El legado de los cielos - Capítulo 94
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- Capítulo 94 - 94 LA PREGUNTA DEL MILLÓN DE DÓLARES
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94: LA PREGUNTA DEL MILLÓN DE DÓLARES 94: LA PREGUNTA DEL MILLÓN DE DÓLARES Capítulo 94 – La pregunta del millón de dólares.
Ciudad de México…..
La ciudad despertaba y se movía como una criatura viva, caótica y desordenada.
Desde muy temprano, el asfalto ya estaba saturado de vehículos que avanzaban a trompicones, detenidos por semáforos mal sincronizados, obras inconclusas, accidentes menores y carriles improvisados.
El ruido era constante: claxon tras claxon, motores forzados, motocicletas serpenteando entre autos, vendedores ambulantes atravesando avenidas y peatones cruzando donde podían.
La vialidad era un laberinto sin lógica clara.
Calles cerradas sin aviso, desvíos improvisados, transporte público detenido en doble fila y patrullas intentando controlar un flujo imposible.
La Ciudad de México no fluía; se acumulaba.
Cada trayecto se convertía en una negociación con el tiempo.
Rodrigo miró por la ventanilla.
Hacía una hora y media habían arribado al aeropuerto.
Gracias a Charles, la salida fue rápida, sin contratiempos ni exposiciones innecesarias.
Sin embargo, una vez fuera del aeropuerto, comenzó el verdadero problema.
Ahora llevaban una hora y medios atrapados en el tráfico, rumbo a Polanco.
Rodrigo subió un cigarrillo.
Cada vez que venía a la Ciudad de México, el estrés se hacía evidente.
El era algo a lo que no estaba acostumbrado al tráfico.
Aunque era la segunda vez que visitaba la capital, la experiencia seguía siendo molesta.
Estaba habituado al tránsito relativamente fluido de Manzanillo, a trayectos cortos, previsibles.
Aquí, el tiempo se diluía sin aviso.
Los autos apenas avanzan metros.
El calor quedó atrapado entre los edificios y el concreto.
El aire era pesado, mezclado con smog, polvo y humo.
Rodrigo exhaló lentamente, observando la ciudad como quien observa un tablero lleno de piezas desordenadas.
Después de dos horas y media, finalmente llegaron a Polanco.
Polanco se alzaba como otro mundo dentro de la ciudad.
Calles más limpias, aunque iguales de saturadas, edificios modernos mezclados con residencias antiguas, boutiques de lujo, restaurantes exclusivos y hoteles de alto nivel.
A pesar del tráfico, la zona mantenía una apariencia ordenada, controlada.
Policías privadas, cámaras visibles y fachadas discretamente elegantes.
Rubén Darío destacaba incluso dentro de Polanco.
Una de las avenidas más exclusivas, rodeada de árboles, residencias de alto perfil y embajadas.
El ruido parecía disminuir ligeramente, como si el lujo impusiera su propia burbuja.
Llegaron a la residencia de la familia Rothschild en Rubén Darío.
La propiedad era amplia, elegante, imponente sin ser ostentosa.
Un jardín grande con césped perfectamente cortado, vegetación cuidada al detalle, tonos verdes intensos que contrastaban con el gris urbano.
La casa de dos pisos combinaba un estilo europeo con elementos mexicanos, una arquitectura sobria que transmitía poder y tradición.
Desde la distancia, la residencia hablaba de lujo.
Rodrigo entró acompañado de Annie, Sandra, Karen, Sily, xy cero.
Detrás de ellos, Charles.
La residencia estaba bien escoltada por guardias de la familia Rothschild, discretos, atentos, distribuidos estratégicamente.
Charles habló primero:
—Bienvenidos, bienvenidos, siéntanse como en su casa.
Hizo una seña a los sirvientes de la casa y dijo:
—Sirván bebidas y la comida.
Preparen la mesa.
También preparen té para las señoritas.
Rodrigo observó el interior.
Todo era lujoso: muebles de diseño, obras de arte, iluminación cálida, espacios amplios.
Miró a Charles y dijo:
—Entonces, ¿preparaste todo como lo planeamos o habrá algún inconveniente en la reunión?
Charles respondió con seguridad:
—Está todo listo.
En dos días será la reunión con el presidente Ezequiel Mena.
También vendrá la princesa y el patriarca de la familia.
—Bien —dijo Rodrigo mientras encendía un cigarrillo—.
Entonces esperemos hablar con el presidente.
Estuve pensando en varios asuntos y de repente se me ocurrió una idea.
Rodrigo hizo una seña y le susurró algo a Charles.
Nadie más escuchó.
Charles contestó:
—Esa es una buena idea.
Creo que si se maneja bien será grandioso.
Rodrigo sonrió y dijo:
—En realidad tengo varias formas de manejarlo, pero no quiero ser el centro de atención.
Me gustaría jugar al ajedrez mientras tenemos tiempo.
—¿Jugar al ajedrez?
—Charles miró alrededor y dijo—.
No tengo ajedrez, puedo mandar a comprar uno, no tardarían.
Rodrigo respondió:
—No cualquiera, ajedrez.
El famoso ajedrez chino.
—Ajedrez chino?
—Charles hizo una pausa y, tras pensar un momento, volvió a hablar—.
Mandaré a que lo consigan, posiblemente esté para mañana.
—No hay problema —dijo Rodrigo sonriendo—.
Hablaré con Fernanda Salgado para que venga a este lugar.
Rodrigo caminó hacia el jardín de la residencia con el celular en una mano y el cigarrillo en la otra.
Annie, Sandra, Karen, Sily, xy cero comenzaron a recorrer las habitaciones, observando la casa, por lo que ya no salieron después de un rato.
En Iztapalapa…
María Fernanda Salgado se encontraba atendiendo asuntos del ayuntamiento.
A unos meses se acercaban las votaciones internas.
Para ese tiempo tendría que solicitar el permiso para iniciar su candidatura interna dentro del partido político.
El trabajo era intenso.
Estos meses previos al permiso eran clave, ya que su suplente ocuparía parte de finales de octubre y noviembre, así como inicios de diciembre, permitiéndole a María Fernanda planear sus movimientos hacia la candidatura a la presidencia del país.
Entre documentos, reuniones y llamadas, de repente recibió un mensaje.
El texto era de Rodrigo.
Claro y directo.
Le pidió que fuera a un lugar.
El mensaje incluía la dirección.
María Fernanda Salgado pensó para sí misma:
Rubén Darío en Polanco… ¿qué hace Rodrigo ahí?
¿Por qué no me avisó con tiempo?
Habría podido reservarle un lugar más cómodo.
Tomó sus cosas y le indicó a la secretaría que cancelara todas sus reuniones y pendientes del día.
Dijo que saldría a una reunión importante y abandonó el ayuntamiento de Iztapalapa.
Esa misma tarde, María Fernanda Salgado llegó a Rubén Darío, a la residencia de la familia Rothschild.
Observó la lujosa casa.
No le sorprenderá; la zona era de las más caras de la ciudad y del país.
Vio a Annie y la saludó.
Annie habló primero:
—Nos volvemos a ver después de hace tiempo.
¿Cómo has estado?
Sonrió y luego agregó en voz baja, apenas audible para Fernanda Salgado:
—Gracias por dejarme a mi hombre todos los días.
María Fernanda Salgado no respondió con palabras.
Solo una mirada.
Una mirada de fiera frente a otra, como dos bestias a punto de enfrentarse.
Camin y entr a la casa.
Annie molestando.
Aunque la rivalidad era por un hombre, seguían siendo amigas y compañeras.
Annie respetaba a Salgado por lo que hacía, y Salgado respetaba a Annie por lo que había logrado en su profesión.
Salgado vio a Rodrigo y dijo:
—Rodrigo, ¿cómo estás?
Me alegro de volver a verte.
Lo abrazó y, en el abrazo, dijo algo que solo Rodrigo escuchó:
—Te extrañé demasiado.
Rodrigo respondió:
— ¿Cómo estás?
Tienes mucho trabajo.
Perdón por molestarte esta vez, estoy aquí para hablar del futuro.
—¿Hablar del futuro?
—se preguntó María Fernanda Salgado.
No se imaginaba hablar del futuro con Rodrigo ese día, y menos aún qué tipo de futuro.
Esa era la pregunta del millón de dólares.
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