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El legado de los cielos - Capítulo 88

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  4. Capítulo 88 - 88 PASIÓN AZTECA
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88: PASIÓN AZTECA 88: PASIÓN AZTECA Capítulo 88.

Pasión Azteca.

Rodrigo miró a Mei Zhang con atención, sin prisa, como si el tiempo alrededor de ellos se hubiese ralentizado.

Era una mujer joven, hermosa, apenas dos años mayor que él, aunque su apariencia engañaba con facilidad.

Rodrigo tenía dieciocho años; Mei, veinte.

Sin embargo, la delicadeza de su piel, cuidada con esmero desde la infancia, propia de una mujer criada entre abundancia, disciplina y tradición, hacía que pareciera incluso menor.

Su rostro era suave, sin imperfecciones visibles, con ese tono claro característico de las familias acomodadas de China, donde el cuidado personal era casi una extensión del estatus social.

A los ojos de Rodrigo, Mei parecía una joven de diecisiete años o menos, no por inmadurez, sino por esa elegancia contenida que no necesitaba exagerarse para ser evidente.

Rodrigo rompió el silencio con una voz tranquila.

—Así es la vida de las generaciones ricas —dijo—.

Alianzas matrimoniales dictadas por intereses.

No podré estar en su boda… así que vine a darle su regalo.

Pero me pregunto si la señorita Zhang se atreverá a recibirlo.

No estaba claro si había sido el vino tinto que habían compartido durante la comida o la calma que se había ido formando entre ambos, pero Mei Zhang parecía más relajada que al inicio.

Sus hombros ya no estaban tan tensos, y su mirada, aunque aún reservada, no evitaba la de Rodrigo.

—¿Qué regalo me vas a dar?

—preguntó—.

No te veo traer nada en tus manos.

Rodrigo tomó otro sorbo de la copa de vino, dejando que el líquido recorriera su garganta antes de responder.

—Mi regalo no está aquí —dijo con una leve sonrisa—.

Ven.

Te llevaré a donde está.

¿Se atreve la señorita Zhang?

Mei Zhang bebió el resto del vino de su copa de una sola vez, algo que no solía hacer.

Luego, con un gesto delicado, limpió sus labios con la servilleta, siguiendo ese estilo oriental refinado, donde incluso los movimientos más simples parecían ensayados.

Se levantó con cuidado, tomó su bolso y asintió suavemente.

—Mmmhp.

Rodrigo observó sus muslos al ponerse de pie.

Tragó saliva, aunque no dejó que nada se reflejara en su rostro.

Mei no mostraba demasiado, pero una belleza como la suya no necesitaba hacerlo.

Era distinta.

X tenía un encanto diferente: más juvenil, travieso, casi irreal, como esas chicas de apariencia loli que aparecían en las series chinas, con curvas pronunciadas y una personalidad juguetona.

Mei Zhang, en cambio, era otra cosa.

Una belleza delicada y reservada, donde cada movimiento estaba medido, cada gesto cuidado, cada paso pensado para mantener la etiqueta social que había aprendido desde niña.

Rodrigo señaló la salida y caminó primero.

Salieron del restaurante y llegaron al estacionamiento, donde la Explorer negra los esperaba.

Rodrigo abrió la puerta del copiloto y ayudó a Mei a subir con naturalidad, sin tocarla más de lo necesario.

Durante el trayecto, Mei elogió su forma de conducir.

Rodrigo no aceleró ni hizo maniobras bruscas; su manejo era suave, preciso, seguro.

En poco más de media hora llegaron al Club Santiago, una zona residencial privada, rodeada de vegetación y con vistas privilegiadas al océano.

Entraron a la residencia.

Mei observó la casa apenas cruzaron la puerta.

Sus ojos recorrieron el espacio con atención.

El diseño era elegante, moderno y a la vez integrado con el entorno.

Grandes ventanales dejaban entrar la luz natural, y los acabados hablaban de lujo sin ostentación excesiva.

—Esta casa… —dijo finalmente—.

¿Te la dieron tus padres?

¿O es mi regalo de bodas?

Rodrigo respondió con una sonrisa tranquila.

—¿Crees que mis padres me darían una casa así?

—dijo—.

Si me dieran algo, sería una choza a punto de caerse.

La miró directamente a los ojos.

Mei tragó saliva, sintiendo un ligero nerviosismo que no supo explicar.

—Su regalo de bodas está dentro —continuó Rodrigo—.

Vamos.

La guió hacia el segundo piso, hasta el comedor ubicado en la terraza.

Al salir, el paisaje se abrió ante ellos.

El mar se extendía infinito frente a la casa, y el sol comenzaba a descender lentamente hacia el horizonte.

Antes de sentarse, Rodrigo sacó una botella que había preparado con anticipación.

Mei la vio y se quedó inmóvil por un instante.

—Esto… esto es el famoso vino Ley .925 —dijo, sorprendida.

Rodrigo sonrió.

—No exactamente —corrigió—.

Este es el tequila Ley .925 Pasión Azteca.

La botella era una obra de arte.

El vidrio estaba trabajado con precisión, pesado al tacto, con detalles metálicos incrustados.

El diseño era elegante y exclusivo, pensado más como una pieza de colección que como una simple bebida.

La etiqueta indicaba una edición extremadamente limitada, elaborada con agave azul cuidadosamente seleccionado y envejecido durante años bajo condiciones controladas.

Era un tequila producido en México, reconocido no solo por su calidad, sino por su rareza y valor histórico.

Mei Zhang lo miró con incredulidad.

Había escuchado sobre él en China, específicamente en Hong Kong, donde una botella se había subastado por más de seis millones de dólares.

En aquella ocasión, varios empresarios ricos y poderosos se habían enfrentado en una guerra de ofertas que se volvió noticia.

Aunque en China se apreciaban más bebidas como el Moutai y otros licores locales, este tequila había captado la atención por su exclusividad.

—Entonces… ¿este es el regalo del que hablas?

—preguntó.

Rodrigo negó suavemente.

—El regalo es el atardecer desde la península de Santiago —dijo—.

Y la compañía para que se desahogue de todo lo material.

No creo que eso sea de su interés, ¿verdad?

Mientras hablaba, tomó la botella.

Al hacerlo, rozó la mano de Mei y la sostuvo brevemente, acariciándola con suavidad.

Mei se sobresaltó, pero no retiró la mano.

Bajó la cabeza, y con la otra mano sujetó su vestido con nerviosismo.

Rodrigo destapó la botella y sirvió dos copas de tequila.

Agregó hielo y un poco de limón.

—En México hay muchas formas de tomar tequila —explicó—.

Solo, con hielo, con limón, con sal… cada región tiene su costumbre.

Esta es una de las más agradables para apreciar el sabor sin que sea demasiado agresivo.

Mei tomó la copa y bebió un pequeño sorbo.

Cerró los ojos al sentir la intensidad.

Era mucho más fuerte que el vino tinto que había estado bebiendo.

Aunque en China estaba acostumbrada a bebidas fuertes, este tequila tenía un carácter distinto, profundo, casi ardiente.

Ahora entendía por qué aquellos empresarios de Hong Kong se habían vuelto locos por una botella.

El atardecer continuaba frente a ellos.

El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados.

Desde la terraza del segundo piso, el mar reflejaba la luz como un espejo en movimiento, y la brisa marina acariciaba suavemente el ambiente.

El día se apagaba poco a poco, mientras la noche comenzaba a reclamar su lugar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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