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El legado de los cielos - Capítulo 82

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  4. Capítulo 82 - 82 LA RESIDENCIA EN LA AUDIENCIA
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82: LA RESIDENCIA EN LA AUDIENCIA 82: LA RESIDENCIA EN LA AUDIENCIA Capítulo 82 — La Residencia en La Audiencia..

Rodrigo llegó al barco y éste zarpó de regreso al muelle de Manzanillo.

El océano se abría tranquilo bajo el sol y, durante el trayecto, recordó las palabras de Sherapine… y recordó también que en la sierra, Sily le había entregado un litro completo de agua espiritual.

Aún no la había utilizado.

Solo él y Sily sabían que existía.

Ese litro era suficiente —según lo que había aprendido— para que María Fernanda Salgado y Annie pudieran entrar en el camino de la cultivación.

Pero también sabía, por lo que Sherapine explicó, que sería un proceso doloroso y que necesitaría hierbas para acompañar el baño espiritual.

La pregunta que lo rondaba era clara:
¿Sería correcto hacerlas entrar al camino?

No serían cultivadoras excepcionales como Sily o Sherapine, pero sí cultivadoras verdaderas, capaces de protegerse de enemigos en la Tierra.

Y si existían más cultivadores ocultos —como la familia Salgado o sobrevivientes de la guerra ancestral de dioses y demonios que ambas habían mencionado— entonces la defensa era prioridad.

La embarcación atracó.

En el muelle de Manzanillo, Liza García esperaba acompañada de Karen y Sandra.

Apenas Rodrigo bajó, Karen se lanzó a sus brazos.

—¿Cómo estás?

—dijo ella.

—Bien, estuve practicando.

También estuve viendo algunos detalles.

—Miró a Sandra y a Karen, calculando el momento—.

Más tarde, cuando termine de resolver unos asuntos, ustedes dos se irán conmigo.

Ya es hora de que… —se acercó a ambas, bajó la voz— …entren en el camino de la cultivación.

Las dos se quedaron con los ojos abiertos, sorprendidas y emocionadas.

Karen estaba en el reino de la condensación del qi; estaba a un paso del siguiente umbral.

Sandra, con la ayuda de Sily, había alcanzado el reino del dantian; también estaba cerca, aunque un poco detrás de Karen.

Era una oportunidad real.

Rodrigo sintió que era la decisión correcta.

No serían cultivadoras ordinarias debido a sus avances previos; serían guardianas fuertes.

Y con la empresa de seguridad que pronto fundaría, tener a dos cultivadoras reales sería una base que impondría respeto.

Subieron a la camioneta que Annie había comprado para Rodrigo: una Ford Explorer negra, modelo de último año, pintura brillante, interiores elegantes, panel táctil amplio, suspensión cómoda para carretera y un motor silencioso pero firme.

Durante ese tiempo también habían adquirido una casa en La Audiencia, una de las zonas más exclusivas y visitadas de la península de Manzanillo.

No era común encontrar casas allí: predominaban hoteles de lujo y búngalos privados.

Las casas que existían eran pocas y pertenecían a algunas de las personas más ricas del país —y en ciertos casos, del mundo.

La Audiencia no era una calle: era un trozo de litoral donde el mar y el gusto rico se encuentran.

En la península de Manzanillo esa zona se había consolidado como el enclave de las residencias más caras y los hoteles más exclusivos.

Desde la ventanilla se veía la línea de bungalows que protegían la arena, las terrazas con toldos blancos que se abrían como abanicos, restaurantes que colgaban sobre el agua con terrazas de cristal y cocinas que invitaban a las mejores materias primas del Pacífico.

El Barceló, a poca distancia —un gigante de muros de piedra y ventanales que miran al horizonte—, brillaba con luces cálidas; a lo lejos, la zona identificada en los mapas locales como “las hadas” aparecía como una línea de palmeras y villas discretas.

Todo allí estaba pensado para dar sensación de exclusividad: accesos controlados, jardinería salvaje domesticada, senderos empedrados y faroles que se encienden con el ocaso para hacer que la noche parezca más amable.

La casa que Annie consiguió para Rodrigo estaba en una esquina alta de La Audiencia, dominando una curva de la costa.

Desde la entrada, el portón automático de hierro forjado se abría a un camino revestido de adoquines; el diseño paisajístico combinaba ficus centenarios con macizos de agaves y palmeras datileras que se mecían al viento.

Un muelle privado quedaba abajo, casi al alcance del oído —un muelle que emergía del agua como pierna de madera barnizada— y donde ya podía imaginarse la lancha rápida que usaría para salir a la isla o regresar en la noche.

La fachada de la casa hablaba de sobriedad: muros de Estuco color arena, revoques en tonos cálidos, madera oscura en contraventanas y persianas, piedra volcánica en los zócalos.

Entrar por la puerta principal era hacerlo a un vestíbulo amplio, con doble altura, un tapiz de textura gruesa en un muro y una lámpara de araña moderna suspendida sobre un pozo de luz.

Los pisos eran de mármol crema con vetas delgadas, calefacción por losa oculta y alfombras orientales estratégicamente colocadas.

Un corredor lateral llevaba a la zona de servicio, cocina y bodega; la cocina, por su parte, era una declaración de intenciones: isla central de silestone, electrodomésticos empotrados de acero inoxidable de la serie profesional, cámaras frigoríficas con control de humedad para conservar todo tipo de ingredientes —desde pescados frescos hasta hierbas raras—, una despensa con estanterías metálicas y espacios para conservas y frascos.

Junto a la cocina, un office pequeño con vista al muelle permitía revisar embarques, listas y boletos de envío.

El salón principal se abría al mar: grandes ventanales del suelo al techo con carpintería que desaparecía en los laterales, dejando la sensación de que la sala se extendía hasta la playa.

Sofás de lino en tonos crudos arropaban una mesa de madera de gran veta; cojines en azul profundo y gris humo jugaban con la paleta marina, y cuadros minimalistas con trazos en tinta negra daban un aire de galerista sobrio.

En una esquina, una chimenea de bioetanol con fachada de piedra volcánica aportaba calidez en noches frescas.

Todo el mobiliario era de diseñador: mesas de centro en chapa de nogal, lámparas de pie con bases de latón cepillado, una selección de libros sobre navegación, artes marciales y herbología dispuestos con orden intencional.

Las habitaciones: la suite principal en el tercer piso ocupaba la parte más alta de la edificación, con paredes en tonos arena y un ventanal panorámico.

Cama king con cabecero de piel, ropa de cama de algodón egipcio, sistema de climatización independiente y un baño en suite con bañera freestanding de piedra, ducha efecto lluvia y doble lavabo en mármol.

El clóset parecía un pequeño showroom: estanterías de vidrio, luces cálidas y un sistema oculto de caja fuerte para documentos y objetos de valor.

Desde la terraza privada de esa suite se veía el muelle, el mar y parte del Barceló: cualquier amanecer allí prometía una pintura distinta.

El jardín, que coronaba la casa en la parte baja, estaba diseñado para ser vivible: césped verde y compacto, caminos de madera, pequeños islotes con plantas aromáticas (romero, lavanda, tomillo) que Annie quería convertir pronto en un vivero para sus hierbas; una piscina infinita bordeada de piedra oscura parecía fundirse con el océano cuando el sol caía, y junto a ella una cocina exterior con grill profesional y horno de leña, perfecta para reuniones íntimas con mariscos a la brasa y vinos refinados.

Rodrigo observó su nueva casa y quedó satisfecho.

Era amplia, elegante y lujosa, digna de estar en La Audiencia, una zona turística y exclusiva de nivel nacional.

Aunque las playas más famosas del paia variaban, la península de Manzanillo siempre figuraba entre las más hermosas y visitadas del país.

Subió a la parte alta de la casa: desde ahí la vista era completa.

El mar se extendía como un espejo líquido, se veía parte de la estructura del Barceló hacia un costado, y hacia el otro, la zona que colindaba con Las Hadas.

La residencia tenía un potencial increíble.

Rodrigo sacó su teléfono.

—Charles, ven a la casa.

Charles llegó unos minutos después.

—Bienvenido, amigo.

¿Qué tal, te gusta la casa?

Moví algunos contactos para conseguirla.

—Sí me gusta —respondió Rodrigo—.

Pero quiero comprar una en Club Santiago.

Aunque en este momento estoy corto de dinero… y con estos gastos de esta casa, seguro Annie me dejó en la ruina.

Charles sonrió con calma.

—No fue cara.

Solo costó 80 millones.

Rodrigo bebió y casi se atragantó.

Antes de procesarlo por completo, escuchó la segunda frase.

—80 millones de dólares.

Rodrigo tosió varias veces, sorprendido.

Hizo cuentas mentalmente.

—Ochenta millones de dólares… eso en pesos es aproximadamente: 1400 millones de pesos
Charles continuó:
—No te preocupes, yo puse algo de dinero.

Tengo una casa en Club Santiago, ¿quieres verla?

Rodrigo se levantó de inmediato.

—Vamos, vamos, ¿qué esperas?

Además tengo buenas noticias; allá te las doy.

Subieron a la Ford Explorer.

La conducción de Rodrigo era impecable gracias a la derivación del alma y la experiencia obtenida del cristal de las almas.

Sus reflejos eran tan veloces que podía reaccionar casi a la velocidad de una bala.

Y aunque en Manzanillo había tráfico, no se comparaba al caos de la Ciudad de México: aquí se respetaban señalamientos, semáforos, puentes peatonales y las avenidas estaban diseñadas para separar flujos rápidos y transporte público.

Llegaron a Club Santiago en cuestión de minutos.

Club Santiago era otra realidad:
zona residencial cerrada, vigilada, exclusiva y con solo una entrada controlada por una caseta custodiada por guardias capacitados.

Para entrar, era imprescindible ser residente o invitado directo.

La playa era privada, de uso exclusivo para los habitantes del fraccionamiento; los turistas comunes no podían acceder.

Las casas tenían un valor altísimo y muchas contaban con muelles privados y jardines amplios.

En la entrada pidieron la credencial.

Charles mostró su tarjeta.

Solo entonces pudieron avanzar.

Rodrigo condujo lentamente por las calles internas, limpias, silenciosas, con palmeras y jardines cuidados.

Finalmente llegaron a una residencia frente al mar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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