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El legado de los cielos - Capítulo 83

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  4. Capítulo 83 - 83 LA CASA DEL MAR
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83: LA CASA DEL MAR 83: LA CASA DEL MAR Capítulo 83 — La Casa del Mar
La residencia era una casa de tres pisos construida con un diseño contemporáneo elegante y costoso.

Desde la entrada se notaba que no era solo una casa: era una declaración de riqueza.

Los muros exteriores estaban recubiertos con paneles claros de piedra pulida y hormigón blanco mate; líneas rectas, ángulos limpios y ventanales gigantes que iban del suelo al techo creaban la sensación de que toda la casa flotaba sobre la luz del atardecer.

Al cruzar al patio principal, el lujo se revelaba sin reservas.

El césped era un verde perfecto, cortado milimétricamente, como si cada hoja hubiese sido revisada a mano.

Tres palmeras reales se elevaban hacia el cielo, rectas y esbeltas, con troncos suaves y anillos casi simétricos.

Las plantas exóticas rodeaban el jardín:
costus barbatus rojos intensos, strelitzias gigantes, helechos australianos, orquídeas blancas colgantes y agaves azules ornamentales acomodados en macetas de piedra volcánica pulida.

Cada planta estaba colocada con la intención de crear una vista tropical lujosa sin perder el orden arquitectónico.

La piscina era amplia, larga, de diseño infinito: el borde se derramaba hacia el horizonte como si el agua cayera directamente al mar.

El fondo tenía mosaicos azules y plateados que brillaban de día y resplandecían con luz led por la noche.

A un costado, un jacuzzi circular elevado unos veinte centímetros tenía un borde de cuarzo blanco y chorros que formaban un remolino en silencio, sin romper la paz del lugar.

La terraza era grande y estaba montada con sofás modulares tapizados en tela impermeable gris perla, de textura fina, con cojines suaves de tonos blancos y azul profundo.

Las bases de los sofás eran de aluminio cromado, y las mesas laterales estaban hechas de cristal templado y acero cepillado.

El comedor exterior tenía una mesa rectangular de mármol blanco veteado con capacidad para diez personas, rodeada de sillas ergonómicas de madera de teca y tela beige.

La cocina exterior incluía parrilla premium, refrigeradores ocultos, barras de piedra negra con acabado espejo y repisas iluminadas.

Un muelle privado se extendía directamente hacia el mar, con madera tratada de color nogal oscuro y luces led azules instaladas a ras del suelo.

A lo lejos, el agua golpeaba suavemente los pilares como si estuviera saludando.

En la zona despejada del jardín, apenas unos metros adelante, el pasto formaba un círculo perfecto reforzado en el subsuelo:
ahí podía aterrizar un helicóptero sin ninguna dificultad.

Rodrigo observó toda la casa con calma.

Desde el tercer piso, la pared principal era completamente de cristal reforzado.

La vista al mar era absoluta—sin marcos, sin interrupciones—y un balcón de media pared de vidrio permitía sentir el océano como si estuviera al alcance de la mano.

Sonrió y descendió hasta el jardín, tomando asiento en una silla de metal plateado frente a la alberca.

Sacó su teléfono y escribió con total normalidad:
X, en mi ubicación.

Mándame tres hermosas universitarias y dos damas de compañía.

Asegúrense de que estén limpias de enfermedades.

Y las universitarias solo si quieren venir por su propia cuenta.

Luego miró a Charles y dijo:
—Siéntate.

Me gusta tu casa.

¿Qué tal si me la regalas?

Charles tragó saliva.

En su mente solo pudo pensar:
Me quiere sacar hasta la última gota… y todavía no cura mi enfermedad.

Respondió en voz alta:
—Claro.

Si te gusta… te la puedo regalar.

Rodrigo sonrió, como si pudiera ver a través de él.

—No te preocupes, no será gratis.

Además, en unos minutos vas a querer darme no solo esta casa.

Hablemos de cosas serias.

Charles sirvió whisky para ambos y comentó:
—Vamos, bebé… este whisky es fuerte.

Dime, ¿qué planes traes hoy?

Rodrigo contestó sin mucho interés:
—Primero avisa a seguridad que vienen visitantes.

Déjenlos pasar y que los envíen aquí.

Charles asintió y mandó un mensaje a la entrada privada: nadie podía entrar sin autorización expresa.

Rodrigo cambió de tema:
—¿Cómo está la princesa?

¿Ya se fue del país?

¿Y tu familia qué dice?

Llevas mucho tiempo acá.

—La princesa regresó a New York hace cuatro días —respondió Charles—.

De ahí volvió a su país.

No es la primera vez que sale sin permiso, pero siempre lleva gente que la cuida.

Nosotros tomamos muy en serio su estancia en New York.

Tenemos negocios importantes en Arabia Saudita, y el petróleo en el Medio Oriente deja mucho dinero.

Es mejor no tener problemas con sus gobiernos.

Ya sabes… —hizo la seña del dinero entre sus dedos.

Rodrigo asintió, relajado.

—Siempre que se puedan evitar conflictos es mejor.

Además, a partir de ahora te aseguro algo: si me presentas a la realeza del Medio Oriente, saudí o de cualquier país de Asia… se van a inclinar ante mí.

Lo que tengo hoy no puede dárselos nadie.

Pero no quiero que sepan de mí.

Maneja todo a través de tu familia y la familia Al Suad.

La princesa me cayó bien… puedo usarla a mi favor.

Y el negocio del petróleo… —rió haciendo la misma seña— también me gusta.

Pasó el tiempo entre whisky, negocios y planes.

Charles reveló todos los movimientos que había hecho para ayudar a Adolfo en Estados Unidos.

Adolfo ya tenía casi todo el equipo completo, incluso más del que imaginó: no solo de Estados Unidos, sino de diferentes países.

El movimiento había sido enorme gracias a Charles, quien además había reunido una colección de hierbas medicinales raras de distintas regiones del mundo—todas útiles para crear más píldoras para curar el Klinefelter.

En ese momento, Rodrigo recibió un mensaje: X y Cero habían llegado con su pedido.

Rodrigo miró a Charles y dijo:
—Charles, tu enfermedad ya sabes que se llama Klinefelter…
—Te explico.

Es una condición genética: los hombres que la tienen nacen con un cromosoma X extra.

Eso provoca infertilidad y desequilibrio hormonal.

Los doctores generalmente dicen que es algo de nacimiento y que no tiene cura real.

No sé si exista medicina en el mundo que pueda revertirlo… no soy doctor.

Pero —Rodrigo sonrió— tengo una píldora hecha con mis manos.

Pensó para sí mismo:
Lo siento, Sherapine.

Me llevaré tu crédito.

Continuó:
—Esta píldora te curará la infertilidad.

No solo eso: tendrás más vigor… mucho más que en tu mejor época.

Dime, ¿cuánto crees que vale esta píldora?

Charles abrió mucho los ojos.

—¿Hablas en serio?

Si realmente puedes curarme… no solo dinero.

Haré cualquier cosa que me pidas.

Con eso tendría derecho a pelear por ser el heredero de mi familia.

Rodrigo se levantó, sacó una píldora amarillenta y la colocó frente a él.

—Tómala y lo comprobarás.

Además, invité a alguien que te ayudará a verificar los resultados.

Justo entonces entraron dos mujeres hermosas: una asiática y una suiza —X y Cero.

Detrás venían tres universitarias de unos 18 años y dos damas de compañía elegantes y perfectas.

Rodrigo las presentó:
—Ellas son mis manos derechas.

Eres el primero y único en conocerlas.

Están en las sombras… son mis hackers.

Todo lo que quiero saber, lo consigo con ellas.

Ve con estas dos —señaló a las damas de compañía—.

Prueba el efecto.

Y cuando termines, espero las llaves de mi casa.

—Rió con fuerza.

Charles, emocionado, se llevó a las dos mujeres.

Antes su vigor era débil… ahora podría probarlo con ambas al mismo tiempo.

Rodrigo se quedó con X, Cero y las universitarias.

Sirvió whisky y lo compartió.

X y Cero le entregaron dos celulares y una computadora con programas especializados en piratería informática.

Desde ahí podía vigilar a Laura García y a Mei Zhang.

Mientras bebía, escuchó el informe, con una universitaria en sus piernas y las otras dos a cada lado.

La tarde avanzó.

X, Cero y las universitarias se quedaron con él.

Charles no volvió a salir de la habitación: Rodrigo sabía que mañana esa casa sería suya.

Esa noche, Rodrigo bebió más de lo habitual.

Terminó dirigiéndose a una habitación, pero no se fue solo.

No sabía si fue coincidencia o intención, pero tanto X como Cero terminaron siguiéndolo hasta el mismo cuarto.

Antes de entrar, X—la belleza china, elegante y sensual—lo tomó del cuello y lo besó.

Rodrigo respondió, la cargó suavemente y la llevó a la cama.

La pasión los envolvió con intensidad contenida.

Minutos después, Cero—la belleza suiza, de rasgos finos y mirada penetrante—entró también.

Compartió con él la misma cercanía, el mismo calor, la misma tensión nocturna.

Los tres se quedaron juntos, abrazados entre caricias, besos profundos y respiraciones entrelazadas bajo las sábanas.

Una noche larga.

Una noche peligrosa.

Una noche inolvidable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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