿Y pretende que crea que ese anillo… puede guardar cosas?

El anciano no respondió de inmediato.

En su lugar, tomó una pequeña piedra del suelo, un pedazo de concreto desprendido de la pared.

Elevó el anillo frente a él, lo acercó a la piedra… y la piedra desapareció.

Simple.

Instantáneo.

Sin luz.

Sin humo.

Sin sonidos extraños.

Solo dejó de existir.

Rodrigo abrió los ojos como si hubieran sido arrancados de un sueño.

—¿Cómo…?

—balbuceó.

El anciano movió el dedo dentro del anillo, como si buscara algo, y segundos después la piedra apareció de nuevo, cayendo sobre su mano.

—Así —respondió.

Rodrigo no pudo decir nada.

Una parte de su mente, la racional, gritaba que era un truco.

Que debía haber una explicación lógica.

Que era imposible.

Pero sus ojos… sus ojos habían visto algo que no podían negar.

—Guárdalo —dijo el anciano, extendiendo el anillo de nuevo—.

Y escóndelo bien.

Si los guardias lo ven, te lo quitarán.

Y no tienes idea del valor de lo que estarías perdiendo.

Rodrigo dudó.

—¿Por qué me lo da a mí?

El anciano sonrió por primera vez.

Fue una sonrisa triste, cansada.

—Porque ya no lo necesito.

Rodrigo sintió un escalofrío que no provenía del frío del cuarto.

—¿Cómo que no lo necesita?

El hombre no respondió.

En cambio, se acercó lentamente hasta quedar frente a él.

Rodrigo podía ver ahora las arrugas profundas del anciano, como si cada una fuera un año vivido, un año sufrido.

También podía ver la marca del número de prisionero en su muñeca: el tatuaje estaba casi borrado, como si llevara décadas allí.

—Rodrigo… —dijo el anciano, pronunciando su nombre con una certeza que heló aún más el ambiente—.

Lo que estás viviendo no es casualidad.

El destino no te trajo aquí para destruirte… sino para forjarte.

Rodrigo tragó saliva.

—¿Cómo sabe mi nombre?

El anciano soltó un leve suspiro.

—Escucho más de lo que debería —dijo simplemente—.

Aquí los hombres hablan.

Gritan.

Maldicen.

Piden.

Lloran.

Y en medio de todo, los nombres flotan.

Tú no eres distinto.

Aunque Rodrigo sabía que era posible, algo en su tono sugería que no era solo eso.

Pero no tuvo tiempo de profundizar: el anciano lo tomó del hombro.

Un agarre débil… pero firme.

—Voy a transmitirte algo —advirtió el anciano—.

Algo que he llevado demasiado tiempo.

No es un poder mágico ni un don divino.

Es conocimiento.

Es memoria.

Es técnica.

Es… una herencia.

Rodrigo se tensó.

—¿Qué quiere decir con… herencia?

El anciano no respondió con palabras.

En lugar de eso, comenzó a mover las manos.

Movimientos lentos al principio, como quien dibuja sombras en el aire.

Luego más rápidos, más precisos.

Sus dedos parecían formar figuras, sellos, símbolos invisibles que dejaban estelas fugaces.

Era como ver a alguien escribir en un idioma desconocido, un idioma hecho de gestos y energía.

El aire se volvió pesado.

Rodrigo sintió vibraciones leves, casi imperceptibles, como un zumbido que nacía desde las paredes mismas.

El anciano murmuraba algo.

No eran palabras.

No era un idioma.

Era un sonido profundo, gutural, como un canto que recordaba a rituales olvidados.

Y entonces…
Un destello.

No un destello normal.

Era una luz interna, como si todo dentro del cuarto se encendiera al mismo tiempo.

Rodrigo sintió que su cuerpo se congelaba y se quemaba a la vez.

Que su mente se expandía y se comprimía.

Que el cuarto desaparecía por un instante.

Su visión se volvió blanca.

Luego negra.

Luego… nada.

Perdió la conciencia sin siquiera poder advertirlo.

Antes de caer completamente, escuchó la voz del anciano, tenue, como si viniera desde un sueño o desde muy lejos.

—Es tu turno ahora, muchacho… No olvides que la libertad empieza aquí adentro… no allá afuera…
Y lo último que alcanzó a pensar, antes de sumergirse en la oscuridad, fue una sola pregunta:
¿Quién demonios era ese anciano… y cuánto tiempo llevaba encerrado ahí?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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