Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El legado de los cielos - Capítulo 9

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El legado de los cielos
  4. Capítulo 9 - 9 EL PAÍS HABLA DEL NOMBRE MORENO
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

9: EL PAÍS HABLA DEL NOMBRE MORENO 9: EL PAÍS HABLA DEL NOMBRE MORENO CAPÍTULO 9 — EL PAÍS HABLA DEL NOMBRE MORENO
La familia Moreno siempre había entendido el poder como una extensión natural de su apellido.

No lo buscaban: lo portaban.

Su historia estaba marcada por generaciones que habían manejado tierras, tratados comerciales, alianzas políticas y, más recientemente, influencia militar.

En Colima, Jalisco y Michoacán, el nombre “Moreno” equivalía a una estructura completa: empresas agrícolas, redes logísticas, transportes, seguridad privada y un puñado de relaciones en las secretarías más importantes del país.

Un apellido construido para dominar.

Por eso, cuando el escándalo de “Rodrigo Moreno” explotó a nivel nacional, no solo se fracturó un hogar: tembló una maquinaria que llevaba décadas sin fallar.

Primero fueron las redes.

Luego los noticieros.

Después los programas de radio matutinos.

La ola se extendió por todo México en cuestión de días, hasta convertirse en una tormenta imposible de contener.

“Hijo menor de un diputado federal involucrado en un caso de abuso contra menor”
“Escándalo sacude a familia agrícola de alto poder”
“¿Qué sabía Fabián Moreno?”
“¿Encubrimiento político?”
Colocaron el apellido Moreno en cada portada, en cada mesa de análisis, en cada tendencia nocturna.

Y todo empezó a arder.

MIENTRAS TANTO EN LA FAMILIA MORENO.

En la residencia de Salagua, el ambiente se había vuelto insoportable.

Nadie dormía bien.

Las luces de la sala y de la oficina de Fabián permanecían encendidas hasta el amanecer.

Gente entraba y salía: asesores, abogados, operadores políticos, mensajeros, periodistas rechazados y miembros de la seguridad que reforzaban los accesos.

El escándalo no era un simple problema: era una amenaza real.

Pero dentro de la casa, no había espacio para la compasión hacia Rodrigo.

No existía preocupación, ni angustia por él.

Ni una sombra de duda.

Para la familia, Rodrigo era el responsable.

Él había arruinado todo.

Margarita Pérez se paseaba por los pasillos con expresión pétrea, pero cada palabra que soltaba era más afilada que un cristal.

—Siempre fue así… siempre fue diferente.

No sé cómo no lo vimos venir.

—Si hubiera sido más disciplinado, más como Raúl, nada de esto estaría pasando.

—Le di todo, y aun así…
Nunca terminaba la frase.

Nunca decía “nos falló”.

Pero la implicación era clara.

Diana permanecía distante, casi altiva.

Su postura era la de una mujer que observaba un desastre desde una torre de cristal, segura de que a ella nunca la rozaría.

Cuando hablaba de Rodrigo, lo hacía como si fuera un extraño.

—Qué vergüenza… —susurró una noche mientras hojeaba su teléfono lleno de titulares—.

¿Por qué siempre él?

¿Por qué siempre tiene que arrastrarnos?

Raúl, por su parte, representaba el cinismo perfecto.

Jugaba el papel del hermano “dolido”, “decepcionado”, “mortificado por la situación familiar”.

Para el público, era un joven responsable, afectado por el error del menor.

En privado, sus gestos eran pequeños destellos de satisfacción mal disimulada.

Cuando alguien mencionaba a Rodrigo, Raúl respiraba hondo y decía:
—Nunca pensé que llegaría tan lejos… pero supongo que siempre fue débil.

Yo traté de ayudarlo, pero… ya saben cómo es él.

La mentira le salía con naturalidad.

Y nadie en la familia la cuestionaba.

Porque cuestionarla implicaría mirar la verdad.

Fabián, el patriarca en ascenso, el diputado federal con miras a la gobernatura de Colima, era el más complicado.

En público mantenía un tono firme, “institucional”, exigiendo justicia y asegurando que “nadie está por encima de la ley, ni siquiera mi propio hijo”.

Una frase que sus asesores celebraron como brillante.

Pero en privado…
En privado era un volcán contenido.

Su voz, siempre controlada, ahora estaba cargada de veneno.

—Ese muchacho arruinó años, años de preparación.

—Un idiota, un incapaz… ¿qué hice mal para criar a semejante carga?

—Siempre fue un estorbo, siempre…
Los demás callaban.

Porque en el fondo, todos lo pensaban.

La familia Moreno no tenía un hijo en prisión.

Tenían un culpable que había destruido su futuro.

Y esa narrativa, repetida entre ellos, se filtraba como un eco amargo en cada decisión que tomaban.

Conforme el escándalo crecía, México se dividió en tres bandos:
1.

Los que exigían justicia inmediata, pidiendo que “el hijo del diputado” reciba el máximo castigo.

2.

Los que sospechaban corrupción, convencidos de que algo más oscuro se escondía detrás.

3.

Los que usaban el caso como arma mediática, alimentando la idea de que Fabián Moreno era un peligro político.

Los noticieros dedicaban segmentos completos.

Las mesas de análisis discutían teorías ajenas a cualquier evidencia.

Los periodistas más sensacionalistas hablaban del apellido Moreno como si fuera una organización criminal.

Y cada vez que un reportero decía “Rodrigo Moreno”, un asesor del diputado perdía un poco más de la paciencia.

Twitter, Facebook y TikTok ardían día y noche.

Videos, memes, audios filtrados, supuestos testigos inventados… el país entero comenzó a alimentarse del caso como si fuera ficción, sin considerar que había vidas reales en juego.

Este era el verdadero infierno moderno: la opinión pública.

La familia Moreno, obsesionada con su imagen, se vio consumida por ese fuego.

El golpe más duro no vino de los ciudadanos.

Sino de los otros lobos del Congreso.

Los rivales de Fabián Moreno—diputados, gobernadores, líderes estatales, empresarios influyentes—vieron en el escándalo la oportunidad perfecta para quebrarlo.

Algunos se reunieron.

Otros solo enviaron mensajes discretos.

Otros filtraron información a medios a través de terceros.

Pero todos compartían la misma sonrisa venenosa.

“Es el momento.”
“Está debilitado.”
“Hay que hundirlo antes de las primarias.”
No necesitaban inventar conspiraciones elaboradas.

Bastaba empujar un poco un barco que ya se estaba hundiendo.

Empezaron por filtrar documentos, analizar contratos agrícolas, buscar irregularidades en subsidios, revisar alianzas con mandos militares, almacenar grabaciones viejas donde algún asesor de Fabián decía algo comprometedora.

No importaba si eran débiles o ambiguas: lo importante era el ruido.

Pequeños ataques, constantes como gotas de ácido cayendo sobre la misma piedra.

—¿Viste lo que publicó El Observador?

—Dicen que la familia encubrió casos antes.

—Circula un rumor de que Raúl también está implicado…
—Que los militares que trabajan con los Moreno son corruptos.

Mentiras y verdades se mezclaban hasta volverse indistinguibles.

La estrategia funcionaba.

Fabián estaba perdiendo el control.

Mientras tanto, dentro de la casa, la tensión era insostenible.

El salón principal se había convertido en centro de guerra política.

Hojas esparcidas, pantallas encendidas con noticieros, teléfonos sonando sin parar.

Cada minuto llegaban nuevos mensajes, nuevos reportes, nuevas filtraciones.

Los asesores de comunicación hablaban rápido, casi gritando.

—Necesitamos un comunicado más fuerte, diputado.

—Tiene que deslindarse por completo del muchacho.

—Esta narrativa de “padre responsable” ya no alcanza.

—Hay que marcar distancia.

Margarita se mantenía en silencio, pero asentía a todo.

Su prioridad era la imagen.

No había espacio para la maternidad.

—Si Rodrigo hubiera tenido la decencia de no meterse en problemas… —murmuró una tarde mientras bebía un café que ya no sabía a nada.

Diana revisaba su teléfono, viendo cuántos seguidores había perdido en redes.

Le importaba más eso que el destino de su hermano.

—Si ese tonto no existiera, nada de esto estaría pasando.

Raúl estaba irritado, pero no por culpa o miedo, sino porque la atención se alejaba de él.

Era un narcisista incompleto, incapaz de soportar que otro—aunque fuera por las razones peores—opacara la narrativa familiar.

—Mírenlo… pudriéndose en la cárcel… y aun así nos arrastra con él.

Sus palabras tenían una mezcla perfecta de desprecio, cansancio fingido y satisfacción mal disimulada.

Cada frase, cada gesto, cada decisión reforzaba la idea central:
Rodrigo era un lastre.

Rodrigo era una vergüenza.

Rodrigo era el culpable de la decadencia.

La familia no recordaba a un hijo en problemas.

Recordaban un problema con forma de hijo.

Fabián trabajaba con cinco teléfonos al mismo tiempo.

Uno para los asesores de campaña.

Otro para los contactos del partido.

Otro para los aliados empresariales.

Otro para la red familiar militar.

Y uno más, personal, donde recibía amenazas, mensajes anónimos, y solicitudes de entrevistas.

Cada llamada era un golpe.

Cada mensaje era un recordatorio.

Cada rumor era una astilla.

—Diputado, se está diciendo que usted sabía del comportamiento de su hijo desde antes.

—Diputado, su candidatura a gobernador está prácticamente en pausa.

—Diputado, varios empresarios se retirarán si no controla la narrativa.

Fabián apretaba los dientes.

Su tono oscilaba entre la diplomacia y la furia contenida.

—Mi familia no es responsable de las decisiones equivocadas de un muchacho.

—No voy a permitir que se utilice esta tragedia para fines políticos.

—He sido un servidor público ejemplar por años.

Pero esas palabras, dichas cientos de veces, empezaban a vaciarse de significado.

Porque afuera…
…no le estaban creyendo.

La noche siguiente, los asesores le propusieron una idea brutal.

Un comunicado final.

Contundente.

Irreversible.

—Diputado… debe decir públicamente que Rodrigo actuó por cuenta propia, que usted y su familia están devastados y que colaborarán para que reciba el castigo que merece.

—Debe cortar lazos.

Todos.

Definitivamente.

—La gente quiere sangre, señor.

Y usted puede ofrecérsela sin perder nada esencial.

“Sin perder nada esencial…”
El silencio en la sala fue absoluto.

Margarita respiró hondo, lentamente, como si esa frase hubiese caído perfecta sobre sus pensamientos.

Diana miró a su padre con aprobación fría.

Raúl sonrió apenas, como quien sabe que la solución favorece sus propios intereses.

La idea no era defender a Rodrigo.

Era sacrificarlo.

Convertirlo en un escudo.

Transformarlo en la ofrenda necesaria para salvar la carrera del verdadero Moreno importante.

Fabián cerró los ojos, y por un instante, pareció humano.

Cansado.

Herido.

Superado.

Pero al abrirlos, algo había cambiado.

Dentro de él, el político había ganado.

—Prepárenlo —ordenó—.

Mañana lo anunciamos.

No hubo objeciones.

No hubo dudas.

No hubo dolor.

Rodrigo era un hijo solo de nombre.

La familia había decidido convertirlo en un cadáver social.

Mientras los Moreno sellaban su sentencia interna, afuera el país hervía.

Los rivales políticos celebraban en privado.

Los analistas especulaban sin descanso.

Los ciudadanos se alimentaban del morbo.

Los noticieros hacían transmisiones especiales desde Manzanillo.

La presión era insostenible.

México estaba presenciando la caída de una familia poderosa…
…pero nadie imaginaba que esa caída recién estaba empezando.

Porque la historia de los Moreno, con sus sombras, traiciones y herencias ocultas, estaba lejos de terminar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo